Aloysius Angga Windianto, seminarista de Indonesia que tuvo un accidente: «Le dije al Señor que si me quería sacerdote que me devolviera la vista, y así fue»

* «Fueron de hecho 4 las Iglesias que recuerdo haber visto ser quemadas durante mi niñez, experiencia que jamás olvidaré»

* «Recuerdo que en mi adolescencia yo era el único cristiano de mi clase, y todos lo sabían…Pero recuerdo también que mi madre por las noches nos leía algunos pasajes de la Biblia y así nos iba transmitiendo la fe»

30 de julio de 2014.- (Universidad Pontificia de la San Cruz  / Camino Católico) “Un denso resplandor de llamas se eleva crepitando hacia el cielo, el aire se vuelve aún más pesado e irrespirable. Arde el fuego, la mísera estancia pronto se destruye. Todo queda reducido a cenizas, los recuerdos de una vida, de una tradición, los muebles, la Biblia de páginas gastadas es quemada y carbonizada la humilde imagen de Cristo ante quien la comunidad católica cada tarde se reunía para las celebraciones litúrgicas. Mientras todo sucede la gente aterrada se aglomera para ver derrumbarse el esfuerzo y sacrificios de muchos años”.

Así nos relata el acontecimiento el seminarista Aloysius Angga Windianto del Colegio Internacional Sedes Sapientiae y estudiante de tercer año de filosofía de la Universidad de la Santa Cruz, cuando experimentó en primera persona la persecución cristiana. “Fueron de hecho 4 las Iglesias que recuerdo haber visto ser quemadas durante mi niñez, experiencia que jamás olvidaré”.

Aloysius tiene ahora 25 años, de origen indonesio y único seminarista de su Diócesis. Llegó a Roma en 2011 para comenzar sus estudios de filosofía. Siendo el menor de 4 hermanos cuenta que por el trabajo de su padre, que ejercía la profesión de pintor, tenía que mudarse constantemente de ciudad en ciudad permitiéndole así conocer su fe, conocer personas que profesan otras religiones y vivir en zonas donde los cristianos son una minoría. “Recuerdo que en mi adolescencia yo era el único cristiano de mi clase, y todos lo sabían…Pero recuerdo también que mi madre por las noches nos leía algunos pasajes de la Biblia y así nos iba transmitiendo la fe”. Como no ha de ser así en un país donde el 88% son musulmanes, donde conviven protestantes, budistas, hinduistas y confusionistas y donde no es fácil testimoniar la fe católica que representa solamente el 1.5% de la sociedad.

A los 14 años hizo su primera comunión y a los 17 decidió entrar en el seminario. Cuenta que fue difícil decirlo a sus padres y que por ello prefirió mantenerlo en secreto hasta el último día antes de su ingreso. De los 22 jóvenes que entraron ese año sólo quedan 8 de su generación, en la diócesis de Surabaya que alberga alrededor de 100 estudiantes en su seminario menor y mayor.

Al preguntarle si tuvo dificultades nos responde que Dios le mando una prueba: “En mi 4º año de seminario tuve un accidente que casi me deja ciego para siempre…Yo le dije al Señor que si me quería sacerdote que me devolviera la vista, y así fue, milagrosamente no sólo no perdí la vista sino que hasta me ha hecho ‘ver’ Roma…”.

“Roma para mí es una gracia y una responsabilidad muy grande…– nos dice –, responsabilidad porque al ser el único seminarista de Indonesia en la Ciudad Eterna,  tengo la gran tarea de llenarme de ese ‘Sensus Ecclesiae’ para ser luego como esa levadura en la masa que va poco a poco fermentando con ese mismo espíritu a mis hermanos en el sacerdocio y a mis futuros parroquianos en Indonesia”.