Comentario del Evangelio del Domingo: Seguir al Señor hasta las últimas consecuencias / Por P. José María Prats

“El Señor golpea con la cruz la deformidad de nuestra soberbia y de nuestro egoísmo esculpiendo en nosotros la belleza incomparable del rostro de Cristo, humilde, manso y entregado por todos… El creyente, negándose a sí mismo, deja que la cruz perfore la dura coraza de su orgullo y su autoafirmación para que emerjan los «ríos de agua viva», el Espíritu Santo que regará la aridez de su alma con la unción del conocimiento profundo del Señor, llenándolo todo del «suave olor de Cristo»”

Domingo XII del tiempo ordinario – C:

Zacarías 12, 10-11;13,1  /  Sal 62  /  Gálatas 3, 26-29  /  Lucas 9, 18-24

19 de junio de 2016.-  (P. José María Prats / Camino CatólicoEl evangelio de hoy nos presenta el itinerario de fe que recorrieron los discípulos de Jesús y nos invita a reflexionar sobre el lugar en que se encuentra cada uno dentro de este itinerario.

Las palabras y acciones de Jesús no dejaban indiferente a la gente y es natural que circulasen todo tipo de especulaciones y habladurías sobre Él: «Unos dicen que eres Juan el Bautista, otros que Elías, otros dicen que ha vuelto a la vida uno de los antiguos profetas». Si hoy saliésemos a la calle a preguntar a la gente quién cree que es Jesús obtendríamos también un amplio abanico de respuestas: un musulmán nos diría que fue uno de los grandes profetas precursores de Mahoma; un judío, que fue un hombre que se presentó falsamente como el Mesías esperado; un agnóstico, que fue uno de los grandes líderes religiosos de la humanidad…

Pero los discípulos de Jesús habían superado este nivel de los que ven y opinan “desde fuera”. Ellos habían sido llamados por Jesús y habían convivido con Él, experimentando la autoridad de su palabra, la profundidad de su oración y el poder de sus signos, que lo acreditaban como el Mesías anunciado por los profetas. Y por ello San Pedro, en nombre de los discípulos, confiesa: «Tú eres el Mesías de Dios». Hasta aquí hemos llegado los que hoy nos confesamos discípulos de Jesús. También a nosotros nos ha llamado el Señor, con el poder de su Espíritu ha hecho resonar su palabra en nuestro corazón y nos ha abierto los ojos como al ciego de Jericó para que podamos contemplar la belleza de la fe y los signos y prodigios que obra en nuestra vida. Y llenos de alegría hemos confesado: “Tú eres el Hijo eterno de Dios y el Salvador del mundo”.

Pero tras la confesión de Pedro, Jesús reacciona de forma inesperada: «Él les prohibió terminantemente decírselo a nadie». ¿Por qué? Porque todavía no habían conocido la identidad profunda del Mesías, que pasa por la negación de sí mismo, el desprecio, el sufrimiento, la muerte y la resurrección: «El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día.» Y a este conocimiento profundo de Jesucristo sólo se puede acceder compartiendo su cruz: «El que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz cada día y se venga conmigo.» El cristianismo proclama solemnemente que la cruz es la fuente de la vida verdadera. Como un buen escultor labra las más bellas figuras golpeando un bloque informe de mármol con un cincel y un martillo, así el Señor golpea con la cruz la deformidad de nuestra soberbia y de nuestro egoísmo esculpiendo en nosotros la belleza incomparable del rostro de Cristo, humilde, manso y entregado por todos. Como un agricultor perfora pacientemente capas y más capas de dura roca hasta alcanzar el acuífero y extraer el agua con la que dará vida a sus campos, así el creyente, negándose a sí mismo, deja que la cruz perfore la dura coraza de su orgullo y su autoafirmación para que emerjan los «ríos de agua viva», el Espíritu Santo que regará la aridez de su alma con la unción del conocimiento profundo del Señor, llenándolo todo del «suave olor de Cristo».

El Señor nos invita hoy, como a sus primeros discípulos, a ir más allá, a seguirle hasta las últimas consecuencias, adentrándonos en las profundidades de su misterio, en la vida mística. Recorrer este camino es la aventura más apasionante que puede emprender un ser humano y la belleza que se halla a su término no puede siquiera compararse a los más bellos paisajes de la tierra.

P. José María Prats

Evangelio

Una vez que Jesús estaba orando solo, lo acompañaban sus discípulos y les preguntó:

– «¿Quién dice la gente que soy yo?».

Ellos contestaron:

– «Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías, otros dicen que ha resucitado uno de los antiguos profetas».

Él les preguntó:

– «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?».

Pedro respondió:

-«El Mesías de Dios».

Él les prohibió terminantemente decírselo a nadie. Porque decía:

– «El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día».

Entonces decía a todos:

– «Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz cada día y me siga. Pues el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa la salvará».

Lucas 9, 18-24

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