Hélène veía a Jesús como el «amigo imaginario» de los cristianos, pero se convirtió al ir a un retiro por la insistencia de una compañera de trabajo

*  «Hoy estoy encantada de haber podido descubrir a este amigo que no es nada imaginario, Jesús. Siento la necesidad de ir a la iglesia todos los domingos por la mañana, de visitarlo como un amigo muy querido y decirle cuánto lo amo, cuánto le agradezco por amarme tanto y como soy, con mis defectos y cualidades. Y estoy segura de que ama a todos los seres humanos de esa manera. ¡Nos toca a nosotros abrirle nuestro corazón! Está esperando eso»

Camino Católico.-  Para la francesa Hélène, técnica de espectáculos, Dios no era parte de su realidad vital. Bueno, eso hasta que estando en plena crisis tras separarse de su pareja, escuchó hablar de Jesús a una colega. Sin buscarlo ni quererlo -cuenta en la revista L’1visible y lo traduce PortaLuz– comenzaría a vivir una transformación que ella misma narra en los siguientes párrafos…   

¡Jesús no es un amigo imaginario!

Hace unos años cambié de trabajo y muy rápidamente, me hice muy amiga de una de mis nuevas compañeras. En ese momento estaba experimentando grandes dificultades en mi vida personal e incluso había decidido separarme del padre de mis hijos con quien había estado viviendo durante diez años. Mi colega me hablaba de Jesús, ‘que era el corazón de su vida’. Me decía: ‘¡Está vivo, nos ama a todos, personalmente! Ella realmente transmitía una gran alegría. Su fe me parecía bien por ella, pero era algo tan lejos de mi mundo. Sin embargo, cuanto más me hablaba de Jesús, menos indiferente me dejaba.

Pasaron los meses y estaba conforme con vivir el día a día, disfrutaba de la vida. El verano se acercaba y sin saber cómo terminé de vacaciones con dos parejas de amigos y un bebé. Sabía que traería consecuencias. En este grupo, sentí mi soledad emocional regresar a mí con toda su fuerza. Me puse irritable, ya no sonreía y esto continuó en los meses siguientes.

Ya no me reconocía, estaba incómoda conmigo misma y decidí que debía hacer algo. Estaba empezando una terapia cuando mi colega me habló de unas reuniones regulares para personas como yo que se hacen preguntas existenciales. Como no me comprometía a nada, acepté ir. En la primera reunión, escuché el magnífico testimonio de una joven que se convirtió en poco tiempo. Me dieron ganas de que me pasara algo así. Decidí que podría aprender al menos cómo viven los cristianos y me fui a una tarde de oración.

Cuando la gente me decía que rezaban todos los días, creí que estaban locos. Para mí eran como niños hablando con su amigo imaginario. Sin embargo, se les veía felices, pero me dije a mí misma que no era algo para mí. En primer lugar, no tengo tiempo para rezar y eso de ir a misa me parece imposible, pensé. Todos los sábados por la noche, voy a conciertos por trabajo y siempre hay una fiesta ¡que no me perdería por nada en el mundo! …me recordó además mi mente.

Un día me hablaron de un fin de semana sobre el Espíritu Santo. Los que ya han participado hablaban de ello con estrellas en los ojos. ¡Parecía extraordinario! Sin embargo, las fechas coincidían con el fin de semana del año que prefería trabajar: ¡Era el festival de blues!

Finalmente, a pesar de esa gran renuncia que debía hacer, me dejé tentar. Y fue durante este fin de semana que experimenté un verdadero encuentro con Jesús. La oración que algunos hicieron por mí y el hecho de que yo recé por otros me transformó completamente.

Cuando llegué a casa y volví al trabajo, mis colegas percibían el cambio interior que se estaba produciendo en mí. También gracias a la terapia tuve la claridad para decidir acercarme al padre de mis hijos, porque entendí que todavía le amaba. Es el hombre de mi vida. Decidimos volver a vivir juntos. Y hasta sentí la necesidad de casarme con él en la Iglesia.

Como ambos estábamos bautizados, pensé que podría preparar mi primera comunión en paralelo y hacerla el día de mi boda. Pero el sacerdote que nos acompañaba me aconsejó tomar un tiempo. Nos casamos en la Iglesia pero sin Eucaristía. Entonces me preparé sin prisa para la primera comunión y la confirmación.

En la Pascua de 2016, pude hacer mi primera comunión y cincuenta días después, mi confirmación. Fueron momentos muy especiales en mi vida.

Hoy estoy encantada de haber podido descubrir a este amigo que no es nada imaginario, Jesús. Siento la necesidad de ir a la iglesia todos los domingos por la mañana, de visitarlo como un amigo muy querido y decirle cuánto lo amo, cuánto le agradezco por amarme tanto y como soy, con mis defectos y cualidades. Y estoy segura de que ama a todos los seres humanos de esa manera. ¡Nos toca a nosotros abrirle nuestro corazón! Está esperando eso.

Hélène

Fuente:PortaLuz
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