El Papa en la Audiencia 21-8-19: «La comunidad cristiana nace de la efusión del Espíritu Santo y crece cuando comparte con los demás todo lo que posee»

* «El vínculo con Cristo establece un vínculo entre hermanos que también converge y se expresa en la comunión de bienes materiales. Ser miembros del Cuerpo de Cristo hace que los creyentes sean corresponsables los unos de los otros. Ser creyentes de Jesús nos hace a todos nosotros corresponsables los unos de los otros, no podemos ser indiferentes ante los problemas de los demás, debemos orar y ayudarlos, esto es ser cristiano. Por eso, los fuertes sostienen a los débiles y nadie experimenta la pobreza que humilla y desfigura la dignidad humana, porque ellos viven en esta comunidad: tener en común el corazón. Se aman. Esta es la señal: el amor concreto»

Video completo de la transmisión en directo realizada por 13 TV de la catequesis traducida al español y de la síntesis que el Papa ha hecho en nuestro idioma

* «La hipocresía es el peor enemigo de esta comunidad cristiana, de este amor cristiano: fingir que nos amamos unos a otros, pero sólo buscando el propio interés. Fallar en la sinceridad de compartir, de hecho, o fallar en la sinceridad del amor, es cultivar la hipocresía, distanciarse de la verdad, volverse egoísta, apagar el fuego de la comunión y destinarse al frío de la muerte interior. Los que se comportan así transitan por la Iglesia como turistas. Hay muchos turistas en la Iglesia que están siempre de paso, pero nunca entran en la Iglesia: es el turismo espiritual el que les hace creer que son cristianos, mientras que sólo son turistas de las catacumbas. No, no debemos ser turistas en la Iglesia, sino hermanos entre nosotros. Una vida basada sólo en el beneficio y el aprovechamiento de las situaciones en detrimento de los demás, inevitablemente causa la muerte interior. Y cuánta gente dice estar cerca de la Iglesia, ser amigos de los sacerdotes, obispos, buscando sólo su propio interés. ¡Estas son las hipocresías que destruyen a la Iglesia!» 

21 de agosto de 2019.- (Camino Católico)   “Queridos hermanos: la comunidad cristiana nace de la efusión del Espíritu Santo y crece cuando comparte con los demás lo que posee. El término griego Koinonía, que significa ‘poner en común’, ‘compartir’, tiene una dimensión importante desde los orígenes de la Iglesia. De la participación en el Cuerpo y Sangre de Cristo, derivaba la unión fraterna que llevaba a compartir todo lo que tenían”, lo dijo el Papa Francisco en la Audiencia General del tercer miércoles de agosto de 2019, continuando con su ciclo de catequesis sobre la evangelización a partir del Libro de los Hechos de los Apóstoles, como preparación para el Mes Misionero Extraordinario del próximo mes de octubre.

En su catequesis, el Santo Padre subrayó que, en la comunidad cristiana hay un dinamismo de solidaridad que construye la Iglesia como familia de Dios, donde la experiencia de la koinonía es central. “En la Iglesia de los orígenes – reafirmó el Pontífice – la koinonía se refiere en primer lugar a la participación en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Por esto, cuando comulgamos nosotros decimos ‘nos comunicamos’, entramos en comunión con Jesús y de esta comunión con Jesús llegamos a la comunión con los hermanos y hermanas. Y esta comunión con el Cuerpo y la Sangre de Cristo que se da en la Santa Misa, se traduce en unión fraterna, y también a compartir los bienes y a recoger dinero para la colecta en favor de la Iglesia madre de Jerusalén”. El Pontífice dijo además que, si queremos ser buenos cristianos debemos dejar que la conversión llegue hasta nuestros bolsillos, allí donde se ve si somos generosos con los demás sin quedarse en las palabras, sino hacer gestos de una buena conversión.

Asimismo, el Papa Francisco recordó que, “la vida eucarística, las oraciones, la predicación de los Apóstoles y la experiencia de comunión hacen de los creyentes una multitud de personas que tienen ‘un solo corazón y una sola alma’ y que no consideran que lo que poseen es de su propiedad, sino que lo tienen todo en común. Por este motivo ‘ninguno de ellos tenía necesidad’, porque los que tenían campos o casas los vendían, traían el producto de lo que se había vendido y lo ponían a los pies de los apóstoles; luego se repartía a cada uno según sus necesidades”. Refiriéndose al gesto de los cristianos que se despojan de sus bienes para dárselos a los más necesitados, el Obispo de Roma afirmó que, no se trata solo de cosas materiales, sino también del tiempo, el voluntariado, ya que compartir mi tiempo con los demás es comunión.

De este modo, señaló el Santo Padre, la koinonía o comunión se convierte en la nueva forma de relación entre los discípulos del Señor, un nuevo modo de ser entre nosotros, es la modalidad del amor, pero no un amor de palabras, sino un amor concreto. “El vínculo con Cristo – precisó el Pontífice – establece un vínculo entre hermanos que también converge y se expresa en la comunión de bienes materiales. Ser miembros del Cuerpo de Cristo hace que los creyentes sean corresponsables los unos de los otros. Ser creyentes de Jesús nos hace a todos nosotros corresponsables los unos de los otros, no podemos ser indiferentes ante los problemas de los demás, debemos orar y ayudarlos, esto es ser cristiano. Por eso, los fuertes sostienen a los débiles y nadie experimenta la pobreza que humilla y desfigura la dignidad humana, porque ellos viven en esta comunidad: tener en común el corazón. Se aman. Esta es la señal: el amor concreto”.

De igual forma como hicieron los Apóstoles, que establecieron una manera común de evangelizar con la condición de no olvidarse de los pobres. Un cristiano, agregó el Papa, siempre parte de sí mismo, de su corazón y se acerca a Jesús y se acerca a nosotros. Esta es la primera comunidad cristiana. “Un ejemplo concreto del compartir y de la comunión de bienes nos viene del testimonio de Bernabé: posee un campo y lo vende para entregarlo a los Apóstoles. Pero junto a su ejemplo positivo hay otro tristemente negativo: Ananías y su esposa Safira, que vendieron un terreno, decidieron entregar sólo una parte a los Apóstoles y quedarse con el otro para sí mismos. Este engaño rompe la cadena de compartir libre, sereno y desinteresado y las consecuencias son trágicas, fatales. El apóstol Pedro desenmascara la impropiedad y el fraude de Ananías y le dice: ¿Por qué llenó Satanás tu corazón para que mintieras al Espíritu Santo y guardaras una parte de las ganancias del campo? No mentisteis a los hombres, sino a Dios. Podríamos decir que Ananías mintió a Dios por una conciencia aislada, hipócrita, es decir, por una pertenencia eclesial negociada, parcial, oportunista”. La hipocresía es el peor enemigo de una comunidad cristiana.

El disminuir de la sinceridad de compartir, de hecho señaló el Papa Francisco, el disminuir la sinceridad del amor, es cultivar la hipocresía, alejarse de la verdad, volverse egoísta, apagar el fuego de la comunión y destinarse al frío de la muerte interior. Los que se comportan así pasan por la Iglesia como turistas, haciendo creer que de ser cristianos y nosotros no debemos de ser turistas, sino hermanos los unos de los otros. Una vida basada únicamente en el aprovechamiento y aprovechamiento de las situaciones en detrimento de los demás, inevitablemente causa la muerte interior. Y cuantas personas dicen estar cerca de la Iglesia, ser amigos de los sacerdotes, de los Obispos mientras en el fondo solo buscan sus intereses. Estas son las hipocresías que destruyen a la Iglesia.

Antes de concluir su catequesis, el Santo Padre saludó cordialmente a los peregrinos de lengua española venidos de España y Latinoamérica; en modo particular saludó a la Delegación diocesana de Juventud, de la Diócesis de Córdoba, acompañados por su Obispo, Mons. Demetrio Fernández González. “Pido al Señor que nos conceda su Espíritu para vencer toda hipocresía y colocar al centro de nuestra vida la verdad, que alimenta la solidaridad cristiana, y está llamada a ofrecer a todos el amor de Dios con obras concretas”. En el vídeo superior de 13 TV se visualiza y escucha la catequesis traducida al español y la síntesis que el Santo Padre ha hecho en nuestro idioma, cuyo texto completo es el siguiente:

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

La comunidad cristiana nace de la efusión sobreabundante del Espíritu Santo y crece gracias al fermento del compartir entre hermanos y hermanas en Cristo. Hay un dinamismo de solidaridad que construye la Iglesia como familia de Dios, donde la experiencia de la koinonia es central. ¿Qué quiere decir esta palabra rara? Es una palabra griega que significa “poner en comunión”, “compartir”, ser como una comunidad, no aislada. Esta es la experiencia de la primera comunidad cristiana, es decir, compartir, “compartir”, “comunicar, participar”, no aislarse. En la Iglesia de los orígenes esta koinonía se refiere en primer lugar a la participación en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Por esto, cuando comulgamos nosotros decimos ‘nos comunicamos’, entramos en comunión con Jesús y de esta comunión con Jesús llegamos a la comunión con los hermanos y hermanas. Y esta comunión con el Cuerpo y la Sangre de Cristo que se da en la Santa Misa, se traduce en unión fraterna, y por tanto también en lo que nos resulta más difícil: compartir los bienes y recoger el dinero para la colecta en favor de la Iglesia madre de Jerusalén (cf. Rom 12, 13; 2 Cor 8-9) y de las demás Iglesias. Si queréis saber si sois buenos cristianos debéis orar, tratad de acercaros a la comunión, el sacramento de la reconciliación. Pero la señal de que tu corazón se ha convertido es cuando la conversión llega al  bolsillo, cuánto toca tu propio interés: allí es donde ves si uno es generoso con los demás, si uno ayuda a los más débiles, a los más pobres: cuando la conversión llega allí, es seguro que es una verdadera conversión. Si se queda sólo en palabras, no es una verdaderaa conversión.

La vida eucarística, las oraciones, la predicación de los Apóstoles y la experiencia de comunión (cf. Hch 2,42) hacen de los creyentes una multitud de personas que tienen -dice el Libro de los Hechos de los Apóstoles- ‘un solo corazón y una sola alma’ y que no consideran que lo que poseen es de su propiedad, sino que lo tienen todo en común (cf. Hch 4,32). Es un modelo de vida tan fuerte que nos ayuda a ser generosos y no mezquinos. Por eso, “ninguno de ellos […] tenía necesidad, porque los que poseían -dice el Libro- campos o casas los vendían, traían lo recaudado de lo que se había vendido y lo ponían a los pies de los apóstoles; luego se repartía a cada uno según su necesidad” (Hch 4,34-35). La Iglesia siempre ha tenido este gesto de cristianos que se despojaban de las cosas que tenían de más, de las cosas que no eran necesarias para darlas a los necesitados. Y no sólo dinero, sino tiempo. ¡Cuántos cristianos –ustedes, por ejemplo, aquí en Italia–, cuántos cristianos hacen voluntariado! ¡Esto es hermoso! Es comunión, compartir mi tiempo con los demás, ayudar a los necesitados. Y así, el voluntariado, las obras de caridad, las visitas a los enfermos; se presta siempre a compartir con los demás, y no sólo buscar nuestro propio interés.

La comunidad, o koinonia, se convierte así en la nueva modalidad de relación entre los discípulos del Señor. Los cristianos experimentan una nueva forma de estar entre ellos, de comportarse. Y es el modo cristiano adecuado, hasta el punto de que los paganos miraban a los cristianos y decían: “¡Mirad cómo se aman!”. El amor era la modalidad. Pero no el amor de palabra, no el amor falso: el amor a las obras, a ayudarse los unos a otros, el amor concreto, la concreción del amor.

El vínculo con Cristo establece un vínculo entre hermanos que también converge y se expresa en la comunión de bienes materiales. Sí, esta modalidad de estar juntos, este amor llega a tus bolsillos, llega incluso a despojarte del impedimento del dinero para dárselo a los demás, yendo en contra de tus propios intereses. Ser miembros del Cuerpo de Cristo hace que los creyentes sean corresponsables los unos de los otros. Ser creyentes en Jesús nos hace a todos corresponsables los unos de los otros. “Pero mira eso, el problema que tiene, no me importa, es asunto suyo”. No, entre los cristianos no podemos decir: “Pobre, tiene un problema en casa, está pasando por esta dificultad familiar”. Yo debo rezar, lo llevo conmigo, no soy indiferente. Esto es ser cristiano. Por eso los fuertes apoyan a los débiles (cf. Rom15,1) y nadie experimenta la pobreza que humilla y desfigura la dignidad humana, porque viven esta comunidad: tener el corazón en común. Se aman el uno al otro. Esta es la señal: amor concreto.

Santiago, Pedro y Juan, que son los tres apóstoles como las “columnas” de la Iglesia de Jerusalén, establecen comunitariamente que Pablo y Bernabé evangelizarán a los paganos mientras ellos evangelizan a los judíos, y simplemente piden a Pablo y Bernabé, una condición: no olvidar a los pobres, recordar a los pobres (cfr. Gal 2, 9-10). No sólo los pobres materiales, sino también los pobres espirituales, las personas que tienen problemas y necesitan nuestra cercanía. El cristiano siempre parte de sí mismo, de su propio corazón, y se acerca a los demás como Jesús se acercó a nosotros. Esta es la primera comunidad cristiana.

Un ejemplo concreto del compartir y de la comunión de bienes nos viene del testimonio de Bernabé: posee un campo y lo vende para entregarlo a los Apóstoles (cf. Hch 4, 36-37). Pero junto a su ejemplo positivo aparece otro tristemente negativo: Ananías y su esposa Saffira, vendieron un terreno, decidieron entregar sólo una parte a los Apóstoles y guardar la otra para sí mismos (cf. Hch 5,1-2). Este engaño rompe la cadena del compartir libre, serena, desinteresada y las consecuencias son trágicas, fatales (Hch 5,5.10). El apóstol Pedro desenmascara la mala conducta de Ananías y de su esposa y le dice: “¿Por qué llenó Satanás tu corazón, para que mintieras al Espíritu Santo y guardaras una parte de las ganancias del campo? […] No habéis mentido a los hombres, sino a Dios” (Hch 5:3-4). Podríamos decir que Ananías mintió a Dios por una conciencia aislada, una conciencia hipócrita, es decir, por una pertenencia eclesial “negociada”, parcial y oportunista.

La hipocresía es el peor enemigo de esta comunidad cristiana, de este amor cristiano: fingir que nos amamos unos a otros, pero sólo buscando el propio interés. Fallar en la sinceridad de compartir, de hecho, o fallar en la sinceridad del amor, es cultivar la hipocresía, distanciarse de la verdad, volverse egoísta, apagar el fuego de la comunión y destinarse al frío de la muerte interior. Los que se comportan así transitan por la Iglesia como turistas. Hay muchos turistas en la Iglesia que están siempre de paso, pero nunca entran en la Iglesia: es el turismo espiritual el que les hace creer que son cristianos, mientras que sólo son turistas de las catacumbas. No, no debemos ser turistas en la Iglesia, sino hermanos entre nosotros. Una vida basada sólo en el beneficio y el aprovechamiento de las situaciones en detrimento de los demás, inevitablemente causa la muerte interior. Y cuánta gente dice estar cerca de la Iglesia, ser amigos de los sacerdotes, obispos, buscando sólo su propio interés. ¡Estas son las hipocresías que destruyen a la Iglesia! El Señor –lo pido por todos nosotros– derrame sobre nosotros su Espíritu de ternura, que supera toda hipocresía y pone en circulación esa verdad que alimenta la solidaridad cristiana, que lejos de ser una actividad de asistencia social, es la expresión indispensable de la naturaleza de la Iglesia, la tierna madre de todos, especialmente de los más pobres.

Esta mañana, durante la audiencia general, celebrada este miércoles, 21 de agosto en el aula Pablo VI, una niña, víctima de un trastorno, inconsciente de lo que hace, ha subido las escaleras del estrado donde se sienta el Santo Padre, e interrumpiendo su intervención, le ha estrechado la mano. El Papa, que en ese momento estaba impartiendo la catequesis en italiano, indicó a los responsables de seguridad que no le impidieran estar allí: “Déjala tranquila. Dios habla por medio de los niños. Déjala, déjala”, palabras que suscitaron un gran aplauso por parte de los peregrinos que estaban en la sala. Después, la niña ha estado jugando, corriendo y haciendo palmas en la misma tarima de manera inconsciente, ajena a lo que sucedía a su alrededor. El Santo Padre ha bendecido a la hermosa muchacha y a sus padres al término de la audiencia, en el aula Pablo VI. Antes de finalizar la audiencia, el Papa ha pedido a todos los presentes rezar por esta chica “tan bella”, ha especificado, “porque es bella”, “víctima de una enfermedad, no sabe lo que hace”, recordando que “siempre que vemos a una persona que sufre debemos orar”. El Pontífice se ha dirigidos a todas las personas presentes en la sala: “Yo pregunto una cosa, pero cada uno que responde en su corazón: ¿He rezado por ella, viéndola, he rezado para que el Señor la cure, la proteja?”. ¿He rezado por sus padres y por su familia?”. “Siempre que veamos a una persona que sufre, debemos rezar”, ha exhortado Francisco. “Que esta situación nos ayude siempre a hacernos la siguiente pregunta: ¿He orado por esta persona que he visto, que se puede ver que está sufriendo?”.

Después, al saludar a los peregrinos de lengua española, el Papa ha dicho:

La comunidad cristiana nace de la efusión del Espíritu Santo y crece cuando comparte con los demás todo lo que posee. El término griego Koinonia, que significa “poner en común”, “compartir”, tiene una dimensión importante desde los orígenes de la Iglesia. De la participación en el Cuerpo y Sangre de Cristo, deriva la unión fraterna que llevaba a compartir todo lo que ellos tenían.

Según los Hechos de los Apóstoles, entre los creyentes no había necesitados, porque ponían todo en común. Encontramos el ejemplo de Bernabé, que vendió un campo y lo recaudado lo dio a los Apóstoles para distribuirlo a los necesitados. Y, junto a este buen ejemplo, se encuentra uno negativo: Ananías y su mujer Safira vendieron un terreno pero entregaron sólo una parte a los Apóstoles, quedándose con la otra. Este engaño los llevó a la muerte, porque habían mentido no sólo a los hombres sino a Dios.

Estos ejemplos nos enseñan que cuando la sinceridad en el compartir no se respeta se cae en la hipocresía, alejándose de la verdad, que provoca la muerte interior. Los que se comportan así transitan en la Iglesia como si fuera un albergue, y no la tienen como su casa, ni como su familia.

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española venidos de España y Latinoamérica. Pido al Señor que nos conceda su Espíritu para vencer toda hipocresía y colocar al centro de nuestra vida la verdad, que alimenta la solidaridad cristiana, y está llamada a ofrecer a todos el amor de Dios con obras concretas. Que Dios los bendiga.

Francisco

Comentarios 1

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  1. PADRE CELESTIAL, confiamos a tu corazón la Iglesia en Chile, los enemigos la han condenado a muerte, se han ensañado con falso testimonio y calumnias para destruirla. La voracidad, la astucia, el terrorismo y brutalidad con que es perseguida sobrepasa todos los límites, Padre Dios, tus hijos están siendo difamados, los jueces comprados, los periodistas y medios venden su dignidad por un puñado de monedas, tu HIJO sigue siendo traicionado. Pedimos especialmente por Monseñor Bernardino Piñera Carballo. Porque ahora, no solo blasfeman contra tu Hijo, sino contra sus Pastores intachables. Pedimos perdón porque en este país no saben lo que hacen, ni dicen. A Nuestra Madre Purísima entregamos el amor de Cristo y humildad con que tu Hijo es azotado en Chile. Ten misericordia de los cristinos que también aquí son odiados y perseguidos.