Alessio Alberici, en prisión por asesinato, clamó a Cristo, se convirtió y se ha consagrado a Dios con los votos de pobreza, castidad y obediencia para expiar el mal cometido

* «En la cárcel de Parma pasé tres días y tres noches sin comer ni beber. A medida que el efecto de las drogas iba desapareciendo, me daba cuenta de lo que había hecho. Había matado a un hombre y yo también me sentía muerto. Estaba desesperado. No podía hacer otra cosa que dirigirme al Señor. No quería fingir que estaba loco. Quería afrontar mi responsabilidad, consciente de correr el riesgo de una condena muy dura. En la cárcel he encontrado la verdadera libertad, la libertad del espíritu. Y he comprendido que la verdadera cadena perpetua se puede sufrir fuera, cuando se vive sin la luz de Cristo. Estoy vivo, resucitado en Cristo a una vida nueva»

Camino Católico.-  Alessio Alberici no está en la cárcel por un delito menor. Ingresó en 2016 por asesinato y, si cumple la condena íntegra, saldrá en 2046. Podría haber sido antes, pero tras una conversión fulgurante, derivada de la conciencia de su crimen, él ha querido pagar por lo que hizo con algo más que con la privación de libertad. Lo cuenta Pietro Piccinini en el número de noviembre de Tempi y lo traduce Traducido por Elena Faccia Serrano en Religión en Libertad:

La historia dostoievskiana de Alessio Alberici, detenido y con una sentencia de treinta años por homicidio, que en la cárcel encuentra la fe y decide hacer los votos para expiar el mal cometido. Por él y por sus compañeros: «Ahora el tiempo que he pasado aquí ya no es un tiempo desperdiciado».

El gimnasio de la cárcel de Reggio Emilia tiene, efectivamente, el aspecto de un gimnasio de cárcel. El cuidado con el que se ha mantenido a lo largo de los años no ha conseguido impedir que el linóleo del suelo se levante aquí y allá, y que en algunos puntos desaparezca. Tampoco ha impedido que las paredes se ennegrezcan y se llenen de moho debido al uso y la humedad.

Sin embargo, esta mañana, en una esquina, hay una especie de pequeña capilla provisional preparada como se puede preparar una pequeña iglesia en una prisión, con sillas todas ellas distintas, una simple mesa como altar, sábanas blancas que se convierten en frescos en las paredes movibles, pero todo hecho con tanto cuidado que parece incluso bonita. Es el sábado 9 de octubre de 2021 y se celebra a un hombre que, en esta cárcel, ha decidido ofrecerse y consagrarse a Dios para expiar el mal que ha cometido y el que han cometido sus compañeros de prisión.

Su intención es confirmar los votos de pobreza, castidad y obediencia pronunciados por primera vez un año antes y entregarlos de nuevo en las manos del obispo, monseñor Massimo Camisasca, que justo por esto ha vuelto aquí, al primer lugar que visitó hace nueve años en cuanto tomó posesión de la diócesis, eligiéndolo para «dar testimonio de que la fe llega hasta los extremos confines de lo humano».

El descenso al abismo

Entran una treintena de reclusos, un público seleccionado debido a las restricciones anti-covid, en un clima de atención asombroso. Aparte de los saludos y alguna frase de bienvenida («Vaya, ha tenido que venir el obispo para que te viéramos en misa», bromea el capellán con uno de ellos), el silencio y el recogimiento -la tensión, podría decirse-, son absolutos en esas caritas que no son precisamente de parroquia. Pocas veces se ve una conciencia similar en las misas «normales». Por otra parte, nadie aquí, en la cárcel de Reggio, se toma a la ligera lo que está ocurriendo.

Alessio Alberici, con sus padres y hermana y monseñor Camisasca. Foto: Tempi.it

Entra Alessio, «el homenajeado», y todas las miradas, incluidas las de los guardias, convergen en él, casi llenas de orgullo y de admiración. Alto y delgado, Alessio ya no tiene el físico del energúmeno que ha merecido treinta años de cárcel por la especial crueldad del delito cometido. La meditación y el ayuno han cambiado literalmente su aspecto. También él está tenso, concentrado, pero sereno. Presente como pocos están presentes «fuera». Que está pasando algo serio lo confirma no solo la participación de Camisasca, sino también la elección del testigo, Domenico, cadena perpetua sin remisión, que lleva en la cárcel treinta años.

En la misa nadie mira a su alrededor: en las palabras del obispo y del capellán aparece continuamente el recuerdo del mal cometido, de los crímenes, de la culpa. No debe de ser fácil decir cosas así ante esta gente; y sin embargo, ni Camisasca ni don Daniele Simonazzi dudan un solo instante en recordar en la oración «a las personas a las que les hemos arrebatado la vida».

Se comprende que aquí la Iglesia es tal vez menos ajena que en otros lugares; para algunos, a través del padre Simonazzi, incluso se ha convertido en compañera de celda y puede permitirse proponer a los detenidos ese «trabajo sobre uno mismo» que tal vez ninguna otra institución se atreve ya a proponer. Al menos para Alessio ha sido así.

El mal. La conciencia del pecado. La culpa. Pero solo porque todo ello es necesario para la redención. «Cristo resucita con las heridas de la crucifixión«, recuerda Camisasca.

«Me llamo Alessio Alberici y soy de Parma», dice a Tempi el detenido consagrado, eliminando así los pseudónimos con los que en junio de 2020 algunos periódicos habían preferido proteger su identidad cuando contó sus primeros votos. «Escriba mi nombre y apellido, porque no me avergüenzo de estar en la cárcel». Nacido en el seno de una familia campesina y devota, Alessio era para todos, desde niño, «don Alessio». «Quería ser sacerdote y servía la misa cada domingo. Me enfadaba con los adultos si blasfemaban y con mis coetáneos si tiraban cosas al suelo, me negaba a decir palabrotas y a participar en conversaciones soeces». Sin embargo, la posibilidad del seminario se cerró y poco a poco Alessio, ya adolescente, se alejó de la Iglesia.

Es entonces cuando entran en escena, en este orden, las malas compañías, el alcohol y la droga. Sí, nos sabe mal volver siempre sobre este punto, pero en la deriva de Alessio la droga tuvo mucho que ver. «Tenía 18 años y en poco tiempo mi camino se torció. Me convertí en un irreverente. Y cuando tenía unos 20 años todo se precipitó porque mi talento para el dibujo [Alberici era un ilustrador de cierto éxito] me llevó a Milán, al ambiente de la moda, donde la cocaína era la normalidad».

Alessio Alberici se formó como dibujante en Bolonia y Milán y realizó la creatividad de numerosas campañas publicitarias. También colaboraba en prensa con viñetas e historietas. Foto: FermoEditore.it

Pero las cosas aún tenían que empeorar más. Un pésimo día Alessio vio cómo le despedían y tuvo que volver a casa de sus padres, «con necesidad de desmadre y sin dinero para pagarlo». El resto es fácil de imaginar: «Durante veinte años fui un blasfemo y un violento», dice de nuevo Alessio, casi citando a San Pablo.

El fondo del abismo llegó el 10 de mayo de 2016. Alberici tenía 41 años y, como era habitual, estaba lleno de alcohol y droga. Con un amigo se vio implicado en una discusión por una fea historia de alquileres no pagados. La discusión se convirtió en pelea y la pelea acabó siendo una masacre. Un homicidio de extraordinaria ferocidad. Evitamos aquí los detalles truculentos, que las crónicas de la época explicaron encantadas.

El delito y la promesa

Alessio fue arrestado la misma noche del delito. «En la cárcel de Parma pasé tres días y tres noches sin comer ni beber. A medida que el efecto de las drogas iba desapareciendo, me daba cuenta de lo que había hecho. Había matado a un hombre y yo también me sentía muerto. Estaba desesperado. No podía hacer otra cosa que dirigirme al Señor«. Comenzó para Alessio la vuelta a la fe.

El primer paso concreto fue su renuncia a utilizar su pasado como toxicómano para obtener la enfermedad mental, un truco que en primera instancia le había permitido obtener una pena leve. «No quería fingir que estaba loco. Quería afrontar mi responsabilidad, consciente de correr el riesgo de una condena muy dura». Y fue una condena dura: treinta años.

Alessio Alberici pronuncia sus votos ante monseñor Massimo Camisasca, obispo de Reggio Emilia-Guastalla. Foto: Giuseppe M. Codazzi / Tempi.it

Hoy, Alessio tiene 47 años y le quedan aún muchos por pasar detrás de los barrotes. Mientras tanto, su conversión siguió en la cárcel de Modena, donde volvió a surgir la antigua vocación, y después aquí, en Reggio, donde está desde 2019. Y donde, sobre todo, ha conocido al capellán, el padre Simonazzi. «Lo conocí en cuanto me trasladaron. Enseguida le conté mi delito y la promesa hecha al Señor. En el diálogo con él me di cuenta de que quería dar un paso más. Fue don Daniele quien me dijo que no necesariamente tenía que esperar a salir de prisión para consagrarme. Me propuso hacer los votos en la cárcel, lo que me llenó de alegría y entusiasmo: podía dar un sentido cristiano al internamiento. El tiempo pasado aquí ya no es para mí un tiempo desperdiciado«. Dice Alessio sin el menor titubeo: «En la cárcel he encontrado la verdadera libertad, la libertad del espíritu. Y he comprendido que la verdadera cadena perpetua se puede sufrir fuera, cuando se vive sin la luz de Cristo».

Alessio le ha transmitido esta nueva conciencia, fruto también de muchas lecturas e intensas reflexiones, a monseñor Camisasca en las cartas que le ha escrito en estos tres años. El obispo se ha quedado asombrado y no lo oculta. Hoy, en el gimnasio de la cárcel de Reggio Emilia, durante la homilía, ha ofrecido las certezas de Alessio como juicio positivo sobre el cautiverio de cada uno de los presentes. Como un buen augurio.

Un stárets detrás de los barrotes

La experiencia de Alessio Alberici, dice monseñor Camisasca, demuestra que la cárcel puede ser «un lugar de libertad y amor». «Libertad», explica Camisasca, porque «Alessio ha hecho de su celda un monasterio, un lugar que parece encerrar y en cambio abre al Infinito. Estar recluido en pocos metros no nos impide la libertad, que quiere decir tomar decisiones ante el Infinito. ¿Qué decisiones? Rezar por quien hemos ofendido, perdonar a quien nos ha ofendido, querer a quien está aquí con nosotros. Dios habita también en lugares infernales, Su Hijo bajó a los infiernos; esto nos dice la decisión de Alessio».

Y después, la cárcel como «lugar de amor», insiste el obispo: «Me ha impresionado la razón casi dostoievskiana con la cual Alessio ha decidido hacer los votos. Como recuerda el stárets de Los hermanos Karamazov, es necesario que siempre haya uno que se ofrezca por los demás, y Alessio hace estos votos como expiación: por la persona muerta por su causa y por todos los hermanos que están en esta cárcel. ¿Difícil? Ciertamente, pero el gesto de Alessio nos dice que nada es imposible para Dios».

Gracias a su paso «podéis mirar el tiempo pasado aquí como un tiempo no desperdiciado, sino regalado para que el corazón se dilate y la vida cambie». En este momento el obispo ha captado toda la atención de los prisioneros y lanza la última provocación: «Cristo ha roto las cadenas del pasado, también vuestra vida puede dar muchos frutos«.

De estos frutos forma parte la lúcida conciencia cristiana que emerge de la «pequeña regla» que Alberici ha leído durante la celebración: pobreza, no como ostentación de sacrificio, sino como deseo de «tener pocas cosas y cuidarlas, porque siento que el Señor me las ha confiado»; virginidad, no como desapego asexuado, sino como impulso a «amar cada vez más a las personas que forman parte de mi vida, de manera desinteresada»; obediencia como «camino fundamental para mi realización».

Una alegría como nunca había sentido antes

Hace unos meses, Alessio encontró los apuntes de una suerte de autobiografía escrita en el primer año de detención. «Un centenar de páginas en forma de relatos breves de ‘noches salvajes’ en las que buscaba excesos y vida disoluta», dice. Y añade, a propósito de una nueva conciencia: «Me parecía estar leyendo la vida de otra persona. Ha sido para mí la prueba de que mi viejo ego había muerto, muerto junto al hombre víctima de mi terrible delito. Pero mientras él, por desgracia, ya no forma parte de esta tierra, yo aún estoy vivo, resucitado en Cristo a una vida nueva«.

Alessio habla exactamente de este modo a sus compañeros de la cárcel, sección homicidios, sin preocuparse del riesgo de poder despertar perplejidad o sarcasmo. Probablemente por esto ha acabado siendo muy respetado. En la prisión ha vuelto a ser para todos «don Alessio», y de verdad se ha convertido en una especie de stárets para los detenidos que buscan respuestas importantes para su vida. Para otros es solo la garantía viva de que tampoco aquí la esperanza de volver a empezar es una estupidez. «Algunas noches siento una alegría que no había sentido nunca en mi vida«, confiesa un instante antes de volver a entrar en su celda escoltado por los agentes: «Tenía que acabar en la cárcel para sentirla».

Traducido por Elena Faccia Serrano


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