Esther Sáez iba en uno de los trenes afectados por los atentados del 11-M, le daban 24 horas de vida y ella se aferró a la cruz de Cristo

* «Experimenté una conversión brutal a Nuestro Señor en la unidad de críticos… Ahí sentí que Cristo llenaba todos mis espacios, que estaba dándome sentido a mi posible muerte. Era como: ‘qué lástima, Esther, que hayas tenido que pasar una cosa así para que te des cuenta de Quién soy yo’. Fue brutal. Fue impresionante. Nunca he sentido nada parecido. Fue brutal. Como: ‘Esther, te has tenido que despojar de un montonazo de cosas que estabas poniendo entre tú y Yo’. A pesar de que yo me consideraba muy creyente, me di cuenta de que era una católica convencional, de una fe heredada, gracias a Dios y a mis padres, con su trabajo y ejemplo, pero que no me había molestado en ahonda»

Camino Católico.- Esther Sáez trabajaba en proyectos de investigación contra el cáncer, estaba casada y tenía dos hijos todavía pequeños. La mañana del 11 de marzo de 2004, se dirigía hacia su trabajo cuando una bomba estalló en el vagón del tren en el que viajaba. Se trataba del tristemente célebre atentado terrorista de los cuatro trenes de Atocha, en Madrid (España), también llamado «el 11M», en el que fallecieron 193 personas y alrededor de dos mil resultaron heridas.

Su tren fue en el que hubo mayor número de víctimas mortales. Solo ella y otra persona sobrevivieron, a pesar de que el primer pronóstico apenas le daba 24 horas de vida. En medio de ese terrible dolor físico, espiritual y psicológico, Esther se aferró a la cruz de Cristo. Esther Sáez explica su testimonio de conversión en el programa “Cambio de Agujas” de H.M. televisión, que se visualiza y escucha en el video superior:

«Había una bomba en el vagón donde iba yo en el 11 M. En ese vagón, de dos pisos, solo sobrevivimos otra chica y yo. Los demás murieron todos. Es el tren en el que más fallecidos hubo… A mi esposo, en el hospital, le dijeron que como mucho me quedaban 24 horas de vida. Me hicieron una cirugía, un coágulo epidural a las 48 horas, brutal, y le dijeron que sí o sí yo ya no salía. Después, le dijeron que me quedaría tetrapléjica, dependiente de otras personas para toda la vida. A mi esposo y a mis padres se les caía el mundo encima al escuchar esto. Uno de nuestros hijos tenía 3 años, el otro tenía año y medio.

Experimenté una conversión brutal a Nuestro Señor en la unidad de críticos. Estaba convencida de que me moría. Ya ni siquiera sentía mi cuerpo. Es una sensación extraña, como que parece que te abandona tu cuerpo, una sensación difícil de explicar. Ahí sentí que Cristo llenaba todos mis espacios, que estaba dándome sentido a mi posible muerte. Era como: ‘qué lástima, Esther, que hayas tenido que pasar una cosa así para que te des cuenta de Quién soy yo’. Fue brutal. Fue impresionante. Impresionante. Nunca he sentido nada parecido. Fue brutal. Como: ‘Esther, te has tenido que despojar de un montonazo de cosas que estabas poniendo entre tú y Yo’. A pesar de que yo me consideraba muy creyente, me di cuenta de que era una católica convencional, de una fe heredada, gracias a Dios y a mis padres, con su trabajo y ejemplo, pero que no me había molestado en ahondar».

Esther Sáez después del atentado con su familia

Esther afrontó 13 cirugías con una actitud emanada de su conversión:

«En la cama del quirófano siempre decía: ‘Vale, Señor, que sea para un bien mayor’. A veces por intenciones concretas, otras veces ‘a fondo perdido’, por lo que haga falta en cada momento. Creo en la unidad de los santos, creo que todos estamos muy conectados. Lo de ‘en tus llagas escóndeme’, así era mi cirugía: una forma de lavar mi espíritu.

Hay gente que estaría enfadada, pero vivo una vida muy feliz, superfeliz, porque cada cosa pequeña de mi vida tiene sentido a los ojos del Señor. Si me pasan cosas malas, el Señor sabrá lo que hará con ellas. Empecé a dar catequesis, como hacía antes de casarme. Llevo un grupo de adolescentes en la parroquia, los quiero mucho, me encantan. Son como corazones con patas, un corazón sin domar, pero bien guiado es el futuro de nuestra Iglesia. Y vivo de lo que el Señor pone en mi camino y a su ritmo…

Después del atentado, sentía muchísimo al Señor pero a la Virgen no, nada, y me daba tristeza. Fue así durante algo más de un año. Pero el 15 de agosto de 2005, en misa, en la consagración, la sentí. Fui a comulgar y lloré como una niña y entendí eso que me decían en la Legión de María, de que la Virgen va en zapatillas, que camina de puntillas en nuestra vida. Ella me estaba presentando a Cristo y abrazando desde el anonimato…

No podemos perder el tiempo, el Señor espera algo muy concreto de nosotros, nos ha capacitado para amar en situaciones muy concretas, no podemos ser niños en la fe constantemente».

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