Carlos Leiva y su esposa Carolina Álvarez oraron a Dios y a la Virgen de Guadalupe y su bebé recién nacido se sanó, pese a que los médicos ya lo daban por desahuciado

* «Con mi esposa subimos las manos a la cruz, con un desconsuelo profundo y le dijimos con las manos al cielo: “Señor, tú nos lo diste y tú nos lo quitas si lo necesitas Señor, si necesitas llevártelo ya nos diste la posibilidad de conocerlo, ya tuvimos la oportunidad de tenerlo en nuestras manos” y luego rezamos el rosario: “Madrecita linda yo quiero que la incubadora se convierta en tu vientre, está puesto en las manos de Dios”. Nosotros teníamos todo puesto en las manos de Dios cuando el médico dijo a la enfermera “escriban ahí clínicamente normal”. Todo esto está documentado, tenemos científicamente cómo comprobar que Dios metió su mano»

Camino Católico.- Al igual que ocurre durante los primeros años de vida, también durante el proceso de gestación los padres permanecen atentos ante cualquier señal que pudiere advertir algún riesgo vital para el bebé. Carlos Leiva -que es de profesión enfermero- se encontraba en formación para el diaconado permanente cuando enfrentó el comienzo de un proceso que le haría temer por la vida de su esposa, Carolina Álvarez, y del hijo de ambos que ella llevaba en su vientre. “Era el segundo embarazo de mi esposa y fue un embarazo totalmente normal, hasta que un día llegó a la casa con el pie izquierdo inflamado, y fuimos a la clínica”, explica a Ana Beatriz Becerra en PortaLuz.

Recuerda que el diagnóstico fue de “trombosis venosa profunda”, y tras inyectarle “los anticoagulantes”, puntualiza Carlos, iniciaron “controles mensuales”. Pero se complicó la salud de Carolina -recuerda-, justo en el retiro para las esposas de quienes se preparaban al diaconado.

“Comenzó a sangrar profusamente” y al llegar a emergencias vieron que “se había desprendido la placenta”. Los exámenes indicaban además “una trombosis pulmonar” en Carolina. En estas circunstancias el niño -que habían decidido llamar Andrés Felipe- nacería obligadamente mediante cesárea en ese momento, prematuro, casi en las 26 semanas de gestación.

Casi nula esperanza de vida

Por el desprendimiento de placenta sufrido por Carolina y en particular debido a la inmadurez pulmonar del niño, hubo que ingresarlo en la Unidad de Cuidados Intensivos de la Clínica de la Mujer (Bogotá). Su médico tratante era el pediatra y neonatólogo Henry Sánchez.

Carlos no ha olvidado aquellas horas en que supo cuán complejo era el diagnóstico de su hijo y las escazas posibilidades de vida que los médicos le daban… “Los médicos trabajan con todo el amor y el gusto, pero a pesar de todo los mismos médicos nos dijeron: «No se ilusione porque lo más seguro es que el niño no salga». Así, de una forma u otra tratan de ir como bajando la esperanza y la fe un poco a las personas”.

Pero Carolina y Carlos, siendo católicos, al escuchar ese fatal augurio sabían que la única alternativa era aferrarse a su fe. Tampoco se doblegaron cuando les hablaron de cirugía pues los exámenes cardíacos realizados al bebé indicaban un defecto congénito, comunicación interauricular.

“Hágase Señor tu voluntad”

Carlos Leiva y su esposa Carolina Álvarez

“En el quinto piso de la clínica había un oratorio muy pequeño, y nos pusimos de rodillas ante la cruz y recordé las palabras que Job le decía a Dios cuando perdió a sus hijos, cuando perdió su cosecha, cuando perdió los animales… Con mi esposa subimos las manos a la cruz, con un desconsuelo profundo y le dijimos con las manos al cielo: «Señor, tú nos lo diste y tú nos lo quitas si lo necesitas Señor, si necesitas llevártelo ya nos diste la posibilidad de conocerlo, ya tuvimos la oportunidad de tenerlo en nuestras manos»”.

Con ese espíritu de abandono en la voluntad de Dios, se decidieron luego a rezar el rosario apegados a la incubadora, bien cerca de su hijo, cuenta Carlos. Antes de iniciar, agrega, verbalizó una estremecedora intención a la Virgen de Guadalupe que aún recuerda: «Madrecita linda yo quiero que la incubadora se convierta en tu vientre, está puesto en las manos de Dios»”.  Y así, cada vez que en esos días rezaban el rosario -puntualiza este padre- como un signo de esperanza el niño se mostraba apacible en la incubadora.

Conmoviendo el corazón de la Virgen

Así fue como Andrés Felipe comenzó a mejorar y nuevos exámenes cardíacos revelaron que -sin necesidad de cirugía- había desaparecido por completo la comunicación interauricular. “Nosotros teníamos todo puesto en las manos de Dios cuando el médico dijo a la enfermera «escriban ahí clínicamente normal», pues había desaparecido por completo la comunicación interauricular, sin la hemorragia y tampoco había cicatriz alguna en el cerebro; todo esto está documentado, tenemos científicamente cómo comprobar que Dios metió su mano, que la Virgencita de Guadalupe a la que se lo ofrecimos, nos lo ayudó a que se fuera recuperando cada vez más”.

Carlos Leiva y su hijo Andrés Felipe

Los frutos inmediatos de esta intervención extraordinaria de Dios han sido la conversión de Carlos y su esposa a una fe adulta y aún más comprometida. Hoy con la familia son animadores de un movimiento pro-vida y familia en Colombia para dar apoyo a madres con embarazos vulnerables.

Comentarios 0

Su dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *