Comentario del evangelio del Domingo: Confesarse y perdonar de todo corazón a nuestros hermanos / Por P. José María Prats

+ “Yo os animo a ir con frecuencia al confesionario y a recibir este regalo impagable que nos purifica y nos devuelve lo más valioso que podemos poseer: la comunión con Dios; este regalo que nos hace sentirnos hombres y mujeres nuevos y nos mueve a proclamar llenos de gozo las palabras que hemos escuchado en el salmo: «Bendice, alma mía, al Señor, y todo mi ser a su santo nombre. Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides sus beneficios. Él perdona todas mis culpas y cura todas mis enfermedades; él rescata mi vida de la fosa y me colma de gracia y de ternura»”

Domingo XXIV del tiempo ordinario – Ciclo A:

Eclesiástico 27, 33-28,9 / Salmo 102 / Romanos 14, 7-9 / Mateo 18, 21-35

17 de septiembre de 2017.-  (P. José María Prats / Camino Católico)En el evangelio de hoy hay un detalle muy importante al que hay que prestar atención: se trata de las cantidades que debían respectivamente el compañero al siervo malvado y éste a su señor.

El compañero debía 100 denarios. El denario era lo que cobraba un jornalero por un día de trabajo. Se trataba, por tanto, de una deuda considerable –el trabajo de más de tres meses– pero que, con un poco de esfuerzo, se podía llegar a pagar.

El siervo malvado, en cambio, debía 10.000 talentos a su señor. Un talento equivalía a 6.000 denarios y, por tanto, esta deuda correspondía a 60 millones de días de trabajo, que son aproximadamente 165.000 años. Se trata, pues, de una deuda humanamente imposible de pagar.

Estas desproporciones tan grandes que vemos en esta parábola se encuentran con frecuencia en los evangelios como, por ejemplo, cuando Jesús promete el ciento por uno a los que lo siguen o cuando a partir de 5 panes y 2 peces da de comer a 5.000 hombres.

El mensaje que se nos quiere comunicar con estas exageraciones es que el ser humano por sí mismo es muy poca cosa: su vida es un instante fugaz en el curso de los siglos, y lo que puede conseguir con su esfuerzo es insignificante. Pero si está en comunión con Dios, siendo misericordioso como Dios es misericordioso, entonces sus acciones entran en el ámbito de lo eterno y adquieren un valor infinito.

Así, por ejemplo, si entregamos lo poco que tenemos para saciar al hambriento como hizo el niño que ofreció los 5 panes y 2 peces, el Señor alimentará a miles de personas con un pan que –como sabemos– representa la eucaristía, prenda de la vida eterna. Y, como vemos en el evangelio de hoy, si perdonamos humanamente las ofensas de nuestros hermanos, el Señor nos concederá un perdón que está en el ámbito de lo eterno, porque nos permite participar para siempre de su gloria, algo que jamás podríamos alcanzar con nuestro esfuerzo.

En este día en que hablamos de perdón, es también importante hablar del sacramento de la reconciliación. Como nos dicen los evangelios, Dios ha concedido a su Iglesia el poder de perdonar los pecados por mediación de los ministros que actúan en su nombre. Actualmente, por desgracia, estamos viviendo en la Iglesia un abandono de este sacramento que, a la luz del evangelio de hoy, resulta inexplicable: Si hubiera un lugar aquí en Horta donde se nos regalaran 100 denarios, es decir, el valor del trabajo de más de tres meses, la cola para recogerlos llegaría al menos hasta la Plaza Cataluña. En los confesionarios no se nos regalan 100 denarios sino ¡60 millones de denarios! y pocas veces encontramos gente en la cola. ¡Qué ambiciosos y astutos somos en lo que atañe a los bienes materiales y, en cambio, qué descuidados y torpes en lo relativo a los bienes espirituales, que tienen un valor imperecedero!

Yo os animo a ir con frecuencia al confesionario y a recibir este regalo impagable que nos purifica y nos devuelve lo más valioso que podemos poseer: la comunión con Dios; este regalo que nos hace sentirnos hombres y mujeres nuevos y nos mueve a proclamar llenos de gozo las palabras que hemos escuchado en el salmo: «Bendice, alma mía, al Señor, y todo mi ser a su santo nombre. Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides sus beneficios. Él perdona todas mis culpas y cura todas mis enfermedades; él rescata mi vida de la fosa y me colma de gracia y de ternura».

Recordemos solamente que hay una condición indispensable para poder recibir este regalo maravilloso: perdonar de todo corazón a nuestros hermanos. Que Dios nos conceda hoy la gracia de poder hacerlo.

P. José María Prats

Evangelio

En aquel tiempo, Pedro preguntó a Jesús:

«Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano? ¿Hasta siete veces?».

Dícele Jesús:

«No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Por eso el Reino de los Cielos es semejante a un rey que quiso ajustar cuentas con sus siervos. Al empezar a ajustarlas, le fue presentado uno que le debía 10.000 talentos. Como no tenía con qué pagar, ordenó el señor que fuese vendido él, su mujer y sus hijos y todo cuanto tenía, y que se le pagase. Entonces el siervo se echó a sus pies, y postrado le decía: ‘Ten paciencia conmigo, que todo te lo pagaré’. Movido a compasión el señor de aquel siervo, le dejó en libertad y le perdonó la deuda. 

»Al salir de allí aquel siervo se encontró con uno de sus compañeros, que le debía cien denarios; le agarró y, ahogándole, le decía: ‘Paga lo que debes’. Su compañero, cayendo a sus pies, le suplicaba: ‘Ten paciencia conmigo, que ya te pagaré’. Pero él no quiso, sino que fue y le echó en la cárcel, hasta que pagase lo que debía. 

»Al ver sus compañeros lo ocurrido, se entristecieron mucho, y fueron a contar a su señor todo lo sucedido. Su señor entonces le mandó llamar y le dijo: ‘Siervo malvado, yo te perdoné a ti toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también compadecerte de tu compañero, del mismo modo que yo me compadecí de ti?’. Y encolerizado su señor, le entregó a los verdugos hasta que pagase todo lo que le debía. Esto mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si no perdonáis de corazón cada uno a vuestro hermano».

Mateo 18, 21-35

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