Francisco en los campos de concentración de Auschwitz-Birkenau en silencio y oración: «¡Señor, ten piedad! ¡Perdón por tanta crueldad!»

29 julio de 2016.- (13 TV  Camino católico)  «Señor, ten piedad de tu pueblo; Señor, perdona por tanta crueldad«, ha escrito el Papa Francisco en el Libro de Honor del campo de concentración de Auschwitz. La visita empezó hacia las 9 y media de la mañana y duró unas dos horas, marcadas por momentos de silencio casi sobrenatural, y momentos de oración y emoción. Francisco no hizo discursos ni declaraciones. Mantuvo un encuentro con supervivientes del campo de Auschwitz, y también con «justos entre las naciones», personas que en aquellos años se arriesgaron y salvaron la vida de judíos perseguidos. Los abrazó, los escuchó, los bendijo. 

Los nombres de los «justos entre las naciones» dan gloria a Polonia: Maria Jamro Augustyn, Anna Stupnicka Bando, Miroslawa Gruszczynska, Lucja Jurczak, Witold Lisowski, Maria Bozek Nowak, Irena Krzysztalowska Sanderska – Rzonca, Alicja Szczepaniak Schnepf, Stanislaw Swierczewski, Józef Walaszczyk, Ryszard Zielinski, Tadeusz Burchacki. También estaban Matylda Getter, representando a las franciscanas que salvaron a 500 niños en el gueto de Varsovia. Y el párroco del pueblo de la familia Ulma: una familia católica en vías de beatificación que fue exterminada (niños incluidos) por haber escondido judíos. 

Todo empezó bajo el mítico letrero a la entrada de Auschwitz:  “Macht arbeit frei” (“El trabajo os hará libres”). El Papa Francisco lo cruzó a pie y a solas. Después subió a un pequeño coche eléctrico y llegó a la llamada “plaza del llamamiento”, donde rezó sentado unos minutos. A continuación, en la entrada del Bloque 11, saludó a 10 supervivientes. Con emoción los escuchó y abrazó. Pocos Papas más podrán repetir este gesto: los supervivientes del horror de 1944 y 1945 envejecen. El último al que ha saludado le ha entregado una vela que el Pontífice ha encendido y ofrecido como regalo al campo de concentración. Y de nuevo, un momento de oración frente al Muro de la Muerte, donde ha depositado la vela. 

Probablemente la imagen icónica de esta visita sea la del Santo Padre en oración, sentado en penumbra, en la celda del hambre, allí donde fue encerrado sin comida para que muriese San Maximiliano Kolbe, el sacerdote polaco que ofreció su vida por la de otro preso. 

En Birkenau, la zona anexa a Auschwitz destinada directamente al exterminio y la cremación de los prisioneros asesinados, le explicaron la magnitud de las instalaciones nazis: 4 crematorios con las cámaras de gas y 2 cámaras de gas provisionales. Fueron construidos 300 barracones de madera para alojar a los presos condenados a trabajos forzosos y una muerte lenta. El número de detenidos en agosto de 1944 llegó a los cien mil.

Ahí le esperaban unas mil personas, junto a las tumbas conmemorativas en las distintas lenguas de las víctimas. Tras otra oración en silencio, encendió una vela. Después fue el momento de saludar a los 25 justos entre las naciones. 

La visita, intensa y conmovedora, concluyó con el Salmo 130 («De profundis», «desde un abismo clamo a ti, oh, Señor»), cantado en hebreo por el rabino jefe de Polonia. Un superviviente del campo lo recitó después en polaco. 

El campo estuvo activo hasta el día de su liberación, el 27 de enero de 1945. En los casi cinco años que estuvo abierto, murieron en este lugar más de un millón de judíos europeos, 23.000 gitanos, 15.000 prisioneros de guerra soviéticos y decenas de miles de ciudadanos de otras nacionalidades. Al principio, los nazis mandaron a la muerte sobre todo a prisioneros políticos polacos. A partir de 1942 empezó el exterminio sistemático de los judíos. 

También Juan Pablo II y Benedicto XVI visitaron este lugar. El papa polaco lo hizo en su primer viaje a Polonia como Pontífice, el 7 de junio de 1979. En la misa que celebró en el campo de concentración de Auschwitz-Birkenau, san Juan Pablo II recordó que “jamás una nación puede desarrollarse a costa de otra, a precio de servidumbre del otro, a precio de conquista, de ultraje, de explotación y de muerte”. El Papa polaco llamó a este lugar “Gólgota del mundo contemporáneo”.

Por su parte, Benedicto XVI lo visitó el 28 de mayo de 2006. En su discurso, recordó que “el papa Juan Pablo II estaba aquí como hijo del pueblo polaco”. Yo –dijo Benedicto XVI– estoy hoy aquí como hijo del pueblo alemán, y precisamente por esto debo y puedo decir como él: No podía por menos de venir aquí. Debía venir. Asimismo, aseguró que “era y es un deber ante la verdad y ante el derecho de todos los que han sufrido, un deber ante Dios, estar aquí como sucesor de Juan Pablo II y como hijo del pueblo alemán, como hijo del pueblo sobre el cual un grupo de criminales alcanzó el poder mediante promesas mentirosas, en nombre de perspectivas de grandeza, de recuperación del honor de la nación y de su importancia, con previsiones de bienestar, y también con la fuerza del terror y de la intimidación; así, usaron y abusaron de nuestro pueblo como instrumento de su frenesí de destrucción y dominio”.