Homilía de Todos los Santos: Sólo es capaz de entregar su vida por los demás el que sabe que la recuperará en plenitud para siempre / Por P. José María Prats

«Negar el Cielo es negar la dignidad del ser humano, que queda reducido a un cúmulo de átomos con fecha de caducidad… La esperanza de la vida eterna no nos lleva, como algunos han querido hacernos creer, a desentendernos de este mundo sino, como demuestra la historia, a construir un mundo mejor aquí en la tierra… Dice la Carta a los hebreos que Jesús, con su muerte aniquiló el poder del maligno y «liberó a cuantos, por miedo a la muerte, pasaban la vida entera como esclavos» (Hb 2,15). Pidamos a todos los santos la recuperación de esta fe en la vida eterna que nos devuelve nuestra dignidad, nuestra esperanza y la libertad para construir un mundo mejor»

Solemnidad de Todos los Santos:

Apocalipsis 7, 2-4.9-14 / Salmo 23 / 1 Juan 3, 1-3 / Mateo 5, 1-12

P. José María Prats / Camino Católico.- La solemnidad que hoy celebramos nos invita a meditar sobre el Cielo, sobre la realidad de la vida eterna de la que gozan ya Todos los Santos.

La sociedad materialista actual tiende a banalizar el Cielo presentándolo como una fábula, como un cuento infantil en el que todavía creen algunas personas ingenuas y poco ilustradas. Y sin embargo, la fe en la vida eterna es un elemento clave de la fe cristiana que tiene unas consecuencias enormes en la configuración de la sociedad y de la vida de las personas.

Las cosmovisiones contemporáneas han substituido la esperanza en la vida eterna por la ilusión de “un mundo mejor”, de un cielo aquí en la tierra. El comunismo, por ejemplo, substituyó el Cielo por el paraíso comunista establecido por la dictadura del proletariado, el nazismo, inspirado por Nietzsche, lo substituyó por el advenimiento del superhombre encarnado en la raza aria, el materialismo, por la utopía de una vida terrena placentera y sin sufrimientos. Algunos científicos –estos sí verdaderamente ingenuos– anuncian que estamos a un paso de alcanzar la “inmortalidad”, argumentando que nuestras estructuras cerebrales con su memoria podrán ser transferidas a un ordenador perpetuándose así nuestra existencia para siempre.

Dice Jesús que «por sus frutos los conoceremos». ¿Qué frutos han dado estas cosmovisiones que niegan la realidad de la vida eterna? El comunismo, en un siglo ha asesinado a más de 120 millones de personas por motivos ideológicos, el nazismo produjo el holocausto y tantos otros horrores, y el materialismo ateo está arrastrando a la sociedad hacia una existencia anónima y sin esperanza que opta por la eutanasia cuando la vida ya no resulta atractiva y placentera. Y es que negar el Cielo es negar la dignidad del ser humano, que queda reducido a un cúmulo de átomos con fecha de caducidad. Y una vez negada esta dignidad, se puede someter al hombre a las mayores atrocidades.

El cristianismo, en cambio, a pesar de las miserias inherentes a nuestra condición pecadora, desarraigó la esclavitud del mundo antiguo, levantó hospitales y universidades, defendió la dignidad inviolable de todo ser humano, ha velado siempre por los débiles y marginados y ha llenado de esperanza y de sentido la vida de miles de millones de personas.

La esperanza de la vida eterna no nos lleva, como algunos han querido hacernos creer, a desentendernos de este mundo sino, como demuestra la historia, a construir un mundo mejor aquí en la tierra, pues sólo es capaz de entregar su vida por los demás el que sabe que la recuperará en plenitud para siempre. Dice la Carta a los hebreos que Jesús, con su muerte aniquiló el poder del maligno y «liberó a cuantos, por miedo a la muerte, pasaban la vida entera como esclavos» (Hb 2,15).

Hoy, muy especialmente, pidamos a todos los santos la recuperación de esta fe en la vida eterna que nos devuelve nuestra dignidad, nuestra esperanza y la libertad para construir un mundo mejor.

P. José María Prats

Evangelio

En aquel tiempo, viendo Jesús la muchedumbre, subió al monte, se sentó, y sus discípulos se le acercaron. Y tomando la palabra, les enseñaba diciendo:

«Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos.

Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra.

Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos serán saciados.

Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.

Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.

Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos.

Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa.

Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos».

Mateo 5, 1-12

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