Ely, madre que abortó a los 19 años: “Recibí los sacramentos y el amor misericordioso de Dios hizo maravillas en mí”

* ”Conocí a un sacerdote que por primera vez después de 15 años me dijo lo que me pasaba. Este sacerdote descubrió que el mal que me afectaba era que interiormente yo estaba recordando siempre a mi hijito abortado, como no había hablado de eso, lo había guardado, pero mi cuerpo y mi alma sufrían… Lo primero que me preguntó es si quería bautizarme, porque yo no había recibido ningún sacramento. Me bauticé al día siguiente. En una misa recibí mi primera comunión. Desde ese momento y por un período de un año el sacerdote no me dejó sola”

*” Hoy puedo reír, disfrutar la vida en los más mínimos detalles. He recuperado la alegría de vivir. El haberme perdonado me ha permitido también perdonar, porque aprendí a amarme y quien se ama a sí mismo es capaz de amar al prójimo»

19 de julio de 2011.- (Ely / Proyecto Esperanza) Por primera vez, quisiera compartir una de las experiencias más dramáticas que una mujer puede vivir, como es la de abortar, es decir, matar a su propio hijo. Tenía 19 años cuando me entero de mi embarazo. Fue a finales del mes de noviembre. Me encontraba terminando mi último año de una Carrera Profesional. Me asusté muchísimo, a pesar de que mi pololo tomó esta noticia como algo maravilloso, se sintió papá de inmediato, soñaba con su hijo y, trataba de tranquilizarme. Él siempre estuvo muy feliz puesto que me embaracé después de volver a estar juntos habiéndonos separado 8 meses. Fue tanta la alegría de estar nuevamente los dos unidos que no tomamos ninguna precaución, aunque siempre era él que me estaba cuidando, pero en ese momento no pensamos en nada más que estar juntos.

Coincidió además que mis padres se encontraban de viaje por el norte, por lo que nunca supieron de esto, lo cual ayudó a que pudiera llevar a cabo lo que venía pensando. Nunca le conté nada a mi pololo porque sabía que no me apoyaría. Una amiga me ayudó a ponerme en contacto con la persona que me ayudaría a solucionar mi problema. Fuimos a su casa, me dio a tomar unas pastillas, y me pone en antecedentes de lo que me va a pasar: sino botabanada tenía que volver al otro día.

En 45 minutos todo terminado

Y así fue. Volví al día siguiente y me inyectó algo que yo desconozco. Lo único que recuerdo es que me sentí muy mareada y me desmayé. Cuando reaccioné me dice que el ya no puede hacer nada más, porque seguramente mi embarazo estaba muy avanzado. Me informa que así no puedo quedarme porque es muy peligroso y me pone en contacto con una matrona que hacía este tipo de trabajos pero se encontraba a 100 km de la ciudad en que yo vivía. Ella me estaría esperando al otro día.

Ese día solo hablamos por teléfono con mi pololo ya que estaba en plenas pruebas y le dije que estudiaría, lo mismo para el día que tendría que viajar. Llegó el 13 de Diciembre y después de almuerzo partí a esa localidad. Llegué a ese lugar, una enorme casona estilo alemán, allí en una habitación acondicionada para este tipo de consulta, atendía esa mujer, matrona de profesión, pero que ya no ejercía. Después de una breve conversación, y pasados unos 45 minutos, ya había terminado todo. Es decir, mi hijo ya no existía, por decisión mía, por el egoísmo y el temor de enfrentar esta nueva situación. Regresé a mi casa, manejando sola, más tranquila, como si nada hubiera pasado, solo que cuando en la noche pasó a verme mi pololo tuve que contarle lo que había hecho. Se molestó, gritó, lloró pero luego me abrazó y me prometió que jamás me dejaría sola y me pidió perdón por no haber estado para haberlo impedido.

Mi vida continuó como si nada. Trate de olvidar este episodio, debía retomar mis estudios, mis exámenes finales. Con mucha satisfacción y orgullo logré titularme. Al cabo de unos 4 meses, decidimos casarnos. Todo fue muy bien: una hermosa ceremonia, una hermosa luna de miel, un feliz comienzo y por decisión de ambos dejamos que nuestros hijos llegaran cuando Dios así lo quisiera, tal y como decía mi esposo de familia muy católica y con una formación de 12 años en un colegio también católico.

A los dos meses ya me encontraba embarazada. Todos estuvimos muy contentos. Tuve un hermoso embarazo aunque por momentos me sentía bastante extraña, sensible, lloraba por todo y por nada, pero el médico me decía que era normal de toda embarazada. En el mes de febrero nació mi pequeño hijito, sanito, hermoso. Después de unos días nos fuimos a nuestra casa, toda arreglada para el nuevo integrante.

Maltrataba a mi hijo

Al pasar los días nos fuimos quedando solos y recuerdo que por momentos cuando el niño lloraba me descompensaba, no sabía qué hacer: Llegué hasta maltratarlo. Nunca se lo dije a nadie, porque se me venía a la mente mi otro hijito, pero sabía que no podía contarlo. Me asustaba lo que pudiera hacerle al niño. Decidí entonces salir cada vez que no me sintiera bien. Por un lado no quería hacerle daño, lo amaba tanto, pero no entendía porque esta agresividad.

Pasaron los años, el crecía sanito, hasta que llegó nuestra segunda hijita a colmar esta felicidad, pero siempre había algo en mí que no me permitía disfrutarla del todo. Los médicos no lograban encontrar nada, solo me decían que era psicológico. Nunca entendí estos diagnósticos, ya que yo me sentía bien, solo que me costaba concentrarme A veces lloraba sin razón alguna, sobre todo cuando pasaba mucho tiempo sola.

Recuerdo que había fechas que me daban mucha pena, por ejemplo la navidad, lo asociaba a que todo el mundo compraba regalos y habían niños pobres que jamás recibirían alguno. Casi todas las festividades yo las transformaba en tristeza, como así también las estaciones del año. Sufría mucho cuando llegaba la primavera, me molestaba el sol, los días más largos, eran meses en que no sentía ganas de nada. Me acostumbré a vivir así.

Hace unos años, por motivos laborales de mi esposo, nos tuvimos que trasladar de ciudad. Estando solos fue en este lugar donde pude experimentar por primera vez la presencia del Señor. Comencé a asistir a grupos de iglesia. Allí conocí a un sacerdote que por primera vez después de 15 años me dijo lo que me pasaba. Este sacerdote descubrió que el mal que me afectaba era que interiormente yo estaba recordando siempre a mi hijito abortado, como no había hablado de eso, lo había guardado, pero mi cuerpo y mi alma sufrían. Comenzó entonces a acompañarme en este caminar.

La misericordia de Dios

Lo primero que me preguntó es si quería bautizarme, porque yo no había recibido ningún sacramento. Me bauticé al día siguiente. En una misa recibí mi primera comunión. Desde ese momento y por un período de un año el sacerdote no me dejó sola, logrando en mí el perdón tan necesario para la reconciliación. Me hizo recordar cada momento, lloré, sufrí mucho, en alguna oportunidad pensé hasta no asistir más por lo cruel que resultaba cada encuentro, pero iba igual.

Me hizo profundizar en todo mí ser, me ayudó a levantarme. El padre me decía que era necesario reconocer lo que había hecho para que desde ahí yo pudiera sanarme. Y así fue. Ese mismo año le avisan que tiene que partir a otra ciudad, por lo que este acompañamiento se terminó el día en que decidí confirmar mi Fe y dedicarme por entero a esta causa.

La relación con mi hijo abortado es en eterna comunión. Sé que él está siempre con nosotros, intercede en la protección de sus hermanitos, tíos, abuelitos. La soledad y el silencio ya no me asustan, porque es ahí cuando logro estar en mejor comunión con él. En situaciones en que debo tomar decisiones siempre me ha ayudado y han sido las mejores. Quien haya pasado por algo similar sabe a lo que me estoy refiriendo. En los momentos más difíciles que he tenido que afrontar lo siento siempre a mi lado, siempre me acompaña, transmitiéndome mucha paz y tranquilidad.

El amor misericordioso de Dios hizo maravillas en mí. Hoy puedo reír, disfrutar la vida en los más mínimos detalles. He recuperado la alegría de vivir. El haberme perdonado me ha permitido también perdonar, porque aprendí a amarme y quien se ama a sí mismo es capaz de amar al prójimo y así me siento hoy. Ahora la Navidad es una oportunidad más que tengo de estar en comunión con mi hijito, que lleva por nombre Juan Andrés. Cada 13 de Diciembre le celebro una misa en su recuerdo.

Para finalizar, hago un llamado a las jóvenes que pudieran estar pasando por una situación similar. Si bien un hijo en un momento que nadie lo espera viene a transformar nuestras vidas, también es cierto que ese pequeñito llenará nuestras vidas de alegría. Es quien nos dará las fuerzas para seguir en lo que nos encontremos realizando. Nada justifica la muerte de ese inocente. No existe nada más desgarrador que perder a un hijo, pero si a ese hijo lo ha matado su propia madre el sufrimiento es mayor aún. Piensen que junto a él también son ustedes. las que mueren. Nunca más serán las mismas. Todos sus proyectos y sueños se verán truncados. En cambio, con ese hijito en brazos podrán quizás llorar junto a él, pero él les regalará su mejor sonrisa, un beso y las abrazará, y aquellos momentos que muchas veces percibimos como terribles se verán transformados en alegría eterna.

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