3. La fuerza y el poder eterno de Dios por el Espíritu Santo

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Ver las otras partes de la tesis:
Introducción
1. Relación entre el Espíritu Santo y el hombre
2. El Amor de Dios derramado por el Espíritu Santo
4. El Espíritu Santo santifica y libera
5. El Espíritu Santo da una nueva vida
6. El Espíritu Santo hace a los hombres hijos de Dios y herederos


espiritu_santo_2222.jpgInicio el tema de la fuerza y el poder de Dios hablando de todo lo contrario, es decir, la debilidad de la naturaleza humana, de la cual San Pablo habla cuando escribe a los cristianos de Roma: «mi proceder no lo comprendo; pues no hago lo que quiero, sino que hago lo que aborrezco […] en realidad, ya no soy yo quien obra, sino el pecado que habita en mí […] puesto que no hago el bien que quiero, sino que obro el mal que no quiero. […] me complazco en la ley de Dios según el hombre interior, pero advierto otra ley en mis miembros que lucha contra la ley de mi razón y me esclaviza a la ley del pecado que está en mis miembros»[1]. Con estas palabras expone una debilidad humana a la que se ha sentido sometido en algunos momentos de su vida. Jesús, conocedor de la debilidad de los hombres, hice referencia a la debilidad cuando dice: «velad y orad, para que no caigáis en tentación; que el espíritu está pronto, pero la carne es débil»[2]. Jesucristo y su servidor Pablo muestran en sus palabras el distanciamiento, a veces existente, entre las buenas intenciones que surgen del interior de la persona y las acciones consumadas sometidas a la debilidad humana y a menudo contrarias al bien deseado. Pablo da testimonio de su propia experiencia y Jesús exhorta a la oración y a estar alerta para mantener un estado de vigilancia. No obstante, parece que los hombres no pueden alcanzar por sí mismos los propios objetivos.

La contradicción entre lo que se desea y lo que se realiza, fruto de la debilidad, también apareció entre los hombres escogidos por el Maestro, antes de su muerte. Cuando Cristo profetizó a los apóstoles que le abandonarían se produjo un breve diálogo con ellos: «Dícele Pedro: Aunque tenga que morir contigo, yo no te negaré. Y lo mismo dijeron también todos los discípulos»[3]. En las palabras de los discípulos aparece un propósito glorioso y valiente pero la realidad fue muy diferente. Pedro, aunque prometió fidelidad hasta la muerte, en el momento más crítico no encontró la fuerza necesaria para mantenerse fiel a su palabra y negó al Salvador[4]. El Evangelio de Según San Marcos no se limita a Pedro como el único en abandonar al Mesías, pues de aquel difícil momento escribe: «Y abandonándole huyeron todos»[5]. Sólo el discípulo amado permaneció cerca de Jesús, siguiéndolo hasta los pies de la Cruz[6]. La situación temerosa y débil también puede observarse en otras ocasiones, como esta del Evangelio Según San Juan: «Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos…»[7]. A veces, uno puede preguntarse como podía ser que aquellos hombres tan privilegiados por haber convivido con Jesús huyeran cuando el Maestro más los necesitaba. Ellos, testimonios directos de la misma Palabra de Dios hecha carne[8], de los milagros de Jesús, de la resurrección y de tantas experiencias vividas, no tuvieron la fuerza necesaria par vencer la debilidad humana y mantenerse firmes en los momentos difíciles. Una vez constatado que la fuerza humana se desvanece en numerosas ocasiones es el momento de pensar una vez más en el Espíritu Santo y en su acción transformadora.

3.1 La fuerza de Dios por el Espíritu

San Pablo escribió en la Carta a los Romanos este mensaje esperanzador: «El Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza»[9]. El Apóstol, conocedor de esta ayuda espiritual, deseaba visitar la comunidad romana para fortalecerles mediante la transmisión de algunos dones del Espíritu: «ansío veros, a fin de comunicaros algún don espiritual que os fortalezca»[10]. Por los mandamientos el hombre conoce y desea lo que debe hacer, pero ni la misma Ley que lo ordena tiene suficiente fuerza para obtener el objetivo deseado. Pero, como dice Pablo, Dios ha hecho aquello que no se podía realizarse desde la Ley: «lo que era imposible a la ley, reducida a la impotencia por la carne, Dios […] condenó el pecado en la carne, a fin de que la justicia de la ley se cumpliera en nosotros que seguimos una conducta, no según la carne, sino según el espíritu»[11]. Al inicio de este párrafo hemos visto como Pablo se refiere al Espíritu Santo como el que nos ayuda en la flaqueza dándonos fortaleza, de manera que el Apóstol quiere transmitir los dones necesarios para fortalecer a los discípulos. También hacia el final de la Carta a los Romanos podemos encontrar un texto que habla de esta fuerza, combinándola con la esperanza: «El Dios de la esperanza os colme de todo gozo y paz en vuestra fe, hasta rebosar de esperanza por la fuerza del Espíritu Santo»[12]. Aquí se relaciona la esperanza con la fuerza del Espíritu Santo, seguramente porque la persona capaz de superar sus debilidades y de vivir con valentía la fe cristiana, sabiéndose ayudada por la fuerza de Dios, goza de una esperanza más viva que la de aquel que se revuelca en las miserias de su propia debilidad.

En otras cartas paulinas también se encuentran textos sobre la fuerza que viene del Espíritu de Dios. Orando, Pablo dijo a los efesios: «…os conceda, según la riqueza de su gloria, que seáis fortalecidos por la acción de su Espíritu en el hombre interior»[13]. Y les exhorta: «fortaleceos en el Señor y en la fuerza de su poder»[14]. A Timoteo le decía: «no nos dio el Señor a nosotros un espíritu de timidez, sino de fortaleza, de caridad y de templanza»[15]. Y, en la Carta a los Corintios podemos leer: «las armas de nuestro combate no son carnales, antes bien, para la causa de Dios, son capaces de arrasar fortalezas»[16]. Si el combate espiritual no puede hacerse desde la carne significa que la fuerza no viene del hombre sino de Dios. No siempre se habla explícitamente del Espíritu Santo para hablar de la fuerza de Dios pero considero que es evidente la relación entre los dos. Ciertamente, del Señor recibimos la fuerza pero esta nos llega por medio de su Espíritu derramado en nuestros corazones.

Jesús, habiendo experimentado el abandono y la debilidad por parte de sus discípulos, prometió un fortalecimiento de procedencia divina: «yo voy a enviar sobre vosotros la Promesa de mi Padre. Por vuestra parte permaneced en la ciudad hasta que seáis revestidos de poder desde lo alto»[17]; y nombrando explícitamente al Espíritu, dijo: «recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos»[18]. Cristo, conocedor de la flaqueza de sus seguidores anunció esta fuerza vinculándola a la venida del Espíritu Santo. Cuando llegó el día de Pentecostés se cumplió la promesa y aquellos discípulos que se reunían con las puertas cerradas[19] recibieron la fuerza de Dios que les impulsó a proclamar la Palabra con valentía, como podemos leer en un relato que cuenta lo sucedido poco tiempo después de aquel Pentecostés, en el libro de los Hechos de los Apóstoles: «Acabada su oración, retembló el lugar donde estaban reunidos, y todos quedaron llenos del Espíritu Santo y predicaban la Palabra de Dios con valentía»[20]. Cuando el Espíritu de Dios se derrama sobre los discípulos la fuerza del Señor es comunicada, y aquellas personas que antes huían, ahora predican con coraje y sin miedo a las consecuencias. San Esteban es un ejemplo de predicación con valentía y con una fuerza que los hombres no podían resistir: «Esteban, lleno de gracia y de poder, realizaba entre el pueblo grandes prodigios y señales. Se levantaron unos de la sinagoga llamada de los Libertos, cirenenses y alejandrinos, y otros de Cilicia y Asia, y se pusieron a disputar con Esteban; pero no podían resistir la sabiduría y al Espíritu con que hablaba»[21]. En el texto de los Hechos de los Apóstoles podemos ver la relación entre la fuerza o poder del Espíritu y las acciones de Esteban. Observamos que este poder también está relacionado con los prodigios y señales, pero esto se desarrollará más adelante.

Es evidente que se produce un cambio en los seguidores de Cristo una vez han recibido el Espíritu Santo. Las limitaciones humanas son superadas por la acción divina y cualquier impedimento o resistencia es superado por la fuerza de Dios. No obstante, a veces el Señor permite que sus discípulos experimenten la debilidad y por tanto la dependencia continua a Él, como muestra Pablo cuando pedía ser liberado de un obstáculo que le consumía, pero Dios le dijo: «Mi gracia te basta, que mi fuerza se muestra perfecta en la flaqueza»[22]; palabras a las que el Apóstol respondió: «con sumo gusto seguiré gloriándome sobre todo en mis flaquezas, para que habite en mí la fuerza de Cristo. Por eso me complazco en mis flaquezas, en las injurias, en las necesidades, en las persecuciones y las angustias sufridas por Cristo; pues, cuando estoy débil, entonces es cuando soy fuerte»[23]. Cuando San Pablo se humillaba, aceptaba la situación incómoda y aceptaba su dependencia de Dios aún se sentía más robustecido. Reconocía que su fuerza no tenía un origen humano sino divino. Parece que Dios aprovecha la debilidad humana para hacer maravillas y así demostrar que el mérito no pertenece al hombre sino a Él.

La fuerza, la valentía, la decisión, etc…, del cristiano pueden apuntar a alguna acción divina en la persona, la cual puede pertenecer al ámbito natural o al sobrenatural dependiendo de la intensidad o extremo al que se llega en dichas cualidades. Podría considerarse esta fuerza que viene de lo alto como una ayuda divina para superponerse a las dificultades de la vida, aquellas naturales del día a día de nuestra existencia y aquellas más espirituales como consecuencia de la fe cristiana. Los mismos discípulos que se reunían con las puertas cerradas por miedo a los judíos[24], después de ser fortalecidos espiritualmente eran capaces de enfrentarse al Sanedrín sufriendo las consecuencias con alegría, como relata los Hechos de los Apóstoles: «llamaron a los apóstoles; y, después de haberles azotado les intimaron que no hablasen en nombre de Jesús. Y les dejaron libres. Ellos marcharon de la presencia del Sanedrín contentos por haber sido considerados dignos de sufrir ultrajes por el Nombre»[25]. También podríamos encontrar numerosos ejemplos de personas que han sido martirizados por ser cristianos. Uno de ellos es el protomártir Esteban, que lleno del Espíritu Santo[26] se impuso a sus contrarios y murió perdonando: «Mientras le apedreaban, Esteban hacía esta invocación: Señor Jesús, recibe mi espíritu. Después dobló las rodillas y dijo con fuerte voz: Señor no les tengas en cuenta este pecado»[27]. Sufrir con alegría los ultrajes y morir perdonando, realmente son actos valientes soportados por una fuerza no humana, y quizás superan el término fuerza y se acercan a un poder sin límites que viene de Dios.

3.2 El poder de Dios por el Espíritu

En la Carta a los Corintios, Pablo dice que Dios le manifestó: «mi fuerza se muestra perfecta en la flaqueza»[28]. Y en la Carta a los Colosenses podemos leer al respecto: «confortaos con toda fortaleza por el poder de su gloria»[29]. Hasta ahora he expuesto que aquel que transformaba nuestra debilidad en fortaleza era el Espíritu Santo. Respecto al poder de Dios, ¿podemos pensar que es algo también atribuible al Espíritu?.

La Carta a los Romanos, hablando de la potestad divina, dice lo siguiente: «lo invisible de Dios, desde la creación del mundo, se deja ver a la inteligencia a través de sus obras: su poder eterno y su divinidad»[30]. Existía, entonces, un poder eterno y una divinidad previos a la Creación, por la que se han manifestado. Buscando la vinculación con el Espíritu Santo, en las primeras palabras de la Biblia, justo antes del inicio estructurado de la creación del mundo, podemos leer: «En el principio creó Dios los cielos y la tierra. La tierra era caos y confusión y oscuridad por encima del abismo, y un viento de Dios[31] aleteaba por encima de las aguas»[32]. Se puede observar que en este texto aparecen dos elementos divinos, el mismo Dios y su Espíritu por encima de las aguas. Es como si a partir de su presencia se desatara el poder eterno de Yahveh llamando a la existencia aquello que no existía[33]. El Evangelio de Lucas aporta luz sobres esto en las palabras del ángel a María: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra»[34]. Tanto en el texto de la creación como en este último, el Espíritu precede el inicio de acontecimientos sobrenaturales. Dios parece utilizar en sus obras poderosas el siguiente protocolo: Primero envía su Espíritu, y una vez se hace presente en el lugar o ser escogido, seguidamente el poder del Altísimo, a través del Espíritu, empieza a obrar.

La omnipotencia divina también la podemos encontrar en las acciones de Jesucristo. El Evangelio según San Lucas explica que «Jesús volvió a Galilea por la fuerza del Espíritu»[35], después de vencer las tentaciones del desierto. En otra ocasión, Cristo, después de curar un endemoniado ciego y mudo dijo: «si por el Espíritu de Dios expulso yo los demonios, es que ha llegado a vosotros el Reino de Dios»[36]. Cabe remarcar que es el poder del Espíritu de Dios quien está obrando a través de Jesús. En el Evangelio según San Mateo aparece una escena en la que Jesús perdona los pecados de un paralítico. Esto significa que realiza una acción sólo atribuible a Yahveh, pero para demostrar que posee este poder sana al enfermo. De esta manera se han escrito las palabras de Cristo en ese acontecimiento: «¿Qué es más fácil, decir: Tus pecados te son perdonados, o decir: Levántate y anda? Pues para que sepáis que el Hijo del hombre tiene en la tierra poder de perdonar pecados – dice entonces al paralítico-: Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa»[37]. Aquí no se nombra el Espíritu Santo pero antes pero ya se ha dicho que está relacionado con las acciones del Hijo, por tanto es factible creer que quien efectuaba lo que Jesús decía era el Espíritu. En esta acción, Cristo se apropia el poder de perdonar y de curar al paralítico. No aparece ninguna oración pidiendo ayuda espiritual, ni la venida del Espíritu para realizar sus acciones poderosas; podemos llegar a la conclusión que Jesucristo, como Persona divina, participaba del mismo poder de Dios y no necesitaba pedirlo porque ya lo poseía. Con estas conclusiones pretendo remarcar que Jesús aún siendo quien era y realizando grandes milagros, el origen de su poder se encontraba en el Espíritu Santo.

Cuando la obra de Dios se realiza a través de las personas humanas comparte el mismo origen divino. San Pablo, en la Carta a los Romanos comenta: «no me atreveré a hablar de cosa alguna que Cristo no haya realizado por medio de mí para conseguir la obediencia de los gentiles, de palabra y de obra, en virtud de señales y prodigios, en virtud del Espíritu de Dios»[38]. El poder de Dios acompañaba la predicación de Pablo. También podemos leer en los Hechos de los Apóstoles el siguiente relato ocurrido en Iconio: «Con todo se detuvieron allí bastante tiempo, hablando con valentía del Señor que les concedía obrar por sus manos señales y prodigios»[39]. En este texto se relata la valentía y los prodigios realizados; nuevamente la fuerza y el poder de Dios estaban manifestándose. Antes de la conversión de Pablo nunca aparecieron acontecimientos parecidos relacionados con su persona, pero un a vez se convirtió el Señor le hizo instrumento suyo.[40]

Aquel que capacita a los hombres para ser firmes, valientes, decididos, verdaderos testimonios del Evangelio hasta las últimas consecuencias, es decir, alguien en quien pueda fiarse, también puede conceder un poder sobrenatural a las mismas personas. La transformación realizada en San Pedro muestra una estructura ordenada de acontecimientos: durante la Pasión de Jesús negó ser su discípulo[41], cuando Cristo murió seguramente se encerrabas con los otros discípulos por miedo a los judíos[42], el día de Pentecostés vino el Espíritu Santo sobre Pedro[43] e inmediatamente después fue capaz de hablar públicamente a los judíos y todos los que residían en Jerusalén[44] con una fuerza y valentía inusuales; y al poco tiempo realiza el primer milagro sanando un inválido de nacimiento[45]. Si Pedro hubiera recibido de Dios el poder para realizar milagros pero por miedo o debilidad no hubiera sido capaz de ponerlo en práctica este don habría resultado un obsequio inútil. Parece, pues, que el proceso de Dios consiste primeo en capacitar a la persona que ha experimentado la propia flaqueza con la fuerza y capacidades espirituales necesarias para garantizar la máxima fidelidad humana, sin que estemos hablando de nada perfecto, y a continuación el poder de Dios, mediante su Espíritu, empieza a manifestarse a través de los discípulos conscientes de sus limitaciones pero fortalecidos por el Espíritu Santo.

Haciendo referencia al irrepetible y poderoso suceso de la resurrección de Jesús, la Carta a los Romanos argumenta: «…acerca de su Hijo, nacido del linaje de David según la carne, constituido Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad»[46]. También, sobre el hecho de la resurrección, Pablo escribió: «…sabiendo que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más, y que la muerte no tiene ya señorío sobre él»[47]. El glorioso acontecimiento de la resurrección comentado a los romanos nos aporta unos elementos interesantes: Cristo ha sido entronizado como Hijo poderoso de Dios por el Espíritu Santo y la muerte no tiene ningún poder sobre él, porque murió pero ha resucitado, y por tanto, el poder que le resucitó es superior al que le hizo morir.

San Pablo nos hace saber que la acción poderosa de Dios manifestada en la resurrección de Jesús también se extiende a todos los hombres: «si el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, Aquel que resucitó a Cristo de entre los muertos dará también la vida a vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que habita en vosotros»[48]. Aquí se está hablando de un Espíritu que poderosamente dará la vida a los hombres después de la muerte de la misma manera que Jesús resucitó gracias al mismo Espíritu.

Allí donde se realiza una acción poderosa de Dios, se encuentra su Espíritu como aquel que materializa la voluntad divina. En los milagros de Jesús se puede descubrir la forma de actuar de las Personas Divinas y en concreto del Espíritu Santo. Jesús cumplía la voluntad del Padre[49], y por este motivo, cuando obraba poderosamente intervenían los siguientes elementos: El Padre lo quería, el Hijo o la Palabra lo ordenaba, y el Espíritu lo materializaba. Esta manera de hacer las cosas afirmo que se mantiene también en los discípulos que realizan milagros. Cabe pensar que si Dios actuaba a través de unos hombres era porque quería hacerlo; los discípulos acostumbraban a ordenar la acción utilizando el nombre de Jesús[50], entonces intervenía el Espíritu Santo, que ciertamente ya residía en el corazón de los creyentes capacitándolos para realizar grandes obras.

Todo lo expuesto en este tema sobre la fuerza y el poder de Dios queda recogido y sintetizado en el siguiente cuadro:
 

  Propiedad Efecto
1 Debilidad humana Contradicción entre el bien que se desea y los actos realizados. Aparecen actitudes de abandono al prójimo, huída por cobardía y dominio del miedo.
2 Fuerza de Dios por el Espíritu Santo Acción del Espíritu Santo que viene en ayuda del débil comunicándole una fuerza que viene de Dios. Aparecen la predicación valiente y el testimonio cristiano sin miedo a las consecuencias.
3 Poder de Dios por el Espíritu Santo La Creación y la Encarnación del Verbo son acciones poderosas de Dios en las cuales su Espíritu precedía los acontecimientos.
A través del Hijo, El Espíritu realizaba maravillas extraordinarias. También los discípulos, una vez preparados y fortalecidos realizaban acciones poderosas, gracias al Espíritu de Dios.
El poder de Dios vence la muerte. Jesús resucitado es entronizado por el Espíritu Santo, y gracias al mismo Espíritu que habita en las personas humanas, ellas también resucitarán.

 

            Fruto de la presencia del Espíritu en el interior humano se puede pasar de la debilidad inicial a diferentes niveles de manifestación de la fuerza y el poder de Dios. Se trata de unas propiedades espirituales necesarias que acompañaran toda la vida del creyente en mayor o menor medida. El tema siguiente trata sobre la liberación y la santificación, las cuales también son obra del poder de Dios y necesitadas de la fuerza del Espíritu par mantener el estado de libertad y santidad. Todo esto sigue sucediendo gracias al amor de un Dios que ama infinitamente.




[1] Rm 7,15-25
[2] Mt 26,41; Mc 14,38
[3] Mt 26,35
[4] Cf. Mt 26,69-75; Cf. Mc 14,66-72; Cf. Lc 22,56-62; Cf. Jn 18,15-18.25-27
[5] Mc 14,50
[6] Cf. Jn 19,26
[7] Jn 20,19
[8] Cf. Jn 1,14
[9] Rm 8, 26a
[10] Rm 1,11
[11] Rm 8, 3-4
[12] Rm 15,13
[13] Ef 3,16
[14] Ef 6,10
[15] 2tm 1,7
[16] 2Co 10,4
[17] Lc 24,49
[18] He 1,8
[19] Cf. Jn 20,19
[20] He 4,31
[21] He 6,8-10
[22] 2Co 12,9a
[23] 2Co 12,9b-10
[24] Cf. Jn 20,19
[25] He 5,40-41
[26] Cf. He 7,55
[27] He 7,59-60
[28] 2Co 12,9a
[29] Col 1,11

[30] Rm 1,20

[31] Se trata del Espíritu Santo. Otras traducciones de la Biblia escriben el Espíritu Santo en lugar del viento, que proviene de la palabra Hbrea Ruah.

[32] Gn 1,2
[33] Cf. Rm 4,17
[34] Lc 1,35
[35][35] Lc 4,14
[36] Mt 12,28
[37] Mt 9,5-7
[38] Rm 15,18-19
[39] He 14,3
[40] Cf. He 15,13
[41] Cf. Mt 26,69-75; Cf. Mc 14,66-72; Cf. Lc 22,56-62; Cf. Jn 18,15-18.25-27
[42] Cf. Jn 20,19
[43] Cf. He 2,1-13
[44] Cf. He 2,14
[45] Cf. He 3,1-10
[46] Rm 1,3-4
[47] Rm 6,9
[48] Rm 8,11
[49] Cf. Jn 8,28
[50] Cf. He 3,5b.8

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