Abelardo Saldivia, diácono y padre de familia: «En mi vida el demonio se las ingenió para engañarme, pero el amor de Dios fue más fuerte»

Promiscuidad y alcohol como consecuencia de dolorosas experiencias vividas en la infancia y adolescencia abrieron la puerta para que el señor de la mentira encadenara por años el alma de Abelardo 

19 de marzo de 2014.- (Danilo Picart / PortaLuz / Camino Católico)  La tradición espiritual de la iglesia enseña en voz de santos y fieles que desde el nacimiento los hijos de Dios tienen un ángel de la guarda. Pero también que el Demonio comienza a desplegar su acción para lograr su objetivo… evitar que esa alma acceda a la salvación. Abelardo Saldivia, quien hoy es un hombre firme en la fe, casado, padre de dos hijos y diácono en la sureña diócesis de Punta Arenas en Chile, es testigo de esa verdad.  

Promiscuidad y alcohol como consecuencia de dolorosas experiencias vividas en la infancia y adolescencia abrieron la puerta para que el señor de la mentira encadenara por años el alma de Abelardo…  

Nació en Dorotea, un pequeño pueblo minero de Puerto Natales, en el extremo austral de Chile. Es el quinto de seis hermanos y creció viendo cómo su padre, Eduardo, trabajaba en las faenas del carbón en la Mina Loreto. Mientras Elsa, su madre, como dueña de casa, se encargaba de cuidar, formar hábitos y potenciar valores en sus dos hijos.  Siendo casi un factor cultural entre los trabajadores de esa faena minera, también Eduardo tenía dependencia por el alcohol. “Mi padre fue un alcohólico toda la vida, era un hombre bueno, pero cuando tomaba se transformaba. Yo lo veía, actuaba de una manera totalmente contraria con mi madre”.

Honesto y ya habiendo perdonado, sanado las heridas, Abelardo sincera que padeció la violencia en su infancia. “Tenía mucho miedo… en el día, yo era feliz como niño, pero sabía que después de cierta hora en adelante, la luz hermosa que había se convertía en oscuridad. Y era porque no sabía si mi padre llegaría ebrio o no. Entonces, siempre fue como una angustia permanente”, precisa el diácono y continúa con sus recuerdos de esa época… “Me recuerdo sentado en el suelo, jugando y, como mi padre agredía a mi mamá. Lo único que yo hacía era jugar… aunque miraba, miraba mis juguetes, me refugiaba en ellos, y volvía a jugar”.

La pérdida

Tenía alrededor de nueve años cuando Elsa, la madre de Abelardo, inesperadamente partió del hogar… que había ido a trabajar en Argentina fue todo lo que Abelardo y sus hermanos escucharon en boca del padre. Sentía rabia con él, pero se cayó y acató la inmediata decisión que su progenitor le comunicó… se iría a vivir con sus tíos. El dolor de esta pérdida le suavizó el cariño, seguridades y ambiente de familia que lo acogió en el tiempo que vivió con sus tíos. “Allí no había violencia, veía que conversaban, que se reían, que se querían. Era algo distinto”.

Atrapado en la telaraña

Tras un año, al regresar su madre, se reunió nuevamente la familia. Estaba feliz, pero luego, recién despuntando su adolescencia nuevas y traumáticas experiencias de las que pide reserva condicionarían su alma…  

Hoy mirando en retrospectiva sabe que “la telaraña del enemigo de Dios” había sido bien tejida para cuando su padre falleció algunos años después. Abelardo tenía entonces 24 años. “Comencé a hacer lo mismo de lo que al principio recriminaba a mi padre. Comencé a beber, a hacerlo por querer hacerlo. En cuestión de un año y medio, reventé en sangre y la doctora me dijo entonces que si seguía bebiendo iba a morir”.  

Pero no se detuvo, por el contrario, con la promiscuidad sumó una nueva cadena. Sin conciencia, aplacaba el dolor espiritual, psico anímico, de su historia, dejándose seducir por lo que sentía era placentero. “Me las empecé a dar de Don Juan y no sé por qué, pero ¡me resultaba todo tan bien! Es fuerte decirlo… pero yo buscaba a la presa, la estudiaba y cazaba. Estaba seguro que iba a resultarme esa caza. Comenzaba a jugar y me decía «esta sí».  Mi conciencia me acusaba, pero otra voz, la de mal, me entregaba argumentos para convencerme que la vida era algo que había que disfrutar. Incluso cuando tenía experiencias hermosas, pronto se trastocaban en hiel….” 

Ante la pureza el mal cae derrotado

Rosa era una joven creyente, cuya alma latía por Dios y con una natural misericordia que –al decir de Abelardo- “irradiaba paz”. Ante esta realidad espiritual que pasaba a través de la joven el mal se estrelló y Abelardo comenzó su lucha para aprender a vivir en el Amor. Meses transcurrieron para que ella aceptara iniciar un vínculo y años hasta contraer el sacramento del matrimonio.  Ocasión en que recibió el bautismo, se confesó y por primera vez comulgó a Cristo.

Enamorado y sostenido por la vida espiritual de su esposa Abelardo creía ser un hombre nuevo… pero su carcelero sólo aguardaba la ocasión propicia para atraparlo. Tenían sólo tres años de matrimonio y dos hijos cuando retornó a beber y embrutecerse. La crisis se irguió amenazante. A diferencia de los años del pasado, hoy era consciente de la raíz de su esclavitud, además amaba a su esposa, amaba a sus hijos y así, logró controlar sus demonios, contenerse. Pero era una lucha constante que sólo cuando Dios vino a su encuentro en forma extraordinaria quedaría liberado…

“Mi esposa asistía a misa, a las celebraciones y cuando podía la acompañaba a la comunidad donde ella participaba, en la Parroquia San José el Carpintero. El primer suceso ocurrió cuando en una eucaristía nos propusieron llevar los dones del Pan y el Vino. Cuando iba hacia el altar… como si estuviera soñando, sentí que avanzaba flotando en el aire”.  

La extraña experiencia lo dejó atónito y hasta hoy no tiene explicación para ella. Pero unas semanas después recibiría el don gratuito de la liberación. 

Pidió el perdón

El proceso inició cuando al regresar de un fin de semana de retiro con la Renovación Carismática poco a poco comenzó a sentirse enfermo… “Me sentía muy mal. Le dije a mi esposa que llamara a un médico. Rogué para que me atendieran, pero no tenían hora disponible. Sentía como si fuera mi último día de vida. Llego a casa, mi señora me vio cabizbajo. De repente recordé que una persona que conocí en el retiro, me comentó que todos los lunes se reunía un pequeño grupo de oración en un lugar llamado Fátima. Sentí que allí encontraría solución y partí donde ellos. Había cerca de 80 personas en el lugar y fueron muy afectuosos al recibirme. Comenzaron a orar, cantando, alabando. Todos tocaban una cruz y pedían perdón y yo aproveché de pedir perdón a Dios por la forma en que había tratado a mi esposa durante esos años. Comencé a abrir mi corazón, y llegó un momento en que empezó una oración más intensa. Un hermano de esa comunidad me habló al oído y me dijo que le pidiera al Señor de corazón. Y dije… «Señor, si me tienes que llevar, hazlo ahora, pues no aguanto más». Entonces de repente vi una luz pequeña que se agrandó lentamente y me golpeó. Mi cuerpo sin que yo pudiere controlarlo saltó por sobre tres filas de bancas hacia atrás. Dicen que comencé a gritar. Yo sólo veía unas figuras como nubes negras, que me arrastraban de un lado hacia otro. De repente todo fue quietud, luz y una voz diciendo «Tú eres mi hijo muy amado». «Dios mío, te amo», repetí en reiteradas veces. Cuando retorné de ese estado a la conciencia era tal mi alegría, vitalidad y emoción que me fui acercando a todos diciéndoles: «El Señor te ama»”.

Han pasado los años desde entonces, hoy es diácono y ha querido dar su testimonio para revelar no sólo que el demonio existe, sino que en su gran astucia puede usar las propias heridas de la historia para seducir y atrapar en la adicción esclavizando de paso el alma… “En mi vida el demonio se las ingenió para engañarme, pero el amor de Dios fue más fuerte”, sentencia Abelardo, ya liberado.