Homilía del evangelio del Domingo: Jesús por el don del Espíritu Santo habita en nuestro corazón / Por P. José María Prats

* «Por el Espíritu Santo, Dios se hace presente en nosotros como un fuego que inflama nuestro corazón para amar y entregarnos a los demás, que nos llena de dinamismo y nos comunica los carismas y la audacia necesarios para construir el Reino de Dios, para sobrellevar las dificultades con alegría, y para vivir en la verdad y la justicia”

Domingo de Pentecostés – Ciclo A:

Hechos 2, 1-11 / Sal 103 / 1 Co 12, 3b-7.12-13 / Juan 20, 19-23

P. José María Prats / Camino Católico.- Dice el Nuevo Testamento que después de su resurrección, Jesús se apareció a sus discípulos en muchas ocasiones y en diferentes circunstancias: a María Magdalena, a las mujeres que regresaban del sepulcro, a aquellos dos discípulos que iban de camino hacia la aldea de Emaús, a los once reunidos en la tarde del domingo de Pascua, a siete discípulos que estaban pescando en el lago de Tiberiades… San Pablo dice incluso que Jesús se apareció a más de 500 personas a la vez (1 Cor 15,6).

Las apariciones de Jesús fueron, pues, un hecho experimentado por muchas personas durante los 40 días siguientes a la resurrección. Después de estos días, Jesús pidió a sus discípulos que permaneciesen en Jerusalén porque a los pocos días iban a ser bautizados en el Espíritu Santo y recibirían la fuerza para ser sus testigos en Jerusalén, en Judea, en Samaria y hasta los confines de la tierra. Y dicho esto ascendió al cielo, como celebrábamos el domingo pasado.

Esta promesa de Jesús se cumplió al cabo de diez días, como se nos describe en la primera lectura. Era la fiesta judía de Pentecostés, una de las fiestas más importantes del año para cuya celebración venían en peregrinación judíos de multitud de lugares donde se hablaban lenguas distintas. Y estando los discípulos de Jesús en oración con la Virgen María, vino sobre ellos el Espíritu Santo en forma de lenguas de fuego y tuvieron una experiencia mística poderosísima que les comunicó un conocimiento íntimo y profundo del misterio de Jesucristo y les movió a la alabanza y a dar testimonio de Jesús en lenguas que desconocían. Revestidos de este poder, estos hombres sencillos llevaron en poco tiempo el evangelio hasta los confines de la tierra como había anunciado Jesús.

Vemos, pues, cómo después de la resurrección, Jesús se hace presente a sus discípulos de dos formas distintas: apareciéndoseles en su nueva condición resucitada y a través del don del Espíritu Santo, por el cual entra a habitar en sus corazones. Y de estas dos formas de presencia, vemos cómo la segunda es mucho más poderosa y transformadora, pues antes de Pentecostés, aún habiendo visto a Jesús resucitado, los discípulos permanecen ocultos y temerosos, mientras que tras recibir al Espíritu Santo se llenan de valor y de audacia para dar a conocer a Jesús al mundo.

Y es que una cosa es ver la luz, la gracia y la belleza como una figura que está frente a nosotros, y otra mucho más profunda y transformadora es experimentar esa misma luz resplandeciendo con fuerza en nuestro interior e inspirando desde dentro nuestros pensamientos, palabras y acciones.

Los Padres de la Iglesia comparan al ser humano lleno del Espíritu Santo con aquella zarza que vio Moisés en el Sinaí que ardía sin consumirse. Por el Espíritu Santo, Dios se hace presente en nosotros como un fuego que inflama nuestro corazón para amar y entregarnos a los demás, que nos llena de dinamismo y nos comunica los carismas y la audacia necesarios para construir el Reino de Dios, para sobrellevar las dificultades con alegría, y para vivir en la verdad y la justicia.

Jesús ha venido al mundo para reconciliarnos con Dios y derramar sobre nosotros al Espíritu Santo: «He venido a prender fuego a la tierra, ¡y cuánto deseo que ya esté ardiendo!» (Lc 12,49). Pidámosle hoy que derrame en abundancia este fuego sobre nosotros y nos convierta en zarzas ardientes que iluminen las tinieblas del mundo y lo llenen de armonía y de paz.

P. José María Prats

Evangelio

Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:

«Paz a vosotros».

Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:

«Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo».

Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo:

«Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».

Juan 20, 19-23

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