Akiko Tamura, de familia convertida al catolicismo del budismo, se hizo cirujana, pero Dios la llamó y es monja carmelita

* «Si dejas que Dios entre en tu vida se producen milagros. Yo me pellizco cada mañana para asegurarme que estoy despierta, que no es un sueño, y me digo: «Soy yo, puedes ser Carmelita y ser feliz, estar encerrada y ser feliz y ser libre. Sí, soy feliz, y no lo cambiaría por ningún quirófano, ni por nada del mundo”

 Camino Católico.- La Hermana Akiko Tamura, O.C.D., nació en una familia convertida al catolicismo del budismo sintoísta. Desde pequeña buscaba un sentido a la vida. Llegó a ser cirujana, pero el Señor le pedía más: ser carmelita. Ahora es feliz y no se cambia por nadie. Explica el testimonio de transformación de su vida en el programa “Cambio de Agujas” de H.M. televisión, que en esencia sintetizamos:

Akiko Tamura nació en Madrid, de padre japonés y madre navarra, y fue hasta sus 37 años una exitosa cirujano torácica de la Clínica de Navarra (España). De hecho, ella fue de los primeros doctores capacitados para el manejo del robot Da Vinci en España, una técnica pionera que permite realizar cirugías microscópicas.

Pero, a través de un largo proceso interior, el Señor la fue guiando hasta que, el 11 de agosto de 2012, entró como Carmelita Descalza en el Convento del Buen Pastor de Zarautz, en Guipúzcoa (España). Las cámaras de Cambio de Agujas han podido entrevistarla, a través de las rejas del locutorio de su convento, tras cuatro años de vida contemplativa. Mucha gente, refiere la Hna. Akiko, cuando lo dejó todo para irse al Carmelo, sacaban los pañuelos para secarse las lágrimas pensando en lo mucho que dejaba. A día de hoy, es la Hna. Akiko la que se emociona hasta las lágrimas, pero no de pena por lo que ha dejado, sino de felicidad y agradecimiento a Dios por lo que ha recibido. En efecto, la Hna. Akiko confiesa que se siente tan feliz que, cada mañana, se pellizca para asegurarse que es verdad que está despierta, , que no es un sueño, porque “puedes ser Carmelita y ser feliz, puedes estar encerrada y ser feliz y ser libre. Y no lo cambiaría por ningún quirófano, ni por nada del mundo”.

La Hna. Akiko comienza su testimonio hablándonos de su familia. Su padre es japonés y su madre nacida en Navarra (España). Su padre, Tsunehik Tamura, era budista y sintoísta pero, como explica la Hna. Akiko: “Como todo japonés, ni era budista ni sintoísta”. Tunehik Tamura había estudiado Ciencias Políticas en la Universidad de Keio, en Tokio. Llegó a España para completar su formación estudiando español. A través de amigos comunes conoció a la que hoy es su esposa, la madre de la Hna. Akiko. Y, a través de ella, toda la belleza del catolicismo que le atrajo poderosamente.

La Hna. Akiko comenta que, tras su bautismo, su padre cambió muchísimo:“Se bautizó y, dicen sus hermanas, que cambió. Notaron que era un hombre más feliz. Había estudiado en una de las mejores universidades de Japón, en la Universidad de Keio pero, después de su bautismo, cambió a mejor. Tenía luz y felicidad, había encontrado el sentido de su vida, porque había encontrado a Dios”.

A la familia de Tsunehik le costó en los primeros momentos comprender una decisión que rompía toda la tradición sincretista japonesa. Pero el nacimiento de Akiko, la mayor de ocho hermanos, comenzó a transformar las cosas: “Cuando nací yo, mis abuelos de Japón vinieron a conocer Europa, y a conocernos a nosotros, a conocer el país que había interesado tanto a mi padre y las raíces cristianas… Se quedaron maravillados y admirados. Mi abuelo pidió la jubilación anticipada para poder estar más con su familia, y conocer más Europa, estar más con sus nietos…”

De pronto, una enfermedad inesperada puso a la abuela paterna al borde de la muerte:“A mi abuela le diagnosticaron un cáncer de ovarios terminal. Los dos hermanos mayores fuimos con mi padre a Japón para estar con ella. Y, a punto de morirse, pidió ser bautizada. La bautizó mi padre a punto de morirse. Yo creo que ese episodio a mí me marcó mucho. Debajo de su almohada, la abuela tenía un crucifijo y una estampa de San José María, el fundador del Opus Dei, que había cogido cuando había estado en Roma”.

Akiko tenía solo cinco años, pero la muerte de su abuela la hizo pensar mucho: “Yo tenía cinco años y no sabía qué era la muerte pero, cuando la incineraron, la familia acompaña, y yo preguntaba que dónde estaba mi abuela”.

A medida que fue creciendo, los ideales de Akiko se fueron perfilando. ¿A qué aspiraba?: “A ser feliz y a pasármelo bien. Por toda la formación y todo, sabía que con Dios, pero luego -a largo de la vida- unas veces con Dios y otras veces sin Él. (…) Desde que hice la primera Comunión sabía que Dios me pedía todo, pero no sabía dónde”.

El largo camino que un día la llevaría al Carmelo, comienza aquí. Akiko comienza a los catorce años a dar sus primeros pasos serios en busca de la voluntad de Dios: “Cuando tenía catorce años yo creí  que tenía que consagrarme a Dios totalmente, pero en medio del mundo. Lo intenté pero me dijeron no, esto no es lo tuyo”.

Siguió entonces con sus estudios: “Me decidí por medicina. Yo quería estudiar medicina en EEUU porque se ganaba más dinero. Es verdad que con más dinero iba a ayudar a más gente, pero me seducía mucho el éxito, la buena vida”.

Ya que Akiko quería hacer medicina, su madre insistía para que estudiara en la Universidad de Navarra: “Mi madre insistía en que estudiara en Navarra y mi padre en EEUU. Tenía esa lucha, pero en Navarra parecía que la formación humana que iba a tener siendo médico iba a ser más completa, porque iba a atender las necesidades espirituales, esa  dimensión que tiene la persona y el ser humano. Y entonces bueno, pues estudié la carrera en Navarra”.

El primer año fue difícil por el tema del discernimiento vocacional. Akiko había creído que Dios la llamaba a consagrarse en medio del mundo, pero si eso no era lo suyo, ¿qué quería entonces de ella? Formada desde niña en el Opus Dei, conoció a las primeras monjas cuando ya se estaba preparando el examen de MIR, pero ni se le pasaba por la cabeza la idea de ser religiosa. La última visita a España de San Juan Pablo II, en mayo de 2003, iba a ser trascendental para ella. En ese tiempo estaba haciendo ya la especialidad en cirugía torácica en el Hospital la Princesa de Madrid: 

“Vino el Papa Juan Pablo II a Cuatro Vientos. Fuimos allí todas como locas. En un momento determinado dijo: «Hay que ser contemplativos en medio del mundo». Y yo decía: «Pero si eso es lo que llevo siendo yo toda la vida. Eso es lo que Dios quiere para mí». Y siguió diciendo: «La evangelización requiere hoy con urgencia sacerdotes y personas consagradas». Y en ese momento  sentí algo así como: «¿Dios querrá que sea Carmelita Descalza?» Y entonces dije: ni de broma. En ese momento me entró como un pánico, y dije: todo menos Carmelita Descalza. Y pensé: Esta idea fugaz que se me ha pasado por la cabeza, ni se te ocurra, ni se te ocurra, porque no va conmigo»”.

Tras ese momento de pánico, Akiko recobró la serenidad y continuó su vida normal, estudiando y trabajando, preparándose para llegar a ser una excelente cirujana. Al terminar la especialidad en Madrid, comenzó a trabajar en la Clínica Universitaria de Navarra, en Pamplona (Navarra, España).  El Señor, con su infinita paciencia, fue trabajando poco a poco en su alma, derribando uno tras otro todos los esquemas mentales que no la permitían comprender el querer de Dios para ella:

“Después de eso, seguí mi vida normal trabajando y sobreviviendo con las sorpresas que te da la vida, y con las conversiones y el cambio de mentalidad que te va dando poco a poco Dios, que te va limando, a veces suave, a veces con la motoazada. Y entonces, mientras iba rompiendo esos esquemas (…) yo iba rezando, iba preguntando, iba buscando… Pero no, no encontraba qué es lo que verdaderamente Dios quería de mí. Y lo que me contestaban –sensatamente- era: cuando Dios quiera te lo mostrará, y tú no le puedes poner un plazo a Dios para que te diga qué es lo que tienes que hacer. Entonces sigue siendo fiel en tu sitio y cuando Dios quiera te lo mostrará”.

A pesar de haber iniciado dos noviazgos serios, a Akiko se le iba haciendo cada vez más evidente que su camino no era el del matrimonio:

“Tenía una vida social todo lo intensa que podía con mis amigas, con algún novio… Pero es verdad que cuando me decían: «Pues a lo mejor nos vamos a casar»… Yo decía: «Puf, si es que esto no es para mí. No, no, no es lo mío. Yo creo que tengo que darle el corazón entero a Dios». Pero claro, también es verdad que estaba fenomenal con novio. (…) Pero que cuando te planteaban: «Nos vamos a casar» No, no, entonces no. Pero claro, siempre había algún sacerdote que te decía: «Pues tendrás que casarte». Y yo decía: «Madre mía, pero no es lo que Dios quiere de mí, lo que pasa es que no sé qué es lo que Dios quiere de mí… De verdad que no lo sabía, porque es que la idea de ser Carmelita Descalza, directamente me parecía una payasada. O sea es que no, yo decía: «Es que no va conmigo»”.

En este tiempo apareció en su vida la Virgen de Mejugore. Fue de una forma muy curiosa, en la iglesia de la Milagrosa en Madrid, la iglesia en la que la madre de la Hna. Akiko rezaba por la conversión del joven japonés recién llegado a Madrid, y la primera iglesia en la que entró ese joven japonés, que llegaría a ser el padre de la Hna. Akiko:

“Me pasó una cosa curiosa. En la Iglesia de la Milagrosa de Madrid, fui a hacer una romería a la Virgen para ver lo que Dios quería de mí. Estaba después de Misa, y le estaba mirando a la Virgen, y yo decía: «Puf, esta Virgen qué guapa, pero la han dejado un poco uniceja». Y digo: «¡Ay Dios mío, perdóname. Perdóname, Madre mía… Seguro que no hay otra hija tuya que te diga esta barbaridad. Pero es que me gustaría ver una imagen tuya que… Así, como una Milagrosa pero guapa. Es guapa, pero más guapa, como te han visto los pastorcitos, así un poco como la de Fátima. En ese momento en que yo estaba pidiendo perdón, me dio una señora un golpe en el hombro, y me dio una postal con la Virgen de Medgujorge. Esto eran todavía los años noventa. Y dije: «¡Vaya, ha sido petición exprés! Lo he pedido y la Virgen me lo ha regalado». Me dijeron que la Virgen se estaba apareciendo en Medgujorge, que decía que la Misa era el centro de la vida interior, animaba a rezar el rosario con el corazón, confesión sacramental, la Biblia, el ayuno… Y luego, el Jesús de la Misericordia con los dos rayos: me daba mucha paz repetir el «Jesús, confío en ti». Estas dos imágenes me han ido persiguiendo durante todos estos años, hasta llegar al final aquí”.

La Hna. Akiko seguía sin saber qué era lo que Dios quería de ella. Lo que era evidente era que estaba llamada a una “vocación de consagración especial” porque el Señor no dejaba de ponerle la pregunta en lo más profundo de su corazón:

“Yo le preguntaba al Señor: ¿Pero tú quieres que siga en el quirófano?” Un sacerdote cercano la tranquilizó: “Me decía: cuando Dios quiera, no te preocupes…” Akiko le confesó: “Es que se me ha ocurrido… ¿No querrá que sea monja de clausura?” El sacerdote la aconsejó comenzar a leer a Santa Teresa de Jesús, pero a Akiko le echó para atrás el castellano antiguo. En cambio, en Santa Teresita del Niño Jesús encontró un punto de referencia, mientras le repetía al Señor: “Pero Tú dime dónde me quieres y con tu ayuda haré lo que sea”.

El Jueves Santo viajó de Pamplona a Madrid, para pasar unos días de vacaciones en casa de sus padres. Mientras conducía, rezaba el rosario, cantaba, seguía rezando… De repente, se sintió movida a preguntarle al Señor: “Dios, ¿qué es lo que quieres de mí? Y noté: «Carmelita Descalza». Pensé: «¿Será verdad que Dios puede querer que sea Carmelita Descalza?» Y sentí que sí, pero con mucha paz. Sentía que iba a estar cantando como un pajarito, y que Dios siempre iba a estar conmigo… Estaba cantando una canción que me había en enseñado mi abuela, mi abuela de Japón”.

Al llegar a casa, Akiko cogió el ordenador y tecleó en Google: ¿Qué son las Carmelitas Descalzas? Estaba desconcertada, y rezaba oscilando entre la sorpresa y el temor. Se dijo a sí misma:

“Bueno, he venido de un retiro carismático en el que Dios me ha dado unas gracias muy fuertes. Se lo he intentado contar al sacerdote con el que me confieso, pero no ha habido manera de encontrarlo en Pamplona. Y ahora vienes Tú y me dices que quieres que sea Carmelita Descalza. Pues mira Jesús, dame una prueba grande. Yo lo he visto, lo he sentido, pero no me lo creo. Bueno, me lo creo pero no me lo creo”.

Finalmente, le pidió al Señor: “Si no me encuentras a mi director, me voy a hablar con otro sacerdote, pero yo no me puedo quedar con esta bomba atómica en mi corazón”.

El Viernes Santo una amiga la invitó a asistir a los Oficios en su parroquia, y aprovechar así para pasar un rato juntas al terminar. La parroquia estaba a rebosar de gente. Al salir de la sacristía la procesión de los sacerdotes, Akiko descubrió a su director espiritual entre ellos. Al sacerdote que había estado buscando en Pamplona y con el que no había sido capaz de encontrarse a lo largo de tres semanas, lo tenía ahora delante suyo. La prueba pedida había sido concedida.

La liturgia de esa tarde repetía una y otra vez que“Jesús fue obediente hasta la muerte y una muerte de Cruz”. Las lágrimas resbalaban por las mejillas de Akiko:

“Me acordaba de Edith Stein y lloraba, porque decía: se acabó, se acabó. A mí la vida me ha pulido. Yo quería irme a EEUU, y no he podido irme. He tenido oportunidades de ir, y Dios se ha puesto en medio para que no fuera. De ser un bicho, inquieto, que no paraba de ir de un lado para otro, pues la vida, o mejor dicho Dios, me ha pulido de tal manera que para mí el primer Carmelo fue la Clínica de Navarra, porque de querer estar en Boston, EEUU, de repente irme a Pamplona a estudiar la carrera pues… al comienzo estaba asfixiada. Cada vez que podía me quería ir a Madrid, y aún Madrid me parecía un pueblo, porque me gustaba Tokio. (…) Pero luego, empecé a encontrar la libertad, empecé a ser libre ya donde Dios quería. (…) Empecé a planificar menos y a adaptarme más, a planificar lo imprescindible”.

Ahora, Akiko ya sabía cuál era su vocación, faltaba solo encontrar el lugar donde realizar esa vocación. La providencia dirigió sus pasos al Carmelo del Buen Pastor, en Zarautz (Guipúzcoa, España). A una amiga sorprendida ante su decisión de dejarlo todo y entregarse al Señor en una clausura, Akiko la respondió decidida con el pasaje del joven rico. También él tenía mucho que dejar, pero tras decirle “no” al Señor, se fue triste: “¿Y yo, me voy a marchar con las orejas boca abajo. No”.

La última pregunta se responde por sí sola, después de un rato de escuchar a la Hna. Akiko. A pesar de todo, la hacemos: ¿Tenía razón Juan Pablo II cuando dijo en Cuatro Vientos en el 2003: “Vale la pena dejarlo todo por Cristo”? La Hna. Akiko responde entre risas: “Sí, sí, sí, sí, sí. Dios me pide ser Carmelita Descalza y mucha gente casi saca el pañuelo y dice: «Pobrecita lo que le ha pedido Dios». Pero yo digo: «Si soy la mujer más feliz del mundo». Si dejas que Dios entre en tu vida se producen milagros. Yo me pellizco cada mañana para asegurarme que estoy despierta, que no es un sueño, y me digo: «Soy yo, puedes ser Carmelita y ser feliz, estar encerrada y ser feliz y ser libre. Sí, soy feliz, y no lo cambiaría por ningún quirófano, ni por nada del mundo”. 

Akiko Tamura responde a la llamada del Señor dejando brillante carrera como cirujana torácica para meterse a monja de clausura

Fuente:Eukmamie
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