Para Ondrej Tarana reconocer que le «gustaba pecar» fue clave para descubrir «el poder del amor de Dios» y ser sacerdote

* «Me gustaba pecar; a pesar de haber escuchado las mejores lecciones de los mejores predicadores, a pesar de haber rezado por mí los más grandes carismáticos y a pesar de mi vida diaria en una orden religiosa. Pero también comprendí que el terror venía más bien de mi impotencia, es decir, del miedo de no poder vencer al pecado solo. Esto me llevó a una fe más profunda en el amor de Dios y al mismo tiempo me reveló aún más cuán fuerte era mi orgullo»

Camino Católico.- Apenas pudo conocer a su madre, pues falleció cuando él tenía solo cuatro años, relata al portal MojPribeh el fraile Ondrej (Andrés) Tarana, actual vicario pastoral de la comunidad capuchina de Pezinok (Eslovaquia), y lo traduce y sintetiza PortaLuz. A los pocos días de esa pérdida se mudaron al campo “donde Dios nos cuidó”, afirma, por medio de otros miembros de la familia y tiempo después, cuando su padre volvió a casarse, gracias a esta mujer, que lo trató como una madre.

Ella fue quien influyó para su ingreso en una escuela secundaria religiosa, cuya formación le permitió superar las dificultades propias de la adolescencia. Por entonces se enamoró por primera vez y está agradecido de aquella experiencia en la cual descubrió “un poco el mundo de la mujer”. Pero también existían desafíos, pues ella deseaba más de lo que Ondrej -como fiel católico- estaba dispuesto a transar. Con la ruptura llegó el sufrimiento y en esa condición tuvo la sabiduría de optar por asistir al curso de evangelización “Filip” (…) “Durante ese fin de semana me quedé completamente atónito al comprender que no conocía al Dios a quien servía y no había hecho experiencia de Su amor. Comencé así a despertar más y más a la fe en el Dios vivo”.

Peleando con Dios

Después de un tiempo se enamoró de una nueva chica, que era católica como él. Todo iba de maravillas y estaba feliz al “sentir lo hermoso que era vivir una relación limpia con una chica”.  Pero en lo íntimo, Ondrej (Andrés) ya sabía que su proceso de conversión le movía a un camino sin límites, de total entrega a Dios. Comenzaba a ser consciente de ser llamado al combate más trascendente y se resistió, como Abraham, deseando que hubiese de alguna forma algo alternativo, otro cordero, para ofrecer al sacrificio.

Finalmente, a solas en su habitación, aceptó y oró: “Está bien, Señor, pero explícale tú a esta chica…”, recuerda que fueron sus palabras. Y no tuvo que esperar mucho, pues un par de días después ella misma le dijo que estando en oración Dios le había revelado la frase de Lucas 18, 16: ««Dejad que los niños vengan a mí y no se lo impidáis» (Lucas 18:16). Y así, con la fuerza del amor generoso, Ondrej estuvo libre para entregarse a Dios.

El proceso de conversión que no acaba

¡Qué alegría sintió al ingresar a la comunidad capuchina, fue como estar en el Paraíso!, comenta. “Obviamente, este sentimiento se fue desvaneciendo poco a poco; y también pasé por períodos en los que no sabía ni qué decir en el confesionario. Afortunadamente tuve y todavía tengo que luchar por mi propia pureza… así que siempre tenía algo para confesar”, confidencia.

Acostumbrado a no tener problemas en la convivencia, no le fue simple ver la realidad total de sí mismo, como para comenzar a limpiar la casa interior. Un año antes de los votos perpetuos tuvo su primera gran crisis. “Confluyó el que ya no soportaba rezar, la vida del convento a veces me ponía nervioso, además uno de los frailes más cercanos a mí se fue y así llegué a los votos sólo por fe”.

Caminando por el desierto

Su alma joven que comenzaba a conocer el desierto se fortaleció durante el período siguiente de formación, viviendo en un convento de campo, trabajando duro y estudiando teología. Fue fundamental mirar de frente el propio “orgullo y varias otras heridas internas”. Los conflictos en la vida comunitaria, simples, cotidianos, pero agotadores, comenzarían a superarlos en la medida que iba aceptando la humanidad de sus hermanos… “Ámalos más. Lo que parece posible en teoría requiere mucho esfuerzo en la práctica, y a veces no se hace realidad”, reflexiona.

Comenzó el diaconado que fue un bálsamo porque disfrutaba todo lo que aprendía. La experiencia pastoral sirviendo a los pobres fue vital. “Aprendí a inclinarme ante ellos y ante la gente que vive al borde del abismo; aprendí a amarlos”.

El amor de Dios te libera de tus pecados

Y fue entonces, entre los abandonados, que se vio a sí mismo, que pudo reconocer cuántas cosas lo atormentaban. Fue casi aterrador descubrirse no solo en sus pecados, señala, sino en su inclinación al pecado. “Me gustaba pecar; a pesar de haber escuchado las mejores lecciones de los mejores predicadores, a pesar de haber rezado por mí los más grandes carismáticos y a pesar de mi vida diaria en una orden religiosa. Pero también comprendí que el terror venía más bien de mi impotencia, es decir, del miedo de no poder vencer al pecado solo. Esto me llevó a una fe más profunda en el amor de Dios y al mismo tiempo me reveló aún más cuán fuerte era mi orgullo”.

Así, de rodillas, pudo llegar al sacerdocio. Su único tesoro era su conciencia de ser nada en las manos del Todo, porque ahí está -reflexiona Ondrej- “el poder del amor de Dios”.


Ondrej Tarana nació el 13 de abril de 1977 en Žilina. Recibió la ordenación sacerdotal de manos del obispo de Žilina Galilee el 27 de noviembre de 2010 en Žilina, en la Iglesia de la Conversión de San Pablo. Celebró su primera misa el 4 de diciembre de 2010 en la Iglesia de los Siete Dolores de la Virgen María en la urbanización Žilina – Vlčince. Recibió el nombre monástico de Judá Bernabé.

Fuente:PortaLuz
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