Miguel Durán, abogado, empresario y político: “No culpo a Dios de mi ceguera”

1 de agosto de 2009.-Fue a nacer en una familia pobre y muchos en el pueblo le imaginaron condenado a la mendicidad. Sin embargo, a base de esfuerzo -más del doble del normalmente exigido- logró salir adelante y triunfar. Hasta que un juez malaje y con mucho afán de protagonismo le condenó porque sí al infierno de los imputados (del que saldría diez años después, limpio de todo delito). Su encabezamiento de la lista de Libertas en las europeas fue interpretado por algunos como un reenganche a la vida pública, para la que Durán asegura tener vocación.

(Gonzalo Altozano – Las 3 fotos superiores: Carmen Benavides / Alba) -En la presentación de Libertas dijo: “Dios ayudará”. Sin embargo, los resultados…

-Aunque uno piense que algo debe funcionar, luego no siempre lo hace. Es porque Dios sabe que tiene que ser así.

-¿Le hace responsable?

-Sólo de lo bueno, no de lo malo.

-¿Ni siquiera de su ceguera?

-Eso no es culpa de Dios, sino una cuestión genética. En cualquier caso, si Él quiso que fuera ciego sus razones tendría. Espero poder entenderlas algún día.

-¿Nunca rezó para un milagro?

-Sí, pero dejé de hacerlo hace años, cuando acepté mi condición. De niño rezaba para poder ver y para que esa mujer a la que quería enormemente, mi madre, dejara de llorar. De adolescente incluso me cabreé con Él: “¿Y yo qué te he hecho?”.

-¿Le duró mucho el enfado?

-Mi infancia estuvo marcada por las enseñanzas católicas, las cuales dejaron en mí una huella positiva. Recuerdo con nostalgia la catequesis de primera comunión, los villancicos, las dramatizaciones radiofónicas de Semana Santa…

-Pero llegó la adolescencia…

-… y me fui interno a los colegios de la ONCE, donde la enseñanza era fuertemente religiosa, algo propio de la época. Sin embargo, nos quedábamos en las formas, sin entrar en el fondo.

-Conclusión.

-La religión fue convirtiéndose en una rutina poco explicada, empecé a resbalar por una pendiente de descreimiento, a rebelarme frente al Creador, a pensar: “Esto de Dios ¿no será un cuento?”.

-O sea, que el alejamiento no lo motivó sólo su ceguera…

-Ya en el instituto me impliqué en política, hasta el punto de convertirme en un líder estudiantil. Los únicos que hacían proselitismo entonces eran los comunistas, y yo caí en su órbita.

-¿Se volvió un comecuras?

-Afortunadamente, no. Entre otras cosas, porque entre mis referentes se contaban curas -y monjas- muy buenos.

-¿Le devolvieron ellos a la fe?

-A los dieciocho años conocí a la que sería mi mujer. Aquel amor hizo que le encontrara un nuevo sentido a la vida. Ahí empezó una etapa de lucha, de abrirme camino, de procurar ser el mejor.

-Se reincorporó a la normalidad, vaya.

-Así podríamos decirlo. Poco a poco me fui dando cuenta de que era imposible que estuviéramos aquí por casualidad. Entonces nació en mí la inquebrantable fe que ahora tengo y que, a Dios gracias, ya no me ha abandonado.

-Por lo que cuenta, no fue una caída de caballo.

-No es que de golpe y porrazo me convirtiera en una persona hiperreligiosa. Fue más bien que empecé a ver a Dios como un ser infinitamente bueno, alguien a quien poder acudir en un apuro.

-¿Sólo en en ese caso?

-Reconozco que tengo un sentido utilitarista del rezo; no soy ningún santo.

-¿Alguna oración en particular?

-El Padrenuestro. Aunque lo mío con Dios vaya más de diálogos espontáneos que de oraciones hechas.

-En el Padrenuestro se habla de perdonar a los enemigos, y usted tiene uno -Garzón- que le condenó a una larguísima pena de banquillo. ¿Le ha perdonado?

-Hablamos de Dios, ¿no?

-Sí.

-Entonces no servirá mentir, pues Él me conoce bien. Mire, a veces, cuando llego a esa parte, me quedo sin voz y me pregunto si he perdonado todo lo que debía perdonar. Pero lo intento. De verdad que lo intento. Que sea Dios el que me juzgue.

-El Juicio Final sí que va a ser un proceso con todas las garantías.

-Es un juicio al que no temo, y no porque pretenda incurrir en temeridad ante Dios, sino porque sé que su bondad es infinita y que, de alguna manera, comprenderá mis debilidades. Luego aplicará el correctivo que sea, pero yo aspiro a una eternidad en paz, abandonado en sus brazos.

-Tampoco teme a la muerte.

-No, aunque no tengo un especial deseo de que llegue. Sé que a mi edad la vida empieza a parecerse a un otoño más que a un verano, por eso me preparo para poder recoger la papeleta con la satisfacción de haber hecho el bien a los demás.

-De momento le cabe la alegría de no haberse cortado un pelo, por lo menos en esta entrevista.

-Que cada uno me encasille como quiera. Si alguno piensa que soy un iluminado, peor para él. A Dios le siento cerca y me encanta charlar acerca de Él. Por eso le doy las gracias por haberme dado la oportunidad de hablar de un amigo, de un buen amigo.

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