Denis Mukwege, ginecólogo congoleño, Premio Sajarov del Parlamento Europeo: «La violación se usa como arma de guerra y es más dañina que las armas clásicas»

«Yo creo en Dios, y por eso creo que tenemos libre albedrío y podemos escoger hacer el bien o el mal. Si alguien elige hacer el mal, no es culpa de Dios. No nos tenemos que limitar a decir que hay valores cristianos que hay que respetar, sino decir claramente que no podemos actuar según una determinada manera porque está mal. No nos tiene que desanimar el mal que vemos a nuestro alrededor. El hombre está creado a imagen de Dios y es nuestra responsabilidad respetar a cada ser humano y ayudar a que quienes eligen el mal vuelvan al camino recto»

de diciembre de 2014.- (José Antonio Méndez / Alfa y Omega  / Camino CatólicoPocas veces puede verse al Parlamento Europeo en pie, aplaudiendo con el corazón y no pocos eurodiputados llorando. Es la estampa que logró dibujar el ginecólogo Denis Mukwege, galardonado con el Premio Sajarov por su lucha contra la violencia sexual como arma de guerra en el Congo. «Cada mujer violada que trato es como mi mujer, cada madre violada, como mi madre, cada niño violado, como mi hijo. ¿Quién puede quedarse callado después de ver a un bebé de seis meses a punto de morir tras ser violado?», clamó.

A sus 59 años, su empeño por denunciar el «crimen odioso» de las violaciones como arma de guerra le han valido al ginecólogo congoleño el reconocimiento internacional, el cariño de las mujeres de su país y el odio de los señores de la guerra. En 2012, denunció la impunidad de las violaciones en el Congo y que el control del coltán (mineral usado para fabricar móviles y ordenadores) está detrás de la violencia en el país. Meses después sufrió un intento de asesinato, el hospital cristiano en el que trabajaba fue arrasado y tuvo que exiliarse en Bélgica. En 2013 volvió a su país y fundó el Hospital de Panzi.

– ¿A qué mujeres trata en el Hospital de Panzi?

– Son mujeres que han sido violadas por varias personas, en ocasiones a la vez; mujeres que han sido violadas en público y que, después, han sido torturadas en su aparato genital. Se destruye su capacidad procreadora con armas de fuego, con armas blancas, con trozos de madera e incluso con productos tóxicos. Estos ataques a lo que llamo la puerta de entrada a la vida revelan que no son relaciones sexuales violentas, sino que hay voluntad por destruir nuestra condición humana común.

– ¿El sexo se usa como un arma?

– La violación se usa muy frecuentemente como arma de guerra. Lo vemos en República Democrática del Congo, Liberia, Libia, Sudán… Ha ocurrido en Bosnia -donde mujeres violadas tienen que ver cada día a sus violadores impunes-, y está pasando en Iraq y Siria. En las zonas de conflicto, el cuerpo de la mujer se ha convertido en un campo de batalla, y las violaciones se han convertido en armas más dañinas que las armas clásicas, porque destruyen al individuo, a su familia, a su descendencia y a todo el tejido social.

– ¿Cómo afecta una violación al resto de la sociedad?

– La mujer que se ve destruida de esta manera puede contraer enfermedades y transmitirlas a su entorno y a sus hijos. Estamos hablando de una bomba que pasa de persona a persona y de una generación a otra. Además, una mujer que se queda embarazada tras una violación lucha consigo misma, porque está gestando a un niño a quien no quiere. Ese hijo está traumatizado desde el vientre de su madre, y cuando nace, es rechazado por la comunidad, que lo ven como el hijo de los que han violado y matado en la aldea. Este niño es también una bomba de relojería para la sociedad. Con unos niños sin filiación y unas mujeres rechazadas por sus esposos, se destruye el tejido social. Por eso, ayudamos a las mujeres a aceptar a sus hijos.

– ¿Qué intereses hay ocultos tras esta barbarie?

– Detrás de estas violaciones hay siempre un objetivo económico, que en el caso de la República Democrática del Congo es la lucha por el comercio del coltán. Por eso, me pregunto qué arma química o nuclear existe hoy que tenga tantas consecuencias sobre el individuo y sobre su entorno.

– ¿Qué puede hacer la comunidad internacional para acabar con esto?

– Establecer una línea roja internacional para que no se pueda emplear la violencia sexual como arma de guerra, igual que hay una línea roja contra las armas químicas o nucleares. A los líderes que se sirvan de las violaciones como arma de guerra, hemos de impedirles todo tipo de viaje, prohibirles tener cuentas bancarias, aislarlos todo lo posible. Apelo a los hombres, porque las mujeres han luchado mucho, pero nosotros tenemos la responsabilidad de combatir para que los verdugos reciban condenas.

– ¿Qué labor ejerce la comunidad cristiana del Congo para luchar contra la lacra de la violencia sexual?

– Nosotros trabajamos mucho con las Iglesias cristianas, sobre todo en el marco de la integración familiar. Cuando se da la violación, se produce la dislocación de la pareja y esto afecta a los hijos, porque los niños son abandonados por el odio contra sus padres. La Iglesia trabaja mucho en la mediación familiar, porque, aunque la culpa nunca es de la mujer violada, la sociedad tiende a excluirlas y los niños se ven solos después de este drama. Además, en muchas ocasiones la Iglesia es la que da la voz de alarma para comunicarnos casos, e incluso nos traen las víctimas al hospital.

– ¿Cómo vive su fe en Cristo, a pesar de ver tanto dolor?

– Yo creo en Dios, y por eso creo que tenemos libre albedrío y podemos escoger hacer el bien o el mal. Si alguien elige hacer el mal, no es culpa de Dios. No nos tenemos que limitar a decir que hay valores cristianos que hay que respetar, sino decir claramente que no podemos actuar según una determinada manera porque está mal. No nos tiene que desanimar el mal que vemos a nuestro alrededor. El hombre está creado a imagen de Dios y es nuestra responsabilidad respetar a cada ser humano y ayudar a que quienes eligen el mal vuelvan al camino recto.

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