Alberto García Aspe, ex futbolista de la Selección de México, llevado a Cristo por la Virgen dijo al Señor: «no sé qué me sucede pero me abandono en tus manos»

Él escribe su testimonio y con su esposa Rosy Peláez cuentan en un vídeo el camino de conversión matrimonial:

* “Siempre fuimos una familia católica y tuvimos cierta devoción por la Virgen de Guadalupe. Sin embargo, la práctica de nuestra religión se limitaba a ir los domingos a misa y a bautizar a nuestras hijas”

* ““Mi esposa me dijo: «Arrodíllate ante Ella, mírala los ojos y háblale.» Y así lo hice. Al mirar los ojitos de María no pude aguantar su mirada y lloré como un niño. A partir de ese momento comenzó mi verdadera conversión. Empecé a vivir los Sacramentos, a ayunar, rezar el rosario diario en familia y a conocer mucho más sobre María y sobre Jesús. Yo era una de esas personas que decía que no me confesaba porque era mejor hablar directo con Dios, y que los sacerdotes eran pecadores igual que yo. Pero no podía imaginar lo que sería para mí el confesarme después de 10 ó 12 años. Me llenó de una paz y una purificación en el corazón que no puedo expresar”

Alberto García Aspe / Camino Católico.- Alberto García Aspe Mena, ex futbolista referente de la selección nacional de México con la que jugó como centrocampista 109 partidos, y su esposa Rosy Peláez cuentan su testimonio de conversión en el vídeo de María Visión de la VI Cruzada Matrimonial 2013 y IV Encuentro de Familias en Guadalajara Jalisco, eventos realizados en el Auditorio Benito Juárez de Zapopan, Guadalajara, Jalisco, México, los días 3 y 4 de Agosto. También publicamos el proceso de conversión contado en primera persona por escrito por Alberto García Aspe. Así lo ha vivido él:

Hasta hace pocos años, yo no hubiera creído si alguien me dijera que iba a dar mi testimonio de vida. Estaba acostumbrado a hablar solamente del fútbol. Hoy me siento realmente orgulloso de poder dar a conocer lo que Dios ha logrado en mí y en mi familia desde que tuve mi encuentro con Él.

Siempre fuimos una familia católica y tuvimos cierta devoción por la Virgen de Guadalupe. Sin embargo, la práctica de nuestra religión se limitaba a ir los domingos a misa y a bautizar a nuestras hijas. Para nosotros no existía una verdadera oración, ni mucho menos el ayuno, el sacrificio ni la vivencia de los Sacramentos como la Penitencia y la Eucaristía.

Desde muy pequeño Dios me preparó y me forjó, aunque yo no me daba cuenta de ello. Recuerdo que un día, teniendo yo apenas ocho o nueve años, mi madre me dijo que yo era muy afortunado en tener todos esos dones que, gratuitamente, Dios me había regalado, pero que seguramente también me pediría cuentas de ellos como en la parábola de los talentos.

Al llegar a la juventud, todo comenzó a salir muy bien para mí: en el fútbol debuté con éxito a los 17 años y rápidamente mi carrera empezó a ser cada vez mejor. Por ser tan joven, tal vez, me desubiqué y sentí que yo ya era suficientemente capaz de dejar la casa de mis padres para ir a vivir solo. Yo me sentía autosuficiente en todos aspectos. Gracias a Dios mi padre tuvo el acierto de hablar largamente conmigo y convencerme de que el mejor lugar para estar era mi hogar al lado de quienes me querían. Sin embargo esto no impidió que yo siguiera sintiéndome el único y que me mantuviera totalmente alejado de los principios que se me habían inculcado en la familia.

Me casé en el año 1990. Con mi matrimonio comencé a acercarme un poquito a Dios, pero a un Dios muy «cómodo,» es decir, a un Dios de Misa del domingo y de pedir, pedir, pedir.

Las cosas en el ámbito profesional cada vez iban mejor para mí. Económicamente me iba de maravilla, y ya era un jugador muy reconocido en mi país. En el año 1992 nació mi primera hija María Rosa y fui llamado a integrar la Selección Mexicana de Fútbol. No podía pedir más. Yo era todo un «triunfador,» y las cosas iban cada día mejor en mi mundo materialista y artificial. Yo sentía que era lo máximo y que no necesitaba de nada ni de nadie. Comencé a descuidar a mi esposa y a mi hija y a concentrarme solamente en mí y en el fútbol: en ser y tener cada día más y más.

Para el año 1995, en el mejor instante de mi carrera profesional y conmigo totalmente volcado en mi egoísmo, nace mi segunda hija Ximena. A los pocos días de nacida, yo me encontraba con el equipo en una ciudad llamada Valle de Bravo, a unas dos horas de la Ciudad de México, preparándonos para jugar la liga por el campeonato. Recibí una llamada que cambió mi vida. Mi cuñado me avisaba que mi esposa, Rosy, se encontraba muy grave y que era necesaria mi presencia en el hospital. Al llegar al mismo, el doctor me informó la vida de Rosy estaba en peligro y que sólo un milagro la podría salvar.

Esa noche fue terrible para mí; me di cuenta en cuestión de minutos de lo importante que era mi esposa en mi vida y de que por cosas totalmente tontas o materialistas la estaba descuidando. Pasé toda la noche sin dormir y pidiendo a Dios una segunda oportunidad para mí, para Rosy y para mis dos hijas. En la madrugada, una amiga de mi suegra la animó a rezar un rosario por la salud de mi esposa.

Mientras tanto, Rosy estaba muy grave y la tomó de la mano una enfermera; Rosy vi el nombre de la enfermera en su gafete de identificación: Lupita (así se le dice en México a las mujeres que se llaman Guadalupe). Mi esposa le preguntó si era devota de la Santísima Virgen de Guadalupe; la enfermera le respondió que sí y que no se preocupara, que le iba a pedir a Nuestra Señora por su salud.

Milagrosamente, a las pocas horas nos informaron que el peligro estaba pasando y que podíamos pasar a verla a Cuidados Intensivos. Esto confirmó el enorme poder que tiene la oración y que Dios siempre nos escucha y Su misericordia es infinita. Gracias a Dios, mi esposa salió del hospital. A partir de ese momento, mi esposa comprendió que, si Dios le permitió vivir, no fue por nada. Debíamos encontrar la misión que el Señor tenía preparada para nosotros, y comenzamos una búsqueda de esa misión.

Pero al poco tiempo, el Señor que es infinitamente sabio, me probó. Esta vez directamente a mí, y directamente en lo que necesitaba cambiar de mi vida: el fútbol. Había pasado apenas tres meses del nacimiento de Ximena y de la gravedad de Rosy cuando vino una oferta para mí de ir a jugar al extranjero; lo cual era una de mis mayores metas a nivel profesional. Fui contratado por el equipo River Plate, uno de los más populares de Argentina, conocido a nivel mundial.

Al principio, las cosas comenzaron a salir bien, y poco a poco me iba acoplando al país y al equipo. Pero un día, por un partido mal jugado, todo cambió por completo. Cada vez jugaba peor, sentía que las piernas me temblaban y llegó un momento en que ni siquiera era considerado entre los reservas del equipo. Yo entré en una depresión muy fuerte. Era la primera vez que tenía un fracaso en mi carrera. Y no era un fracaso cualquiera, estaba fracasando a nivel internacional y en uno de mis mayores sueños. Sin embargo, ese fracaso significó el unirme aún más con mi esposa e hijas y el darme cuenta de que el sufrimiento une y que a veces es necesario para purificarnos y estar más abiertos a los planes de Dios. Guardando todas las distancias, lo pude comparar con Jesús: para muchos, la muerte en la Cruz de Jesucristo fue el mayor fracaso, pero en realidad, fue el mayor éxito pues al vencer a la muerte nos dio la vida eterna. Para mí, el mayor fracaso en el fútbol, significó el éxito de abrir mi corazón, aprender que el amor lo puede todo y unirme más a mi esposa y mis dos hijas, que son mi primer apostolado.

El Señor todavía me tenía reservado un regalo, pues al regresar a México sintiéndome mal profesionalmente por el fracaso futbolístico, el equipo al que llegué nuevamente resultó campeón y jugué la mitad de la temporada y el partido por el campeonato. Todas estas cosas, y algunas otras, que nos sucedieron, fueron preparando nuestros corazones para el Encuentro.

Estaba un día Rosy en el gimnasio, cuando escuchó a una señora hablar con otra acerca de la Santísima Virgen. Sintió curiosidad y preguntó de qué Virgen hablaban. La señora invitó a mi esposa a su casa pues tenía una imagen bellísima de la Virgen Santísima y le dijo que había unos testimonios hermosos que podía platicarle. Cuando Rosy se arrodilló ante Ella, descubrió que ahí estaba lo que tanto habíamos buscado. Esa misma tarde, me llamó por teléfono. Yo estaba concentrado con la Selección Nacional de México para jugar los partidos eliminatorios para el Mundial de Francia 1998. Me habló de la Virgen con tanta emoción que sentí ganas de ir yo también a verla.

Así que pedí permiso para salir una hora de la concentración del equipo y fuimos juntos. Mi esposa me dijo: «Arrodíllate ante Ella, mírala los ojos y háblale.» Y así lo hice. Al mirar los ojitos de María no pude aguantar su mirada y lloré como un niño. Es algo que difícilmente se puede explicar con palabras, sentí como una flecha directa al corazón. Un amor tan grande y una ternura incomprensible. Me enamoré de Ella, y a partir de ese momento me di cuenta de que ella me llevaba de su mano todo el tiempo. Comprendí lo mal que estaba viviendo mi religión. Es tan poco lo que Dios, a través de la Santísima Virgen, nos pide. Esa noche que yo sólo había planeado salir de la concentración del equipo por una hora, estuve 4 ó 5 horas en el lugar escuchando hablar de María, de sus apariciones, de su amor de Madre por todos nosotros.

A partir de ese momento comenzó mi verdadera conversión. Empecé a vivir los Sacramentos, a ayunar, rezar el rosario diario en familia y a conocer mucho más sobre María y sobre Jesús. Yo era una de esas personas que decía que no me confesaba porque era mejor hablar directo con Dios, y que los sacerdotes eran pecadores igual que yo. Pero no podía imaginar lo que sería para mí el confesarme después de 10 ó 12 años. Me llenó de una paz y una purificación en el corazón que no puedo expresar. Y aprendí que si Jesús nos dejó a los sacerdotes y el Sacramento es por algo, y no para criticarles sino para que sean ellos quienes nos escuchen y perdonen en nombre de Dios.

Comprendí también que el mejor camino para llegar a Jesús es María, pues es Su Madre y Madre nuestra y estoy seguro que Él no le niega nada a Su Madre. Fue por medio del rosario diario que le pedí al Señor que me iluminara para saber qué era lo que quería de mí. La oración y el ayuno me han ayudado desde entonces a mantenerme firme; sobre todo en los momentos difíciles.

Así comenzó mi camino de la mano de María. Y han seguido sucediendo muchas cosas desde entonces, pero las vemos de manera diferente.

Después del Mundial de Francia 1998 regresé a México a mi equipo y nuevamente el Señor me tenía preparada una nueva lección para mi vida. Yo jugaba en el equipo más popular de México, el América. En cuanto comenzó el nuevo torneo, el entrenador y yo tuvimos diferencias. Yo no sabía que lo que él y los directivos querían era que yo saliera del equipo. Tuve muchos problemas. Me levantaron falsos testimomios, me corrieron de la concentración, etc. Para cuando terminó el torneo yo ya no quería quedarme en este equipo. Pero no me esperaba todo lo que vendría.

Estando yo en Brasil con la Selección Nacional Mexicana, mi esposa supo que nos teníamos que mudar a Puebla, pues el Puebla es un equipo no muy popular. Además de esto, la manera como me sacaron del América fue totalmente injusta. Yo, en ese momento, no comprendía nada y estaba muy lejos para poder apoyar a mi esposa con todos los cambios.

Después de unas semanas de incertidumbres y de problemas, estábamos instalados en Puebla, pero yo no estaba conforme y entré en una fuerte depresión. No aceptaba lo que me había sucedido. Mi depresión llegó a ser tan grande, que yo no entendía qué me pasaba, pero no dejé de ayunar y de hacer mi oración. Un día me sentía tan desesperado, que le dije al Señor: «no sé qué me sucede, no lo entiendo, pero confío en Ti y me abandono en tus manos.» Mi esposa me aconsejó que me confesara, y así lo hice. Pues esa fue mi sanación. El sacerdote me hizo ver lo que me pasaba era el rencor, y el rencor solo daña al que lo siente. Cuando yo perdoné a quienes me hicieron daño se terminó mi depresión. Me llené de paz. 

Hoy me siento feliz, y le doy gracias a Dios por haberme traído a vivir a Puebla, en donde he encontrado grandes amigos y gente que me ha ayudado a crecer. Me doy cuenta de que muchas veces no comprendemos por qué pasan las cosas pero Dios es infinitamente sabio y sólo quiere nuestro bien. Debemos aprender a confiar y a abandonarnos en sus manos por muy difícil que nos parezca, y no hay camino más seguro para llegar a esto que la Santísima Virgen María. Ella nos lleva de la mano a su Hijo Jesús. 

Este es el testimonio de mi vida, es mi verdad. No me considero bueno, ni malo. Simplemente sé que Dios me ama y que me falta mucho por aprender y por hacer. A pesar de haber encontrado a Jesús sigo cometiendo muchos errores. Ese es el camino de la vida, pero Jesús y María me ayudan a levantarme.

Por eso yo solamente les puedo recomendar que lo intenten. Recen el rosario, ayunen, confiésense, comulguen. ¡Vale la pena! Muchas veces me preguntan cómo vamos a encontrar a Dios en un mundo tan violento, tan lleno de maldad, odio, poder, sexo, drogas, etc. Pero yo les digo… De la mano de María…¡Sí se puede!

 Alberto García Aspe

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