Homilía del Evangelio del Domingo: ¿Dónde hemos puesto nuestro corazón, en la construcción de nuestro propio reino o en la del Reino de Dios? / Por P. José María Prats

* «Lo que Jesús nos plantea con el ejemplo de la viuda pobre es otra cosa: es la cuestión fundamental de dónde hemos puesto nuestro corazón, si en la construcción de nuestro propio reino o en la del Reino de Dios. Nuestros afanes, esfuerzos y desvelos ¿están encaminados a realizar nuestros sueños y asegurar nuestro bienestar o aspiran a construir un mundo más justo, solidario y fraterno, conforme al designio de Dios?»

Domingo 32 del tiempo ordinario. Ciclo B:

Re 17, 10-16  /  Sal 145  /  Hb 9, 24-28  /  Marcos 12, 38-44

P. José María Prats / Camino Católico.- En el evangelio Jesús alaba a una viuda pobre que echó en el tesoro del Templo todo lo que tenía para vivir. ¿Nos pide entonces Jesús que demos a la Iglesia incluso aquello que necesitamos para vivir? Evidentemente que no: sería absurdo darlo todo y a continuación tener que acudir a nuestros familiares y amigos, o a la misma Iglesia, para que socorrieran nuestras necesidades.

Lo que Jesús nos plantea con el ejemplo de la viuda pobre es otra cosa: es la cuestión fundamental de dónde hemos puesto nuestro corazón, si en la construcción de nuestro propio reino o en la del Reino de Dios. Nuestros afanes, esfuerzos y desvelos ¿están encaminados a realizar nuestros sueños y asegurar nuestro bienestar o aspiran a construir un mundo más justo, solidario y fraterno, conforme al designio de Dios?

El testimonio de la viuda pobre del Evangelio es un ejemplo elocuente de esta opción radical por el Reino de Dios: el Templo de Jerusalén representaba para ella la presencia y la gloria de Dios en medio de su pueblo, y su ofrenda era un acto de alabanza, una manifestación de su entrega total al servicio del Reino de Dios.

En cambio, los escribas, que buscaban bienes, reverencias, ocupar los asientos de honor en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes, son ejemplos penosos del olvido del Reino de Dios para construir su propio reino, un reino de insolidaridad y vanidad.

No es difícil encontrar ejemplos más actuales y cercanos, como el de algunos novios que vienen a casarse a la iglesia y al acercarse a la sacristía tras la celebración para firmar el acta matrimonial dicen que traerán al día siguiente el donativo que tenían preparado y se les ha olvidado y no vuelven a aparecer nunca más. Las motivaciones son evidentes. Lo que prima es la construcción de su propio reino: el banquete para quedar bien con familiares y amigos, el traje de novia para lucir, los muebles del piso que hay que acabar de pagar… ¿Dónde queda la construcción de la comunidad cristiana que los ha acogido? ¿Dónde queda la gloria y el temor del Dios vivo a quien han venido a implorar la bendición de su matrimonio?

Un poema de R. Tagore en el que un mendigo cuenta su historia dice así:

«Había estado mendigando de puerta en puerta por toda la aldea, cuando apareció a lo lejos una carroza de oro. Era la carroza del hijo del rey. Yo pensé: “Es la oportunidad de mi vida”. Me senté abriendo mi alforja de par en par, esperando que se me daría la limosna sin tener que pedirla siquiera; más aún, que las riquezas lloverían al suelo a mi alrededor. Pero cuál fue mi sorpresa cuando, al llegar junto a mí, la carroza se paró, el hijo del rey bajó y, tendiendo la mano derecha, me dijo: “¿Qué tienes para darme?”. ¿Qué clase de gesto real era ese de tenderle la mano a un mendigo? Confuso e indeciso, saqué de mi alforja un grano de arroz, sólo uno, el más pequeño, y se lo di. Pero qué tristeza sentí por la noche cuando, hurgando en mi alforja, encontré un pequeño grano de oro, sólo uno. Lloré amargamente por no haber tenido el valor de dárselo todo».

Este es el secreto que conocía la viuda pobre: que todo lo que se ofrece para la construcción del Reino de Dios se convierte en oro: en frutos de vida eterna.

P. José María Prats

Evangelio

En aquel tiempo, enseñaba Jesús a la multitud y les decía:

«¡Cuidado con los letrados! Les encanta pasearse con amplio ropaje y que les hagan reverencias en la plaza, buscan los asientos de honor en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes; y devoran los bienes de las viudas, con pretexto de largos rezos. Esos recibirán una sentencia más rigurosa».

Estando Jesús sentado enfrente del cepillo del templo, observaba a la gente que iba echando dinero; muchos ricos echaban en cantidad; se acercó una viuda pobre y echó dos reales. Llamando a sus discípulos, les dijo:

«Os aseguro que esa pobre viuda ha echado en el cepillo más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero esta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir».

Marcos 12, 38-44


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