Eric-Emmanuel Schmitt: De filósofo agnóstico y de familia atea a director creyente de Cartas a Dios

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* » Nací en una familia atea y anticlerical. A base de estudiar filosofía y de impartir filosofía en la universidad, me hice agnóstico. «¿Qué es Dios? No lo sé»: ésa era mi postura. Pero a los 29 años tuve una experiencia mística. Fui al Sáhara, tras las huellas de Charles de Foucault, entre Argelia y Níger, pensando en filmar acerca de él. Y me perdí en el desierto. Estuve solo 30 horas, sin comida ni bebida. Pensé que tendría miedo, pero no: me invadió la paz, la confianza… y la fe. «Si no me encuentran, moriré creyente, y si me encuentran, tendré que vivir creyente»»

* «Rezo a meeric_emmanuel_schmitt__director_de_cartas_a_dios.jpgnudo, no por pedir, sino para liberarme de mis peticiones, salir de mis egoísmos, y al final acabar en adoración»

23 de abril de 2011.- Eric Emmanuel Schmitt recibió en 2001 el Gran Premio de Teatro de la Academia Francesa por el conjunto de su obra, pero en España es conocido sobre todo por su novela «El señor Ibrahim y las flores del Corán». Ha dirigido y guionizado la película de «Cartas a Dios» a partir del librito que escribió hace ya 10 años, cuyo nombre en novela es “Oscar y la Dama de Rosa”, y que ha tenido gran éxito de público. Más aún, el libro se ha usado mucho en hospitales y asociaciones de apoyo a los enfermos, por su mirada a la vez lúcida y esperanzada.

“Cartas a Dios”, una película que, según su distribuidora en España Karma Films, es de aquellas que “¡conquistan al minuto 1!». La cinta, que se ha estrenado en España este mes de abril, cuenta la conmovedora historia de Óscar, un niño de diez años de edad y que padece una enfermedad terminal. Ni los médicos ni sus padres se atreven a contarle la verdad sobre su salud. De esto se percata el pequeño y, furioso, se niega a hablar con nadie, excepto con Rosa, una ex boxeadora. Cuando se acerca la Navidad, ella le sugiere un juego: vivir como si cada día fuesen diez años de su vida y contarle la experiencia a Dios a través de cartas que ella misma enviará. Así nace entre ellos una amistad que cambiará sus vidas.

“Cartas a Dios”, un largometraje signado por la fe, la esperanza y la caridad, llega a España habiendo sido seleccionada por la Jornada Mundial de la Juventud Madrid 2011 dentro de su plan de estrenos en preparación a la llegada de Benedicto XVI en agosto. En esta entrevista Eric-Emmanuel Schmitt habla de su propia conversión y del film.

(P.J. Ginés / La Razón / Escuchar la Voz del Señor) – Niño con cáncer escribe a Dios. ¿Es tabú el cáncer o lo es Dios?

eric_emmanuel_schmitt_1.jpg– Dostoyevski dijo que la enfermedad de un niño era una razón para no creer en Dios: no sólo hay dolor, sino el escándalo de una promesa de vida incumplida. Pero yo escribí mi historia para refutar a Dostoyevski: con 10 años, con 20, con 40… la enfermedad te quita la misma vida. Nuestra época vive la ilusión engañosa de que la vida se alarga, de que quizá venceremos a la muerte, y parece que enfermar o morir sean accidentes. Se silencia la realidad pero, a más silencio, más angustia. Has de ver la vida como es realmente, frágil y efímera, para amarla más.

– ¿Tenía consciencia de usar referencias bíblicas en esta historia?

– La escribí con cierta conciencia teológica, más que bíblica, pero la Biblia es como un idioma, está ahí, impregnando toda nuestra cultura. La escena del niño recibido, adormecido, en Navidad… sí, es una historia de natividad y muerte. No me dan miedo los referentes cristianos, incluir cinco minutos rodados dentro de una iglesia, algo que nadie hace en el cine francés. No tengo complejos.

– ¿Cómo entiende esta película alguien de otra cultura, por ejemplo, un asiático?

– Se estrenó en Japón y gustó mucho, pero les extrañó, porque veían una historia con gozo, con alegría, ligereza, y ellos no entienden que un cáncer infantil se pueda tratar así. Les dije que esa ligereza es una ética: desprenderse de la pena, el miedo, la angustia, amar la vida fragil y efímera. Ellos entendían la enseñanza filosófica, pero no se daban cuenta de todo el contexto cultural judeocristiano.

– ¿Reza usted? ¿Envía cartas a Dios?

– Rezo a menudo, no por pedir, sino para liberarme de mis peticiones, salir de mis egoísmos, y al final acabar en adoración.

– ¿Cuál ha sido su itinerario espiritual?

– Nací en una familia atea y anticlerical. A base de estudiar filosofía y de impartir filosofía en la universidad, me hice agnóstico. «¿Qué es Dios? No lo sé»: ésa era mi postura. Pero a los 29 años tuve una experiencia mística. Fui al Sáhara, tras las huellas de Charles de Foucault, entre Argelia y Níger, pensando en filmar acerca de él. Y me perdí en el desierto. Estuve solo 30 horas, sin comida ni bebida. Pensé que tendría miedo, pero no: me invadió la paz, la confianza… y la fe. «Si no me encuentran, moriré creyente, y si me encuentran, tendré que vivir creyente», pensé. ¡Mala noticia para un intelectual francés agnóstico como yo! Pero el guía tuareg me encontró, volví con la fe como un pequeño manantial secreto en mi corazón, y ahora es como un río. Leí los grandes textos de las religiones, empezando por lo más exótico: budismo, sufismo, judaísmo. Una noche, años después, leí por primera vez los cuatro evangelios. A mi noche mística, los evangelios le añadían el Amor en nuestras vidas. Seguí leyendo mucho, a favor y en contra del cristianismo, pero al final descubrí que yo era cristiano.
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– ¿Esa escena del niño ante el crucifijo, no le parece contracultural en estos tiempos de retirada de crucifijos?

– No lo hice a propósito, pero en Francia ya vi que no era culturalmente correcto, lo que, por cierto, me encantó. Hay elementos cristianos pero también estoicos en esa escena. La señora Rosa distingue entre lo que no depende de nosotros, como el dolor físico de la enfermedad, de lo que sí depende en gran parte, como es el dolor moral. Eso es estoicismo. Pero ahí está Cristo, que no teme a la muerte y el dolor, aunque los experimenta, y nos enseña a vivir en la confianza. Ante el misterio del dolor hay dos reacciones: o la angustia, o la confianza.

– ¿Cómo imagina usted la otra vida?

– Me niego a imaginarla. Yo, con la fe, confío en lo desconocido. La fe no es un saber, es un habitar en el Misterio. Decidí que amo la muerte como la vida: tal como es. En mi obra «Hotel de dos mundos» destruyo todas las imágenes habituales de la muerte, su imaginería. Hay que aceptar el Misterio ¡y amarlo!

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