Sor Danielle, Guy y Janine Coponet, supervivientes del ataque a una iglesia de Francia recuerdan los últimos momentos del sacerdote degollado Jacques Hamel

Guy Coponet: “Me asestaron tres cuchilladas, en el brazo, en la espalda y en el cuello. El médico de urgencias que me salvó me dijo: “Había una mano divina sobre usted, porque ninguna de las heridas ha tocado ningún órgano vital. Sin embargo, la verdad es que ha estado cerca… ¡Es como un milagro! El Señor me ha permitido sobrevivir para dar testimonio de su misericordia. Los dos jóvenes, los asesinos, me cogieron por el cuello y me pusieron una cámara en la mano: “Abuelito, tú grabas”, me dijeron…Tuve que grabar el asesinato de mi amigo, el padre Jacques. Aún no me he repuesto de aquello”

de octubre de 2016.- (Aleteia / Camino Católico)  “¿Ve usted las vacas?”, pregunta la señora al teléfono. “Sí”, responde el periodista parisino. “Veo seis vacas, parece que están pastando”. “Hace veinte años que pastan”, añade la señora Coponet, “son de plástico. Bueno, gire a la derecha después de las vacas y luego la segunda a la izquierda. Le esperamos”.

Tras este diálogo surrealista, atravesamos una calle de casas de ladrillos rojos y pedernal, perpendicular a la línea de ferrocarril de París-El Havre. La “rotonda de las vacas” es uno de los ombligos de la localidad de Saint-Étienne-du-Rouvray, comuna obrera en el extrarradio sur de Ruan. Enfrente, los acantilados del Sena. Allí se encaraman la basílica de Bonsecours y el cementerio, en la falda de la colina, donde descansan los restos del padre Jacques Hamel, asesinado por dos jóvenes yihadistas el 26 de julio mientras celebraba misa en la iglesia de Saint-Étienne.

Guy y Janine Coponet esperan en su jardín. Esta pareja que celebra sus 63 años de matrimonio nunca ha querido responder a las preguntas de los periodistas, y Guy sólo aparece mencionado en la prensa como Señor C. Sin embargo, aceptaron recibir a Famille Chrétienne.

En su salón, frente al aparador normando, junto un reloj de péndulo cuyos repiques desgranarán las dos horas de entrevista, se nos une sor Danielle Delafosse, quien ayudaba también, junto a dos de sus hermanas religiosas, en la misa de Santa Ana de aquel martes. Ella fue quien dio la voz de alarma. Entre los tres juntos, Danielle, Janine y Guy, compartirán aquello que nunca han contado.

– Guy Coponet, ¿usted debería estar muerto?

Guy Coponet – Sí. Me asestaron tres cuchilladas, en el brazo, en la espalda y en el cuello. El médico de urgencias que me salvó me dijo: “Había una mano divina sobre usted, porque ninguna de las heridas ha tocado ningún órgano vital. Sin embargo, la verdad es que ha estado cerca… ¡Es como un milagro!”.

– Este “milagro”, ¿lo considera usted una señal?

Guy – El Señor me ha permitido sobrevivir para dar testimonio de su misericordia. Para mí es difícil, no me gusta llamar la atención. Soy un obrero jubilado, me gusta la vida discreta en Nazareth. Me horroriza verme en el centro de atención.

– ¿Qué fue lo más duro para usted en aquel trance?

Guy – Grabar con la cámara. Los dos jóvenes, los asesinos, me cogieron por el cuello y me pusieron una cámara en la mano: “Abuelito, tú grabas”, me dijeron.

Llegaron incluso a verificar la calidad de la imagen y a asegurarse de que yo no temblaba demasiado. Tuve que grabar el asesinato de mi amigo, el padre Jacques. Aún no me he repuesto de aquello.

Porque todo eso era un teatro, un “truco” sucio, una puesta en escena. Querían hacer un vídeo destinado a dar la vuelta al mundo por las redes sociales, lo que les permitiría ganarse su título de gloria de “mártires” de Alá.

Incluso se tomaron el tiempo de rodearse de cinta adhesiva la cintura para hacer creer que se iban a explotar, aunque en realidad sólo había cinta adhesiva. Pero de eso nos dimos cuenta más tarde…

– Después de grabar aquel horror, uno de los asesinos la tomó con usted. ¿Le había plantado usted cara?

Guy – Sí. Y le había preguntado si tenía hijos. Y añadí: “Piensa en tus padres, vas por el mal camino, los vas a matar de la pena”. Entonces me apuñaló y me arrastró escalones abajo desde el altar.

Todo estaba rojo, pero yo no me daba cuenta de que era mi sangre la que corría. En el momento no sentí dolor. Me apreté la garganta con las manos porque la sangre salía a borbotones.

– Janine Coponet, aquel día, en el que celebraban ustedes los 87 años de Guy, observa usted cómo degüellan a su marido delante de sus ojos… ¿Qué sintió?

Janine – Estaba conmocionada, aterrorizada. Recuerdo haber encomendado a mi Guy a santa Teresa y al padre María-Eugenio. Toda la vida pasó en unos segundos.

Entonces pensé: “Guy no va a ver al último de nuestros bisnietos –tenemos cinco hijos–, de un mes; ya no podrá celebrar más nuestro aniversario de bodas…”.

– ¿Pensó usted que Guy estaba muerto?

Janine –  ¡Evidentemente! Después de tres puñaladas… Uno de los asesinos me puso una pistola en el cuello –luego sabría que era falsa– y me empujó hacia la salida de la iglesia.

Volví la cabeza igualmente para echar un último vistazo hacia mi Guy y ¡me di cuenta de que movía una de las piernas! Entonces me dije: “¡Está vivo, oh gracias, Señor!”.

Sor Danielle –Yo conseguí escapar durante la masacre. Kermiche [uno de los asesinos] se ensañaba con Jacques, tumbado boca arriba; Petitjean [el otro asesino] rajó a Guy. “Hay que moverse, me dije, ¡no voy a dejarme matar sin hacer nada!”.

No soy una gran deportista, pero en aquel instante salí flechada hacia la parte de atrás. Una vecina me recibió. Pedimos auxilio. Llegaron muy rápido.

Guy – Yo creía que estaba muerto, así que no me resultó difícil fingir (sonríe). Dicho esto, la sangre continuaba manando. Recé como jamás había rezado en mi vida. Todos los santos pasaron por allí. Y el primero el hermano Charles de Foucauld, que también murió por una mano musulmana en el desierto.

– ¿Usted mismo estaba marchándose hacia un gran desierto?

Guy – ¡Es lo menos que podría decirse! (risas) En mi fuero interno,recité mi oración favorita: “Padre mío, me abandono a Ti, haz de mi Tu voluntad… Deposito mi alma en Tus manos”. Y allí estaba, entre Sus manos. ¡Sobre todo después de una misa!

– Justo antes de ser degollado, el padre Jacques gritó en dos ocasiones: “¡Vete, Satanás!”. ¿Él vio el mal en acción?

Sor Danielle – Sin duda. No significa que Kermiche estuviera poseído, sino que Satanás estaba manos a la obra y de forma poderosa. El padre Jacques quiso exorcizar aquel mal. Fueron sus últimas palabras. A Satanás no le gusta la Eucaristía…

– En la iglesia, ¿qué pasó durante ese tiempo?

Sor Danielle – Parecía que los asesinos se habían calmado un poco, después de haber golpeado los bancos con sus pistolas falsas; de hecho, no tenían más armas que los cuchillos.

Entonces se produjo un diálogo increíble entre Kermiche y Hélène, una de mis hermanas religiosas. Acababan de sentarla a la fuerza junto a Janine: “¿Tiene miedo de morir?”, le suelta Kermiche a Hélène. “No”, le responde ella. Y él se sorprende: “¿Por qué no tiene miedo?”. “Porque creo en Dios y sé que seré feliz”, dijo Hélène.

– ¿Cree usted que estas palabras pudieron conmoverle?

Sor Danielle – ¿Cómo saberlo…? Él murmuró: “Yo también creo en Dios y no tengo miedo a la muerte”. Luego clamó: “Jesús es un hombre, ¡no es Dios!”.

Janine – Esta conversación pseudoteológica fue surrealista, delante de dos cuerpos tendidos bañados en sangre…

Guy – Yo seguía haciéndome el muerto. Entonces salieron y se escucharon como unos petardazos. Luego se hizo un inmenso silencio.

Intenté gritar: “¿Hay alguien ahí?”, pero no salió ningún sonido de mi garganta. Lo intenté otra vez: “¿No hay nadie?”. Nada. Me sentí abandonado. En aquel momento escuché: “¡Abran la puerta!”. Como si yo pudiera abrir la puerta en mi estado…

[De hecho, se trataba de la BRI, la unidad policial de investigación e intervención francesa, que se preparaba para efectuar un asalto, sin saber si quedaban o no más terroristas en el interior. N. del R.].

De repente, irrumpieron un montón de personas. Un médico se inclinó sobre mí mientras yo recitaba la última frase de un Ave María “…y en la hora de nuestra muerte. Amén”.

Y me dijo: “Nos ocupamos de usted, no se preocupe por nada”.

– Guy, ¿conseguía usted seguir rezando mientras se desangraba?

Guy  Estaba convencido de que iba a morir, pero rezaba. Contemplaba mi vida y estaba tranquilo. Nunca antes he estado tan sereno. Completamente en paz. No tenía ningún remordimiento en mi interior, solamente amor. De hecho, fue un momento de gran felicidad.

– ¡Va a ser usted la envidia de muchos! ¿Tiene un “método” para morir bien?

Guy – El abandono. El abandono total. Siguiendo el ejemplo del hermano Charles de Foucault y de la Virgen María. Le recé a la Virgen como nunca antes. Sabía que estaba en buenas manos. Con Ella, estaba listo para decir “Amén”.

Janine – Mientras tanto, los dos yihadistas habían seguido discutiendo. Uno de ellos le preguntó a sor Hélène. “¿Conoce usted el Corán?”. “Sí, he leído el Corán”, responde ella. “Lo que me llama la atención son las suras que hablan de paz”.

Kermiche reaccionó diciendo: “¿De paz? Cuando estén ustedes en la televisión, digan a las autoridades: mientras haya bombardeos en Siria, habrá atentados en Francia. Todos los días”.

Creo que aquello era sobre todo un pretexto… Lo único que tenían en la cabeza era la propaganda que habían obtenido por Internet.

Sor Danielle – Son jóvenes que no tienen ningún bagaje cultural ni religioso. En una cabeza vacía se puede meter lo que sea…

– Janine, ¿fue en ese momento que le pidió permiso a Kermiche para sentarse?

Janine – No aguantaba más. Él me respondió sin dudarlo y con educación: “Sí, siéntese, señora”. En ese momento, sor Hélène, que también estaba agotada, le pidió su bastón desde su sitio. Kermiche se movió, cogió el bastón y se lo acercó.

– ¿Qué pasó entonces?

Janine – Sonó la campana de las 10:30. Guy parecía muerto desde hacía ya cuarenta y cinco minutos… Nos empujaron hacia afuera. Las sirenas aullaban. Cruzamos la puerta. La policía nos sujetó.

Los asesinos empezaron a gritar “Allahu akbar”. Los policías dispararon. Los dos jóvenes murieron al instante. Una mujer policía me escondió detrás de un coche. Estaba llorando. Es extraño: ella lloraba y yo no he podido llorar más desde la muerte de mi padre…

Sor Danielle – Fue un suicidio. Querían morir. Siento ganas de preguntar al Cielo: “¿Por qué todo esto?”. Para intentar comprender.

¿Hay lugar para el perdón?

Guy – Yo no podría lograrlo plenamente si no es frente a Dios, con ayuda de su gracia.

Janine – Por el momento, rezamos sobre todo por sus familias. Tengo un pensamiento especial para sus madres, que deben de estar lamentándose: “¡Mi hijo se ha vuelto loco!”.

Ellas tardarán mucho en recuperarse. Guy y yo decimos que nos gustaría reunirnos con ellas para intentar comprender y para calmarlas.

– Janine, cuando le empujaban fuera de la iglesia, ¿no sabía si su marido seguía con vida?

Janine – No. Nosotros los rehenes nos pusimos a cubierto en la tienda de comestibles de la esquina, que había sido requisada como centro de primeros auxilios.

Allí supe, una hora más tarde, que mi marido estaba vivo, a salvo y que conseguiría salir adelante gracias a las donaciones de sangre. Me dije: “¡Fantástico! Vamos a poder celebrar incluso nuestros 65 años de matrimonio”.

– Ustedes se salvaron de “milagro”. Pero el padre Jacques no, él perdió la vida. ¿Cómo explican esta “injusticia”?

Sor Danielle No es una historia de justicia. Digamos que no es el mismo milagro. Jacques hacía cincuenta y ocho años que era sacerdote. Acababa de celebrar el sacrificio de Cristo cuando fue inmolado como el Cordero al que había servido y celebrado toda su vida. Murió en el acto.

Es el primer sacerdote muerto por manos de un yihadista en suelo europeo, en este siglo XXI. Es un mártir nuevo.

– Sor Danielle, ustedes reciben a muchas familias musulmanas en su ambulatorio. ¿Conocía a la familia Kermiche?

Sor Danielle – Sí. Están totalmente “perdidos”. Los padres no consiguen comprender cómo uno de sus hijos ha podido cometer semejante barbarie. Adel está bajo tratamiento psiquiátrico.

Hablamos de casos complejos donde se mezclan fragilidad psicológica, vacío existencial, ignorancia religiosa y cultural… Es un cóctel molotov listo para explotar: la llama que encendió la mecha pudo haber sido el sermón de un imam loco que escucharon en Internet.

– ¿Quiere decir que hay una falta de comunicación familiar?

Sor Danielle – ¡Una falta total! Ayer recibí a cinco pequeños de entre 5 y 12 años. Eran incontrolables. Yo estaba furiosa, pero ¿cómo voy a culparles a ellos?

– ¿Consiguen rezar por los asesinos?

Guy y Janine – Únicamente logramos decir: “Padre, perdónales porque no saben lo que hacen”.

– ¿Esto les da ganas de volver a misa?

Guy y Janine ¡Sí! Estamos en el corazón de un misterio inmenso: el de Cristo, que ha dado su vida por todos nosotros. También la dio por nuestros asesinos. La Eucaristía nos ha arrojado luz sobre el drama que acabamos de vivir. Nunca hemos sido más felices.

 

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