Homilía del evangelio del Domingo: Cerrar las puertas a las fuerzas del mal y abrirlas a la presencia victoriosa de Jesucristo en nosotros / Por P. José María Prats

* «Nosotros, templos vivos del Espíritu Santo, debemos vigilar con atención y prevención, como a través de rejas, que nada impuro se introduzca en nuestra mente. Pero, ¿y si el mal consigue penetrar furtivamente en nosotros? Entonces hay que exterminarlo en seguida, antes de que crezca, se fortalezca y se adueñe de nosotros”

Domingo primero de Cuaresma – Ciclo A:

Genesis 2, 7-9;3,1-7 / Salmo 50 / Romanos 5, 12-19 / Mateo 4, 1-11

P. José María Prats / Camino Católico.- La Cuaresma que acabamos de iniciar es un tiempo de purificación y de esfuerzo por estrechar nuestra comunión con Dios. Pero este esfuerzo va siempre acompañado de una lucha contra las fuerzas del mal, que no soportan que avancemos en el camino de la santidad. Recordemos, por ejemplo, a los Padres del Desierto, aquellos primeros anacoretas egipcios que en el siglo III decidieron abandonar las ciudades y retirarse al desierto animados por el deseo de seguir a Cristo hasta las últimas consecuencias: allí, en el desierto, les esperaba el Maligno. Sus escritos describen con todo detalle esta lucha espiritual contra las fuerzas del mal.

También nosotros, con nuestro deseo cuaresmal de purificación, nos hemos retirado en cierto modo al desierto, donde vamos a vivir esta lucha espiritual. Y por ello en este primer domingo de Cuaresma se nos invita a reflexionar sobre la tentación. La primera lectura nos presenta la victoria del Maligno sobre la humanidad en la tentación de nuestros primeros padres, y el evangelio, su derrota por Jesús en el desierto de Judea. Finalmente, en la carta a los romanos, San Pablo nos habla del alcance universal de estos dos acontecimientos: «así como por la desobediencia de un solo hombre, todos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno solo, todos serán constituidos justos».

Por nuestro vínculo carnal con Adán hemos heredado el yugo del pecado, pero por el vínculo con Jesucristo establecido en el bautismo, hemos recibido también el poder para destruirlo. La vida espiritual no es otra cosa que cerrar las puertas al influjo de las fuerzas del mal y abrirlas de par en par a la presencia victoriosa de Jesucristo en nosotros.

Cerrar las puertas al Maligno

San Nilo de Ancira en su Tratado Ascético dice que el Templo de Jerusalén tenía en su entrada puertas enrejadas para poder examinar cuidadosamente todas las mercancías que llegaban, evitando así que nada impuro entrase en él. Nosotros, templos vivos del Espíritu Santo, debemos vigilar con atención y prevención, como a través de rejas, que nada impuro se introduzca en nuestra mente. Pero, ¿y si el mal consigue penetrar furtivamente en nosotros? Entonces hay que exterminarlo en seguida, antes de que crezca, se fortalezca y se adueñe de nosotros. Para ilustrar este punto, San Nilo hace una interpretación espiritual preciosa de los dos versículos finales del salmo 136, un pasaje tan inquietante que no se ha incluido en la liturgia de las horas: «Capital de Babilonia, ¡criminal! ¡Quién pudiera pagarte los males que nos has hecho! ¡Quién pudiera agarrar y estrellar tus niños contra las peñas!». Babilonia es la ciudad enemiga del pueblo de Dios que representa a las fuerzas del mal, y sus hijos son las semillas que intenta hacer crecer en nosotros. Hay que agarrar, pues, estas semillas antes de que se desarrollen estrellándolas contra la Roca, que es Cristo, el único capaz de destruir el pecado.

Abrir las puertas a Dios

Pero el esfuerzo ascético sería estéril sin el concurso de la gracia. Sería como intentar destruir un montón de leña disponiéndola bien vertical y aireada, pero sin encender el fuego. Por ello la Iglesia nos invita en este tiempo cuaresmal a intensificar la oración, la vida sacramental y todos aquellos medios que avivan el fuego del Espíritu Santo, la presencia viva y purificadora de Dios en nosotros. Así se lo explica San Pablo a los efesios: «Buscad vuestra fuerza en el Señor y en su invencible poder. Poneos las armas de Dios, para poder afrontar las asechanzas del diablo, porque nuestra lucha no es contra hombres de carne y hueso sino contra los principados, contra las potestades, contra los dominadores de este mundo de tinieblas, contra los espíritus malignos del aire. Por eso, tomad las armas de Dios para poder resistir en el día malo y manteneros firmes después de haber superado todas las pruebas. Estad firmes; ceñid la cintura con la verdad, y revestid la coraza de la justicia; calzad los pies con la prontitud para el evangelio de la paz. Embrazad el escudo de la fe, donde se apagarán las flechas incendiarias del maligno. Poneos el casco de la salvación y empuñad la espada del Espíritu que es la palabra de Dios. Siempre en oración y súplica, orad en toda ocasión en el Espíritu, velando juntos con constancia, y suplicando por todos los santos» (Ef 6,10-18).

P. José María Prats

Homilía del Evangelio del Domingo: Cristo ha vencido al demonio para liberarnos / Por P. Raniero Cantalamessa, OFM Cap.

Evangelio

En aquel tiempo, Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo. Y después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, al fin sintió hambre.

El tentador se le acercó y le dijo:

«Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes».

Pero él le contestó:

«Está escrito: “No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”».

Entonces el diablo lo llevó a la ciudad santa, lo puso en el alero del templo y le dijo:

«Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: «Ha dado órdenes a sus ángeles acerca de ti y te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con las piedras”».

Jesús le dijo:

«También está escrito: “No tentarás al Señor, tu Dios”».

De nuevo el diablo lo llevó a una monte altísimo y le mostró los reinos del mundo y su gloria, y le dijo:

«Todo esto te daré, si te postras y me adoras».

Entonces le dijo Jesús:

«Vete, Satanás, porque está escrito: “Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto”».

Entonces lo dejó el diablo, y he aquí que se acercaron los ángeles y lo servían.

Mateo 4, 1-11 


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