Elena Alba, enferma de cáncer, recupera ganas de vivir luego de ver y hacer llorar al Papa Francisco: «Fue un momento de invasión del Espíritu Santo»

Ahora asegura que vive «con la fuerza de Dios, alegría, felicidad y, sobre todo, agradecida por todo hasta que Dios quiera»

20 de agosto de 2013.- (Rubén Cruz / La Razón / Camino Católico)  El 17 de diciembre de 2012 la vida cambió para Elena Alba, una madrileña de 58 años a la que los médicos diagnosticaron un tumor cerebral tras sufrir un ataque epiléptico. 

El día 28 de ese mismo mes la operaron, pero no pudieron extirparle el tumor. 30 sesiones de radioterapia y 40 de quimioterapia tampoco ayudaron a curar su enfermedad.

 De hecho, una psicóloga del Hospital de la Princesa, donde fue intervenida, la invitó a cerrar las cosas pendientes que tenía en la vida ante las pesimistas perspectivas a las que se enfrentaba. Fue entonces cuando vio claro lo que quería hacer en ese momento: «Quiero ir a ver al Papa».

Fueron días difíciles para su familia. Ir hasta Roma en su estado era peligroso, pero era su deseo y luchó contra viento y marea por conseguirlo. Pidió el alta voluntaria aun sabiendo los riesgos que corría y la oposición tanto de su familia como del equipo médico del hospital. «Me da igual volver sentada o en un ataúd, quiero hacerlo y lo voy a hacer», dijo a sus familiares. Gracias a las hermanas de la Inmaculada Concepción de María, Elena tuvo la oportunidad de compartir unos minutos con Francisco. Ella fue testigo de la extrema humildad y de la cercanía del Santo Padre el 8 de mayo de este año, en una audiencia privada con enfermos graves.

El 4 de mayo voló hacia Roma. Tenía una hemiplejia en el lado izquierdo del cuerpo, pero al llegar a la Santa Sede «comencé a recuperar la movilidad», comentó. Elena guarda con mucho cariño el recuerdo de Bernadette, una monja eslovena que se encargó de su cuidado durante la visita al Vaticano. El gran día estuvo marcado por la espera. Tras la audiencia general en la Basílica de San Pedro y una reunión con los cardenales que se demoró más de la cuenta, Francisco se reunió con los enfermos.

Antes de la llegada de Francisco, Elena comenzó a sentirse mal. Ella sólo recupera el tono vital con la cortisona, con los alimentos y con el descanso. Por eso, unas enfermeras le dieron un café con azúcar que la mantuvo con fuerzas para ver al Santo Padre. El Papa había dado prioridad absoluta a los niños y no iban a poder entrar a la audiencia todos los enfermos que allí se dieron cita. Elena se echó el pelo hacia un lado, dejando al descubierto la enorme cicatriz de su cabeza, y pudo entrar para compartir unas palabras con Francisco.

«Allí había gente con enfermedades horribles»,indicó. Los enfermos se impacientaban porque el Papa no llegaba. «¿Dónde está?», preguntaron. «Está reunido con los cardenales», dijeron. La gente estaba molesta, pero el jefe de la expedición sentenció: «No se preocupen, Francisco cambiará esto poco a poco».

El Papa llegó y comenzó a abrazar y bendecir a los niños. «Su expresión se iba transformando», dijo. «Cuando llegó a mí, se sacó el pañuelo, le vi sollozar y secarse las lágrimas». Elena quería leerle una carta, pero debido a la multitud de enfermos que todavía tenía que ver, Francisco no pudo detenerse más tiempo. Sin embargo, el Santo Padre la guardó en su bolsillo para leerla y poder contestarle. «Fue un momento de invasión del Espíritu Santo», comentó Elena.

Ella siempre ha sido una mujer muy luchadora, y aunque ahora le fallan las fuerzas, sigue adelante «con la fuerza de Dios». Su vida ha girado 180 grados. Antes cuidaba de su madre y de sus dos nietas, pero ahora la cuidan a ella. Las sesiones de radioterapia y de quimioterapia han sido devastadoras, sin embargo, por prescripción médica y con el objetivo de «mantener a raya» la enfermedad, sigue recibiendo varias sesiones mensuales. Aun así, el cáncer no es nuevo para ella, ya que en 1998 le extirparon las dos mamas. De hecho, el 22 de diciembre tenía fecha para reconstruirse los pechos, pero cinco días antes, una enfermedad volvía a ser protagonista en su vida. «Mi intención era dejar que la enfermedad fluyera, pero el neurocirujano se niega», dice. Ahora, ella está viviendo «con alegría, felicidad y, sobre todo, agradecida por todo hasta que Dios quiera».

Al lado del necesitado

Han sido numerosas las ocasiones en las que, en sus cinco primeros meses de pontificado, Su Santidad se ha reunido o interesado por personas que padecen alguna dolencia grave. Un ejemplo de ello es el caso Michelle, una niña enferma de cáncer a la que el Papa recibió junto a otros 21 niños el pasado 31 de mayo en el Vaticano. Mientras ella le dedicó unas palabras de agradecimiento, él le transmitió un mensaje de esperanza y aseguró que rezaría por todos esos pequeños. Otra situación que impactó al mundo fue cuando, pocos días después de ser elegido Papa, se saltó el protocolo y mandó detener el Jeep en el que paseaba por la plaza de San Pedro para saludar a un enfermo, cuyos familiares sujetaban en brazos, y darle la bendición. Y es que, como ya dijera en la misa de inicio de pontificado, prestaría especial atención a «pobres, débiles, pequeños y enfermos».

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