5. El Espíritu Santo da una nueva vida

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Ver las otras partes de la tesis:
Introducción
1. Relación entre el Espíritu Santo y el hombre
2. El Amor de Dios derramado por el Espíritu Santo

3. La fuerza y el poder eterno de Dios por el Espíritu Santo
4. El Espíritu Santo santifica y libera
6. El Espíritu Santo hace a los hombres hijos de Dios y herederos


espiritu_santo1.jpgEn el proceso de creación del Mundo, la vida aparece en las últimas etapas para coronarla. El quinto día, según el libro del Génesis, «Y creó Dios los grandes monstruos marinos y todo animal viviente, los que serpean, de los que bullen las aguas por sus especies, y todas las aves aladas por sus especies»[1]. Finalmente Dios creó a su imagen[2] el más perfecto de los seres vivos: el hombre. A éste le dio la vida con el propio aliento, como podemos leer: «Dios formó al hombre con polvo del suelo, e insufló en sus narices aliento de vida, y resultó el hombre un ser viviente»[3]. En contraposición a la vida se encuentra la muerte, pero en ningún libro de la Biblia aparece como creación de Dios. El libro de la Sabiduría relata cuales eran los planes de Dios respecto a la vida y porque no salió como él quería: «Dios creó al hombre para la incorruptibilidad, le hizo imagen de su misma naturaleza; mas por envidia del diablo entró la muerte en el mundo, y la experimentan los que le pertenecen»[4]. Dios destinó al hombre a no morir, pero el pecado causó una alineación de su estado preternatural con consecuencias grabes, siendo la pero de todas la muerte. Hay una creación original donde todo es vida pero por unas determinadas causas apareció la muerte. Si Dios es Vida eterna y el hombre está creado a su imagen y semejanza, es lógico cuestionarse sobre la presencia cotidiana de la muerte, destinada a los partidarios del diablo, según leíamos en el anterior texto del libro de la Sabiduría.

 

 

 

 

 

Cuando Adán y Eva comieron del árbol del conocimiento del bien y del mal[5], de alguna manera, se convirtieron en aliados del tentador y rebeldes a la voluntad de Yahveh. Por este motivo fueron expulsados del paraíso y privados de comer del árbol de la vida, como podemos leer en el Génesis: «Y dijo Yahveh Dios: ¡He aquí que el hombre ha venido a ser como uno de nosotros, en cuanto a conocer el bien y el mal! Ahora, pues, cuidado, no alargue su mano y tome también del árbol de la vida y comiendo de él viva para siempre. Y le echó Yahveh Dios del jardín del Edén […] Y habiendo expulsado al hombre, puso delante del jardín de Edén querubines, y llama de espada vibrante, para guardar el camino del árbol de la vida»[6]. Por lo tanto, si esta vida inicial no puede sustentarse mediante el simbólico árbol de la vida, según nos enseña el libro del Génesis, tiene los días contados y finalizará inevitablemente; Dios dijo: «No permanecerá para siempre mi espíritu en el hombre, porque no es más que carne; que sus días sean ciento veinte años»[7]. San Pablo lo dice a los romanos de esta otra forma: «por un solo hombre entró el pecado en el mundo y por el pecado la muerte»[8]. Esto significa que el hombre vive una vida efímera, con más o menos precariedades, y por tanto necesitaría una restauración desde la raíz del problema para poder recuperar la vida inmortal a la cual estaba destinado.

Cuando la humanidad ya estaba sometida a la muerte vino Jesucristo, y según el Evangelio de Juan, dijo: «Yo soy el camino, la verdad y la vida»[9]. También, en una oración que realiza al Padre se atribuye así mismo el poder de dar la vida al os hombres: «Padre, ha llegado la hora, glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti. Y que según el poder que le has dado sobre toda carne, dé también vida eterna a todos los que tú le has dado»[10]. Observamos como Jesús se auto afirma como la vida y el dador de vida, gracias al poder recibido del Padre. En el libro del Génesis aparece Dios insuflando su aliento de vida en las personas[11], y en la Carta a los Romanos encontramos este texto: «Y si el Espíritu de Aquel que resucitó a Cristo de entre los muertos dará también la vida a vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que habita en vosotros»[12]. Jesús defendía ser la vida y tener poder para darla. Este poder proviene del Espíritu de aquel que dio vida a los primeros seres humanos y, en otro tiempo, resucitó a Jesús. Igualmente, la presencia del mismo Espíritu en las personas vivificará sus cuerpos mortales. Jesús puede residir en nuestros corazones por el Espíritu, y es así como nos regala la vida. La Segunda Carta a los Corintios se refiere literalmente al Espíritu Santo como aquel que da la vida: «el Espíritu da vida»[13]. Y en la Primera Carta a los Corintios podemos leer: «el último Adán, (es) espíritu que da vida»[14]. Jesús es la vida porque su esencia está formada por el mismo Espíritu de Dios[15], Creador de la vida, y allí donde penetra el Espíritu hay vida, porque como dice el Evangelio Según San Juan: «El Espíritu es el que da la vida»[16]. Ya sea directamente de Dios o a través del Hijo, según los textos bíblicos, el Espíritu Santo es quien otorga la vida.

La adquisición de la nueva vida tiene un punto de partida, mediante el cual todo hombre puede obtenerla, manifestándose en el presente de cada cristiano y llegando a la plenitud en el futuro escatológico. De hecho, es el mismo inicio que servía para obtener la liberación e iniciar el camino de la santidad, es decir, el bautismo.

5.1. El bautismo, inicio de la nueva vida

El inicio de la nueva vida se encuentra especificado en el capítulo sexto de la Carta a los Romanos: «¿…ignoráis que cuando fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte? Fuimos, pues, con él sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva»
[17]. Mediante el bautismo el cristiano queda injertado en la vid[18], es decir, en Jesús. El creyente forma parte del Cuerpo de Cristo[19], quien murió, fue sepultado y resucitó; por tanto participa de su muerte y de su resurrección. El bautismo aporta libertad en el hombre viejo dominado por el pecado, como dice Pablo a los romanos: «nuestro hombre viejo fue crucificado con él, a fin de que fuera destruido este cuerpo de pecado y cesáramos de ser esclavos del pecado»[20]. Pero los beneficios del bautismo no se limitan a la libertad sino que gracias a el las personas pueden emprender una nueva vida. pedro, dirigiéndose a los judíos, en los Hechos de los Apóstoles vincula el bautismo con la eliminación del pecado y el derramamiento del Espíritu Santo: «Convertios y que cada uno de vosotros se haga bautizar en el nombre de Jesucristo, para remisión de vuestros pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo»[21]. En el bautismo correctamente administrado[22] se recibe al Espíritu Santo. Por este motivo, mediante la acción sacramental se obtiene una vida renovada, la cual no es simplemente un cambio de vida, sino la entrada a una existencia totalmente nueva y diferente, desvinculada del hombre viejo sometido a la ley del pecado y de la muerte[23], y unida a una nueva realidad espiritual aportadora de vida, llamada por Pablo de esta manera: «la ley del Espíritu que da la vida en Cristo Jesús»[24]. Los textos enseñan que es el Espíritu quien da vida, pero puede observarse una íntima relación entre este poderoso acontecimiento y la misión del Hijo, de la que recibimos los beneficios por el bautismo. Si el Espíritu viene con nueva vida es porque Jesucristo ha preparado el camino.

El bautismo, una vez ha roto la atadura del pecado, permite el libre acceso del Espíritu Santo al corazón de las personas. Repasando los temas que se han expuesto hasta ahora, creo que se podrían agrupar en el inicio de la nueva vida según el Espíritu. En este inicio se recibe el amor de Dios que nos permitirá amar a Dios y a los hermanos con un amor desinteresado, como no se había hecho hasta ese momento. También la fuerza y el poder de Dios que han hecho posible la liberación del poder del pecado capacitarán a las personas para mantener la nueva vida ante las adversidades. Y si por algún motivo alguien tropieza el poder del Señor podrá reconducir su vida por el camino iniciado en el bautismo. Y, finalmente, se inicia un camino hacia la santidad en la vida terrenal. Camino que alcanzará la culminación en la vida eterna, en el Reino celestial.

La nueva vida, por el Espíritu, encuentra la plenitud en el cielo, pero ya puede empezar a gozarse en el presente de cada persona. A continuación se expone esta realidad.

5.2. La nueva vida en el presente de cada persona

La Carta a los Romanos revela el inicio de un nuevo camino en la vida del bautizado: «al presente, hemos quedado emancipados de la ley, muertos a aquello que nos tenía aprisionados, de modo que sirvamos con un espíritu nuevo y no con la letra vieja»
[25]. La nueva situación revela que ha acontecido una renovación espiritual de la persona trasladándola a una realidad superior y más cercana a Dios, a quien se sirve en el día a día de la vida del creyente de acuerdo con el nuevo camino que el Espíritu Santo propone. Según San Pablo, esta restauración integral del hombre necesita ser manifestada mediante un comportamiento adecuado y por este motivo exhorta a los romanos: «No hagáis ya de vuestros miembros armas de injusticia al servicio del pecado; sino más bien ofreceos vosotros mismos a Dios como muertos retornados a la vida; y vuestros miembros, como armas de justicia al servicio de Dios»[26]. Y, dicho de otra forma, también en otro texto de Pablo encontramos una llamada a vivir según la voluntad del Espíritu: «seguimos una conducta, no según la carne, sino según el Espíritu […] las tendencias de la carne, desean lo carnal; mas las del Espíritu, vida y paz»[27]. Lógicamente, aquí el Apóstol está hablando de unos intereses terrenales motivados por el pecado y portadores de algún mal.

Racionalmente pensando, no se puede atribuir a todos los deseos terrenales un juicio peyorativo. Teniendo en cuenta esto, cabe fijarse en la importancia de permitir al Espíritu Santo conducir la vida del hombre. Aquel que lleva a la nueva existencia superior y más perfecta que la anterior, lo hará manteniendo una evolución constante hacia la perfección si seguimos sus impulsos y sus intereses. En la Carta a los Gálatas se especifica, sin entrar en pequeños detalles de la vida cotidiana, como tiene que ser la vida según el Espíritu, evitando las consecuencias negativas de los malos deseos terrenales:

«Si vivís según el Espíritu, no daréis satisfacción a las apetencias de la carne. Pues la carne tiene apetencias contrarias al espíritu, y el espíritu contrarias a la carne, como que son entre sí antagónicos, de forma que no hacéis lo que quisierais. Pero, si sois conducidos por el Espíritu, no estáis bajo la ley. Ahora bien, las obras de la carne son conocidas: fornicación, impureza, libertinaje, idolatría, hechicería, odios, discordia, celos, iras, rencillas, divisiones, disensiones, envidias, embriagueces, orgías y cosas semejantes, sobre las cuales os prevengo, como ya os previne, que quienes hacen tales cosas no heredarán el Reino de Dios. En cambio el fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí; contra tales cosas no hay ley. Pues los que son de Cristo Jesús, han crucificado la carne con sus pasiones y sus apetencias. Si vivimos según el Espíritu, obremos también según el Espíritu»[28]

La condición humana anterior estaba sometida a la esclavitud del pecado, pero una vez librados de toda potencia maléfica podríamos preguntarnos, ¿somos totalmente libres para hacer lo que queramos? La Carta a los Romanos nos da a entender que nuestra libertad consiste en escoger el señor a quien servir. Según la elección se obtendrá un resultado u otro: «¿No sabéis que al ofreceros a alguno como esclavos para obedecerle, os hacéis esclavos de aquel a quien obedecéis: bien del pecado, para la muerte, bien de la obediencia, para la justicia?»[29]. La vida del cristiano permanece voluntariamente sometida al servicio del Salvador. A pesar de la renovación experimentada el hombre continúa siendo débil e inclinado al pecado, obstáculos superables sólo por la grandeza y por la omnipotencia de la misericordia divina. Existe una concupiscencia que impulsa al hombre hacia el mal al mismo tiempo que el Espíritu Santo impulsa hacia el bien, evidentemente esta última fuerza es más grande que la primera.

Durante la existencia terrenal guiada por el Espíritu se nos propone un modelo a seguir, como podemos observar en estos textos de diversas cartas de San Pablo: «Sed, pues, imitadores de Dios como hijos queridos, y vivid en el amor como Cristo os amó y se entregó por nosotros»[30]; «Sed mis imitadores, como yo lo soy de Cristo»[31]; «os hicisteis imitadores nuestros y del Señor»[32]. Se trata de imitar a Dios mediante el ejemplo del Hijo. Aunque Pablo también presenta su conducta como ejemplo a imitar; lo hace porque se considera un fiel seguidor de Jesucristo, de manera que imitando al Apóstol los discípulos puedan llegar también a una vida parecida a la de Cristo. Con la nueva vida guiada por el Espíritu e imitadora del Maestro Jesús se incorpora una nueva expresión: vivir en Cristo.

5.3. Nueva vida en Cristo

En los escritos de San Pablo la fórmula «en Cristo», o sus sinónimos, es algo muy utilizado. En la Carta a los Romanos la utiliza diciendo: «ninguna condenación pesa ya sobre los que están en Cristo Jesús. Porque la ley del Espíritu que da la vida en Cristo Jesús te liberó de la ley del pecado y de la muerte»[33]. Esta expresión también adquiere mucha fuerza en la Segunda Carta a los Corintios: «el que está en Cristo, es una nueva creación. Pasó lo viejo, todo es nuevo»[34]. Muriendo con Cristo por el bautismo, vivimos no sólo con Él sino en Él, es decir, unidos a su Espíritu y al mismo tiempo en el cuerpo visible que es la Iglesia[35]. San Pablo no habla nunca de un cuerpo del Espíritu, pero este huésped sagrado realiza en nosotros un trabajo oculto de encarnación integrándonos en Cristo y haciéndonos parecidos a Él[36]. El objetivo del cristiano es hacer de Jesús su principio fundamental[37].

La identificación con Cristo llega en Pablo a estos máximos: «no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí»[38]; «para mí la vida es cristo»[39]. El Apóstol ha llegado al extremo he dar muerte al propio yo y ceder totalmente su vida a la voluntad de Jesucristo. De esta manera vive en Cristo y su vida solamente es El, quien dirige todos los movimientos de Pablo. En la Carta a los Romanos podemos leer: «el Espíritu de Dios habita en vosotros. El que no tiene el Espíritu de Cristo, no le pertenece». Por tanto, el Espíritu de Dios, que es el mismo Espíritu de Cristo[40], habita en las personas y de esta manera se realiza la comunicación con el Hijo. El cristiano puede iniciar el camino de la nueva vida recibiendo la ayuda del Espíritu Santo para poder avanzar en la perfección cristiana, pero, por un lado estaría el yo del creyente y por otro el Espíritu de quien recibe todo lo necesario para alcanzar la meta espiritual de ser como Jesucristo. Según esta opción, Jesús viviría en el cristiano mediante su Espíritu, y el discípulo intentaría imitarlo. Pero Pablo va mucho más lejos, porque muriendo al propio yo cede todo su ser a Jesucristo, en quien decide vivir sumergiéndose en la profundidad del misterio y sirviendo al Evangelio[41]. De manera que no sólo es Cristo quien vive en Pablo sino también Pablo quien vive en Cristo gracias al Espíritu Santo. Por este motivo cuando escribe a los romanos dice: «no me atreveré a hablar de cosa alguna que Cristo no haya realizado por medio de mí»[42]; porque únicamente quiere hacer destacar la figura de Jesucristo en todas sus acciones.

Considero que la predicación y la escucha de la Palabra adquieren una importancia relevante en la misión de hacer habitar a Jesuscristo en el interior del hombre, llevándolo al conocimiento de lo que el Espíritu desea realizar en él para hacerlo más semejante al Mesías, teniendo así una vida en Cristo. Hablar de Jesús es fundamental, pues sin evangelización no puede nacer la fe, como enseña Pablo a los romanos: «¿cómo invocarán a aquel en quien no han creído? ¿Cómo creerán en aquel a quien no han oído? ¿Cómo oirán sin que se les predique? Y ¿cómo predicarán si no son enviados? Como dice la Escritura: ¡Cuán hermosos los pies de los que anuncian el bien! […] Por tanto, la fe viene de la predicación, y la predicación, por la Palabra de Cristo»[43]. Es necesario anunciar el Evangelio para propiciar el nacimiento de la fe en las personas, y al mismo tiempo dar la oportunidad a la Palabra, es decir, a Jesucristo, de entrar en el corazón y quedarse en el, siempre y cuando la predicación haya suscitado la fe imprescindible para conseguirlo. Se trata de hacer habitar la Palabra en lo más íntimo de las personas, como deseaba Pablo a los colosenses: «La palabra de Cristo habite en vosotros con toda su riqueza»[44]. Para abarcar esta gran tarea evangelizadora hay que contar una vez más con el Espíritu Santo, como sucedió con los tesalonicenses: «os fue predicado nuestro Evangelio no sólo con palabras sino también con poder y con el Espíritu Santo»[45]. Para conseguir una evangelización efectiva se necesita anunciar la palabra de Cristo y dejar al Espíritu actuar con libertad, lo que puede provocar obras poderosas, aunque no siempre tiene porque ser así visiblemente, ya que el hecho de dar fe a un corazón alejado de Dios ya puede considerarse como una acción poderosa, aunque no visible de forma inmediata.

El Espíritu Santo permanece siempre activo en la Palabra proclamada haciendo suscitar la fe. Al mismo tiempo que la predicación entra por el oído y llega al alma humana, el Espíritu Santo se encuentra con el espíritu humano con quien trata en lo más íntimo y secreto. Si no existen grandes impedimentos, le regala el don de la fe para que la inteligencia pueda usarla en la comprensión e interpretación del texto sagrado, pudiendo así descubrir la Verdad revelada, y facilitando que la voluntad abra la puerta del corazón a la Palabra. De esta manera, gracias al hecho concreto de la predicación, en el terreno espiritual de la persona Espíritu Santo y Palabra se encuentran; uno accede por la vía del espíritu humano y el otro por el alma racional, encontrándose finalmente en el templo de carne y hueso. Jesús accede al corazón del convertido por medio de la Palabra revelada y proclamada, y también a través de su Espíritu. Y una vez instalado allí se inicia el procesó de vivir una vida en Cristo.

Además del inabarcable terreno místico, la expresión vivir en Cristo podría incluir algunas conductas personales: Vivir en Cristo, con Él, gracias a Él, en el mundo de Él, según la Palabra Revelada; vivir cristianamente según la voluntad del Espíritu y la dirección de las autoridades de la Iglesia, caminando hacia la perfección cristiana de manera que Jesucristo, mediante su Espíritu, pueda gobernar la vida del yo rendido para que no sea el cristiano quien actúe sino Jesucristo a través de él.

Aunque no se llegará a la plenitud en el mundo terrenal, estamos en un ya pero todavía no[46]. San Pablo expone a los romanos la situación que vívenlos cristianos: «poseemos las primicias del Espíritu, nosotros mismos gemimos en nuestro interior anhelando el rescate de nuestro cuerpo. Porque nuestra salvación es en esperanza […] Pero esperar lo que no vemos es aguardar con paciencia»[47]. Y en la Primera Carta de Juan podemos leer: «Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a Él, porque le veremos tal cual es»[48]. El Reino de Dios ya ha irrumpido en la historia con grandes signos y obras extraordinarias[49], como primicias de lo que tiene que venir en plenitud. Para los seguidores de Cristo se ha iniciado una nueva vida para gozar de grandes beneficios, pero la meta deseada y esperada no llegará hasta después del recorrido terrenal.

5.4. La nueva vida en el futuro escatológico

En el proceso de obtención de la vida que vendrá después de la muerte terrenal también el Espíritu Santo realiza la parte que le corresponde. Los cristianos romanos recibían estas palabras de vida futura: «si Cristo está en vosotros, aunque el cuerpo haya muerto ya a causa del pecado, el espíritu es vida a causa de la justicia. Y si el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, Aquel que resucitó a Cristo de entre los muertos dará también la vida a vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que habita en vosotros»
[50]. En este texto se puede observar que el Espíritu de Dios dará la vida como fruto de su presencia en los hombres.

En los textos paulinos también encontramos el Espíritu como prenda o arras de lo que ha de venir: «gemimos en este estado, deseando ardientemente ser revestidos de nuestra habitación celeste […] Y el que nos ha destinado a eso es Dios, el cual nos ha dado en arras el Espíritu»[51]. Pero las arras, a veces, van acompañadas de un sello: «es Dios el que nos conforta juntamente con vosotros en Cristo y el que nos ungió, y el que nos marcó con su sello y nos dio en arras el Espíritu en nuestros corazones»[52]. Según el texto, Dios nos marca con su sello y a continuación procura las arras de lo venidero. Nos encontramos con un sello que marca las personas destinadas a poseer la prenda. Podemos preguntarnos, ¿cómo se realiza esta marca, para que sirve y en qué consiste?.

La Carta a los Romanos hace referencia a una antigua marca utilizada para distinguir los miembros del pueblo escogido. Marca que ha sido superada por la del Espíritu: «El verdadero judío lo es en el interior, y la verdadera circuncisión, la del corazón, según el espíritu y no según la letra»[53]. La antigua circuncisión era una marca visible en el cuerpo pero la nueva, la del Espíritu, pertenece al terreno espiritual. San Pablo está en contra de mantener la antigua práctica y defiende la nueva marca: «Atención a los falsos circuncisos. Pues los verdaderos circuncisos somos nosotros, los que damos culto según el Espíritu de Dios y nos gloriamos en Cristo Jesús sin poner nuestra confianza en la carne»[54]. Se otorga mayor importancia al terreno espiritual que a los distintivos humanos. La circuncisión del corazón se manifiesta mediante un culto correcto según la voluntad del Espíritu.

Hablando de la marca, la Carta a los Efesios dice: «En él también vosotros, tras haber oído la Palabra de la verdad, el Evangelio de vuestra salvación, y creído también el él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la Promesa, que es prenda de nuestra herencia para la redención del Pueblo de su posesión, para alabanza de su gloria»[55]. Una vez escuchada la Palabra y nacida la fe, aparece de nuevo el Espíritu como prenda, y se explicita quien realiza esta marca: El Espíritu Santo. En otro texto dirigido a los efesios se expone esto de forma parecida: «No entristezcáis al Espíritu Santo de Dios, con el que fuisteis sellados para el día de la redención»[56]. El texto enseña que la marca sirve para un día muy especial; el de la redención, donde la prenda o arras se convertirá en plenitud. En un texto del libro del Apocalipsis nos reencontramos con la marca: «Y oí el número de los marcados con el sello: ciento cuarenta y cuatro mil sellados, de todas las tribus de los hijos de Israel. […] Después miré y había una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, razas, pueblos y lenguas, de pie delante del trono y del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos»[57]. Los marcados por el Espíritu Santo son redimidos y pueden acceder a la presencia de Dios y del Cordero, es decir, Jesucristo. De esta manera, la prenda recibida se convierte en realidad plenamente alcanzada. El sello, de alguna manera, realiza la función de certificado. Certifica que la persona está en condiciones de ser redimida porque todo el proceso de salvación ha dado fruto en ella, porque como dice Pablo a los gálatas: «el que siembre en el Espíritu, del Espíritu cosechará vida eterna»[58].

El poder de Dios, más fuerte que la muerte, se manifestó en Jesús, quien dijo: «Yo soy la resurrección. El que cree en mí, aunque muera, vivirá»[59]. San Pablo, en la Carta a los Romanos, otorga a Cristo resucitado una posición fuera del dominio de la muerte: «Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más, y la muerte no tiene ya señorío sobre él»[60]. Jesús venció la muerte definitivamente, pero también antes de resucitar cuando caminaba por las tierras de Palestina, demostró varias veces que poseía un poder capaz de dar vida resucitando algunas personas, aunque las hacía volver al mundo del cual habían partido[61].

Desde el día de Pentecostés la muerte y resurrección de Cristo se convierten en el centro de la predicación apostólica[62] porque en estos acontecimientos reconocían el cumplimiento de las Escrituras[63]. La firme creencia de que esto sucedió verdaderamente y la confesión pública representan elementos indispensables para poder tener parte en la vida futura, como se indicaba a los romanos: «Porque, si confiesas con tu boca que Jesús es Señor y crees en tu corazón que Dios le resucitó de entre los muertos, serás salvo»[64].

El poder de la resurrección es comparable al poder con que Dios creó el mundo porque la muerte es como un no ser y sólo Dios puede dar la vida de la nada. En la Carta a los Romanos se dice de Dios que «da la vida a los muertos y llama a las cosas que no son para que sean»[65]. San Pablo trata este tema para ensalzar la fe de Abraham, quien no desfalleció en la fe y confió en la Palabra de Dios por la que recibió la promesa de una gran descendencia aún conociendo la esterilidad de su mujer Sara[66]. Pues si Dios puede dar vida de unas entrañas muertas como las de Sara[67] también puede obrar poderosamente en la persona cuando sufre una total destrucción a causa de la muerte. Entonces, en el mismo instante de la no existencia del hombre, es decir cuando muere y desaparece, la acción amorosa, poderosa, santificante y vivificante de Dios realiza una nueva creación perfecta, libre de toda debilidad, la cual nunca más se verá sometida al pecado ni a la muerte. Este final glorioso representa un inmenso progreso de valor incalculable. Todos estamos llamados a ello!.

El Espíritu Santo siempre está presente en todo el procesó de la vida del hombre, desde el bautismo hasta la resurrección. El mismo Espíritu realiza la marca en los cristianos, aporta las arras y realiza la poderosa obra de la resurrección. Como conclusión de todo este tema sobre la nueva vida expongo el siguiente cuadro explicativo:

 

 

Acontecimientos, según el orden cronológico
1 En el Principio Dios creó la vidaInsufla su aliento de vida en el ser humano
2 Entra la muerte en el mundo por causa del pecado
3 El Espíritu Santo da una nueva vida

Acción íntimamente vinculada a la misión del Hijo e iniciada en el bautismo

Vida en el presente del hombre

Vida siguiendo la orientación del Espíritu Santo teniendo en cuenta su fuerza y su poder, superior al pecado, para superar las dificultades y reemprender el camino cuando sea necesario.

Vida en Crist

Con la predicación y la escucha de la Palabra el cristiano conoce el camino a seguir para parecerse más a Jesucristo. Esto, sumado a la acción del Espíritu Santo que capacita para aceptar la Palabra revelada con fe y para ponerla en práctica,

conduce a una vida en Cristo.

Nova vida en el futuro escatológico

Parte del sello del Espíritu Santo. Marca realizada en aquellas personas destinadas a la redención.

El Espíritu Santo es la prenda de lo que vendrá,  otorgada a los marcados por el sello.  La prenda, o las arras, puede ser considerada como una anticipación de lo venidero y una garantía de su cumplimiento.

Finalmente se obtiene la vida eterna gracias al poder de Dios, a través de su Espíritu que habita en los hombres.

 

Vinculado a la nueva vida recibida del Espíritu de Dios, gracias a su presencia vivificante en las personas, tenemos la filiación. Se trata de vivir una vida regenerada, no sólo como amigos, colaboradores o simples criaturas amadas por Dios, sino que implica todo esto y mucho más. El Señor podría haber considerado que regalando una nueva vida a los hombres ya había cumplido con su misericordia. Pero cabe pensar en un amor infinito que moviliza todos los recursos necesarios para convertir aquellos que eran enemigos[68], a causa del pecado, en hijos a causa del amor de Dios[69] con derecho a toda su herencia. En el tema siguiente se expone la relación entre el Espíritu Santo y el hecho de ser hijos de Dios y herederos.



[1] Gn 1,21
[2] Cf. Gn 1,27
[3] Gn 2,7
[4] Sb 2,23-24
[5] Cf. Gn 6,3
[6] Gn 3,22-24
[7] Gn 6,3
[8] Rm 5,12
[9] Jn 14,6
[10] Jn 17,1-2
[11] Cf. Gn 2,7
[12] Rm 8,11
[13] 2Co 3,6
[14] 1Co 15,45
[15] Cf. Lc 1,35
[16] Jn 6,63b
[17] Rm 6,3-4
[18] Cf. Jn 15,1-6
[19] Cf. Rm 12,15
[20] Rm 6,6-7

[21] He 2,38

[22] Existía el bautismo de Juan, en el cual no se tenía en cuenta al Espíritu Santo. Cf. He 19,3
[23] Cf. Rm 8,2
[24] Rm 8,2
[25] Rm 7,6
[26] Rm 6,13
[27] Rm 8,4.6
[28] Ga 5,13-25
[29] Rm 6,16
[30] Ef 5,1-2a
[31] 1Co 11,1

[32] 1Te 1,6

[33] Rm 8,1-2; Cf. Rm 6,11
[34] 2Co 5,17
[35] Cf. Rm 12,5

[36] Cf. Yves M. – J. Congar, EL ESPÍRITU SANTO. Pàg. 307

[37] Cf. Yves M. – J. Congar, EL ESPÍRITU SANTO. Pàg. 305
[38] Ga 2,20
[39] Fl 1,21
[40] Cf. Cap. 1.2
[41] Cf. Ef 3,7
[42] Rm 15,18a

[43] Rm 10,14-15.17

[44] Col 3,16

[45] 1Te 1,5

[46] Cf. Yves M. – J. Congar, EL ESPÍRITU SANTO. Pàg. 313-316
[47] Rm 8,23-25
[48] 1Jn 3,2

[49] Cf. Mt 12,28

[50] Rm 8,10-11

[51] 2Co 5, 2.5

[52] 2Co 1,21-22

[53] Rm 2,29

[54] Flp 3,3. La traducción literal de «los falsos circuncisos» es «la incisión», según especifica la nota de la Biblia de Jerusalén.

[55] Ef 1,13-14

[56] Ef 4,30

[57] Ap 7,4-9

[58] Ga 6,8b

[59] Jn 11,25

[60] Rm 6,9

[61] Se trata de las resurrecciones sucedidas en el mundo terrenal sin pasar al Reino celestial. Estas personas tuvieron que volver a morir para optar a la resurrección definitiva. Tenemos estos ejemplos bíblicos: La hija de Jairo (Mc 5,21-24); el hijo de la viuda de Naïm (Lc 7,11-17); Lázaro (Jn 11).

[62] Cf. He 2,23-24; 3,15

[63] Cf. He 3,18

[64] Rm 10,9

[65] Rm 4,17b

[66] Cf. Rm 4,19

[67] Cf. Gn 21,2

[68] Cf. Rm 5,10

[69] Cf. Rm 5,8

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