Álvaro Pinto vivía sin sentido, era Navidad y se confesó: «allí cambió todo. Adorando vi que el Señor me quería sacerdote. Mi destino son 56 pueblecitos de la montaña palentina»

* «No sin bastantes dificultades, comencé a buscar tiempo con el Señor, a adentrarme en las profundidades del Evangelio, del Depósito de la fe… y allí, recostando mi cabeza sobre el Corazón de Cristo, en el silencio de las noches de adoración, en el silencio del corazón que se abre para recibir la Palabra, fue donde descubrí que el Señor me quería enteramente para Él, donde me invitó a que fuese otro Cristo en medio del mundo, para entregar mi vida por su Cuerpo, que es la Iglesia. Al principio me costó mucho y se produjeron bastantes “tiras y aflojas” con el Señor. Pero pronto me hizo ver que quien lo realiza todo es Él y lo único que nos pide es que seamos valientes para decir sí y no estorbemos la obra del Espíritu Santo en nosotros»

Álvaro Pinto Andrés el día de su ordenación sacerdotal, 7 de octubre de 2018, en el momento de la consagración

Camino Católico.-  Álvaro Pinto Andrés, cumplió un año de su ordenación sacerdotal el pasado 7 de octubre de 2019. La vocación al sacerdocio la descubrió en un proceso de conversión que comenzó una tarde de Navidad en la cual “mi vida había perdido el rumbo y carecía (aparentemente) de sentido. Me encontraba con mi familia en una Iglesia de pueblo, a la espera de que diese comienzo la Misa… y de pronto el Señor puso ante mí un sacerdote que entraba en un confesionario; allí cambió y comenzó todo”. Álvaro Pinto cuenta su testimonio en primera persona en Jóvenes Católicos:

Era la tarde de Navidad y me encontraba totalmente ido, mi vida había perdido el rumbo y carecía (aparentemente) de sentido. Me encontraba con mi familia en una Iglesia de pueblo, a la espera de que diese comienzo la Misa… y de pronto el Señor puso ante mí un sacerdote que entraba en un confesionario; allí cambió y comenzó todo.

Tras aquello, y no sin bastantes dificultades, comencé a buscar tiempo con el Señor, a adentrarme en las profundidades del Evangelio, del Depósito de la fe… y allí, recostando mi cabeza sobre el Corazón de Cristo, en el silencio de las noches de adoración, en el silencio del corazón que se abre para recibir la Palabra, fue donde descubrí que el Señor me quería enteramente para Él, donde me invitó a que fuese otro Cristo en medio del mundo, para entregar mi vida por su Cuerpo, que es la Iglesia. Al principio me costó mucho y se produjeron bastantes “tiras y aflojas” con el Señor. Primero, porque tenía la idea de que la respuesta a la llamada supondría renuncia, cuando la vocación lo que regala es plenitud. También me revolvía ante la idea de que pudiese haber puesto sus ojos en alguien tan torpe, tan tozudo… para algo tan grande, pero pronto me hizo ver que quien lo realiza todo es Él y lo único que nos pide es que seamos valientes para decir sí y no estorbemos la obra del Espíritu Santo en nosotros.

Mi vida sacerdotal es bastante corta (el pasado 7 de octubre, de la mano de Nuestra Madre, la Virgen del Rosario, cumplía mi primer año como cura) pero bastante intensa (mi destino pastoral son 56 pueblecitos de la montaña palentina). Cada día trato de vivir la vocación cerca de Aquél que es la fuente de la vida, de cuidar intensamente la celebración de la Liturgia de la Iglesia, los tiempos de silencio y oración, los tiempos de estudio… para así poder llevar a Cristo (y no llevarme a mí mismo) a todas las almas, y a todos los hombres. Me resuenan mucho las palabras de San Manuel González: “La vida es un camino de ida y vuelta al Sagrario”. De ahí es de donde debemos tomar fuerzas para nuestro día a día para salir al encuentro de los hombres de nuestro tiempo, con sus preocupaciones, sus problemas… y allí es donde debemos depositarlos todos (como debemos hacer en el ofertorio de cada Misa); a los pies del Señor, para que nuestra vida sea transformada con Él, en Él y por Él.

La vida del sacerdote, como la de todo católico, no es fácil. Anunciar el Evangelio, anunciar la Verdad en nuestro tiempo no es un camino de rosas. Supone nadar a contracorriente, avanzar contra el viento de la ideología de turno, contra la marea de aquellos que quieren imponer su pensamiento único deshumanizando al hombre, arrinconando a la familia… Por eso, ahora más que nunca, es necesario que las familias, las parroquias… que la Iglesia, sean “oasis en los que Dios habla a la humanidad”, “oasis de esperanza para el mundo”.

Por eso, lleno de esperanza, os invito a recordar la vocación recibida el día de vuestro Bautismo, una llamada a la Santidad, a la vida en Cristo. Cada uno en su estado: los casados, siendo testimonio del amor de Cristo por su Iglesia, como célula primera de la vida eclesial y social, como testimonio de que la fidelidad y el amor son posibles, aún en un mundo líquido en que nada parece durar, en el que nos cansamos pronto de todo… Los solteros, haciendo fecunda la vida a su alrededor, dando testimonio de amor en el desempeño del trabajo bien hecho, en la entrega incondicional a su familia, a su entorno… siendo con ello testigos de la presencia de Cristo en su vida, para la vida del mundo. Los religiosos, anticipando con su vida el destino final de los hombres, una vida escondida en Cristo, junto al Padre por el Amor, el Espíritu Santo. Y los sacerdotes… siendo hostia viva, inmolando nuestra vida por amor a Cristo, en servicio de su Cuerpo, que es la Iglesia, de la cual Él nos ha hecho sus servidores.

Para nosotros, todo esto, es imposible. Abandonados en las manos de Dios, nada hemos de temer.

Álvaro Pinto Andrés, sacerdote católico

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