El padre Gerald Hammond es el único cura que entra dos o tres veces al año a Corea del Norte, el país más ateo del mundo, para atender enfermos

* “Hablo coreano muy bien y no tengo problemas para entrar en contacto con la gente. Ellos ven que soy sacerdote y cuando me piden que rece con ellos, lo hago. Los encuentros se desarrollan en las salas, donde normalmente hay dos o tres personas a la vez”

* “Estar con la gente que sufre es estar con Cristo, porque Él está allí con ellos, verdaderamente. Estar con ellos: eso es lo que la Iglesia quiere que hagamos. No tenemos que decir nada en particular, debemos mostrar nuestra vida. Ellos saben que la ayuda les llega de la Iglesia católica”

22 de abril de 2013.- (Luca Fiore / Revista Huellas / Camino Católico) Se llama padre Gerald Hammond, tiene 80 años y es el único sacerdote católico que tiene acceso regular a Corea del Norte. Nació en Estados Unidos y llegó como misionero a la península coreana cuando terminó la guerra fratricida que dividió al país entre el norte y el sur. Vive en Seúl desde hace ya 53 años y se ha convertido en el superior regional de su orden, el Instituto de los misioneros de Maryknoll. Desde 1988 puede entrar en Corea del norte para colaborar con algunas organizaciones humanitarias que visitan sobre todo los centros sanitarios donde se trata la tuberculosis.

Padre Hammond, ¿cuándo fue la última vez que estuvo en Corea del Norte?

El pasado noviembre, estuve una semana. Visitamos siete centros donde se atiende a enfermos de tuberculosos de la zona sur de Pyongyang. Conmigo iban un médico, un enfermero y otros especialistas.

¿Cuántas veces ha visitado el país desde 1998?

Más de cincuenta. Voy dos o tres veces al año.

¿Cómo se desarrollan estas visitas?

Desde el momento en que llegamos a Pyongyang, estamos permanentemente acompañados por personal del gobierno. Nos asisten en todo y durante todo el tiempo. Son muy amables y disponibles. No podemos entrar en el país con teléfonos ni ordenadores. Sólo podemos ir a los lugares a los que nos acompañan. La mayor parte del tiempo lo pasamos en una institución de acogida gestionada por el Ministerio de Exteriores. Colaboramos con los funcionarios del Departamento de Salud de Corea del Norte porque nuestra misión está vinculada esencialmente al problema de la tuberculosis. Es una enfermedad que se transmite por vía aérea y se contrae en lugares de trabajo que no reúnen las condiciones adecuadas o por malnutrición. Este país, como es bien sabido, es muy pobre: a menudo falta el agua corriente y la energía eléctrica escasea.

¿Cómo reaccionan ante la misión que ustedes realizan?

Los médicos y los enfermos están muy agradecidos por la ayuda que les llevamos. Siempre me han acogido de un modo muy cordial. Saben que vamos sólo para llevarles ayuda humanitaria. Aunque…

¿Aunque…?

Soy sacerdote, y tengo otra cosa que ofrecer a la gente. Les puedo ofrecer la esperanza. Y luego, al margen de nuestra actividad humanitaria, tenemos posibilidad de entrar en relación con los funcionarios, con los médicos, con el personal hospitalario. Les damos a entender que nuestra esperanza es que no haya guerra en la península. Yo hablo de esto y también hablo de reconciliación entre el pueblo del Norte y el del Sur.

¿Saben las autoridades que usted es sacerdote?

Sí, lo saben. Llevo puesto el cleriman. Nunca he ocultado que soy sacerdote.

¿Nos puede contar algún diálogo que haya tenido con los enfermos?

Hablo coreano muy bien y no tengo problemas para entrar en contacto con la gente. Ellos ven que soy sacerdote y cuando me piden que rece con ellos, lo hago. Los encuentros se desarrollan en las salas, donde normalmente hay dos o tres personas a la vez. Yo estoy autorizado a decir lo que quiera, pero no me está permitido hablar de política o religión en cuanto tal.

¿En qué sentido?

-Si me preguntan sobre cuestiones religiosas, puedo responder, pero no puedo plantearlas yo como un argumento. Pero eso no es importante. Creo que el ejemplo es mucho más importante que las palabras. Como está diciendo el Santo Padre, hay que ser sencillos y humildes. Pensar en los pobres es exactamente mi misión.

¿Por qué?

Estar con la gente que sufre es estar con Cristo, porque Él está allí con ellos, verdaderamente. Estar con ellos: eso es lo que la Iglesia quiere que hagamos. No tenemos que decir nada en particular, debemos mostrar nuestra vida. Ellos saben que la ayuda les llega de la Iglesia católica. Pero no saben nada de la Iglesia, porque desde hace cincuenta años no hay sacerdotes en este país. La situación es completamente distinta de la china. 

¿Hay muchos cristianos en Corea del Norte?

El gobierno habla de casi tres mil católicos en una población de 23 millones de habitantes. Pero de ningún modo existe una presencia visible de la Iglesia. Al inicio de la Guerra de Corea, en junio de 1950, todos los obispos, sacerdotes, monjas y catequistas fueron arrestados o asesinados. Todo fue bombardeado: cayeron más bombas sobre Corea del Norte que sobre toda Europa durante la Segunda Guerra Mundial. Ambos pueblos, el del Sur y el del Norte, han sufrido muchísimo y cuando llegué a Corea del Sur, en 1960, había cientos de refugiados enfermos de tuberculosis.

¿Cómo consiguió obtener la autorización para hacer estas visitas?

-Mediante la Eugene Bell Foundation, una ONG protestante americana. Ellos ya hacían este servicio. Me puse en contacto con ellos mediante la ONG Catholic Relief Service. Y ahora también voy en nombre de Cáritas Internacional.

¿Qué siente cuando va a Pyongyang?

Me gusta pensar que estoy caminando por un lugar de peregrinación. Porque, si lo miramos con los ojos de la Iglesia, este es un país bañado por la sangre de los mártires y de la gente que sufre. Para mí es una peregrinación.

¿Y cuando regresa, qué piensa?

A veces me siento desalentado, porque a mi alrededor no encuentro mucho interés por Corea del Norte. Yo me entusiasmo contando lo que está sucediendo en Pyongyang, pero veo que la gente tiene en la cabeza muchas otras cosas. Esa falta de interés y preocupación me entristece.

Hoy se habla de Corea del Norte pero por otras razones…

Sí. Vivo en Seúl desde hace treinta años, en una zona de campo, y veo que las gente sigue con su vida de todos los días. No corren a las tiendas para almacenar alimentos. Hay una cierta tensión, pero la gente vive con calma. Y es que lo que está sucediendo ahora ya ha sucedido en el pasado. Creo que las amenazas de Corea del norte se deben principalmente a motivos de política interna: tengo la impresión de que Kim Jong Un está intentando hacerse con el control de toda la estructura de poder del país.

¿Qué es lo que más le ha llamado la atención en sus visitas a Pyongyang?

Ver la cara de los enfermos cuando se toman la medicación contra la tuberculosis. En un instante, mejoran. Y se dan cuenta de que alguien se ha preocupado por ellos.

¿Los tratamientos funcionan?

A pesar de que el fármaco que les llevamos es muy fuerte, sólo el 60 por ciento de los enfermos sobreviven. Enferman muchos jóvenes y no podemos llegar a todos porque no tenemos personal suficiente… Y pensar que hay quien preferiría que no fuera nunca a Corea del Norte.

¿Por qué?

Dicen que no debería ayudar a un país terrorista, que es un régimen comunista y todo lo demás. Pero a mí la política no me interesa. Creo que esto es lo que Cristo me pide que haga. Nos pide que cuidemos a las personas que más lo necesitan. Yo a esto lo llamo “pastoral de la presencia”: estar allí. Es verdad que hay una dimensión religiosa, pero está también el hecho de que ayudas a la gente y ellos saben quién eres tú. Alguien que les da vida, les permite sobrevivir, pero que también les da esperanza.

Ha hecho referencia al nuevo Papa…

Sí, verdaderamente es una bocanada de aire fresco. Es humilde y no deja de decirnos que estemos muy atentos de los pobres. Pobres no sólo materialmente, sino también espiritualmente. Creo que tendrá un gran efecto. Sobre los sacerdotes, y sobre los laicos.

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