Miriene Fernandes, consagrada del Regnum Christi: «Jesucristo me ha robado el corazón»

*«Pensaba que era feliz porque me divertía mucho, era muy amada, tenía muchos amigos y todo lo que quería materialmente. Pero no era cierto»
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*"Empecé a preguntarme qué haría de mi vida, qué sentido tenía existir si no podía hacer nada por cambiar las cosas que me rodeaban, si tenía que sufrir y ver tanto sufrimiento sin poder evitarlo"
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*" Llegué a pensar en cosas como drogarme, matarme, no casarme y tener una vida libre sin complicaciones. Me decepcioné tanto del mundo y de la vida que casi “tiré la toalla”, casi desistí de mis sueños, planes, proyectos y valores"

1 de agosto de de 2009.- Miriene Fernandes, consagrada del Regnum Christi, nació en Río de Janeiro, Brasil. Se graduó en Educación y Desarrollo por la Universidad Anáhuac México Norte. Trabajó dos años en São Paulo, Brasil en la formación de jóvenes. Actualmente vive en Brasilia donde ha sido maestra en la Escuela de la Fe por tres años, coordina un programa de radio y trabaja en la formación de jóvenes. Esta cursando a distancia la licenciatura en Ciencias Religiosas por el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum, de Roma y lanzó ya su primer libro en portugués: “Viver pra Valer”. Presentamos a continuación su testimonio vocacional.

(Miriene Fernandes / Regnum Christi) Siempre fui muy soñadora. Le daba vueltas a lo que quería ser cuando fuera grande. En mis planes siempre entraban tres elementos: una carrera exitosa, un marido que me amara y al que pudiera darme con totalidad, y una casa llena de hijos. En todos esos elementos no entraba Dios, porque nunca me lo habían presentado como Alguien real en mi vida.

Aunque procedo de una familia católica, la vivencia de nuestra fe se reducía a los bautizos, bodas, misas de quince años y funerales.

A mis cinco años, mis padres me inscribieron en un colegio católico por ser el mejor colegio de la ciudad. Ahí me hablaron por primera vez de quién era Jesucristo, de su presencia en la Eucaristía, y de la Virgen María. Me gustaban las clases de religión. En el tiempo de recreo acudía a la capilla para hablar con Jesucristo y para hacerle visitas a María. Jamás pensé en consagrar mi vida a Dios hasta que un día unos niños se burlaron de una chica que quería irse al convento, y yo, sin decir nada, pensé: "¿Y por qué yo no?". En ese mismo instante deseché la idea pensando que a mí me gustaba el baile, los chicos, los viajes, las fiestas, los amigos. Hasta me reí internamente de mi misma creyendo que la idea fuera un gran absurdo.

La fe al último plano

No sabía entonces que quienes consagran su vida a Dios son jóvenes normales a las que les gustaban las mismas cosas que a mí, pero que optaron por algo más valioso que las cosas que les ofrecía el mundo, un amor más grande por el cual valía la pena dejarlo todo.

Durante mi adolescencia, mi fe, esa fe sencilla de niña, pasó a un segundo plano. O mejor: para el último plano. Me interesaba más luchar por los permisos para irme al antro, hacer fiestas con mi grupo de amigos, ver y platicar sobre los chicos. Hacía competencias con una amiga para ver quién lograba leer más libros en menos tiempo, y escogí lecturas que perjudicaron más mi fe y mis valores. Me aparté mucho de Dios y me sentía vacía. Empecé a buscar llenarme con todo lo que encontraba, cosas que son muy típicas de Brasil: horóscopos, cristales, espiritismo, videntes, fiestas y amigos.

Cuando tenía 12 años empecé a andar con mi vecino, a escondidas de mis padres. A los 14 años la relación se oficializó y estuvimos juntos por siente años. Prácticamente hasta pocos días antes que decidí consagrarme a Dios, a mis 21 años. Todos nos decían que era un noviazgo perfecto. Y en parte sí era porque nunca nos peleábamos y estábamos muy enamorados, vivíamos el uno para el otro.

Un momento muy difícil

A pesar de todas estas cosas me sentía insatisfecha. Pensaba que era feliz porque me divertía mucho, era muy amada, tenía muchos amigos y todo lo que quería materialmente. Pero no era cierto. Llegaba a casa y me tiraba sobre la cama para escuchar música. Mi mente volaba muy lejos y el corazón parecía apachurrarse.
Algo me faltaba y no entendía qué era. Me sentía vacía aunque no lo conceptualizaba.

Dios permitió un momento muy difícil en mi vida, donde me pareció que mi mundo, con todas mis ilusiones y mis planes, se venía abajo. Hubo problemas familiares y, además, nos habían amenazado de secuestro, por lo que mis padres tomaron la decisión de irnos a vivir a otra ciudad. Esto significaba estar muy lejos de mis amigos, de mi familia y de mi novio, que en ese momento lo era todo para mí.

En medio de este ambiente en el que Dios permitió que me sintiera sola, insatisfecha, vacía, empecé a preguntarme qué haría de mi vida, qué sentido tenía existir si no podía hacer nada por cambiar las cosas que me rodeaban, si tenía que sufrir y ver tanto sufrimiento sin poder evitarlo. Me horrorizaba pensar que cuando muriese nadie se acordaría de mí, que mi paso por el mundo sería insignificante, que no habría ninguna diferencia. Llegué a pensar en cosas como drogarme, matarme, no casarme y tener una vida libre sin complicaciones. Me decepcioné tanto del mundo y de la vida que casi “tiré la toalla”, casi desistí de mis sueños, planes, proyectos y valores.

En ese contexto de dolor y de confusión interna, de pensar en el sin sentido de mi vida y en mi futuro, Dios salió a mi encuentro. Entré al curso de preparación para la confirmación dirigido por los padres legionarios de Cristo. Allí empecé a conocer a Jesucristo como alguien real en mi vida, como un amigo que me ama y está a mi lado, y descubrí la doctrina católica como una doctrina aplicable a la vida. Empezó mi camino de conversión y amistad con Cristo. Una amistad que estaba dispuesta a mantener por encima de todo y de todos.


Un cambio radical de vida

En aquel momento, todo empezó a cobrar más sentido para mí. Al año siguiente entré al ECYD, dirigido por miembros del Movimiento Regnum Christi. Empecé a rezar, a asistir a la misa dominical, a salir con los chicos y chicas del grupo y a tener orientación con un sacerdote legionario de Cristo y a confesarme con frecuencia.

En enero de 1996 el padre me invitó a viajar a Chile para participar en un curso de formación del Regnum Christi, así podría conocer un poco más el Movimiento y sus obras. Decidí ir porque, en ese momento, todo lo que se refería a Dios y al Movimiento me interesaba; sentía que mi vida cambiaba, aunque no entendía bien cómo y porqué.

Viajé con una amiga. Ninguna de las dos sabíamos hablar español. Llegamos a la casa de retiros y todavía no había llegado nadie. Algo más tarde llegaron las señoritas consagradas del Regnum Christi. Jamás había visto una consagrada antes y la primera impresión me dejó boquiabierta: eran tres mujeres jóvenes, sonrientes, bonitas y simpáticas; me saludaron como si me conocieran de toda la vida. Pasé los ocho días del curso observándolas, escuché el testimonio de sus vidas con mucha atención y estuve largo rato a solas, en el jardín, leyendo sobre la fe católica y reflexionando sobre mi vida, y también en la capilla mirando a Jesucristo en la Eucaristía. No sé exactamente qué pasó ahí ni como fue, pero ese curso cambió radicalmente mi vida. Comencé a experimentar el amor personal de Jesucristo y a ver, a lo largo de mi vida, cómo Él siempre había estado presente. Su amor y misericordia se hicieron patentes en mi vida, y el pensar que muchos hombres y mujeres, sobre todo mi familia, no le conocían, me hizo decidirme a dar mi vida por Él si me lo pedía.

La experiencia tan fuerte y personal del amor de Jesucristo me hizo decidir a dar dos años de mi vida para la Iglesia a través del Movimiento como colaboradora. Había tomado esta decisión cuando una consagrada nos narró su testimonio y dijo una frase que me hizo pensar en que Dios me podría estar llamando a la vida consagrada: “Yo te pedí un marido y Tú me diste un corazón para amar a todos los hombres”. Entendí que Dios quizás me quería toda para Él, y eso me llenó de paz y felicidad.

Regresé a mi ciudad y le conté a mi director espiritual. Pero, para mi sorpresa, él me dijo que no me preocupara, que me dedicara a serle fiel a Jesucristo en mi vida diaria. Creo que el padre pensó que sólo estaba muy entusiasmada y que eso pasaría luego. Pero no pasó.

Me comprometí con todos los apostolados que pude, iba a misa diariamente, y hacía mis oraciones a diario. Salía con mis amigos y ya no perdía tiempo en la cama oyendo música y divagando; mi vida estaba polarizada por mi amor a Jesucristo, que era todo para mí. Mi corazón, que había estado tanto tiempo vacío, no sólo estaba lleno, sino que rebosaba. No podía no hablar de Cristo, no hablar con Cristo y no entregarme a Él.

La llamada de de Dios definitiva

En junio de 2007 me fui al cursillo de capacitación para colaboradoras. Ahí me planteé más seriamente la posibilidad de que Dios me estuviera llamando. Para mí quedaban sólo dos posibilidades: o me consagraba a Él, o en mi matrimonio viviría con mi esposo al servicio de la Iglesia donde nos mandara el Movimiento. No podía darle menos a Jesucristo.

Una noche, la llamada de Dios fue muy clara; me quería toda para Él, con exclusividad. No quería compartir mi corazón con otro hombre. Habían hecho una fogata y una consagrada daba su testimonio. Era la misma consagrada que había contado en Chile su experiencia. Oí una vez más la frase: “Yo te pedí un marido y me diste un corazón para amar a todos los hombres”.

Dios me llamaba. Eso era cada día mas claro. Y curiosamente yo, que un día me reí de la simple posibilidad, ahora estaba feliz. Una paz y una felicidad profundas invadieron mi alma. Encontré la plenitud que estaba buscando. El amor que llenaba mi alma. Y aunque sea difícil explicar: encontré al Hombre que colmaba todos mis anhelos y llenaba completamente mi corazón de mujer. Por mí no hubiera dejado pasar un solo día más para entregarle mi vida a Cristo, pero tenía un largo camino por delante: la relación con mi novio –cuando en un mes íbamos a cumplir siete años de noviazgo–, y pedir permiso a mis padres que todavía no entendían bien lo que me estaba pasando.

Con mi familia también fue un momento difícil. No entendían porqué dejaba todo, pero me apoyaron porque sabían que era mi felicidad. Comprendí que mi vocación sería siempre amor y dolor. El amor a Jesucristo y a las almas que da sentido a toda mi vida, que llena y hace desbordar mi corazón de felicidad, y el dolor de haber dejado a mi novio, mi familia, mis amigos y, en el día a día, el dolor de experimentar mi pequeñez que tantas veces me impide una entrega total a Cristo y a los demás como me gustaría.

Y aunque duela la separación de las personas que amamos, creo que es más doloroso el no poder compartir esa inmensa felicidad con todos los hombres. Duele constatar que muchos no abren su corazón para dejar que Jesucristo entre. Duele que por mi pequeñez y por la pobreza de las palabras sea imposible expresar qué es el amor de Cristo. Lo que más duele en mi vida consagrada no es todo lo que tuve que dejar porque lo hice por amor. Lo que duele es ver que soy incapaz de transmitir a los hombres la experiencia del amor de un Dios que se hizo hombre por amor a mí, para estar conmigo, para llenar mi corazón de mujer, para ser mi esposo.

Mi consagración no es fruto de la voluntad de Dios que me “obligó”. Mi consagración es fruto de una experiencia de un Dios que entró como un huracán en mi vida y cambió todo. Un Dios que conquistó mi corazón y lo llenó tanto, a punto de rebosar. Y si Dios me diera la oportunidad de volver atrás yo lo haría todo de nuevo. Jesucristo me ha robado el corazón y espero que nunca me lo regrese.

 

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