Gonzalo Arroyo se fue del taller mecánico al seminario: «Dije a Cristo, «si estás vivo y puedes cambiar mi vida, hazlo»»

* «Hice un Cursillo de Cristiandad. Allí experimente que Dios es amor, que Jesucristo había muerto por mí, y que ha resucitado»

* «Ante Jesucristo expuesto se me ocurrió preguntarle: ¿Qué quieres de mí?»

4 de abril de 2014.- (Gonzalo Arroyo / Alfa y Omega  / Camino Católico) Me llamo Gonzalo Arroyo, tengo 28 años y soy seminarista; ¿cómo empezó esta historia de mi relación con Dios y la llamada al sacerdocio?

Dios ha ido dejando sus huellas en mi vida desde que nací hasta hoy; y al rezar y volver la mirada sobre mi vida, cada vez van revelándose más pruebas de que éste es el camino que me hace feliz y construye mi verdadera identidad de hijo de Dios, de la mano del Señor y en su Iglesia.

Después de una infancia, en la que me eduqué en un colegio de monjas y cuando mi madre me transmitía la fe en casa, fui creciendo preguntándome desde pequeño el porqué del sufrimiento en mi familia, o de las personas cercanas a mí. Desde pequeño, me gustaba hablar con amigos y amigas, y dar consejos, «solucionar problemas»…

A lo largo de mi adolescencia, viví la fe me manera teórica, sabiendo que Dios era bueno, pero que en mi vida concreta no actuaba. Ninguno de mis amigos iba a Misa, y en los ambientes de fiesta en los que me desenvolvía, Dios no estaba presente.

No merece la pena…

Pero Él me iba amando y cuidando sin que yo me diera cuenta. La  primera vez que mi corazón tembló por oír su voz fue en mayo de 2003, con la visita de Juan Pablo II a Cuatro Vientos, cuando mientras escuchábamos al Papa, le oí decir: «Si sientes la llamada de Dios que te dice ¡Sígueme!… ¡No la acalles!».

En esa misma visita, una consagrada de veinte pocos años dijo algo que también se me quedó grabado: «Seguir a Cristo no merece la pena: merece la vida».

Ese mismo año, el 1 de noviembre, Día de Todos los Santos, tuve un accidente con el coche, en el que iba con unos amigos: dimos dos vueltas de campana y, milagrosamente, no caímos al lado contrario de la carretera, donde había cincuenta metros de barranco. Ese día supe que Dios me había salvado la vida y que tenía un sentido.

En diciembre del año siguiente, 2004, durante el puente de la Inmaculada Concepción, hice un Cursillo de Cristiandad. Allí experimente, al fin, que era cierto aquello que quería creer desde hacía años: que Dios es amor, que Jesucristo había muerto por mí, y que ha resucitado.

«Si estás vivo y puedes cambiar mi vida…»

Lo que hice en adelante fue básicamente retarle; le dije: «Si estás vivo y puedes cambiar mi vida, hazlo, ayúdame a comprobar que lo que pasa en el Evangelio es tan cierto como que estoy hablando contigo».

Fui creciendo en la fe, conociendo cristianos que pasaron a ser mis amigos, y en los que veía a Dios, y comprobé, en muchas ocasiones concretas, cómo me quería el Señor. Con cierta inquietud hice unos Ejercicios Espirituales de fin de semana, en la Cuaresma de 2008, y con la parábola del joven rico me quedé incómodo… Me faltaba algo, como a él, tenía una inquietud, no sabía muy bien por qué…

La primera llamada al sacerdocio la sentí en una convivencia de jóvenes, en la Pascua de 2008, el Jueves Santo, cuando ante Jesucristo expuesto se me ocurrió preguntarle: ¿Qué quieres de mí? Y como si estuviera escrito en la pared del fondo de aquella capilla en la que estaba, vi: Sacerdote.

La lección de un taller de chapa

Los siguientes meses los pasé sin poder quitarme aquella idea de la cabeza, mientras conocía a una chica de la cual me enamoré, le confesé que no sabía que quería Dios de mi… y empezamos a salir. Mientras tanto me independicé, porque trabajaba de pintor de coches en un taller. El trabajo me ayudó a encontrar el equilibrio entre libertad y responsabilidad.

A pesar de que pensaba que ya lo tenía todo, algo me faltaba: era un deseo profundo de ser feliz, que todo lo bueno de mi vida no llenaba (ni mi familia, ni mi novia…)

Ella y yo estuvimos un año y medio intentando vivir un noviazgo cristiano, con Cristo en el centro, y ambos pudimos experimentar que con Él se ama más y mejor.

Una sencilla frase de un gran amigo me ayudó a rezar en medio de esta lucha interior: «Si tu vocación y la suya no son una, la misma, entonces tú tienes un camino, y ella, otro diferente».

Después de pasar por meses de miedo y enfado, terminé enfrentándome a la vocación: era una cuestión de urgencia saber si el Señor me estaba llamando al sacerdocio, pues sabía que mi SÍ es importante para que muchas personas conozcan a Dios y vivan esperanzados en medio de su vida y sus problemas.

Los tres mejores años de mi vida

Mi director espiritual, quien me acompañó en el noviazgo, no sólo me acompañó en este nuevo discernimiento para entrar al seminario, sino que me abrió generosamente su casa, para el cambio de vida que supone querer entregar al Señor todo mi tiempo, mis planes… (¡es lo que más cuesta!) Hice el curso introductorio, momento en el que desde el seminario acompañan tu vocación, y fui confiando en los medios que la Iglesia ponía a mi servicio. Con la tranquilidad de saber que Jesucristo nunca me ha fallado, entré al seminario el 21 de septiembre de 2011.

Puedo decir con firmeza que estos tres años viviendo en el seminario han sido los más felices de mi vida; pues, además de profundizar en la fe, estudiándola, estoy conociéndome a fondo y conviviendo con hermanos que yo no he elegido, donde se demuestra que la iniciativa de nuestra vocación es de Dios, y que nosotros sólo intentamos responder con generosidad a su amor, sabiendo que la desproporción de su Misericordia es infinita… Me siento muy afortunado de que Dios me quiera elegir para ser sacerdote, y totalmente sostenido por la Oración de la Iglesia. ¡Gloria a Dios!

Lo que engancha es la alegría

En este curso estoy teniendo la oportunidad de conocer la diócesis de Madrid un poco desde un equipo de sacerdotes, religiosas, religiosos y laicos que me hace disfrutar de la riqueza de los carismas de la Iglesia y ver lo bonito que es trabajar juntos en la pastoral vocacional.

La labor de José Manuel, mi compañero, y yo, dentro de la delegación consiste básicamente en dar a conocer el seminario, no sólo como «sitio donde estudian los que quieren ser curas» sino como medio de la Iglesia de Madrid para que uno pueda acercarse y profundizar en la fe.

La actividad principal es sensibilizar a la gente para que rece por las vocaciones y animarle también a descubrir la suya. Para ello contamos con la Cadena de Oración por las Vocaciones, que consiste en animar a la gente en las parroquias a que recen para que el Señor mande trabajadores a su mies. Lo primero que aclaramos cuando vamos a las parroquias es hacer hincapié en que Toda vida es vocación: todos los cristianos estamos llamados a ser santos, en cualquier estado de la vida cristiana. Es impresionante la generosidad en la respuesta de la gente, ya que actualmente esta Cadena de Oración 24 horas cuenta con más de 4.000 personas.

Existen, además de visitas a varias parroquias de la diócesis, una serie de actividades para jóvenes en las que se ofrecen retiros de una tarde, ejercicios espirituales de fin de semana, voluntariados, y grupos de discernimiento. Todo ello tiene el apellido «vocacional»; esto no quiere decir que sean para los que piensan que pueden ser curas y monjas.

Para mí, lo más gratificante, independientemente de que vengan más o menos personas a las actividades, es poder transmitir la alegría y la felicidad que me da vivir con Jesucristo, porque más que explicar los folletos donde viene la información de las actividades, o pedir a los fieles de las parroquias que se apunten a la Cadena de Oración, lo que la gente percibe es nuestro testimonio y lo que, en mi opinión, es la mejor y la única manera de evangelizar: transmitir la alegría que es vivir con Jesucristo.

Gonzalo Arroyo

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