Homilía del Evangelio del Domingo: «Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo» / Por P. José María Prats

* “San Juan, el Teólogo, el que recostado en el pecho del Señor contempló los grandes misterios de Dios, hace la afirmación más importante de la Escritura: «Dios es Amor y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él» (1 Jn 4,16). Dios, pues, no sólo ama a los seres que ha creado, sino que su misma esencia es el amor”

Domingo de la Santísima Trinidad – C

Proverbios 8, 22-31  /  Salmo 8  /  Romanos 5, 1-5  /  Juan 16, 12-15

P. José María Prats / Camino Católico.- En esta solemnidad de la Santísima Trinidad, contemplamos y adoramos el misterio de Dios que se nos ha revelado en la vida, muerte y resurrección de Jesucristo y en el don del Espíritu Santo. Y es que la concepción cristiana de Dios no procede de especulaciones filosóficas sino de una experiencia poderosísima vivida por los discípulos de Jesús.

El judaísmo de la época romana mantenía celosamente su identidad frente a las religiones politeístas de su entorno subrayando la unidad y unicidad de Dios hasta el punto de hacer del Shemásu oración más sagrada: «Escucha, Israel, el Señor es nuestro Dios, el Señor es uno» (Dt 6,4). En este contexto teológico, especular sobre desarrollos en la unidad de Dios era sencillamente impensable. Pero el vino nuevo que irrumpió en la vida de los discípulos de Jesús fue tan poderoso que rompió los viejos odres del judaísmo. Hasta Tomás, el más escéptico de los apóstoles, tuvo que arrodillarse ante Jesucristo resucitado y decir: «Señor mío y Dios mío» (Jn 20,28). Y la experiencia de Pentecostés por la que empezaron a sentir una presencia viva en su interior que les revelaba las profundidades de los misterios de Dios, oraba al Padre con gemidos inefables y los capacitaba para vivir de una forma nueva era demasiado intensa y compartida como para negar que Dios mismo estaba habitando en sus corazones por el don del Espíritu Santo.

Sí, Dios en verdad era uno y único, como decían las antiguas Escrituras, pero ahora los discípulos descubrían maravillados que este único Dios tenía una vida interna desbordante, que todo en Él era acción, dinamismo y amor que se comunica. El único Dios era una comunión de tres personas –el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo- en la que cada una no vivía para sí misma sino entregada por completo a las demás. El Padre se entregaba eternamente al Hijo (lo habían escuchado en el Jordán: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco»). El Hijo acogía eternamente este don del Padre y respondía a Él con la entrega total de sí mismo (el mismo Jesús se lo había dicho: «Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado»). Y el Espíritu Santo era el mismo Amor que unía eternamente al Padre y al Hijo, pues los creyentes, al recibir este Espíritu, habían, por fin, «conocido el amor».

Por ello, San Juan, el Teólogo, el que recostado en el pecho del Señor contempló los grandes misterios de Dios, hace la afirmación más importante de la Escritura: «Dios es Amor y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él» (1 Jn 4,16). Dios, pues, no sólo ama a los seres que ha creado, sino que su misma esencia es el amor.

Como los discípulos de Jesús, acabamos de revivir en la liturgia de la Iglesia la muerte y resurrección de Jesucristo y la venida del Espíritu Santo. Y, por ello, en la fiesta de hoy contemplamos el misterio del Dios Uno y Trino que se nos ha manifestado a través de estos hechos. Dejémonos inundar por esta fuente de amor inagotable para poder decir con todo el corazón en la asamblea de los ángeles y los santos: «Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo».

P. José María Prats

Evangelio

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

– «Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora; cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena. Pues no hablará por cuenta propia, sino que hablará de lo que oye y os comunicará lo que está por venir. Él me glorificará, porque recibirá de lo mío y os lo anunciará. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso os he dicho que recibirá y tomará de lo mío y os lo anunciará».

Juan 16, 12-15

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