Franco Tuccio, carpintero de Lampedusa: «El Papa reza todas las noches ante una de mis cruces, hecha con la madera de las barcazas de los inmigrantes»

«Me sigo conmoviendo cada vez que hago una cruz. Cuando quito un clavo de una tabla y veo el agujero siento el dolor de quien en esta madera ha sufrido o ha encontrado la muerte. Pero al mismo tiempo, como cristiano, veo en la cruz la resurrección, la esperanza, la vida y me gusta hacer cruces porque tengo la sensación de que cada cruz representa un inmigrante que salvo»

24 de mayo de 2014.- (Ángel Gómez Fuentes / ABCCamino Católico)En Lampedusa lo llaman el carpintero del Papa, porque ante una de sus cruces que realiza con la madera de las barcazas de los inmigrantes que llegan a la isla, cargadas de dolor y esperanza, el Papa Francisco reza todas las noches. Franco Tuccio, 47 años, fue también el autor, con la misma madera, del báculo pastoral y el cáliz utilizados por el Pontífice en su viaje a Lampedusa el 8 de julio 2013, así como el altar en el que celebró la misa. Con sus cruces, que han llegado ya a muchos países, Franco Tuccio ha querido que «el mundo recuerde el drama de los inmigrantes y se cree una corriente de solidaridad». Su última obra significativa fue una gran cruz (2,80 m. de altura por 1,5 de ancho, con un peso de 60 kilos) que el Papa bendijo visiblemente emocionado en el pasado mes de abril. Ahora es llevada en peregrinación por Italia, y luego viajará al extranjero, de comunidad en comunidad, en una especie de «relevo espiritual», para llevar un mensaje de solidaridad y de paz entre comunidades, parroquias, culturas y ciudades. ABC entrevistó a Franco Tuccio en su taller de Lampedusa.

-¿Cómo le vino la idea de hacer estas cruces?

-Me fastidia mucho que se olviden las tragedias de los inmigrantes. En abril del 2009 ocurrió el terremoto de L‘Aquila, en el centro de Italia, con más de 300 muertos. En esos días hubo también un naufragio de una nave que partió de Libia y murieron más de 300 inmigrantes, pero prácticamente no se habló de ello. Me molesta que haya gente de clase a y de clase b. Así que, como forma de protesta, fui al lugar donde se amontonan las barcazas de los inmigrantes y con sus tablas hice mi primera cruz. Me puse de acuerdo con el párroco y la llevamos en procesión en el Vía Crucis. Al obispo de Agrigento, del cual dependemos, le pareció una idea excelente. Ellos me pidieron enseguida cuatrocientas cruces. Ahí empezó todo.

-¿Cómo llega al Papa una de sus cruces?

-Se la di al obispo de Agrigento para que se la llevara. Según me refirió obispo, el Papa Francisco se interesó mucho por Lampedusa, que hasta entonces había creído que era una pequeña isla de Malta. Luego le escribió el párroco de Lampedusa, don Stefano Nastasi, y a los cuarenta días, el 8 de julio, se realizó el viaje.

-Para ese viaje preparó además del altar, el báculo pastoral y el cáliz.

-El cáliz lo tenía ya esculpido. Hace más de dos años encontré un trozo de madera precioso. Decidí hacer cálices y me salieron cuatro. Algunas obras son como hijos y te cuesta trabajo separarte. Pensé que no los vendería por nada del mundo, `ni aunque el Papa me lo hubiera pedido, me dije a mí mismo. Limpiando la madera, apareció un clavo ya oxidado. Pero él solo bastaba para expresar toda la pasión, el sufrimiento y el dolor de un inmigrante. A uno de los cuatro cálices le puse ese clavo. Una mañana vino el párroco a mi taller y me preguntó: `¿ Tienes cálices para el Papa?. `No , le respondí. Él insistió: `Oye, Franco, que son para el Papa. Al final, don Stefano envió una foto de los cuatro cálices a Roma y el Papa Francisco escogió para la misa el cáliz con el clavo.

-Su última gran cruz ha sido bendecida por el Papa en la Plaza de San Pedro y está en peregrinación por Italia.

-Ha sido muy emocionante. La idea fue de Arnoldo Mosca Mondadori, poeta, editor y promotor de proyectos culturales y sociales. Con esta cruz de tamaño natural se ha querido mostrar un símbolo del dolor humano, además de encontrar la belleza y el valor que nos transmite: con la resurrección de Jesús, la cruz nos comunica vida y no muerte. El pasarla de mano en mano, de comunidad en comunidad, es una señal de fraternidad.

-En ese acto, el Papa reveló que rezaba diariamente ante una cruz de Franco Tuccio, como él mismo nos cuenta con cierta emoción:

-El Papa bendijo esa cruz grande en la plaza de San Pedro y besó uno de sus clavos, visiblemente emocionado, casi hasta las lágrimas. Después el Papa Francisco confesó a quienes le presentaron la cruz: `Yo también tengo una pequeña cruz hecha, como ésta, con madera de nave de emigrantes, ante la que rezo todas las noches. Al terminar la ceremonia me llamó tembloroso Arnoldo Mondadori para preguntarme cómo era posible que el Papa tuviera una cruz mía. Se puede imaginar también mi emoción.

-Hoy sus cruces están en muchos países y algún que otro museo dedicado a la emigración. Le llegan además peticiones de parroquias, asociaciones y diócesis de medio mundo. ¿Va viento en popa el negocio?

-En este asunto para mi no cuenta en absoluto el negocio, porque mi objetivo fue y sigue siendo diverso. Por pudor no suelo decirlo, pero le haré una confesión: Me sigo conmoviendo cada vez que hago una cruz. Cuando quito un clavo de una tabla y veo el agujero siento el dolor de quien en esta madera ha sufrido o ha encontrado la muerte. Pero al mismo tiempo, como cristiano, veo en la cruz la resurrección, la esperanza, la vida y me gusta hacer cruces porque tengo la sensación de que cada cruz representa un inmigrante que salvo.

Concluimos la entrevista con unas fotos ante la sugestiva «Puerta de Lampedusa – Puerta de Europa», realizada por el artista Mimmo Paladino, para recordar los inmigrantes y desaparecidos en el Mediterráneo cuando realizaban su viaje de la esperanza hacia el Viejo Continente, mientras Franco Tuccio nos hacía una última revelación: «Para que no den la espalda y no olviden este drama de la inmigración, he dado una de mis cruces a muchos políticos italianos, incluido el presidente de la República, Giorgio Napolitano».

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