Homilía del Evangelio del Domingo: Convertirse es acoger y responder a la llamada de Jesús dejando todo para ponerse al servicio del Reino de Dios / Por P. José María Prats

* «Ahora ya no se trata solamente de vivir relativizando un mundo que va a ser destruido, sino de acoger este poder y ponernos a su servicio para extender el mundo nuevo y definitivo que está naciendo: el Reino de Dios. No nos debe, por tanto, extrañar que, inmediatamente después de su invitación a la conversión, Jesús empiece a llamar a los que serán sus discípulos para hacer de ellos «pescadores de hombres». En el bautismo recibimos este nuevo poder y, por la unción con el Santo Crisma, fuimos consagrados como miembros del Cuerpo de Cristo para participar en la misión sacerdotal, profética y real del Señor según la vocación que ha dispuesto para cada uno de nosotros”

Domingo III del tiempo ordinario – B

Jonás 3, 1-5.10 / Salmo 24 / 1 Corintios 7, 29-31 / Marcos 1, 14-20

P. José María Prats / Camino Católico.-   El evangelio de este domingo nos presenta el inicio del ministerio de Jesús en Galilea. Vemos cómo lo primero que hace es llamar a la conversión: «Se ha cumplido el plazo, está cerca el Reino de Dios: convertíos y creed en el Evangelio».

La lecturas anteriores preparan este evangelio invitándonos a reflexionar sobre la conversión. En la primera lectura el profeta Jonás se dirige a los habitantes de Nínive –ciudad mundana y pecadora como ninguna otra de su tiempo– para llamarlos a la conversión proclamando por toda la ciudad: «¡Dentro de cuarenta días Nínive será destruida!». Esta advertencia tiene un significado espiritual. En la Biblia, cuatro es el número que representa la creación –enmarcada por los cuatro puntos cardinales– y diez tiene un sentido de totalidad. Cuarenta, por tanto, representa la totalidad de la existencia terrena del ser humano. Así pues, Jonás nos recuerda que nuestra vida en la tierra tiene un fin, va a ser destruida y, por consiguiente, no podemos absolutizarla.

Es lo mismo que nos dice San Pablo en la segunda lectura: «que los que lloran vivan como si no lloraran; los que están alegres, como si no lo estuvieran … los que negocian en el mundo, como si no disfrutaran de él: porque la representación de este mundo se termina». Es decir, no podemos permitir que las realidades terrenas nos absorban de tal manera que nos oculten la visión de las realidades eternas. Hay que alzar la mirada hacia ese horizonte más amplio y definitivo hacia el que nos encaminamos y que da pleno sentido a todo, para vivir desde ahí las realidades del mundo presente. Esta es la esencia de la conversión: alzar la mirada hacia Dios como dice el salmista: «a ti levanto mis ojos, a ti que habitas en el cielo», aprender a contemplarlo y juzgarlo todo con los ojos de la fe y no con los de la carne.

Pero la conversión a la que nos invita Jesús en el evangelio de hoy va más allá: convertíos… porque «se ha cumplido el plazo y está cerca el Reino de Dios». Con la encarnación del Hijo de Dios y la consiguiente efusión del Espíritu Santo, ha irrumpido entre nosotros un nuevo poder que es capaz de transformarlo todo. Por eso, ahora ya no se trata solamente de vivir relativizando un mundo que va a ser destruido, sino de acoger este poder y ponernos a su servicio para extender el mundo nuevo y definitivo que está naciendo: el Reino de Dios. No nos debe, por tanto, extrañar que, inmediatamente después de su invitación a la conversión, Jesús empiece a llamar a los que serán sus discípulos para hacer de ellos «pescadores de hombres».

En el bautismo recibimos este nuevo poder y, por la unción con el Santo Crisma, fuimos consagrados como miembros del Cuerpo de Cristo para participar en la misión sacerdotal, profética y real del Señor según la vocación que ha dispuesto para cada uno de nosotros, tal como  veíamos el domingo pasado.

A través de la palabra que hemos escuchado, el Señor renueva su llamada y nos recuerda que cuenta con cada uno de nosotros. Que el testimonio de los habitantes de Nínive, que acogieron la llamada de Jonás a la conversión abandonando su vida mundana y el de los primeros discípulos de Jesús, que respondieron a la llamada del Maestro dejando inmediatamente las redes para ponerse al servicio del Reino de Dios, nos ayude a responder con decisión y generosidad a la llamada que el Señor nos hizo y nos sigue haciendo a cada uno de nosotros.

P. José María Prats

Evangelio

Después de que Juan fue entregado, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios; decía:

«Se ha cumplido el tiempo y está cerca el reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio».

Pasando junto al mar de Galilea, vio a Simón y a Andrés, el hermano de Simón, echando las redes en el mar, pues eran pescadores.

Jesús les dijo:

«Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres».

Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron.

Un poco más adelante vio a Santiago, hijo de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban en la barca repasando las redes. A continuación los llamó, dejaron a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros y se marcharon en pos de él.

Marcos 1, 14-20


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