Homilía del evangelio del Domingo: Dios nos llama a vivir como hijos suyos y a revestirnos con la santidad / Por P. José María Prats

* «Hoy más que nunca estamos rechazando esta invitación decisiva. Como los primeros convidados al banquete de boda hemos antepuesto todo a esta invitación: el trabajo, las aficiones, los deportes, los compromisos sociales, los planes para el fin de semana… Estamos muy ocupados y activos pero hemos quitado de nuestra vida el fundamento que la sostiene y le da sentido. Y sin este fundamento nuestra casa será fácilmente destruida por cualquier tempestad, como Jerusalén fue destruida por las legiones romanas”

Domingo XXVIII del tiempo ordinario – Ciclo A:

Isaias 25, 6-10a / Salmo 22 / Filipenses 4, 12-14.19-20 / Mateo 22, 1-14

P. José María Prats / Camino Católico.- En el evangelio de hoy Jesús se dirige nuevamente a los líderes de Israel para explicarles otra parábola con la que anuncia lo que va a suceder tras su muerte y resurrección.

«El reino de los cielos –comienza diciendo– se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo». Este reino es la nueva realidad que aparece en el mundo como consecuencia del restablecimiento de la comunión con Dios por el sacrificio de Cristo. Esta comunión supone una relación esponsal y vivificante con Dios en Cristo: es la Alianza nueva y eterna entre Cristo y su Iglesia, que será llevada a su plenitud al final de la historia en lo que el Apocalipsis llama «las bodas del Cordero».

El rey «mandó criados para que avisaran a los convidados a la boda, pero no quisieron ir». Los criados son los apóstoles, y los convidados, el pueblo de Israel, primer destinatario de la salvación. Pero Israel no respondió a esta invitación, no se dio cuenta de la maravilla que suponía el reino de los cielos, representado en ese banquete «de manjares suculentos» y «vinos de solera» del que nos habla Isaías. Sus líderes, ciegos, siguieron empeñados en promover sus intereses y pasiones mundanas: «uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios; los demás echaron mano a los criados y los maltrataron hasta matarlos»; recordemos el martirio de San Esteban o el de Santiago.

«El rey –continúa diciendo la parábola– montó en cólera, envió sus tropas, que acabaron con aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad». Es una clara alusión a la destrucción de Jerusalén por las legiones romanas en el año 70.

«Luego dijo a sus criados: «La boda está preparada, pero los convidados no se la merecían. Id ahora a los cruces de los caminos, y a todos los que encontréis, convidadlos a la boda.»» Los gentiles, que estaban destinados a obtener la salvación en un segundo momento por mediación de Israel, son ahora invitados por los apóstoles a entrar por la fe en el reino de Dios, cumpliéndose así aquello de que «los últimos serán los primeros».

Y «la sala del banquete se llenó de comensales». El cristianismo tuvo una acogida extraordinaria entre los gentiles, propagándose por todo el mundo en muy poco tiempo. Pero, sobre todo a medida que la Iglesia se afianzaba e iba siendo reconocida e incluso favorecida por la sociedad civil, muchos quisieron hacerse cristianos por conveniencia, sin convertirse de corazón ni abandonar su vida de pecado, es decir, sin vestirse con el «traje de fiesta». La parábola invita entonces a los dirigentes de la Iglesia a velar por la santidad de sus miembros: «Entonces el rey dijo a los camareros: «Atadlo de pies y manos y arrojadlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes.»» Y, efectivamente, durante los primeros siglos –tal como testimonia, por ejemplo, San Pablo (1 Co 5,1-7)– las comunidades cristianas expulsaron a los que de forma manifiesta vivían en contradicción con el evangelio para preservar la santidad de la vida común y promover que los pecadores tomaran conciencia de su extravío y fueran movidos a la conversión.

Dios nos sigue llamando al banquete del reino de los cielos, a vivir como hijos suyos y a revestirnos cada día con la santidad –el traje de fiesta– que nos dio en el bautismo. Hoy más que nunca estamos rechazando esta invitación decisiva. Como los primeros convidados al banquete de boda hemos antepuesto todo a esta invitación: el trabajo, las aficiones, los deportes, los compromisos sociales, los planes para el fin de semana… Estamos muy ocupados y activos pero hemos quitado de nuestra vida el fundamento que la sostiene y le da sentido. Y sin este fundamento nuestra casa será fácilmente destruida por cualquier tempestad, como Jerusalén fue destruida por las legiones romanas.

P. José María Prats

Evangelio

En aquel tiempo, tomando Jesús de nuevo la palabra les habló en parábolas, diciendo:

«El Reino de los Cielos es semejante a un rey que celebró el banquete de bodas de su hijo. Envió sus siervos a llamar a los invitados a la boda, pero no quisieron venir.

Envió todavía otros siervos, con este encargo:

Decid a los invitados: ‘Mirad, mi banquete está preparado, se han matado ya mis novillos y animales cebados, y todo está a punto; venid a la boda’.

Pero ellos, sin hacer caso, se fueron el uno a su campo, el otro a su negocio; y los demás agarraron a los siervos, los escarnecieron y los mataron. Se airó el rey y, enviando sus tropas, dio muerte a aquellos homicidas y prendió fuego a su ciudad.

Entonces dice a sus siervos:

‘La boda está preparada, pero los invitados no eran dignos. Id, pues, a los cruces de los caminos y, a cuantos encontréis, invitadlos a la boda’.

Los siervos salieron a los caminos, reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos, y la sala de bodas se llenó de comensales.

Entró el rey a ver a los comensales, y al notar que había allí uno que no tenía traje de boda, le dice:

‘Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin traje de boda?’.

Él se quedó callado. Entonces el rey dijo a los sirvientes:

‘Atadle de pies y manos, y echadle a las tinieblas de fuera; allí será el llanto y el rechinar de dientes’.

Porque muchos son llamados, mas pocos escogidos».

Mateo 22, 1-14


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