Homilía del evangelio de Navidad: Dios se nos presenta en la fragilidad de un Niño que llora reclamando nuestra atención y nuestro cuidado / Por P. José María Prats

* «Y cada vez que acogemos a Cristo a través de la oración, de la meditación de su Palabra, de los sacramentos y de una vida entregada al servicio de los demás, Él vuelve a revivir en nosotros su existencia terrena divinizando todos nuestros pensamientos, palabras y acciones. «Un Niño nos ha nacido, un Hijo se nos ha dado». Hoy recibimos a Jesús de manos de María para que habite en nuestros corazones. Somos portadores de Dios y templos vivos de su Santo Espíritu. Ojalá que sepamos atesorar su presencia en nosotros para que podamos así vivir y comunicar siempre su paz, su santidad, su victoria”

La Natividad del Señor – Misa de la noche:

Isaias 9, 1-3.5-6 / Salmo 95 / Tito 2, 11-14 / Lucas 2, 1-14

P. José María Prats / Camino Católico.- Hoy es Navidad, la fiesta más entrañable y más misteriosa del año.

Es entrañable, sobre todo, porque su protagonista es un Niño recién nacido, cuya debilidad e inocencia nos inspira espontáneamente sentimientos de ternura.

Y es misteriosa y desconcertante porque rompe todos nuestros esquemas sobre el modo en que habitualmente concebimos a Dios. Cuando pensamos en Dios, tendemos a verle como el Creador todopoderoso, revestido de gloria y majestad, que acude misericordioso a socorrer nuestra indigencia. En cambio hoy, Dios se nos presenta en la fragilidad de un Niño que llora reclamando nuestra atención y nuestro cuidado.

Y esta es, precisamente, la grandeza de la Navidad y de nuestra fe cristiana: Dios, infinito, omnipotente y eterno, nos ama tanto, que ha querido compartir la pobreza y la indigencia de nuestra condición humana para redimirla y divinizarla desde dentro.

El Hijo de Dios ha asumido toda nuestra existencia, desde su inicio escondido y humilde en el seno materno hasta su final en el dolor, el sufrimiento y la muerte. En Cristo, Dios ha reído y ha llorado, ha jugado y ha trabajado, ha sufrido y ha amado con un corazón humano; ha sido amado y perseguido, alabado e insultado, besado y abofeteado. Y porque Dios mismo las ha asumido y vivido, todas las realidades humanas han sido divinizadas para siempre.

Y cada vez que acogemos a Cristo a través de la oración, de la meditación de su Palabra, de los sacramentos y de una vida entregada al servicio de los demás, Él vuelve a revivir en nosotros su existencia terrena divinizando todos nuestros pensamientos, palabras y acciones.

«Un Niño nos ha nacido, un Hijo se nos ha dado». Hoy recibimos a Jesús de manos de María para que habite en nuestros corazones. Somos portadores de Dios y templos vivos de su Santo Espíritu. Ojalá que sepamos atesorar su presencia en nosotros para que podamos así vivir y comunicar siempre su paz, su santidad, su victoria.

Termino con un himno precioso de la liturgia de las horas, un himno a Cristo recién nacido lleno de ternura y agradecimiento por este amor entrañable, misterioso y desconcertante que contemplamos hoy en la cueva de Belén.

Te diré mi amor, Rey mío,

en la quietud de la tarde,

cuando se cierran los ojos

y los corazones se abren.

Te diré mi amor, Rey mío,

con una mirada suave,

te lo diré contemplando

tu cuerpo que en pajas yace.

Te diré mi amor, Rey mío,

adorándote en la carne,

te lo diré con mis besos,

quizá con gotas de sangre.

Te diré mi amor, Rey mío,

con los hombres y los ángeles,

con el aliento del cielo

que espiran los animales.

Te diré mi amor, Rey mío,

con el amor de tu Madre,

con los labios de tu Esposa

y con la fe de tus mártires.

Te diré mi amor, Rey mío,

¡oh Dios del amor más grande!

¡Bendito en la Trinidad,

que has venido a nuestro valle!

P. José María Prats

Evangelio

Sucedió que por aquellos días salió un edicto de César Augusto ordenando que se empadronase todo el mundo. Este primer empadronamiento tuvo lugar siendo gobernador de Siria Quirino. Iban todos a empadronarse, cada uno a su ciudad.

Subió también José desde Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David, que se llama Belén, por ser él de la casa y familia de David, para empadronarse con María, su esposa, que estaba encinta. Y sucedió que, mientras ellos estaban allí, se le cumplieron los días del alumbramiento, y dio a luz a su hijo primogénito, le envolvió en pañales y le acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en el alojamiento.

Había en la misma comarca unos pastores, que dormían al raso y vigilaban por turno durante la noche su rebaño. Se les presentó el Ángel del Señor, y la gloria del Señor los envolvió en su luz; y se llenaron de temor.

El Ángel les dijo:

«No temáis, pues os anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo Señor; y esto os servirá de señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre».

Y de pronto se juntó con el Ángel una multitud del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo:

«Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres en quienes Él se complace».

Lucas 2, 1-14


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