Homilía del Evangelio del Domingo de Pascua: La resurrección nos lleva a la comunión con Dios y nos capacita para vivir en el amor / Por P. José María Prats

* «Pidámosle al Señor que despierte la pasión por esta nueva vida que ha ganado para nosotros con su sacrificio en la cruz, que nos haga descubrir su belleza y su luz, que nos guíe por sus senderos y nos haga recostar en sus verdes praderas. No podemos ni siquiera imaginar lo que el Señor nos mostrará, porque la palabra que caracteriza a esta vida es novedad, novedad radical e inesperada”

Pascua de resurrección

Hechos 10, 34a.37-43  /  Sal 117  /  Colosenses 3,1-4  /  Juan 20,1-9

P. José María Prats / Camino Católico.- Hoy celebramos el acontecimiento central de nuestra fe: la resurrección de nuestro Señor Jesucristo. Y creo que la palabra que mejor define este hecho es novedad, novedad radical e inesperada.

El evangelio de hoy deja muy claro que nadie esperaba la resurrección de Jesús. Cuando María Magdalena vio la losa quitada del sepulcro y la tumba vacía no pensó en una resurrección, sino que fue corriendo a decir a los discípulos: «se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto». Y los otros tres evangelistas nos dicen que cuando las mujeres fueron a comunicar que habían recibido del ángel el anuncio de la resurrección y que se les había aparecido el mismo Señor resucitado, los discípulos no las creyeron.

Y es que en el pensamiento judío de la época se esperaba la resurrección de los muertos a un nuevo estado de vida al fin de los tiempos, pero no como un hecho en medio de la historia. Esto queda muy claro, por ejemplo, en el episodio de la resurrección de Lázaro. Cuando Jesús dice a Marta: «Tu hermano resucitará», ésta le replica: «Ya sé que resucitará cuando tenga lugar la resurrección de los muertos, al fin de los tiempos» (Jn 11,24).

Los discípulos de Jesús, por tanto, tuvieron que aceptar algo inconcebible forzados por la evidencia de los hechos: por una parte el hallazgo de la tumba vacía, por otra, las apariciones de Jesús resucitado a multitud de personas (San Pablo habla de más de quinientas) independientemente y en lugares y situaciones distintas y, finalmente, la intensa experiencia espiritual que suscitaron estas apariciones provocando una transformación radical de las personas.

La resurrección supuso para el ser humano el acceso a una realidad totalmente nueva, a una experiencia nueva de comunión con Dios que lo libera de la esclavitud del pecado y lo capacita para vivir en el amor. San Pablo, en la segunda lectura, nos anima a tomar conciencia de esta nueva realidad a la que hemos accedido por la fe y el bautismo, y a vivir de acuerdo con ella buscando «los bienes de allá arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios».

Pidámosle al Señor en este día de gracia tan especial que despierte en la pasión por esta nueva vida que ha ganado para nosotros con su sacrificio en la cruz, que nos haga descubrir su belleza y su luz, que nos guíe por sus senderos y nos haga recostar en sus verdes praderas. No podemos ni siquiera imaginar lo que el Señor nos mostrará, porque la palabra que caracteriza a esta vida es novedad, novedad radical e inesperada.

P. José María Prats

Evangelio

El primer día de la semana, María la Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro.

Echó a correr y fue donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo:

– «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto».

Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; e, inclinándose, vio los lienzos tendidos; pero no entró.

Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio los lienzos tendidos y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no con los lienzos, sino enrollado en un sitio aparte.

Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.

Juan 20,1-9

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