Gloria Riva, fundadora de las Religiosas de la Adoración Eucarística, se hizo monja después que volvió de la muerte tras un accidente de tráfico con su novio: «Tuve la certeza de que Dios estaba allí»

«Dos sentimientos contrarios me embargaron. Por una parte, un gran dolor: la eternidad se me ofrecía en toda su belleza y no la podía alcanzar; Dios no me juzgaba, sencillamente se me mostraba con toda su verdad, era yo la que me juzgaba y comprendía toda la desemejanza. Por la otra parte, sin embargo, sentí una alegría indecible: era pensaba, amada y deseada para este tiempo, para esta historia. No somos un juego al azar, una casualidad a la merced de un destino caprichoso»

Camino Católico.-   En la vocación personal de la Madre María Gloria Riva, fundadora de las Religiosas de la Adoración Eucarística, jugó un papel determinante una experiencia asombrosa tras un accidente de tráfico. Una vez convertida en monja, ha buscado y encontrado en el arte una forma de gozar, mediante la belleza, la felicidad del Cielo que gozó entonces durante unos minutos. Así lo explica en esta entrevista concedida a Francesco Agnoli para Libertà e Persona  y traducida por Elena Faccia Serrano para Religión en Libertad:

Gloria Riva (Monza, 1959), además de su pasión por el arte, cultiva el estudio de la Sagrada Escritura, la Patrística y la espiritualidad de la Madre María Magdalena de la Encarnación [1770-1824, fundadora de las Adoratrices Perpetuas del Santísimo Sacramento]. Entre sus diversas obras sobre el arte y la fe figuran Nell’arte lo stupore di una Presenza [En el Arte, el estupor de una Presencia], Testimoni del Mistero. Quadri sul Vangelo di Luca [Testigos del Misterio. Cuadros sobre el Evangelio de Lucas] o Volti e Stupore, uomini feriti dalla bellezza [Rostros y estupor. Hombres heridos por la belleza].

En febrero de 2007 se trasladó a la diócesis de San Marino-Montefeltro, donde fundó una comunidad monástica.

-Usted ha tenido una experiencia cercana a la muerte. ¿Nos puede explicar qué pasó?

-Tenía veintiún años y tenía novio. Estaba dando pequeños pasos hacia la fe, que había abandonado unos años antes tras una serie de vicisitudes. Después de un viaje a Lourdes, donde el clima de oración caló hondo en mí, salí un sábado con mi novio para ir a bailar a una discoteca.

Llegamos a un semáforo verde y mientras atravesábamos el cruce vi llegar por el otro carril un coche a gran velocidad. Chocamos y después, para mí, sólo hubo silencio y oscuridad. Tuve la clara percepción de haber llegado al final de mi vida y me abandoné totalmente a esta dramática eventualidad. Inmediatamente percibí, dentro de esa oscuridad, una gran paz y serenidad.

Entonces surgió ante mis ojos una pequeña luz blanquísima que venía hacia mí, expandiéndose. La pulsión beatífica de esa luz era como una llamada. Tuve la certeza de que Dios estaba allí y de que Dios era amor. Deseé con todas mis fuerzas alcanzar esa luz, pero vi pasar mi vida ante mí como en una película y tuve una claridad de juicio total sobre la misma. Esa luz era amor, amor gratuito, y esa gratuidad en mi vida no existía.

Dos sentimientos contrarios me embargaron. Por una parte, un gran dolor: la eternidad se me ofrecía en toda su belleza y no la podía alcanzar; Dios no me juzgaba, sencillamente se me mostraba con toda su verdad, era yo la que me juzgaba y comprendía toda la desemejanza. Por la otra parte, sin embargo, sentí una alegría indecible: era pensaba, amada y deseada para este tiempo, para esta historia. No somos un juego al azar, una casualidad a la merced de un destino caprichoso.

Cuando me reanimaron tuve la sensación del rechazo de la vida: tenía siete fracturas, traumatismo craneal, hemorragia interna. Era una especie de rompecabezas que había que recomponer. Inmóvil. Sin embargo, el recuerdo de esa luz fue la prueba de que no morimos y me hubiera gustado gritarles a todos esta verdad.

He reflexionado a menudo sobre lo que me sucedió mientras estaba inconsciente. Me sorprendía recordando detalles que, en relación a la visión de la luz, no conseguía situar en orden temporal.

Después de que me liberaran del amasijo de hierros en el que había quedado convertido el coche, vi, reconocí y saludé a un querido amigo que prestaba servicio en la Cruz Roja y había venido a socorrerme. Me dijo que me había encontrado inmóvil, aparentemente muerta. Vi mi cuerpo desde arriba y me horroricé al ver una pierna totalmente torcida respecto a la posición natural, y a todo el mundo sobre mi cuerpo. Vi a mi novio en el borde de la calle, con las manos apretando sus costados, mientras respiraba con dificultad y sentí dolor por su estado; por el mío, en cambio, no sentía nada. No oí cosas que en cambio molestaron mucho a mi novio, como las sirenas de los coches de los carabineros, de las ambulancias y de los bomberos.

He llegado a la conclusión de que mis sentidos estaban estimulados sólo por las relaciones afectivas (mi amigo, yo misma, mi novio).

-Se lee a menudo que quien vive una experiencia de este tipo suele cambiar de estilo de vida. ¿Qué sucedió en su caso?

-Permanecí en el hospital (entre ingresos y altas) seis meses. Esos meses cambiaron mi vida. Como escribió Andrè Frossard: «Dios estaba detrás de mí; a veces también delante de mí». Que la vida es un don que no hay que desperdiciar era para mí algo clarísimo, indiscutible. Ya no fui la misma y descubrí, poco a poco, que el matrimonio no era suficiente, sentía la urgencia de testimoniar a todos lo que me había sucedido. Veía con ojos nuevos cosas y ambientes a los que antes estaba acostumbrada, y veía toda su mezquindad.

Volví a Lourdes para reflexionar sobre la vocación. Volví con mi novio. Un día se anuló un encuentro que teníamos en la gruta de la Virgen (yo era dama, él camillero: teníamos turnos distintos y, por lo tanto, pocos ratos para vernos). Empecé a caminar y me encontré delante de la cripta. Entonces no lo sabía, pero allí había, entonces, Adoración perpetua.

Entré y recorrí un largo pasillo con capillas laterales. Me encontré en una capilla circular blanquísima, en penumbra. Dos religiosas vestidas de blanco estaban en adoración ante un ostensorio que tenía la forma de un ramo de espinas. Noté inmediatamente una fuerte presencia y vi que la Eucaristía estaba iluminada desde atrás, la distinguí claramente como una pequeña luz en la oscuridad. Hela aquí, pensé, la luz que encontré en la calle. No se necesita morir para verla. La Iglesia la esconde en el secreto del altar cada día, allí donde se celebra, allí dónde se adora.

Ese día decidí que no me separaría nunca de la Eucaristía. Entré en la congregación de las monjas de la Adoración Perpetua de Monza, donde permanecí veintitrés años. En el monasterio me fui dando cuenta de que son los propios católicos los que pisotean el tesoro de la Eucaristía. Que había una belleza que era incomprensible para todos y que era necesario aumentar la fuerza de la llamada.

Por encargo de mis superiores acompañaba a  unos laicos y pude observar que había desaparecido de nuestra vida diaria la fuerza unificadora del símbolo y, así, empecé a explicar la Escritura y la fe a través del arte. Poco a poco esto se fue revelando un carisma, que me llevó a la determinación de fundar un monasterio que, junto a la Adoración Eucarística (y, por consiguiente, manteniendo la vida de oración y contemplación), prestara una particular atención a la belleza en todas sus formas, sobre todo las vinculadas a la liturgia. Algo que llevé a cabo en 2007, en la diócesis de San Marino Montefeltro.

-Usted está muy interesada en el arte y, en el pasado, contando en la televisión su experiencia aludió a las obras de El Bosco. ¿Nos puede explicar por qué?

-Explicar una experiencia cercana a la muerte como la mía es arriesgado. Puede ser entendida, pero puedes caer en la banalidad, en lo oculto, en la New Age. He tenido esta experiencia varias veces. Después del accidente vi, por casualidad, el políptico de El Bosco titulado “La visión del Más Allá”.

Lo había estudiado en el colegio, sin que me llamase especialmente la atención. Volver a ver el llamado por los críticos empíreo me impresionó mucho. Entendí que sólo quien había tenido una experiencia similar a la mía podía pintar de manera tan concreta lo que había visto.

En el panel de El Bosco una luz blanca circular (parecida a una hostia) irrumpe en la oscuridad, latiendo. Hay almas que desean alcanzarla, pero a algunas se lo impide la propia oscuridad. En la parte más baja del panel, ángeles con alas negras frenan a estas almas, que tienen las manos en alto como si no pudieran moverse. Pero su rostro está constantemente girado hacia la luz y esta tensión las purifica. De hecho, un poco más arriba (más cerca de la luz), ángeles con alas rojas (el fuego purificador) sujetan a almas que siguen mirando la luz, pero cuyas manos están en posición de oración. Su deseo de Dios las purifica y, así, se elevan. Al final, en la parte más alta, precisamente en el inicio del cono de luz blanquísima, hay almas acompañadas de ángeles con alas blancas y con las manos extendidas, abrazando.

Esta obra corresponde exactamente a lo que yo he vivido y me consuela ver cómo un pintor del siglo XV, que no podía saber lo que son las terapias intensivas y el ensañamiento terapéutico, ha pintado algo que se corresponde a lo que cuentan quienes, por así decir, han vuelto atrás para avisar a nuestro mundo materialista que el paraíso existe.

«Quien se aleja de la Eucaristía pierde el deseo del Paraíso»

Sor Gloria Riva  ha sido entrevistada   por Costanza Signorelli, con ocasión de su participación en la Jornada de La Nuova Bussola Quotidiana , y lo ha traducido  Elena Faccia Serrano para Religión en Libertad. Gloria cuenta cómo el Santísimo es el centro de su vida contemplativa y, a la par, el origen de su obra misionera en el mundo. Porque «la Adoración no es una devoción, sino una relación profunda con Aquel que se adora: Jesucristo realmente presente en la Eucaristía».

Desde el momento del accidente hasta hoy han transcurrido, para sor Gloria, los votos perpetuos, 35 años a los pies del Santísimo y la fundación de dos monasterios, en Pietrarubbia (Pesaro y Urbino) y en San Marino de las de las Religiosas de la Adoración Eucarística. Una comunidad muy especial, sobre todo porque manifiesta con gran fuerza su naturaleza misionera, subyacente a toda vocación monástica.. Sin embargo, la semilla lanzada por Dios en el corazón de esa joven muchacha ya llevaba lo esencial: «Todos mis estudios y mis conocimientos posteriores no han hecho más que confirmar y profundizar esa intuición inicial: la Eucaristía es, de verdad, una inyección de Eternidad y quien se aleja de ella pierde el deseo del Paraíso».

Las adoratrices de Sor Gloria Riva, en el convento de San Marino.

-Sor Gloria, su comunidad se define como religiosas claustrales y misioneras. Alguien podría decir que es una contradicción…

La Beata María Magdalena de la Encarnación (1770-1824), en el siglo Caterina Sordini, nació y murió en Italia y fue beatificada por Benedicto XVI en 2008.

-En absoluto es una contradicción, es exactamente lo contrario. Nuestro carisma nace de la intuición genial que tuvo nuestra fundadora, la Beata María Magdalena de la Encarnación.

-¿Qué intuición?

-Ella comprendió que si la Adoración Eucarística es la posibilidad de lanzar una mirada hacia el Paraíso, entonces es también la posibilidad de cambiar la mirada sobre el mundo y toda la realidad cotidiana. Por eso tuvo clara la necesidad de no tener este grandísimo tesoro encerrado en los muros de un monasterio, sino de vivirlo para regalarlo a todos, también a los laicos.

-¿Cómo?

-Empezó a fundar monasterios en las ciudades, cuyas iglesias, accesibles a los fieles, tenían siempre expuesto el Santísimo Sacramento. Por su parte las religiosas, aun siendo claustrales, debían ser visibles a todos, todos debían poder oírlas. De este modo, la exposición perpetua de la Eucaristía y la presencia continua en oración de las religiosas tenían como objetivo educar a las personas a estar ante la Eucaristía.

-¿Educar a qué sobre todo?

-La oración de Adoración no es un talismán y, en realidad, tampoco es una devoción. Adorar la Eucaristía es un encuentro, es entrar en una profundísima relación de amor.

-¿Nos puede decir algo de esta relación?

-Cuando estamos ante el Santísimo estamos ante una Presencia, no un trozo de pan; estamos ante el Señor Jesús y por esto la Adoración es lo más importante de la vida, con todo el peso específico y teológico que lleva en sí misma. Cuando asistimos a la santa misa no estamos celebrando un rito, sino que somos introducidos misteriosamente a ese único e idéntico Calvario y Sacrificio de Cristo. Y siendo la Adoración Eucarística la prolongación de la santa misa, al adorar entramos profundamente en ese Misterio.

-Fue esta relación la que la conquistó…

-¿Sabe? Hoy la tendencia es ir a la iglesia sólo para que respondan a nuestras peticiones, con el riesgo elevado de que después, cuando las cosas ya no funcionan según nuestros propios deseos, entremos en una crisis profunda, o incluso se pierda la fe. En cambio, si se comienza a experimentar que la fe es una relación de amor con una Presencia, todo cambia. La Adoración Eucarística educa exactamente a esta relación, es decir, a la relación con Aquel a quien adoramos.

-¿Y qué genera en nosotros esta relación? 

-Se dice que la Eucaristía cristifica, es decir, nos hace más familiares a Cristo, hasta tal punto que con la Eucaristía se puede hablar de una santificación que está teniendo lugar y que es continua. Recibir la Eucaristía significa entrar cada vez más en la vida de Cristo, en el pensamiento de Cristo, en las cosas de Cristo y, por lo tanto, fortalecer el vínculo que nos fue dado con el Bautismo. La Adoración es la posibilidad de que la gracia santificante presente en la celebración perdure en el tiempo y nos cubra continuamente, es una inyección diaria de santidad.

-Si se echa una ojeada a la página de la comunidad en Facebook se ven obras de arte, esculturas, arpas, cítaras e incluso jardines florecidos llenos de color… ¿qué tiene que ver todo esto con la Eucaristía?

-Si hace un tiempo bastaba exponer el Santísimo para que las iglesias se llenaran -basta recordar las filas de personas para la Festividad de las cuarenta horas en las parroquias-, poco a poco la conciencia de los fieles ha empezado a disminuir, hasta llegar al día de hoy, cuando muchos no saben qué es estar ante la Eucaristía. Por este motivo, durante el periodo de mi formación (entre los años 80 y el 2000), la madre superiora me dio la responsabilidad de ocuparme de la educación de los laicos a esta Adoración. Esta educación comenzaba, ante todo, con atraer a las personas hacia esta forma de oración que ya no se conocía.

-¿Es cuando empezó a utilizar el arte para llevar a las personas a los pies del Santísimo?

-Exactamente. Empecé a poner la belleza al servicio del Más Bello. Encontré entre los escritos de la madre María Magdalena, en el prefacio de Navidad, esta frase: «De la belleza de las cosas visibles somos guiados a la belleza de lo invisible». Y dado que por mis estudios era una apasionada del arte, comprendí entonces que podía poner el arte al servicio de Jesús Eucaristía. Así, a través de la iconografía, empecé a contar cómo la belleza del Santísimo Sacramento estaba presente en la Iglesia, desde el año cero hasta nuestros días. Del arte iconográfico pasamos a la música y así, poco a poco, hasta el día de hoy que, en nuestro monasterio, con el huerto y el jardín hemos iniciado a cultivar también la belleza de la naturaleza, de cuyos frutos nos nutrimos y vivimos.

-Adorar la Eucaristía parece generar una nueva mirada y, por lo tanto, una relación más bella con la realidad…

-Sí. Y mucho más. Todo nace a los pies del Santísimo. En el fondo, la Adoración Eucarística es la prolongación de la santa misa y, al mirar la Eucaristía, empezamos a ver el Paraíso aquí, en la tierra. Entonces, a quien objeta que la Eucaristía en el Cielo acabará, nosotros le respondemos que la Adoración durará toda la eternidad porque es el mundo en el que los Bienaventurados estarán delante de Jesús «no velado» en el Reino de Dios.


Traducido por Elena Faccia Serrano.

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