Hermana Sanaa, religiosa del Sagrado Corazón en Irak: «Nadie ni nada podrá eliminar de esta tierra nuestra fe en Cristo»

* «Vivía en Mosul, pero ahora estoy refugiada en el Kurdistán, como el resto de mi congregación. Nos ayudó a huir un soldado cristiano que nos introdujo en un coche americano. Las hermanas más mayores de la comunidad no querían dejar Mosul por nada del mundo, pero tuvieron que hacerlo»

22 de noviembre de 2015.- (Raquel Martín / Alfa y Omega  / Camino Católico) El Daesh, mal llamado Estado Islámico, expulsó a las hermanas del Sagrado Corazón de su milenario convento en Mosul (Irak) en junio del 2014. Por primera vez en sus cien años de historia, estas religiosas abandonaban la ciudad. Era su casa general desde 1961, y además atendían socialmente a muchos desfavorecidos de esta localidad. Hasta el 2014, en Mosul, la segunda ciudad más grande de Irak, había alrededor de 3.000 cristianos. Ahora no queda ni uno.

Conocí a la hermana Sanaa en Erbil, capital del Kurdistán iraquí. Tiene una voz muy suave y dulce que esconde un carácter muy valiente. Su testimonio forma parte del libro Antes de que sema demasiado tarde (Palabra): Me llamo hermana Sanaa. Soy religiosa de la congregación del Sagrado Corazón. Vivía en Mosul, pero ahora estoy refugiada en el Kurdistán, como el resto de mi congregación. Somos 24 y nos dedicamos a atender colegios y guarderías para los niños refugiados. En la educación está el futuro. El Estado Islámico nos ha arrebatado conventos y casas en la llanura de Nínive, pero tanto sufrimiento producirá su fruto, con seguridad».

– ¿Cómo se fueron del convento cuando el Daesh tomó la ciudad?

– Las seis monjas que estaban en el convento tenían mucho miedo. El ruido de los combates fuera era muy fuerte, fue un momento muy duro. Pudieron huir en el último minuto. Consumieron el Santísimo antes de escapar, pues no querían que cayera en manos de los yihadistas. Nos ayudó a huir un soldado cristiano que nos introdujo en un coche americano. Las hermanas más mayores de la comunidad no querían dejar Mosul por nada del mundo, pero tuvieron que hacerlo.

– ¿Qué sintieron al tener que irse por la fuerza? ¿Qué pudieron llevarse?

– Salimos exclusivamente con lo puesto, sin nada más. Y allí se quedaron manuscritos, documentos, libros y archivos de un valor histórico incalculable. Experimentamos en todo momento la fuerza del Señor.

– ¿Qué ha pasado con todos esos manuscritos?

– Una vez superado el susto pensé que habría que volver al convento a recuperar todos los documentos posibles. Conseguí llegar hasta la casa en tres ocasiones distintas. La primera vez llegamos hasta el centro en un coche pequeño. Me acompañó otra hermana. Ese día no había casi controles de seguridad, aunque sí muchísimos tanques del ejército quemados. Pudimos avanzar con rapidez. La segunda vez entramos en dos furgonetas hasta el convento para recoger todo lo que pudiéramos. En una fui yo y otra la conducía la hermana Murina. La situación fue un poco tensa. La tercera y última vez que logramos entrar en Mosul fue verdaderamente peligrosa. El Daesh acababa de secuestrar a otras religiosas, pero lo conseguimos. Estuvimos hasta las dos de la madrugada empaquetando objetos y libros valiosos. No cabía todo. Miré nuestra biblioteca llena de libros importantes, una enorme riqueza que tenía que quedarse. También nos llevamos varias máquinas para la fabricación de pan para consagrar. Eran máquinas muy pesadas, pero nos las llevamos porque eran muy necesarias. El desabastecimiento era total, todos los sacerdotes de la diócesis nos pedían.

La hermana Sanaa logró burlar los controles del ISIS… hasta que los terroristas tomaron el convento y lo hicieron saltar por los aires. Fue el 24 de noviembre de 2014. «Para nosotras fue un shock, nos entristeció mucho y supuso un momento crítico para nuestra comunidad. Pero nadie ni nada podrá eliminar nuestra fe en Cristo de esta tierra. Esta sangre derramada hoy por tantos hermanos mártires no se perderá».

Raquel Martín
Responsable de Comunicación de Ayuda a la Iglesia Necesitada

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