A Mihaela Mª Rodríguez la adoptaron, se alejó de Dios, hizo un retiro y ha profesado como monja dominica: «La felicidad está en dar un sí para que sea Dios quien lo haga todo»

* «Las palabras que tengo son felicidad y mucha paz por entregarme al Señor por completo. Los jóvenes de hoy tienen mucho miedo al compromiso, yo también lo tenía; pero he encontrado en él una libertad muy grande: la de hacer la voluntad de Dios, lo que él me pide en cada momento»

Vídeo del programa “Haciendo Iglesia” de Popular TV R. Murcia  en el que  sor Mihaela Mª Rodríguez  cuenta su testimonio de vida, fe y vocación

Camino Católico.-  El Monasterio de Santa Ana de Murcia, de monjas dominicas, celebraba el domingo 21 de mayo de 2023 la profesión solemne de una nueva hermana: Mihaela María Rodríguez, de 29 años, que se encontró con la llamada de Dios después de una adolescencia alejada de la fe.

Mihaela María nació en Rumanía. Fue adoptada por un matrimonio canario a los 4 años y creció en Tenerife, en un entorno que no era especialmente creyente. Al llegar a España, lo primero que hicieron sus padres adoptivos fue bautizarla, por tercera vez. Las dos anteriores habían sido en la Iglesia Ortodoxa; la primera por su familia biológica y la segunda por trabajadores sociales rumanos que desconocían si estaba o no bautizada. Mihaela cumplió los seis años y su nueva familia decidió contarle que era adoptada, como su otro hermano. Ella no tuvo mucha conciencia de lo que esto significaba, no sentía resentimiento hacia su familia biológica ni a cómo le había tratado la vida, es más, pensaba que sus padres la estarían cuidando cada día desde el cielo.

Sor Mihaela María Rodríguez en su profesión solemne como dominica el 21 de mayo de 2023 / Foto: Juan Antonio Fernández Labaña

Se aleja de Dios al iniciar la carrera de Turismo

«Hice la Primera Comunión y también la catequesis de Confirmación, pero no me llegué a confirmar», recuerda en el portal de la Diócesis de Cartagena. La fecha coincidía con su graduación del instituto y prefirió dejarlo pasar.

Poco después, comenzó la carrera de Turismo. «Me alejé de Dios; tenía una vida como la de las chicas de hoy, salía de fiesta y el Señor estaba, cada vez más, en un segundo plano». Conoció el movimiento eclesial de Comunión y Liberación, pero sentía que, en su vida, buscaba algo diferente. «El Señor me fue atrayendo a él poco a poco; no sabía qué quería de mí, pero él iba obrando», explica.

Para entonces, había una influencer que le encantaba: Tamara Falcó. La seguía en todas sus redes sociales y, un día, su madre le contó que la celebrity había ido a un retiro. A Mihaela María le llamó la atención y quiso hacer uno. Le preguntó a una amiga que era cristiana y ella le habló de una comunidad de monjas dominicas.

Atraída por la vida de comunidad de las monjas, vuelve a la fe y entra en el convento

Sor Mihaela María Rodríguez en su profesión solemne / Foto: Juan Antonio Fernández Labaña

«Nada más conocer a las hermanas, sin saber cómo era la vida religiosa, vi algo distinto; una felicidad que ellas tenían, y quise saber qué era», dice entusiasmada. Junto a estas monjas hizo una experiencia de 15 días que consistió en vivir con ellas, como una más. «No sentía que Dios me llamaba a monja; pero me encontraba muy a gusto», cuenta con sencillez.

Le atrajo la vida en comunidad y, especialmente, el lugar central que ocupaba la oración: «Me impresionó mucho, porque yo nunca había orado más de cinco minutos». Su vocación, sin embargo, se gestó después. «Cuando volví a casa, vi que todo era distinto: nada me llenaba, las cosas que me solían llamar la atención me daban igual; mi vida estaba en otro lugar».

En ese momento tenía 21 años. Visitaba a las monjas cada semana; empezó a ir a Misa, porque ella «no era una chica religiosa»; aprendió con las hermanas a rezar el Rosario y, cuatro meses después del retiro, entró al convento. Medio año más tarde, un día de san José, tomó el hábito como novicia dominica y más adelante, en 2019, se trasladó a la comunidad de Murcia, al Monasterio de Santa Ana, donde comenzó a reflexionar sobre su propia historia familiar. «Con ayuda de las hermanas y mucho discernimiento, sentía que tenía que buscar mis orígenes, mis raíces; que algo faltaba en mi historia».

Busca a su familia biológica y la encuentra

Era abril de 2020 cuando sor Mihaela María realizaba el noviciado en Córdoba, su maestra de novicias le propuso buscar a su familia biológica, como algo necesario dentro de su proceso formativo. Ella se resistió durante mucho tiempo, no quería provocar nuevos sufrimientos. En el fondo pensaba que no había nadie a quién buscar. Al final, ella se dio cuenta de los beneficios humanos y espirituales que esto le podría reportar, y comenzó el proceso de búsqueda apoyada por su maestra. Solicitó el acta de adopción al Gobierno canario, donde figuraba el nombre de sus padres y la localidad en la que había nacido.

Gracias a una fundación rumana, los trámites, ralentizados por la pandemia, se agilizaron y Mihaela pudo conseguir, también, su partida de nacimiento. Dos días después de que le llegara, la llamaban desde la fundación para decirle que sus padres habían aparecido y estaban vivos. Los servicios sociales irían a su casa para visitarlos. Cuando se lo dijeron, Mihaela les envió una carta presentándose, con una foto, para que se la hicieran llegar. Ya en el convento de Murcia, a donde acababa de llegar, la joven dominica pasó dos semanas de auténtica inquietud sin saber cómo se lo tomaría su familia biológica.

El 17 de noviembre de 2020, a las 10 de la mañana, Mihaela recibió un correo de los servicios sociales rumanos anunciándole que habían visitado la casa de sus padres, que se habían puesto muy contentos y estaban deseando poder conocerla. El abrazo que recibió aquel día, de cada una de las hermanas de comunidad, nunca lo olvidará. Dos días después, le llegó otra carta informándole de que todos los miembros de su familia estaban bien de salud, que su madre tenía 47 años, su padre 50, y que tenía seis hermanos más. «Seis hermanos, que tengo seis hermanos», exclamaba a cada monja que se encontraba por el monasterio esos días.

Sor Mihaela María Rodríguez descubrió que tenía seis hermanos más

Conociendo por vídeollamada a su familia

Y, entonces, se le ocurrió una idea que iba a acelerar todo el proceso: puso el nombre de sus padres en Facebook y apareció una de sus primas. Le escribió pidiéndole si pudiera contactar con sus padres. Al día siguiente, dos chicas la bombardeaban a mensajes preguntándole si era la que buscaba a su familia, que ellas eran sus hermanas. Mihaela salió disparada a rezar Vísperas, no podía ni leer ni cantar, lloraba a mares. Al terminar el rezo, la priora y ella conectaron por videollamada con sus hermanas rumanas.

A Mihaela aquel día se le iba a salir el corazón. Entonces, aparecieron en la pantalla sus hermanas Roxana y Raluca. Al verlas, todas empezaron a llorar. Con la ayuda del traductor del ordenador y por señas lograron entenderse durante aquella primera llamada. A la mañana siguiente, conectó con su tío y apareció en la pantalla su madre. Al ver a su hija, Nicoleta se arrodilló en el suelo, se tapó la cara y solo alcanzaba a repetir: «Mi hija Mihaela». En ese momento, la joven salió corriendo a avisar a todas sus hermanas de comunidad, para que fueran a conocer a su madre. Ese día el convento casi se inunda de lágrimas. Dos días después conocería a su padre, Ion, que la saludaba con la mano mientras se emocionaba.

Sor Mihaela fue conociendo a través de la pantalla a todos sus hermanos: Ana María, Roxana, Raluca, Narcisa, Crina y Andrei. Quienes durante toda su vida habían oído hablar de Mihaela, y a la que, ahora, habían acogido como si siempre hubiera estado con ellos. La esperanza que durante años había cultivado esta humilde familia rumana se había hecho realidad, ahora sí, las oraciones sinceras de unos padres que sufrían con fe tenían su recompensa. Pero, el tiempo pasaba y se acercaba el día más importante: el reencuentro en persona con su familia biológica.

El viaje a Rumania para abrazar a su familia

Sor Mihaela viajó en agosto de 2021 hasta Rumanía para conocer a su familia biológica

El día 20 de agosto de 2021, sor Mihaela y su madre maestra, sor Inmaculada, ponían rumbo a Madrid en coche. Desde allí, un avión les llevaría hasta la capital de Rumanía. Allí cogerían un segundo vuelo, hasta Suceava. Al llegar al aeropuerto de esta ciudad del norte del país, le esperaban sus padres y su hermano pequeño. La madre, al ver a Mihaela la abrazó llorando sin parar. Sor Mihaela, por su parte, dejó que se desahogara. Su madre no hacía más que pedirle perdón por haberla buscado sin éxito. Mientras, Mihaela, agradecía el don de la vida y sostenía a unos padres sin muchas más fuerzas para llorar, pero felices de que se hubieran cumplido todas sus esperanzas.

Una hora después, sor Mihaela María estaba en Stulpicani, cerca de la frontera con Ucrania, en la casa de sus padres biológicos. Allí iba a conocer de golpe a sus tíos, al resto de sus hermanos y a sus seis «nuevos» sobrinos. Con estos últimos se tiraría al suelo a jugar, mientras les decía que era «la tita Mihaela». A su hermano pequeño, Andrei, de tan solo ocho años, se lo ganó para siempre cuando se puso a jugar al futbol con él y sus amigos, con hábito y todo.

Mihaela no solo había recibido la noticia de que, en realidad, tenía un montón de hermanos, sino que, además, eran todos muy parecidos físicamente. Durante esos días, toda la familia se mostraba muy contenta por aquel reencuentro, y, también, de que Mihaela viviera en España y fuera una monja católica.

Sin agua corriente y apenas electricidad, en la zona más pobre del país, a las dos hermanas dominicas no les faltaría de nada durante las tres semanas que pasaron allí. Los padres de Mihaela les iban a ofrecer lo mejor que tenían. Los primeros días no querían comer con ellas, temerosos por acoger en su propia casa a personas que venían de una situación económica mucho mejor que la suya. Pero esa sensación se fue pasando y su madre pronto paseó orgullosa a su hija por todo el pueblo, mientras los vecinos, que un día la habían tenido en brazos, se emocionaban al verla. Otras personas del barrio también la felicitaban y deseaban poder algún día encontrarse con sus propios hijos desaparecidos.

Sor Mihaela María Rodríguez con sus padres biológicos

Dejada en un hospital para que la cuidaran por los padres, que rezaban para encontrarla

Corrían los años noventa en Rumanía, cuando la lánguida economía de esta extinta república comunista luchaba por recuperarse de lo que había sido el colapso de la era Ceausescu. La gente no tenía nada que comer, la miseria campaba a sus anchas y costaba encontrar siquiera trozos de madera para calentarse y soportar los duros y largos inviernos. En ese contexto de pobreza, Ion y Nicoleta Stoica, dos jóvenes padres rebosantes de planes de un futuro un tanto sombrío, se desprendían de lo que más querían en la vida, sus dos hijas, y las entregaban en un centro para que tuvieran mejores cuidados. La segunda, de tan solo un año y medio, tenía una salud muy quebradiza y permaneció en un hospital. Pasó el tiempo, la situación mejoró y la pareja pudo recuperar a la hija mayor; sin embargo, un drama les empezaría a perseguir de por vida: Mihaela, la más pequeña no aparecía por ningún lugar.

No había hospital, orfanato o centro de acogida en el que no preguntaran por ella. La respuesta siempre era: «Aquí no está». La infructuosa búsqueda se alargaba en el tiempo y la pareja tuvo cinco hijos más. Sin embargo, una tristeza sorda invadía el hogar de los Stoica. Cada noche, la madre de la casa encendía una vela por su hija, que creía muerta, a una imagen del Sagrado Corazón de Jesús y rezaba: «Solo te pido verla antes de morir». Mientras, Ion, el padre, lamentaba el día del cumpleaños de su hija perdida: «Soy un afortunado por tener a mi familia, pero me falta una».

Era el año 1998, cuando a Mihaela, se le perdió la pista. Justo en ese tiempo el Gobierno de Rumanía había abierto sus fronteras para que otros países pudieran adoptar a sus nacionales. La pequeña de Ion y Nicoleta se iba a convertir en la segunda rumana en ser adoptada en España y viajaba ya rumbo a las Islas Canarias con su nueva familia de adopción.

Precisamente, uno de los momentos más emocionantes del viaje a Rumania, para conocer a su familia, fue cuando sor Mihaela visitó el hospital donde había nacido. También tuvo tiempo para participar de la Eucaristía en la iglesia católica que había en el pueblo, y de la Liturgia ortodoxa. Y llegó el día de la partida. Las despedidas comenzaron la noche anterior. Una de las más duras, sin duda, la de su hermana Narcisa, que era sordomuda. Sin poder hablar, la joven le transmitía a Mihaela todo su cariño. Lo que no pensó, Mihaela, es que fuera a romper a llorar. Ya en el aeropuerto, antes de marchar, la joven dominica abrazó a sus padres con alegría y con agradecimiento en el corazón por todo lo que habían hecho por ella desde el día en que nació.

«El encuentro con mi familia biológica me ha ayudado a ver que Dios existe, que es fiel, que no se ha olvidado de ninguna de mis lágrimas. Para que se cumpliera el versículo: ‘Ellos no nacieron de la sangre ni de la carne, sino que nacieron de Dios'», valora sor Mihaela a Religión en Libertad.

La felicidad y la paz de la profesión solemne por entregarse al Señor

Sor Mihaela María Rodríguez postrada en su profesión solemne / Foto: Juan Antonio Fernández Labaña

Finalizado el noviciado, Mihaela María realizó su profesión solemne, el domingo 21 de mayo de 2023, acompañada por numerosos sacerdotes y seminaristas, amigos y familiares. La ceremonia tuvo lugar en el Monasterio de Santa Ana, 24 años después de la última profesión allí celebrada. «Fue impresionante; no tengo palabras para describir tanta felicidad». Hizo la profesión a Dios, a la Virgen María y a santo Domingo, y la promesa de obediencia a la priora y a sus sucesoras. El rito constó de tres postraciones, además del escrutinio, y la bendición del velo y del anillo, símbolos de consagración. Después se realizó el rito de acogida, con el abrazo a cada hermana, por el que pasaba a formar parte de la comunidad.

«Las palabras que tengo son felicidad y mucha paz por entregarme al Señor por completo», sonríe. Tiene claro que ha entrado al convento «dejándolo todo», porque ha dejado atrás familia, tierra y proyectos, pero ha recibido mucho más. «Los jóvenes de hoy tienen mucho miedo al compromiso, yo también lo tenía; pero he encontrado en él una libertad muy grande: la de hacer la voluntad de Dios, lo que él me pide en cada momento. He descubierto que la felicidad está en dar un sí sin condiciones para que sea Dios quien lo haga todo».


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