Francisco Rivera Ordóñez, Paquirri, torero: «La fe es un mástil al que agarrarte y un faro que te guía en la oscuridad. Me agarro a Dios en los momentos malos y en los buenos»

* «Mi relación con Dios es una relación de Padre a hijo, en la que si me enfado con Él, se lo digo; si tengo que pedirle ayuda, se la pido; si me he equivocado, se lo digo también… Hablo mucho con Él. A veces le doy las gracias y otras me enfado. Pero es una relación fantástica. Rezo todas las noches, le doy gracias por lo que tengo y, sobre todo, le pido que mis hijos estén bien, que para mí es lo más importante. Verás, yo cuando pienso en Dios y en la Virgen, los veo representados en la Esperanza de Triana y en el Cristo de las Tres Caídas, así que voy mucho a verlos. Necesito estar sentado con ellos un ratito y contarles mis cosas: “Ya has visto cómo está Carmen, echa una mano aquí, gracias por esto…”. Es una relación diaria»

Camino Católico.- Aunque tiene la Medalla de Oro al Mérito en Bellas Artes, Francisco Rivera Ordóñez, Paquirri, es profundamente contracultural: es torero, católico, padre, esposo, varón… y va por ahí sin soberbia.  Rivera Ordóñez es torero, pero  también un habitual de la prensa del corazón y lo es desde el nacimiento, pues es hijo de Paquirri, que murió tras una cornada en 1984 siendo Fran un niño, y de Carmina Ordóñez. Su persona no deja indiferente, pues es odiado por muchos y visto con simpatía por otros tantos. Entrevistado en la revista Misión por José Antonio MéndezRivera Ordóñez habla abiertamente de su fe y como se encomienda a Dios en los buenos y en los malos momentos.

Fotografía: Guillermo G. Baltasar / Revista Misión

– Es costalero en Triana del Cristo de las Tres Caídas, peregrina cada año al Rocío y habla de su fe sin remilgos. ¿Por qué muestra en público su fe?
– Hoy parece que hay que acabar con nuestra tradición, nuestra cultura y nuestra fe porque “son antiguas”. ¡No, hombre! Antiguo lo será usted; mi fe y mis sentimientos, ¿por qué tienen que ser antiguos? Cuando hablo de mí, hablo de mi fe porque es parte de mi vida. La expreso con naturalidad y se la inculco a mis hijos. Un día, hablando de Dios con Joselito, que es agnóstico, me decía: “Me da envidia tu fe, porque veo que también te ayuda en los momentos duros, en los que yo no tengo dónde agarrarme”. La fe es un mástil al que agarrarte y un faro que te guía en la oscuridad. Pero yo me agarro a Dios en los momentos malos, y en los buenos también. Solo en lo malo no vale.

-¿Cómo es su relación con Dios?
– Una relación de Padre a hijo, en la que si me enfado con Él, se lo digo; si tengo que pedirle ayuda, se la pido; si me he equivocado, se lo digo también… Hablo mucho con Él. A veces le doy las gracias y otras me enfado. Pero es una relación fantástica.

-¿Y cómo reza?
Rezo todas las noches, le doy gracias por lo que tengo y, sobre todo, le pido que mis hijos estén bien, que para mí es lo más importante. Verás, yo cuando pienso en Dios y en la Virgen, los veo representados en la Esperanza de Triana y en el Cristo de las Tres Caídas, así que voy mucho a verlos. Necesito estar sentado con ellos un ratito y contarles mis cosas: “Ya has visto cómo está Carmen, echa una mano aquí, gracias por esto…”. Es una relación diaria.

– En una sociedad que mira con recelo la figura paterna, ¿qué papel ha tenido su padre en su vida?
– Perdí a mi padre siendo muy pequeñito y lo he echado muchísimo de menos. Mi vida habría sido de otra manera con él. Siempre he querido parecerme a él y muchas veces pienso: “qué habría hecho él, qué diría…” y he tratado de seguir su senda.

– A los 5 años sus padres se separaron, y a los 10 quedó huérfano aquella trágica tarde en Pozoblanco. ¿Qué impacto tiene en un niño quedarse sin su padre?
– Es un palo tremendo. Pero he tenido una madre maravillosa, que ha sido un tanque. Una mujer con una personalidad fortísima y un corazón enorme. Si soy quien soy es gracias a ella y a lo que me ha enseñado sobre la vida y sobre mi padre. La figura del padre no puede ser prescindible, porque la madre y el padre se complementan y cada uno da valores fundamentales para el desarrollo del niño.

Fotografía: Guillermo G. Baltasar / Revista Misión

– Su primer matrimonio, del que nació su hija Cayetana, fue reconocido nulo. Hoy está felizmente casado con Lourdes Montes y tiene 2 hijos. ¿Qué hace que un matrimonio funcione o no lo haga?
– ¡Buf! Si supiera responder a eso escribía un libro y me forraba. Yo desaconsejo casarse rápidamente: antes hay que conocer bien a la otra persona. Y además, el matrimonio tiene que compensarse: tú aceptas cómo es el otro y el otro te acepta a ti; respetas y el otro respeta. Y hay que renunciar a cosas, porque si no, entras en el egoísmo.

– Pero pasar por una nulidad enseña a no repetir errores, ¿no?
– La experiencia de vida es la que te enseña eso. Cuando me separé, el concepto de familia se me rompió, y no poder estar con mi hija Cayetana me dolió muchísimo. Cuando dos padres se separan, la custodia debería ser compartida por ley, porque lo contrario hace sufrir muchísimo a los hijos. Los padres no podemos educar a los niños en fines de semana alternos. Eso es ridículo y malísimo para los niños.

– ¿Qué representa en su vida Lourdes, su mujer?
– No quiero caer en los típicos clichés, pero es que no concibo la vida sin Lourdes. Me gusta despertarme a su lado, hablar con ella de cualquier cosa, llamarla si no estoy en casa… Si no comparto todo con ella, no es lo mismo. Me da estabilidad y me entiende perfectamente. Es quien más me quiere, la que más se preocupa por mí, la que está siempre. Además, tiene una cabeza y un corazón excepcionales. No sé dónde habría acabado sin ella.

– ¿Qué padre quiere ser para Cayetana, Carmen y Francisco?
– ¡Menudo follón tengo yo ahora, con una de 19, otra de 3 y otro casi recién nacido! (ríe). Yo no creo en lo de ser padre y amigo: tenemos la obligación de decir a nuestros hijos lo que hacen bien, y también lo que hacen mal, aunque seamos los malos de la película. Darles todo hecho no es bueno, hay que exigirles. Pero, sobre todo, creo que tenemos que estar como una red.

– ¿A qué se refiere?
Es imposible evitar que tus hijos se caigan. Querer evitar que sufran es lógico, pero imposible. Lo que sí tienen que saber es que siempre vas a estar ahí, pase lo que pase. Hay una cosa de la que estoy seguro: un hijo puede fallar a un padre, pero un padre nunca debe fallar a un hijo.

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