Homilía del Evangelio del Domingo: “Señor, concédeme el don de sabiduría para conocer tu voluntad y el de fortaleza para cumplirla” / Por P. José María Prats

* «Tenemos que convencernos de una cosa: de que nos realizamos como personas en la medida en que acogemos los designios de Dios para nuestra vida, sean los que sean. Espontáneamente deseamos seguridad, salud, bienestar, reconocimiento social, control de nuestra vida, pero Dios puede pedirnos que recorramos los caminos de la precariedad, la humillación y las dificultades de todo tipo para enseñarnos a ser humildes, a amar y a confiar en Él. Debemos aprender a discernir y amar nuestra vocación, lo que Dios quiere que seamos y hagamos como miembros de su pueblo. Y ello sin caer nunca en la tentación de compararnos con los demás: Dios, en su amor inmenso hacia todos los hombres, ama y conduce a cada uno por un camino distinto»

Domingo 28 del tiempo ordinario. Ciclo B:

Sb 7,7-11  /  Sal 89  /  Hb 4, 12-13  /  Mc 10, 17-30

P. José María Prats / Camino Católico.- Este pasaje del hombre rico nos invita a revisar nuestra actitud fundamental ante la vida y nuestra relación con Dios, porque en mayor o menor medida todos participamos de la forma de sentir, pensar y actuar de este hombre rico.

Fijaos que este hombre era, en principio, una buena persona: reconocía la autoridad de Jesús, cumplía los mandamientos desde su juventud y estaba preocupado por heredar la vida eterna.

Sin embargo, el evangelio nos hace ver que no era un verdadero creyente porque no confiaba en Dios, no se atrevía a abandonarse en sus manos. Se había cerrado a la voluntad de Dios y pretendía tenerlo todo controlado para que las cosas fueran como él quería. El dinero le permitía llevar siempre a cabo sus deseos y proyectos y garantizar su bienestar material, al que no estaba dispuesto a renunciar por nada. Por otra parte, era consciente de que la vida en este mundo se acaba y quería garantizar también su bienestar en el más allá. De ahí su empeño en cumplir los mandamientos, como si con ello pudiera exigir a Dios la vida eterna. Pero para asegurarlo todo aún más, va a ver a Jesús para que le confirme que está en el buen camino. Y Jesús le desmonta la película por completo.

Y es que ser creyente supone bastante más que cumplir los mandamientos: supone estar dispuesto a renunciar a nuestros planes y proyectos para acoger la voluntad de Dios, sus designios para nuestra vida. El Señor lo dice muy claramente en el evangelio: «el que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre» (Mc 3,35). Jesús se da cuenta de que el dinero está impidiendo a este hombre abrirse a la voluntad de Dios y por ello le dice: quita de en medio este obstáculo que te separa de mí, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres y luego sígueme.

Y a este hombre le ocurrió lo que nos ocurre también con frecuencia a nosotros: pensó que el designio de Dios para su vida que Jesús le estaba manifestando no coincidía con sus intereses. Si se desprendía de sus bienes ¿cómo iba a garantizar su bienestar? ¿Cómo se defendería ante las adversidades de la vida? ¿Cómo realizaría sus sueños y sus ilusiones? Creyó que la propuesta de Jesús le llevaba a la muerte cuando en realidad le llevaba a la vida, a la sanación de todo su ser.

Tenemos que convencernos de una cosa: de que nos realizamos como personas en la medida en que acogemos los designios de Dios para nuestra vida, sean los que sean. Espontáneamente deseamos seguridad, salud, bienestar, reconocimiento social, control de nuestra vida, pero Dios puede pedirnos que recorramos los caminos de la precariedad, la humillación y las dificultades de todo tipo para enseñarnos a ser humildes, a amar y a confiar en Él. Y ante esta situación existe el peligro de reaccionar como el hombre rico, que se alejó de Jesús lleno de pesar.

Debemos aprender a discernir y amar nuestra vocación, lo que Dios quiere que seamos y hagamos como miembros de su pueblo. Y ello sin caer nunca en la tentación de compararnos con los demás: Dios, en su amor inmenso hacia todos los hombres, ama y conduce a cada uno por un camino distinto. A uno lo llena de riquezas para que organice la vida económica en favor de los demás, a otro le da sabiduría para que guíe a sus hermanos, a otro lo purifica con dificultades y penurias. Lo importante es saber descubrir el amor de Dios en todo lo que vivimos.

El hombre rico manejaba dinero y probablemente se consideraba un buen inversor. Jesús dice en el evangelio que era un pésimo negociante. ¿Qué rentabilidad obtenía de sus bienes? ¿El 10%? Si hubiera seguido a Jesús hubiera obtenido mil veces más: el ciento por uno, es decir, una vida plena, colmada por el amor de sus hermanos y la ternura de Dios; y en la edad futura, la vida eterna que tanto ansiaba.

El Señor hoy, pues, nos invita a convertirnos en negociantes audaces acogiendo con amor y confianza lo que Él, en su infinita misericordia, quiere de cada uno de nosotros: éste es el camino de la plenitud, la alegría y la paz. Os recomiendo, para avanzar en este camino, que recéis con frecuencia una oración muy breve y muy profunda: Señor, concédeme el don de sabiduría para conocer tu voluntad y el de fortaleza para cumplirla.

P. José María Prats

Evangelio

En aquel tiempo, cuando salía Jesús al camino, se le acercó uno corriendo, se arrodilló ante Él y le preguntó: «Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?»

Jesús le contestó: «¿Por qué me llamas bueno? No hay nadie bueno más que Dios. Ya sabes los mandamientos: no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, no estafarás, honra a tu padre y a tu madre». Él replicó: «Maestro, todo eso lo he cumplido desde mi juventud». Jesús se quedó mirándolo, lo amó y le dijo: «Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dáselo a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego ven y sígueme». A estas palabras, él frunció el ceño y se marchó triste, porque era muy rico.

Jesús, mirando alrededor, dijo a sus discípulos: «¡Qué difícil les será entrar en el reino de Dios a los que tienen riquezas!»

Los discípulos quedaron sorprendidos de estas palabras. Pero Jesús añadió: «Hijos, ¡qué difícil es entrar en el reino de Dios! Más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el reino de Dios». Ellos se espantaron y comentaban: «Entonces, ¿quién puede salvarse?» Jesús se les quedó mirando y les dijo: «Es imposible para los hombres, no para Dios. Dios lo puede todo».

Marcos 10, 17-30


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