Comentario de la 1ª lectura del Domingo: Escucha y obediencia para reconocer la voz del Señor que nos invita a responder a la vocación que Él nos llama / Por P. José María Prats

“Escucha y obediencia a la palabra de Dios son los grandes retos que hoy se nos plantean en un mundo saturado de voces y que denigra la obediencia a cualquier instancia que no sea los propios deseos y aspiraciones. Como dice la famosa canción de Cesáreo Gabaráin “Señor, me has mirado a los ojos, sonriendo has dicho mi nombre”: conocemos nuestro nombre, es decir, nuestra identidad profunda y nuestra vocación, en la medida en que el Señor nos la revela en el diálogo con Él”

Domingo II del tiempo ordinario – Ciclo B:

1 Samuel 3, 3b-10.19 / Salmo 39 / 1 Corintios 6, 13c-15a.17-20 / Juan 1, 35-42

14 de enero de 2018.-  (P. José María Prats / Camino CatólicoLas lecturas de hoy nos invitan a reflexionar sobre la realidad de la vocación. Cuando hablamos de vocación entendemos que Dios ha creado todas las cosas conforme a un plan y ha dado a cada persona una misión concreta dentro de este plan. Este designio para cada persona que estaba en la mente de Dios desde antes de la creación del mundo es lo que llamamos su vocación. A lo largo de la vida, Dios nos llama continuamente y de muchas maneras invitándonos a realizar la vocación que ha dispuesto para nosotros.

La primera lectura y el evangelio nos presentan respectivamente las vocaciones de Samuel y de los primeros discípulos de Jesús y nos ayudan a entender aspectos importantes de nuestra propia vocación. Para no alargarme demasiado me centraré en la vocación de Samuel.

En primer lugar vemos cómo Dios llama a Samuel por su nombre: «¡Samuel, Samuel!», lo cual nos indica que Dios tiene con cada uno de nosotros una relación personal única e irrepetible. Somos conocidos, amados y llamados por nuestro nombre y, desde toda la eternidad, Dios nos ha reservado un lugar especial en su plan para la creación. A Samuel, Dios le ha confiado una vocación profética, para que hable y guíe a su pueblo en su nombre.

Pero esta llamada no resulta fácil de discernir. Samuel oye que alguien le llama pero no adivina de quién se trata ni para qué. También nosotros hemos experimentado esta llamada desde niños en forma de inquietudes como el deseo de formar una familia o de ejercer una determinada profesión, o por vivencias que han sido especialmente significativas para nosotros. Pero al principio esta llamada era ambigua y difícil de concretar.

La historia de Samuel nos da algunas claves de cómo se interpreta y concreta esta llamada. En primer lugar, hay que destacar la actitud de escucha y obediencia de Samuel. En cuanto oye la voz que le llama, se levanta inmediatamente de la cama con el deseo de responder a esta llamada. Escucha y obediencia a la palabra de Dios son los grandes retos que hoy se nos plantean en un mundo saturado de voces y que denigra la obediencia a cualquier instancia que no sea los propios deseos y aspiraciones.

Como dice la famosa canción de Cesáreo Gabaráin “Señor, me has mirado a los ojos, sonriendo has dicho mi nombre”: conocemos nuestro nombre, es decir, nuestra identidad profunda y nuestra vocación, en la medida en que el Señor nos la revela en el diálogo con Él.

Pero este diálogo no resulta fácil. Nuestros padres nos enseñaron el lenguaje para dialogar con los hombres. ¿Quién nos puede enseñar a dialogar con Dios? Solamente el Pueblo que lleva miles de años haciéndolo: la Iglesia. Ella ha recogido este diálogo en las Sagradas Escrituras y en la Sagrada Tradición y lo renueva cada día en su oración y su vida. Así, para entender esta llamada, Samuel acude al sacerdote Elí. Elí conoce muy bien la historia de Dios con su Pueblo y reconoce en seguida esa voz que tantas veces ha hablado en su propia vida y en la de su pueblo.

La liturgia de hoy nos invita, pues, a profundizar con la Iglesia en el conocimiento del Dios que se ha manifestado en la historia y que hoy quiere seguir escribiendo en ella a través de nosotros. Este conocimiento y nuestra actitud de escucha y de obediencia nos permitirán reconocer la voz del Señor que pronuncia nuestro nombre y nos invita a responder: «habla, Señor, que tu siervo te escucha».

P. José María Prats

Evangelio

En aquellos días, Samuel estaba acostado en el templo del Señor, donde estaba el Arca de Dios.

Entonces el Señor llamó a Samuel. Este respondió:

«Aquí estoy.»

Corrió adonde estaba Elí y le dijo:

«Aquí estoy, porque me has llamado».

Respondió:

«No te he llamado; vuelve a acostarte».

Fue y se acostó.

El Señor volvió a llamar a Samuel.

Se levantó Samuel, fue adonde estaba Elí y dijo:

«Aquí estoy, porque me has llamado». Respondió:

«No te he llamado, hijo mío. Vuelve a acostarte».

Samuel no conocía aún al Señor, ni se le había manifestado todavía la palabra del Señor. El Señor llamó a

Samuel, por tercera vez. Se levantó, fue adonde estaba Elí y dijo:

«Aquí estoy, porque me has llamado».

Comprendió entonces Elí que era el Señor el que llamaba al joven. Y dijo a Samuel:

«Ve a acostarte. Y si te llama de nuevo, di: “Habla, Señor, que tu siervo escucha”».

Samuel fue a acostarse en su sitio. El Señor se presentó y llamó como las veces anteriores:

«¡Samuel, Samuel!».

Respondió Samuel:

«Habla, que tu siervo escucha».

Samuel creció. El Señor estaba con él, y no dejó que se frustrara ninguna de sus palabras.

1 Samuel 3, 3b-10.19

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