4. El Espíritu Santo santifica y libera

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espritu_santo_111.jpgEn la Carta a los Romanos, Pablo, refiriéndose al don recibido de Dios para servir a Jesucristo anunciando el Evangelio a los paganos explica cual es el motivo de su misión: «para que la oblación de los gentiles sea agradable, santificada por el Espíritu Santo»[1]. Existe un gran deseo de convertir a las personas alejadas en sujetos santificados para el culto, y se revela quien es el santificador: El Espíritu Santo.

Respecto a las ofrendas destaco dos textos del Antiguo Testamento donde se muestra que aquellas, sobretodo cuando se trataba de corderos, no podían tener ningún defecto para poder ser agradables a Dios: «Si alguno ofrece a Yahveh ganado mayor o menor como sacrificio de comunión, sea en cumplimiento de un voto, o como ofrenda voluntaria, ha de ser una res sin defecto para alcanzar favor; no debe tener defecto alguno»[2]; «Juntamente con el pan ofreceréis a Yahveh siete corderos de un año, sin defecto…»[3]. El Señor pedía ofrendas en buenas condiciones, sin defectos, y así le eran agradables. Pablo, de forma analógica, quería convertir a las personas también en ofrendas agradables.

Podemos preguntarnos si las personas tienen algún defecto que las impida, en principio, ofrecerse como estas víctimas agradables a Dios. Leemos las palabras dirigidas a los romanos: «por un solo hombre entró el pecado en el mundo y por el pecado la muerte y así la muerte alcanzó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron»[4]; «tanto judíos como griegos están todos bajo el pecado»[5]. Si en un momento concreto entró en el mundo aquello que se llama pecado significa que anteriormente no estaba presente. Pero la realidad es que ha entrado en el mundo y se ha extendido a todos los hombres sin excepción. El pecado puede considerarse como un defecto compartido por todos los seres humanos, y solamente Dios, por medio de su Espíritu puede propiciar regeneración, como podemos leer en la Carta a Tito: «Él nos salvó, no por obras de justicia que hubiésemos hecho nosotros, sino según su misericordia, por medio del baño de regeneración y de la renovación del Espíritu Santo»[6]. Observamos que, aunque no se relacione directamente el Espíritu con la santificación si se le considera como aquel que renueva o regenera alguna cosa deteriorada.

Ahora bien, entre los hombres tenemos un modelo humano de ofrenda agradable y perfecta. En la Carta a los Hebreos encontramos varias referencias sobre Jesús como el cordero sin mancha: «Así es el Sumo Sacerdote que nos convenía[7]: santo, inocente, incontaminado, apartado de los pecadores»[8]. Mientras que en este texto se expone que no tenía la mancha del pecado, en este siguiente habla de alguien sin tacha: «Cuánto más la sangre de Cristo, que por el Espíritu Eterno se ofreció a sí mismo sin tacha a Dios…» [9]. En la Primera Carta de Pedro también podemos encontrar un fragmento que habla del mismo tema; en este caso uniendo los términos tacha y mancilla: «habéis sido rescatados de la conducta necia heredada de vuestros padres, no con algo caduco, oro o plata, sino con una sangre preciosa, como de cordero sin tacha y sin mancilla, Cristo»[10]. Y en la Carta a los Efesios, en una exhortación para imitar a Jesucristo, se dice: «vivid en el amor como Cristo os amó y se entregó por nosotros como oblación y víctima de suave aroma»[11]. Se refuerza constantemente a Jesucristo como una ofrenda o víctima agradable según la Ley de Dios, sin tacha ni mancilla, o defecto alguno. En el último texto bíblico expuesto hay una invitación para imitar a Jesús en el terreno del amor, amando como el hizo, pero también podemos encontrar otras llamadas a la imitación del Señor, especialmente en el aspecto de la santidad: «Sed, pues, santos porque yo soy santo»[12]. Pero, ¿cómo puede Dios pedir una cosa como esta sabiendo que la humanidad está marcada por el pecado?. La santidad parece algo reservado a Dios, inaccesible para el hombre, pero, en cambio, existe esta llamada a participar de la santidad de Dios. En la Carta a los Romanos podemos leer: «sabemos que en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman; de aquellos que han sido llamados según su designio. Pues a los que de antemano conoció, también los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo»[13]. Entre otras cosas, ser imagen de Jesús significa también vivir en su santidad, sin tacha o mancilla, de manera que una vida así permita ser recibido por Dios como ofrenda de suave aroma, por tanto agradable. Aunque, recordemos que Pablo manifestó su incapacidad para conseguir esta meta con sus propias fuerzas cuando escribió a los romanos: «no hago lo que quiero, sino que hago lo que aborrezco»[14]; pero el mismo Apóstol nos ofrece la solución en la Segunda Carta a los Corintios: «nos vamos transformando en esa misma imagen cada vez más gloriosos: así es como actúa el Señor, que es Espíritu»[15]. El Espíritu Santo, es decir el Señor que es Espíritu, aparece aquí como el que nos transforma a imagen del Dios Santo[16], y en la Primera Carta de Pedro, en la oración inicial, se dice literalmente: «la acción santificadora del Espíritu»[17]. Por tanto, estamos ante el agente principal de la santificación del cristiano, como también podemos leer en la Segunda Carta a los Tesalonicenses, donde se afirma que la salvación viene entre otras cosas «mediante la acción santificadora del Espíritu»[18]. Parece claro que es el Espíritu quien transforma, regenera y santifica al hombre. Pero para llegar a la meta se necesita un proceso de limpieza de toda atadura y la debida restauración previa a la santificación.

4.1. Liberados del pecado, de la Ley y de la muerte

Para poder alcanzar la santidad primero es necesario desposeerse de toda atadura obstaculizadora de la acción divina, ya sea consciente o inconsciente. La Carta a los Romanos se refiere a un elemento que nos esclaviza cuando San Pablo comenta: «yo soy de carne, vendido al poder del pecado»[19]. Palabras que pueden completarse con las de Jesús: «En verdad, en verdad os digo: todo el que comete pecado es un esclavo»[20]. Este pecado esclavizador tiene un colaborador y un resultado final: «Porque el pecado, tomando ocasión por medio del precepto, me sedujo, y por él, me mató»[21]; «el salario del pecado es la muerte»[22]. Se habla de un precepto o ley que descubre el pecado, por tanto colabora con este pecado dándole ocasión de presentarse y ser conocido, y de la muerte como fruto o paga del pecado. En la Primera Carta a los Corintios está muy bien especificada la relación entre los tres elementos, pecado, Ley y muerte: «El aguijón de la muerte es el pecado; y la fuerza del pecado, la Ley»[23]. Por tanto, el pecado recibe su condena de la Ley, llegando a provocar el peor de los males, es decir, la muerte.

La Carta a los Romanos, haciendo alusión al pecado de Adán, explicita: «por un solo hombre entró el pecado en el mundo y por el pecado la muerte y así la muerte alcanzó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron»[24]. En un determinado momento entró el pecado y con el todas sus consecuencias negativas, la cuales han alcanzado toda la humanidad de todos los tiempos. El Catecismo de la Iglesia Católica nos ayuda a entender la generalización del pecado cuando afirma: «Todos los hombres están implicados en el pecado de Adán»[25]. Y refiriéndose al pecado original, el Catecismo dice: «es la privación de la santidad y de la justicia originales; pero la naturaleza humana no ha sido totalmente corrompida: ha sido herida en sus fuerzas naturales, sometida a la ignorancia, al sufrimiento y al imperio de la muerte, e inclinada al pecado»[26]. Aquel pecado que llamamos original ha creado en la humanidad un estado de debilidad espiritual, facilitando así la tendencia al mal. Con la desobediencia de Adán todos fueron sometidos al poder del pecado de manera que aunque quisiera, el hombre no era capaz de realizar el bien que deseaba[27]. Del corazón de la persona esclavizada por el pecado se obtienen los frutos que Jesús mencionó: «salen las intenciones malas, asesinatos, adulterios, fornicaciones, robos, falsos testimonios, injurias»[28]. Por su parte, San Pablo informa a los romanos sobre la forma de vivir de los esclavos del poder del pecado: «llenos de toda injusticia, perversidad, codicia, maldad, henchidos de envidia, de homicidio, de contienda, de engaño, de malignidad, chismosos, detractores, enemigos de Dios, ultrajadores, altaneros, fanfarrones, ingeniosos para el mal, rebeldes a sus padres, insensatos, desleales, desamorados, despiadados»[29]. Si el hombre vive sometido a la esclavitud del pecado, a una Ley que condena y a una muerte de la que no puede escapar, ¿dónde podrá encontrar la liberación de toda tacha, del pecado y sus manchas, y que función desempeña el Espíritu Santo?.

San Pablo dice a los romanos: «todos pecaron y están privados de la gloria de Dios y son justificados por el don de su gracia, en virtud de la redención realizada en Cristo Jesús, a quien exhibió Dios como instrumento de propiciación por su propia sangre, mediante la fe»[30]. En estas palabras de Pablo de momento no aparece el Espíritu Santo pero si que nos habla de una sangre que se ha tenido que derramar para conseguir la redención. También, durante la Última Cena, Jesús realizó este gesto: «Tomó luego una copa y, dadas las gracias, se la dio diciendo: Bebed de ella todos, porque ésta es mi sangre de la Alianza, que es derramada por muchos para perdón de los pecados»[31]. Por tanto aparece una sangre derramada para redimir los pecados y que además sella una alianza.

Recordando la alianza realizada con el pueblo de Israel en el Sinaí se pueden encontrar los siguientes elementos: derramamiento de sangre de animales sacrificados[32], una Ley[33] y una promesa de prosperidad para los que la respeten[34].

4.1.1. La sangre y el poder que libera

El libro del Levítico prescribe los ritos que debían realizar los israelitas para redimirse de los pecados cometidos: sacrificar un animal y hacer un ritual con su sangre[35]. En la Carta a los Hebreos se habla de aquellos sacrificios con estas palabras: «Todo ello es una figura del tiempo presente, en cuanto que allí se ofrecen dones y sacrificios incapaces de perfeccionar en su conciencia al adorador, y sólo son prescripciones carnales, que versan sobre comidas y bebidas y sobre abluciones de todo género, impuestas hasta el tiempo de la reforma»[36]. También, la misma Carta a los Hebreos se refiere a Cristo como aquel que se ofrece en sacrificio, derramando su propia sangre para el perdón de los pecados, pero ya de forma definitiva y plenamente renovada:

«Pero presentóse Cristo como Sumo Sacerdote de los bienes futuros, a través de una Tienda mayor y más perfecta, no fabricada por mano de hombre, es decir, no de este mundo. Y penetró en el santuario una vez para siempre, no con sangre de machos cabríos ni de novillos, sino con su propia sangre, consiguiendo una redención eterna. […] ¡Cuánto más la sangre de Cristo, que por el Espíritu Eterno se ofreció a sí mismo sin tacha a Dios, purificará de las obras muertas nuestra conciencia para rendir culto a Dios vivo!. Por eso es mediador de una nueva Alianza […] según la Ley, casi todas las cosas han de ser purificadas por la sangre, y sin efusión de sangre no hay remisión. En consecuencia, es necesario, por una parte, que las figuras de las realidades celestiales sean purificadas de esa manera; por otra parte, que también lo sean las realidades celestiales, pero con víctimas más excelentes que aquellas»[37]

Con este texto de la sangre y los sacrificios he querido expresar que siempre has sido necesario pagar un precio para obtener el perdón de los pecados. Pero mucho más elevado ha sido el precio pagado para darnos la plena libertad que nos permite acceder a las realidades celestiales; pues ahora la sangre pertenece al Hijo de Dios, como nos dice la Primera Carta de Pedro: «habéis sido rescatados de la conducta necia heredada de vuestros padres, no con algo caduco, oro o plata, sino con una sangre preciosa, como de cordero sin tacha y sin mancilla, Cristo»[38]. La liberación total ha supuesto un precio no humano ni corruptible; se trata de la sangre de Jesús. A veces parece como si todo esto consistiera en una transacción comercial entre el esclavizador y el liberador, y de hecho, la Primera Carta a los Corintios utiliza unas palabras que lo dan a entender: «Habéis sido bien comprados»[39]. Como complemento de lo que dice la Biblia presento el siguiente fragmento del Catecismo de la Iglesia Católica: «La justificación nos fue merecida por la pasión de Cristo, que se ofreció en la cruz como hostia viva, santa y agradable a Dios y cuya sangre vino a ser instrumento de propiciación por los pecados de todos los hombres»[40]. Es decir, aquello que transformó el fatal destino del hombre, a causa del pecado, en un estado propicio para la reconciliación con Dios fue la sangre de Cristo derramada en la cruz.

Jesús se atribuyó un texto de Isaías que dice: «El Espíritu del Señor sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar libertad a los oprimidos»[41]. Cristo asume que posee una misión liberadora. Es importante observar que este fragmento incorporado en el Evangelio de Lucas introduce al Espíritu Santo, que unge a Jesús para llevar a cabo la acción poderosa de liberación. Relacionando el derramamiento de la Sangre de Cristo con el poder liberador, considero que aquello que aplastó la potestad del pecado fue el poder de Dios en virtud de la sangre del Hijo vertida en la cruz y, como he mostrado en el tema anterior, el poder divino actúa a través del Espíritu Santo. Porque una cosa es el precio que se debía pagar y otra es el poder desatado una vez saldada la cuenta, aunque las dos cosas están íntimamente relacionadas. La Segunda Carta a los Corintios argumenta: «donde está el Espíritu del Señor, allí está la libertad»[42]. Esta afirmación otorga al Espíritu un poder superior al del pecado. Por otra parte, también queda confirmada la superioridad cuando el Señor traspasa la capacidad de perdonar los pecados a los Apóstoles soplando sobre ellos el Espíritu, como podemos leer en el Evangelio Según San Juan: «sopló sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedarán perdonados»[43]. Los Apóstoles recibieron, gracias al Espíritu Santo, el mismo poder de Dios para poder derrotar el poder del pecado. Así pues, la libertad definitiva de la humanidad ha tenido el coste de la sangre de Jesús, y a partir del momento de su derramamiento se ha instaurado una nueva alianza permanente.

4.1.2. La nueva Ley

En las antiguas alianzas había una Ley o normas básicas y unas promesas de prosperidad. Con la Nueva Alianza inaugurada por Cristo también aparecen estos elementos. La Ley siempre ha acompañado los pactos con Dios, en mayor o menor medida. Cuando el Señor hizo la alianza con Noé empezó a pedir un cierto compromiso por parte de los hombres: «solo dejaréis de comer la carne con su alma, es decir, con su sangre […] Quien vertiere sangre de hombre por otro hombre será su sangre vertida, porque a imagen de Dios hizo Él al hombre»[44]. En este primer pacto las normas son pocas y básicas, solo se pide no comer la sangre de los animales y respetar la vida humana. Con Abraham, Yahveh pide la circuncisión como signo de alianza[45], aunque taimen reclama fidelidad y rectitud, como podemos observar: «anda en mi presencia y sé perfecto»[46]. Con el paso del tiempo apareció el Decálogo[47], el código de santidad[48] y otras normas con el objetivo de dar cumplimiento a la parte de la alianza en lo que al hombre correspondía. Los mandatos relacionales, es decir, aquellos que establecen respeto o formas de relacionarse entre las personas y Dios, y entre los hombres, pueden considerarse como un primer paso hacia la santidad, pues se trata de ir perfeccionando la conducta humana.

En sí, la Ley parece una cosa buena, como escribe San Pablo a los romanos: «la ley es santa, y santo el precepto, y justo y bueno»[49]. No obstante, también dice: «¿Qué decir entonces? ¿Que la ley es pecado? ¡De ningún modo! Sin embargo, yo no conocí el pecado sino por la ley […] Vivía yo un tiempo sin ley!, pero en cuanto sobrevino el precepto, revivió el pecad, y yo morí; y resultó que le precepto, dado para vida, me fue para muerte»[50]. El pecado ha aprovechado la Ley para darse a conocer, provocando así un efecto negativo de las normas establecidas para mejorar en santidad. Ciertamente, el conocimiento de lo bueno que debe hacerse también nos hace saber lo malo que debe evitarse. El mandamiento estaba pensado para hacer mejorar el hombre, incluso existía la llamada a la santidad[51], aunque el pueblo de Israel durante la época del Antiguo Testamento únicamente contaba con la Ley para alcanzarla. Cumpliendo las normas se conseguía lo que se pedía en aquellos tiempos, pero desobedeciéndola el pecado ejercía su poder[52] y quedaba en evidencia la malicia humana, la cual es reiteradamente condenada. Por lo que parece, las personas tenían que esforzarse con las capacidades humanas para practicar las leyes de la alianza que estuviera en vigor; y esto, tomando como referencia la experiencia de Pablo[53], era imposible de realizar. La Carta a los Romanos constata la realidad del dominio global del pecado: «tanto judíos como griegos están todos bajo el pecado […] No hay quien sea justo, ni siquiera uno solo»[54]. El hombre no estaba liberado del poder del pecado aunque algunos gozasen de una relación privilegiada con Dios. La Ley, por si sola no llevó a nadie a la justificación ni a la salvación. El pecado seguía dominado la situación como si su dominio no pudiera ser arrebatado por el cumplimiento de una ley. Pero, gracias a la iniciativa divina, mediante la encarnación del Verbo, se produce un cambio liberador.

Con la nueva situación de la humanidad obtenida por el sacrificio voluntario de Jesucristo[55] y la Nueva Alianza sellada con su sangre[56], aparece el Espíritu Santo substituyendo la Ley, como nos muestra la Segunda Carta a los Corintios: «nuestra capacidad viene de Dios, el cual nos capacitó para ser ministros de la Nueva Alianza, no de la letra, sino del Espíritu»[57]. Se trata de un nuevo estado en el que aparece una nueva forma de guiarse, como podemos leer en la Carta a los Gálatas: «si sois conducidos por el Espíritu, no estáis bajo la ley»[58]. La Carta a los Romanos expone que el Espíritu inaugura un nuevo camino liberador: «hemos quedado emancipados de la ley, muertos a aquello que nos tenía aprisionados, de modo que sirvamos con un espíritu nuevo y no con la letra vieja»[59]. Si antiguamente se intentaba servir a Dios mediante el cumplimiento de unas normas, ahora se sirve con el nuevo camino del Espíritu, sustituyendo así la letra envejecida por la orientación del Espíritu Santo. Y si las antiguas leyes no habían podido liberar al hombre de la esclavitud del pecado, ahora esto es posible, como enseña Pablo a los romanos: «la ley del espíritu que da la vida en Cristo Jesús te liberó de la ley del pecado y de la muerte»[60].

La Carta a los Romanos, hablando de los justos, dice: «No hay nadie quien sea justo, ni siquiera uno solo»[61]; y en la Carta a los Gálatas encontramos: «si de hecho se nos hubiera otorgado una ley capaz de vivificar, en ese caso la justicia vendría realmente de la ley. Pero, de hecho, la Escritura encerró todo bajo el pecado, a fin de que la Promesa fuera otorgada a los creyentes mediante la fe en Jesucristo»[62]. Nadie es justo y la ley no pudo justificar; solo por Jesucristo llegó la salvación. Podríamos preguntarnos, ¿Jesucristo habría derramado su sangre si hubiera existido alguna otra posibilidad de liberar a los hombres? Creo que no. Sino ¿porqué Cristo imploró al Padre con estas palabras en la oración del huerto del Getsemaní?: «Padre mío, si es posible, que pase de mí esta copa, pero no sea como yo quiero, sino como quieras tú»[63]. Es gracias a la sangre de Jesús que podemos llegar a ser justos y libres de la ley que nos condena y de las consecuencias negativas del pecado, sobretodo las escatológicas. San Pablo expresa de esta forma a los romanos: «¡Con cuánta más razón, pues, justificados ahora por su sangre, seremos por él salvos de la cólera!»[64]. El castigo legal del pecado es la muerte[65], pero el don que nos hace justos supera todas las consecuencias negativas[66]. Una vez derramada la sangre, realizada la liberación y obtenida la nueva ley del Espíritu[67], cabe esperar la promesa.

4.1.3. La nueva promesa

San Pablo afirma: «el salario del pecado es la muerte; pero el don gratuito de Dios, la vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro»[68]. Jesús prometió esta vida cuando dijo que los justos irían a la vida eterna[69]. Creo que no hace falta volver a repetir que no hay ninguna persona justa por si misma, pero esta situación la ha resuelto Dios. De esta manera, cuando termina la vida terrenal no es el final de todo sino el inicio de una nueva vida. Si la Ley descubría la culpa y la condenaba[70], Pablo dice que «justificados ahora por su sangre, seremos por él salvos de la cólera»[71]. Y la garantía de que esto es cierto la encontramos en la resurrección de Jesús, el único hombre justo y obediente[72], gracias al cual recibimos el don de la justicia[73]. Según las palabras dirigidas a los romanos parece ser que la justificación no llega hasta la resurrección de Cristo: «creemos en Aquel que resucitó den entre los muertos a Jesús Señor nuestro, quien fue entregado por nuestros pecados, y fue resucitado para nuestra justificación»[74].

Entonces, el proceso divino sigue un orden concreto: primero, los hombres son rescatados del pecado pagando el precio[75] de la sangre de Jesús, y a continuación recibimos la justificación mediante la resurrección de Cristo, que al mismo tiempo garantiza que tiene todo el poder en sus manos. Pero la vida eterna es una promesa que se realizará al final de la existencia terrenal. Mientras este momento no llega, el Señor promete enviar el Espíritu Santo: «Os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito; pero si me voy, os lo enviaré»[76]; «Cuando venga el Paráclito, que yo os enviaré junto al Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí»[77]; y también en los Hechos de los Apóstoles podemos leer: «vosotros seréis bautizados en el Espíritu Santo dentro de pocos días»[78]. La promesa del envío del Espíritu Santo, de forma generalizada a todo cristiano, se cumplió después de la resurrección de Jesús y cuando el precio de la reconciliación ya estaba pagado. y, es gracias a la venida del Espíritu y a su presencia en el corazón de las personas que se realiza la justificación y la liberación del pecado. Tenemos, pues, dos promesas, la vida eterna y el envío del Espíritu Santo con todos los beneficios que esto representa.

4.2. La fe y el Espíritu

Gracias a la economía de la salvación me atrevo a afirmar que todos tenemos al alcance la liberación, la justificación y todos los beneficios que puedan sobrevenir de este proceso de salvación. Pero, ¿cómo podemos acceder a este don? San Pablo escribió a los romanos hablando de la fe como aquello que permite acceder a la justicia redentora: «justicia de Dios por la fe en Jesucristo, para todos los que creen»[79]; «El justo vivirá por la fe»[80]. Y a los Gálatas les dijo lo mismo pero involucrando la ley: «Conscientes de que el hombre no se justifica por las obras de la ley sino sólo por la fe en Jesucristo, también nosotros hemos creído en Cristo Jesús a fin de conseguir la justificación por la fe en Cristo, y no por las obras de la ley»[81]. A la justicia se accede por la fe, pero es la acción de Dios, a través de su Espíritu, quien materializa la justificación, como enseña la Primera Carta a los Corintios: «habéis sido lavados, habéis sido santificados, habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesucristo y por el Espíritu de nuestro Dios»[82]. Existen dos elementos imprescindibles para acceder a la justificación, una desde la vertiente humana que consiste en la acción de creer en Jesucristo y otra desde la divina. La parte humana representa un elemento muy importante para Pablo pero el objetivo ahora está centrado en la parte que corresponde a Dios por su Espíritu.

En la Carta a los Gálatas encontramos el siguiente texto: «a nosotros nos mueve el Espíritu a aguardar por la fe los bienes esperados por la justicia»[83]. El Espíritu hace suscitar la fe para que pueda realizarse la esperanza que poseen los cristianos, pero al mismo tiempo la misma fe permite al Espíritu Santo efectuar la justificación. La esperanza no consiste en un final de muerte, como sucedería sin el Espíritu, sino en la vida, como se anunció a los romanos: «el espíritu es vida a causa de la justicia»[84]. Me atrevo a comparar las funciones de Dios, Jesucristo y el Espíritu Santo en el ámbito de la justificación con el siguiente ejemplo: «Un hombre (simboliza la humanidad), a causa de una gran deuda, vive mendigando en condiciones infrahumanas, aunque puede subsistir. Alguien se presenta para cancelar la deuda (simboliza Jesucristo). Entonces se inicia un proceso judicial donde un juez (simboliza Dios) acepta el ofrecimiento de cancelación y ordena la restitución de todos los bienes del mendigo, y el acceso a una nueva vida. Pero para ejecutar la orden se necesita que el hombre acepte el veredicto y confíe en el que cancela la deuda y en el juez (simboliza la fe), y a partir de este momento también es necesario que acoja a alguien (simboliza el Espíritu Santo) que quiere acercarse a él para acompañarle e indicarle los pasos a seguir, y que dará real y materialmente los bienes en mano.

4.3. Caminando hacia la santidad

El camino que lleva hasta las condiciones óptimas para iniciar la santificación ha sido largo y complejo. Una vez las personas han recibido el perdón de los pecados, han sido rescatadas de la situación de esclavitud y sus consecuencias, y han recibido la justificación por la Gracia divina, el Espíritu de Dios, con una ley que encuentra su plenitud en la caridad[85], puede iniciar el camino de la santificación sin obstáculos heredados[86].

El camino hacia la santidad tiene su inicio en el bautismo. San Pablo le atribuye el origen de la liberación del pecado: «Fuimos, pues, con él (Jesús) sepultados por el bautismo en la muerte […] nuestro hombre viejo fue crucificado con él, a fin de que fuera destruido este cuerpo de pecado y cesáramos de ser esclavos del pecado. Pues el que está muerto queda liberado del pecado»[87]. Juan bautizó con un bautismo de conversión pero Jesús ordenó un bautismo completo: «Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre del Hijo y del Espíritu Santo»[88]. Se trata de un primer paso hacia la santidad con la presencia del Espíritu. Pablo, cuando llegó a Éfeso se encontró con personas que sólo habían recibido el bautismo de Juan y no conocieron al Espíritu Santo. Cuando el Apóstol los bautizó debidamente, según el mandato de Jesús, obtuvieron unos beneficios espirituales que antes desconocían. Este hecho se relata en los Hechos de los Apóstoles: «Juan bautizó con un bautismo de conversión, diciendo al pueblo que creyesen en el que había de venir después de él, o sea en Jesús. Cuando oyeron esto, fueron bautizados en el nombre del Señor Jesús. Y, habiéndoles Pablo impuesto las manos, vino sobre ellos el Espíritu Santo y se pusieron a hablar en lenguas y a profetizar»[89]. Se trata de unos dones recibidos de forma personal que permiten alcanzar un nivel espiritual superior gracias al Espíritu recibido, pero respecto a su utilización Pablo exhorta a los Corintios: «A cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para provecho común»[90]. De esta manera la santidad no se reduce a un esfuerzo privado sino que, además del esfuerzo personal, gracias a los dones de algunas personas existe una colaboración comunitaria encaminada al perfeccionamiento de la Iglesia de Cristo. Por tanto, el Espíritu Santo puede santificar personalmente y puede repartir dones a personas para que ayuden en la santificación de otras.

Antes se ha dicho que la parte aportada por el hombre para poder alcanzar la justificación es la fe[91]. De forma parecida en el terreno de la santidad es necesaria una colaboración mediante obras adecuadas a una vida dirigida por el Espíritu de Dios que habita en los corazones. Santiago dijo: «la fe, si no tiene obras, está realmente muerta»[92]. Y Pablo escribió a los gálatas: «Si vivimos según el Espíritu, obremos también según el Espíritu»[93]. El Espíritu Santo, que nos hace libres, con su presencia en los corazones interioriza en nosotros su normativa de acción, guiando así la conciencia del cristiano. Por tanto le revela cuales son las acciones buenas y agradables a Dios. No se trata de evitar el mal para cumplir con una ley sino, de evitarlo porque la presencia del Espíritu que nos ha santificado nos empuja a rechazarlo como antítesis del amor divino. Así pues, la naturaleza humana renovada y libre de la esclavitud del pecado se siente incómoda con el mal. San Tomás de Aquino dijo que quien evita el mal no porque sea mal, sino porque es un precepto del Señor, no es libre. Por el contrario, quien evita el mal porque es un mal, este es libre[94]. La persona guiada y santificada por el Espíritu Santo debería adaptarse a la explicación de San Tomás porque rechaza lo contrario a Dios como una reacción natural y no como una obligación impuesta.

A continuación presento una síntesi de este tema en el que se ha hablado del aspecto liberador y santificador del Espíritu Santo.
  

 

Premisas
El hombre posee la tacha y la mancilla del pecadoEl hombre dominado por el pecado es su esclavo
Jesucrist es la ofrenda agradable, sin tacha ni mancilla, ni defecto alguno.Dios llama al hombre para que sea santo a imagen de su Hijo
El ser humano se siente impotente e incapaz de alcanzar la meta de la santidad demandada por Dios
Proceso de limpieza y regeneración de la humanidad a partir de la Nueva Alianza
Liberación Del pecado Por el derramamiento de la sangre de Cristo se obtiene la liberación del poder del pecado, la reconciliación con Dios y la justificación. El Espíritu Santo realiza las obras de poder que materializan la nueva condición de libertad.
De la Ley La nueva ley del Espíritu sustituye la antigua, liberando al hombre de la condena legal y de la pena, es decir, la muerte.
De la muerte Se cumple la promesa de Dios por el envío de su Espíritu para dar una nueva vida unida a ayudas espirituales para los antiguos esclavos del pecado.El mismo Espíritu que resucitó a Jesús de entre los muertos también resucitará a aquellos en quienes habita.
Santificación

Punto de partida

Para gozar de la liberación e iniciar el proceso de santificación son necesarios la fe y el bautismo con el agua y el Espíritu.
Santificación Llegados a estas alturas, El Espíritu Santo inicia su acción santificadora y transformadora del hombre, a imagen del Hijo.
Colaboración humana Para avanzar en la santidad, el hombre debe colaborar con obras adecuadas a una fe viva, según la voluntad del Espíritu de Dios.
 

            Relacionado con este tema tenemos la fuerza y el poder del Espíritu, ya que es gracias a ellos que pueden vencerse otras potestades, y se convierten en las herramientas necesarias para el caminar del cristiano. Pero otro tema relacionado es aquel que he situado en el apartado de la nueva promesa sustituyendo la muerte. Se trata de la vida nueva que recibimos gracias al Espíritu Santo. Una vida renovada que conducirá a la plenitud de los resucitados, en todos los aspectos, también en santidad, gracias a la obra realizada por Dios en el interior de cada persona por medio de su Espíritu. De esta nueva vida trata el siguiente tema.




[1] Rm 15,16b. Otras versiones de la Biblia traducen este texto con otras palabras: «con el fin de presentar ante él a los no judíos, como ofrenda que le sea grata, santificada por el Espíritu Santo». Por tanto la santificación va dirigida a las personas.

[2] Lv 22,21
[3] Lv 23,18
[4] Rm 5,12

[5] Rm 3,9

[6] Tt 3,5

[7] Se refiere a Jesús

[8] Hb 7,26
[9] Hb 9,14
[10] 1Pe 1,18-19
[11] Ef 5,2
[12] Lv 11,45; Cf. Lv 19,2; Cf. Lv 20,26; Cf. 1Pe 1,16
[13] Rm 8,28-29
[14] Cf. Rm 7,15
[15] 2Co 3,18
[16] Cf. Is 6,3

[17] 1Pe 1,2b

[18] 2Te 2,13b

[19] Rm 7,14b
[20] Jn 8,34
[21] Rm 7,11
[22] Rm 6,23
[23] 1Co 15,56
[24] Rm 5,12
[25] CEC 402
[26] CEC 405
[27] Cf. Rm 7,15-25
[28] Mt 15,19
[29] Rm 1,29-31
[30] Rm 3,23-25
[31] Mt 26,27-28

[32] Cf. Ex 24,5-6

[33] Cf. Ex 20

[34] Cf. Ex 19,5-6; 23,20-31

[35] Cf. Lv 4

[36] Hb 9,9-10
[37] Hb 9,11-23.
[38] 1Pe 1,18-19
[39] 1Co 6,20
[40] CEC 1992
[41] Lc 4,18
[42] 2Co 3,17
[43] Jn 20,22-23
[44] Gn 9,4.6
[45] Cf. Gn 17,10-11
[46] Gn 17,1b

[47] Cf. Ex 20,1-17; Dt 5,2-21

[48] Cf. Lv 17-26
[49] Rm 7,12
[50] Rm 7,7-10
[51] Cf. Lv 11,45
[52] Cf. Rm 7,13b
[53] Cf. Rm 7,14-24
[54] Rm 3,10
[55] Cf. Jn 10,18
[56] Cf. Lc 22,20
[57] 2Co 3,5-6
[58] Ga 5,18
[59] Rm 7,6
[60] Rm 8,2
[61] Rm 3,10
[62] Rm 3,21-22
[63] Mt 26,39
[64] Rm 5,9
[65] Cf. Rm 6,23

[66] Cf. Rm 5,16

[67] La nueva ley se basa fundamentalmente en el amor: «el que ama al prójimo ha cumplido la ley» (Rm 13,8). «La caridad es, por tanto, la ley en su plenitud» (Rm 13,10)

[68] Rm 6,23
[69] Cf. Mt 25,46
[70] Cf. Rm 7

[71] Rm 5,9. Se está refiriendo siempre a Jesús

[72] Cf. Rm 5,18-19
[73] Cf. Rm 5,17
[74] Rm 4,24-25
[75] 1Co 6,20; 7,23
[76] Jn 16,7
[77] Jn 5,26
[78] He 1,5
[79] Rm 3,22
[80] Rm 1,17
[81] Ga 2,16
[82] 1Co 6,11

[83] GA 5,5

[84] Rm 8,10b. Otras traducciones bíblicas lo interpretan así: «el Espíritu os da la vida, ya que Dios os ha hecho justos». En una se atribuye al espíritu humano y en la otra al Espíritu de Dios. Pero siempre la vida es transmitida por el Espíritu Santo al hombre, en este caso a su espíritu, para que no muera.

[85] Cf. Rm 13,10

[86] Los obstáculos heredados serían el pecado original y sus consecuencias

[87] Rm 6,4-7
[88] Mt 28,19
[89] He 19,4-6
[90] 1Co 12,7; Cf. 1Co 14,26
[91] Cf. Cap.4.2
[92] St 2,17
[93] Ga 5,25

[94] Cf. Tomàs d’Aquino, In2, en Yves M. – J. Congar, EL ESPÍRITU SANTO, Pàg. 333

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