Fouad Hassoun, perdió sus ojos en un atentado: «Quería matar al que había puesto la bomba. El Señor me ha llamado a amar y perdonar al que me había arrancado los ojos»

* «Una vez más fue María la que vino en mi ayuda e hizo que cayeran las escamas de mis ojos. Tras intensas súplicas sentí que este ‘sí, quiero perdonar’ surgió en mí. Este camino se me abrió. Y día tras día vi crecer en mí este perdón. El conflicto ya no formaba parte de mi vida sino que estaba comenzando a construir una vida en paz»

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Camino Católico.- El 21 de enero de 1986 un brutal atentado con un coche bomba cargado con 250 kilos de explosivos en la zona cristiana de Beirut provocó el caos y un reguero de muerte. Un total de 30 personas fallecieron y 120 resultaron heridas de gravedad. Fue tal la fuerza de la explosión que cuatro edificios y decenas de automóviles quedaron completamente destrozados.

Uno de los que resultó gravemente herido fue Fouad Hassoun, un jovencísimo católico, brillante estudiante de Medicina que soñaba con ser oftalmólogo. En un momento dado se asomó a la ventana de su casa cuando justo enfrente explotó la bomba. Ahí perdió sus ojos para siempre.

De lo poco que recuerda de aquel momento antes de perder el conocimiento fue invocar a la Virgen María. “Pensé que me estaba muriendo y grité: ¡Oh, Santísima Virgen, no quiero morir!”. 34 años después cuenta esta experiencia de sufrimiento, fe y sobre todo perdón en el libro J’ai pardonné : témoignage y lo explica Javier Lozano en Religión en Libertad.

Sus padres, católicos maronitas, le habían enseñado desde niño a rezar a la Virgen. Y así lo hizo hasta el borde de la muerte, tanto que relata en un vídeo a Famille Chretienne que “pensaron que estaba muerto y me llevaron a la morgue”. Fue un primo suyo que recorrió todos los hospitales buscándole el que detectó un pequeño movimiento en su cuerpo y convenció a los médicos en medio del caos de que estaba vivo.

Hassoun se despertó ya en el hospital. Tenía los ojos tapados, vendas por todo el cuerpo así como cientos de puntos de sutura. “Cuando me desperté en mi cama del hospital no podía ver nada. Estaba rodeado de todos mis familiares que lamentaban mi suerte”, recuerda.

Pasaron unas semanas antes de que fuera consciente que el problema en sus ojos era muy grave y que necesitaría cirugía. El esperaba un milagro para recuperar la vista, aunque el verdadero milagro era que estuviera vivo, algo que tardó más tiempo en comprender.

Tras varios intentos, e incluso en el extranjero, Fouad asegura que otra bomba le estalló en la cara. Se confirmó que nunca más volvería a ver. Apenas había llegado a la mayoría de edad y se había quedado ciego esfumándose así su sueño de ser médico oftalmólogo.

“Estaba ciego, esto fue un gran impacto. Me preguntaba por qué el Señor permitía esto”, relata este católico libanés.

Entonces apareció en él algo que le acompañaría durante un tiempo. Recuerda que “un tremendo sentimiento de ira y odio me invadió. Una nueva bomba acaba de explotar de nuevo. Quería vengarme y matar al que había puesto la bomba”

Fouad Hassoun se acabaría mudando a Francia, donde conoció a Laetitia, su futura esposa y madre de sus cuatro años. Junto a ella y con la ayuda de nuevo de la Virgen comenzó un nuevo proceso de curación, pero esta vez no eran sus ojos sino su corazón lo que debía sanarse del odio que acumulaba.

“Una vez más fue María la que vino en mi ayuda e hizo que cayeran las escamas de mis ojos”, afirma este católico. Y el punto de inflexión se produjo cuando se enteró de que el autor de aquel atentado había sido detenido. En ese momento, el Señor intervino y un pasaje del Evangelio de San Juan se repetía una y otra vez en su interior: “¿Me amas? Sí, Señor, sí te amo”.

Finalmente, este proceso vivió el paso definitivo en 1988, durante un retiro en la Abadía de Notre Dame des Neiges. “Tras intensas súplicas –explica Fouad- sentí que este ‘sí, quiero perdonar’ surgió en mí. Este camino se me abrió. Y día tras día vi crecer en mí este perdón. El conflicto ya no formaba parte de mi vida sino que estaba comenzando a construir una vida en paz”.

Desde ese momento, el perdón no le ha abandonado nunca, sino que lo guio “hacia la locura del amor”. “El Señor me llamó a lo más grande, a amar al que más daño me había hecho y al que me había arrancado los ojos”. Este católico pudo perdonar e incluso ha llegado a amar al terrorista, rezando todos los días por él. Y esto –asegura- le ha transformado el corazón.

Hace algún tiempo Fouad Hassoun también ofrecía en La Vie desde su propia experiencia cinco pequeños consejos para perdonar:

1.- No esperes nada a cambio

El perdón es un “regalo total», tal y como se extrae de su origen. El perdón debe darse libremente. La imagen del hijo pródigo en los brazos de su padre es importante para comprender su esencia. Se da sin condiciones, es la fiesta. Debe proporcionarnos esta felicidad absoluta. No se entrega en el enfrentamiento: “Doy un paso si tú también das”. El perdón no es una moneda de cambio, es una dinámica para lograr la paz. El perdón es gratis, pero vale mucho.

2.- Perdona todos los días

El perdón se aplica a las cosas grandes y pequeñas. No esperes a perdonar a alguien que te arranque los ojos o te atropelle. Incluso en la vida cotidiana, el perdón no es un acto trivial. Puede ser diario, administrarse varias veces al día, nunca es inofensivo. Es algo muy importante, nos lo mostró Cristo durante su Pasión: “Padre, perdónalos, no saben lo que hacen».

3.- Cambia tu mirada hacia el otro

Recuerda la mirada de Jesús hacia el joven rico: “Él lo miró y lo amó”. Para estar listo para perdonar debes preguntarte por qué el otro hizo lo que hizo. El mal sigue siendo malvado, pero el perdón nos aleja de la indiferencia, nos hace preocuparnos por los demás. El perdón sin respeto es condescendencia. El perdón con respeto es justicia.

4.- Cree en ti mismo

El perdón no es solo un requisito cristiano, está en la naturaleza del hombre, como la risa y las lágrimas. Cualquiera puede hacerlo, solo tienes que creerlo.

5.- Expresa tu perdón

Está la voluntad de perdonar y está el acto. Ambos son buenos, pero no puedes ceñirte a la fuerza de voluntad. Tienes que ir al otro lado. Cada uno lo expresa como lo siente, con una palabra, con una mirada. A veces, incluso la situación exige que se exprese en silencio. Pero el perdón debe expresarse y, si es posible, debe expresarse a la persona involucrada.


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