El Papa en la Audiencia 27-3-19: «olvidamos que no somos autosuficientes, sino que dependemos de la bondad de Dios»

* «Así, Jesús nos enseña a pedirle al Padre el pan de cada día.  Y nos enseña a hacerlo unidos  con tantos hombres y mujeres para quienes esta oración es un grito, – que a menudo  se lleva dentro- y que acompaña la ansiedad de cada día. ¡Cuántas madres y padres, incluso hoy, se van a dormir con el tormento de no tener s mañana pan suficiente para sus hijos! El pan que el cristiano pide en oración no es «mío», sino «nuestro». Esto es lo que quiere Jesús. Nos enseña a pedirlo no solo para nosotros, sino para toda la fraternidad del mundo. Si no se reza de esta manera, el «Padre Nuestro» deja de ser una oración cristiana. «¡Todos somos tus hijos, Padre, ten piedad de nosotros!». Y ahora nos hará bien detenernos unos momentos y pensar en los niños hambrientos. Pensemos en los niños que están en los países en guerra: en los niños hambrientos de Yemen, en los niños hambrientos de Siria, en los niños hambrientos de todos esos países donde no hay pan, en Sudán del Sur. Pensemos en esos niños y pensando en ellos digamos juntos, en voz alta, la oración: “Padre, danos hoy nuestro pan de cada día”»

Video completo de la transmisión en directo realizada por 13 TV de la catequesis traducida al español y de la síntesis que el Papa ha hecho en nuestro idioma

* « Sor Maria Concetta tiene 85 años y ha sido misionera en África durante casi 60 años, donde trabaja como obstétrica. Un aplauso. La conocí en Bangui, cuando fui a abrir el Jubileo de la Misericordia. Allí me dijo que en su vida ha ayudado a que nacieran miles de  niños. ¡Qué maravilla!  Ha venido estos días  a Roma para reunirse con sus hermanas y hoy está en la audiencia con su Superiora. ¡Así que pensé en aprovechar esta oportunidad para darle un signo de gratitud y decirle un gracias muy grande por su testimonio! Con este gesto a ti dedicado,  quiero también expresar mi gratitud a todos los misioneros, sacerdotes, religiosos y laicos, que han esparcido la semilla del Reino de Dios en todas las  partes del mundo. Vuestro trabajo, queridos misioneros y misioneras, es grande. Vosotros «quemáis» vuestra vida sembrando la palabra de Dios con vuestro testimonio … Y en este mundo no sois noticia. No salís en los periódicos»                                         

27 de marzo de 2019.- (Camino Católico)  Durante la Audiencia General en la plaza de San Pedro ante miles de fieles de este 27 de marzo, el Papa Francisco continuó su predicación sobre la oración del Padre Nuestro y se detuvo en la parte en que presentamos a Dios nuestras necesidades “danos hoy nuestro pan de cada día”.

En esta línea, el Santo Padre explicó que el pan significa “lo necesario para la vida: alimento, agua, casa, medicinas, trabajo. Es una súplica -dijo- que surge de la misma existencia humana, con sus problemas concretos y cotidianos, que pone en evidencia lo que a veces olvidamos: que no somos autosuficientes, sino que dependemos de la bondad de Dios”.

Por ello, el Pontífice aseguró que “Jesús nunca pasa indiferente a estas peticiones y a estos dolores”.

En su catequesis, el Papa señaló que “los Evangelios nos muestran que para mucha gente el encuentro con Jesús se da, precisamente, a través de una súplica, de una necesidad” es posible encontrar en las Sagradas Escrituras quien pide el pan o la curación y otros quienes suplican la liberación y la salvación.

De este modo, el Santo Padre aseguró que “Jesús no pide invocaciones refinadas, por el contrario, toda la existencia humana, con sus problemas más concretos y cotidianos, puede convertirse en oración”.

“Jesús nos enseña a pedirle al Padre el pan de cada día. Nos enseña a hacerlo junto a tantos hombres y mujeres para quienes esta oración es un grito, que a menudo se sostiene en su interior, que acompaña la ansiedad cotidiana. ¡Cuántas madres y cuántos padres, incluso hoy, se van a dormir con el tormento de no tener suficiente pan mañana para sus hijos!”, exclamó.

En este sentido, el Pontífice animó a rezar la oración del Padre Nuestro desde la realidad “no es un ejercicio para ascetas; parte de la realidad, del corazón y la carne de las personas que viven en necesidad, o que comparten la condición de quienes no tienen lo necesario para vivir”. El Papa pidió detenerse para pensar en los niños hambrientos del mundo, de los países en guerra, y animó a suplicar al Padre que nos done el pan cotidiano.

Además, el Santo Padre recordó el pasaje del Evangelio de San Juan que narra la multiplicación de los panes y destacó la generosidad del joven que compartió sus cinco panes y dos peces. “El verdadero milagro realizado por Jesús aquel día no fue tanto la multiplicación, sino el compartir”. “De hecho, solo la Eucaristía está en grado de saciar el hambre de infinito y el deseo de Dios que anima a todo hombre, también en la búsqueda del pan de cada día”, explicó el Papa.

Al finalizar, Francisco invitó a pedir al Señor “que no nos haga faltar nuestro pan cotidiano, y nos ayude a comprender que este no es una propiedad privada sino, ayudados por su gracia, es providencia para compartir y oportunidad para salir al encuentro de los demás, especialmente de los pobres y necesitados”. En el vídeo superior de 13 TV se visualiza y escucha la catequesis traducida al español y la síntesis que el Santo Padre ha hecho en nuestro idioma, cuyo texto completo es el siguiente:

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy pasamos a analizar la segunda parte del «Padre nuestro», en la que presentamos nuestras necesidades a Dios. Esta segunda parte comienza con una palabra que huele a vida cotidiana: el pan.

La oración de Jesús comienza con una petición impelente, que se parece mucho a la imploración de un mendigo: «¡Danos nuestro pan de cada día!» Esta oración proviene de una evidencia que a menudo olvidamos, es decir, que no somos criaturas autosuficientes y que necesitamos alimentarnos todos los días.

Las Escrituras nos muestran que para tanta gente, el encuentro con Jesús se realiza partiendo de una petición. Jesús no pide invocaciones refinadas, al contrario, toda existencia humana, con sus problemas más concretos y cotidianos, puede convertirse en oración. En los evangelios encontramos una multitud de mendigos que suplican liberación y salvación. Hay quien pide pan, hay quien pide curación; algunos la purificación, otros la vista. o que un ser querido pueda volver a vivir … Jesús nunca pasa indiferente ante estas peticiones y estos dolores.

Así, Jesús nos enseña a pedirle al Padre el pan de cada día.  Y nos enseña a hacerlo unidos  con tantos hombres y mujeres para quienes esta oración es un grito, – que a menudo  se lleva dentro- y que acompaña la ansiedad de cada día. ¡Cuántas madres y padres, incluso hoy, se van a dormir con el tormento de no tener s mañana pan suficiente para sus hijos! Imaginemos esta oración rezada no en la seguridad de un apartamento cómodo, sino en la precariedad de una habitación en la que uno se  las arregla,  donde falta lo necesario para vivir. Las palabras de Jesús adquieren nueva fuerza. La oración cristiana comienza desde este nivel. No es un ejercicio para ascetas; parte de la realidad, del corazón y de la carne de las personas que viven en necesidad, o que comparten la condición de quienes no tienen lo necesario para vivir. Ni siquiera los más altos místicos cristianos pueden prescindir de la simplicidad de esta pregunta. «Padre, haz que tengamos hoy  el pan necesario para nosotros y para todos». Y «pan» es también para agua, medicinas, hogar, trabajo …Pedir lo necesario para vivir.

El pan que el cristiano pide en oración no es «mío», sino «nuestro». Esto es lo que quiere Jesús. Nos enseña a pedirlo no solo para nosotros, sino para toda la fraternidad del mundo. Si no se reza de esta manera, el «Padre Nuestro» deja de ser una oración cristiana. Si Dios es nuestro Padre, ¿cómo podemos presentarnos a Él sin tomarnos de la mano? Todos nosotros. Y si el pan que Él nos da nos lo robamos entre nosotros ¿cómo podemos llamarnos hijos suyos? Esta oración contiene una actitud de empatía una actitud de solidaridad. En mi hambre, siento el hambre de las multitudes, y por eso rezaré a Dios hasta que no obtengan lo que piden.

Así, Jesús educa a su comunidad, a su Iglesia, para poner ante Dios  las necesidades de todos: «¡Todos somos tus hijos, Padre, ten piedad de nosotros!». Y ahora nos hará bien detenernos unos momentos y pensar en los niños hambrientos. Pensemos en los niños que están en los países en guerra: en los niños hambrientos de Yemen, en los niños hambrientos de Siria, en los niños hambrientos de todos esos países donde no hay pan, en Sudán del Sur. Pensemos en esos niños y pensando en ellos digamos juntos, en voz alta, la oración: “Padre, danos hoy nuestro pan de cada día”. Todos juntos.

El pan que pedimos al Señor en la oración es el mismo que un día nos acusará. Nos reprochará la poca costumbre de partirlo con los que nos rodean, la poca costumbre de compartirlo. Era un pan regalado a la  humanidad y, en cambio, solamente lo han comido algunos: el amor no puede soportarlo. Nuestro amor no puede soportarlo; y tampoco el amor de Dios puede soportar este egoísmo de no compartir el pan.

Una vez había una gran multitud ante Jesús; era gente que tenía hambre. Jesús preguntó si alguien tenía algo, y solo se encontró un niño dispuesto a compartir lo que tenía: cinco panes y dos peces. Jesús multiplicó ese gesto generoso (ver Jn 6: 9). Ese niño había entendido la lección del «Padre Nuestro»: que los alimentos no son propiedad privada, -metamos este en nuestra mente: la comida no es propiedad privada – sino providencia que debe compartirse, con la gracia de Dios.

El verdadero milagro realizado por Jesús ese día no es tanto la multiplicación – que es verdad- sino el compartir: dad lo que tengáis y yo haré el milagro. Él mismo, multiplicando aquel pan ofrecido, anticipó la ofrenda de  sí mismo en el Pan Eucarístico. Efectivamente, solo la Eucaristía es capaz de saciar el hambre de  infinito y el deseo de Dios que anima a cada hombre, también en la búsqueda del pan de cada día.

Después, al saludar a los peregrinos de lengua española, el Papa ha dicho:

Queridos hermanos y hermanas:

En la catequesis de hoy pasamos a considerar la segunda parte del Padrenuestro, en la que presentamos a Dios nuestras necesidades. La primera es la del pan, que significa lo necesario para la vida: alimento, agua, casa, medicinas, trabajo. Es una súplica que surge de la misma existencia humana, con sus problemas concretos y cotidianos, que pone en evidencia lo que a veces olvidamos: que no somos autosuficientes, sino que dependemos de la bondad de Dios.

Los Evangelios nos muestran que para mucha gente el encuentro con Jesús se da, precisamente, a través de una súplica, de una necesidad: desde la más elemental, la del pan, hasta otras no menos importantes, como la liberación y la salvación.

En la invocación: «Danos hoy nuestro pan de cada día», Jesús nos enseña a pedir al Padre el pan cotidiano, unidos a tantos hombres y mujeres, para quienes esta oración es un grito doloroso que acompaña el ansia de cada día, porque se carece de lo necesario para vivir. Por eso Jesús nos invita a suplicar “nuestro” pan, sin egoísmos, en fraternidad. Porque si no lo rezamos de esta manera, el Padrenuestro deja de ser una oración cristiana. Si decimos que Dios es nuestro Padre, estamos llamados a presentarnos ante Él como hermanos, unidos en solidaridad y dispuestos a compartir el pan con los demás; en definitiva, a sentir en “mi hambre” también el hambre de muchos que hoy en día carecen aún de lo necesario.

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española venidos de España y Latinoamérica. Pidamos al Señor que no nos haga faltar nuestro pan cotidiano, y nos ayude a comprender que este no es una propiedad privada sino, ayudados por su gracia, es providencia para compartir y oportunidad para salir al encuentro de los demás, especialmente de los pobres y necesitados. Que Dios los bendiga. Muchas gracias.

El Papa ha dicho al final de la catequesis:

Como todos los años, el próximo viernes y sábado, nos encontraremos para la tradicional iniciativa: «24 horas para el Señor».  El viernes, a las 17:00, en la basílica vaticana, celebraré la liturgia penitencial. ¡Qué significativo sería que también nuestras iglesias, en esta ocasión particular, estuvieran abiertas mucho tiempo, para pedir la misericordia de Dios y recibirla en el Sacramento del Perdón.

Un pensamiento especial para los jóvenes, los ancianos, los enfermos y los recién casados. ¡Qué  la visita a las tumbas de los Apóstoles sea para todos vosotros  la oportunidad de crecer en el amor de Dios y dejarse transformar por la gracia divina, que es más fuerte que cualquier pecado!

Queridos hermanos y hermanas,

Hoy tenemos la alegría de tener una persona con nosotros que deseo presentaros. Es Sor Maria Concetta Esu, de la Congregación de las Hijas de San José de Genoni ¿Y por qué lo hago?

Sor Maria Concetta tiene 85 años y ha sido misionera en África durante casi 60 años, donde trabaja como obstétrica. Un aplauso. La conocí en Bangui, cuando fui a abrir el Jubileo de la Misericordia. Allí me dijo que en su vida ha ayudado a que nacieran miles de  niños. ¡Qué maravilla! Ese día vino desde el Congo en canoa- con 85 años- a hacer la compra en Bangui.

Ha venido estos días  a Roma para reunirse con sus hermanas y hoy está en la audiencia con su Superiora. ¡Así que pensé en aprovechar esta oportunidad para darle un signo de gratitud y decirle un gracias muy grande por su testimonio!

Querida hermana, en mi nombre y en nombre de la Iglesia, te impongo una condecoración. Es un signo de nuestro afecto y nuestro «gracias» por todo el trabajo que has hecho entre las hermanas y hermanos africanos, al servicio de la vida, de los niños, de las madres y de las familias.

Con este gesto a ti dedicado,  quiero también expresar mi gratitud a todos los misioneros, sacerdotes, religiosos y laicos, que han esparcido la semilla del Reino de Dios en todas las  partes del mundo. Vuestro trabajo, queridos misioneros y misioneras, es grande. Vosotros «quemáis» vuestra vida sembrando la palabra de Dios con vuestro testimonio … Y en este mundo no sois noticia. No salís en los periódicos. El cardenal Hummes, que es el encargado del episcopado brasileño de toda Amazonía va a menudo a visitar las ciudades y las aldeas de Amazonía. Y cada vez que llega allí –me lo ha contado él  mismo- va al cementerio a visitar las tumbas de los misioneros; tantos muertos jóvenes por las enfermedades contra las que no tienen anticuerpos. Y me ha dicho: “Todos estos se merecen que los canonicen”, porque han “quemado” la vida en el servicio.

Queridos hermanos y hermanas, Sor  María Concetta, después de este compromiso, dentro de pocos días,  volverá a África. Acompañémosla con la oración. Y que su ejemplo nos ayude a todos a vivir el Evangelio allí donde estamos.

¡Gracias, hermana! El Señor te bendiga y Nuestra Señora te proteja.

Francisco

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