Homilía del Evangelio del Domingo: Amar como Dios ama, pensar como Dios piensa, sentir como Dios siente, perdonar como Dios perdona / Por P. José María Prats

“El amor incondicional lo que puede llevar a las personas a descubrir su profunda dignidad, más allá de los pecados que hayan cometido, y a desear vivir en coherencia con ella. Tenemos, pues, que llenarnos del amor de Dios hacia todos los hombres, buenos y malos, justos e injustos, porque sólo así dispondremos del arma que nos permite derribar los muros del rencor y del odio, suscitar la conversión y sembrar la alegría y la paz”

Domingo VII del tiempo ordinario – C:

1 Samuel 26,2.7-9.12-13.22-23 / Salmo 102 / 1 Corintios 15, 45-49 / Lucas 6, 27-38

P. José María Prats / Camino Católico.- Las lecturas de hoy nos invitan a la conversión, a abandonar nuestra forma habitual de ver las cosas –a menudo interesada y mezquina– y a adoptar siempre el punto de vista de Dios.

Ser cristiano no es otra cosa que compartir la vida de Dios: amar como Dios ama, pensar como Dios piensa, sentir como Dios siente, perdonar como Dios perdona.

¿Y cómo es Dios para que podamos compartir su vida? Dios es amor incondicional que no se cansa nunca de invitarnos a participar de su santidad. Y, por eso, cuando nos apartamos de Él por el pecado, Dios sufre y obra en nuestra vida con el fin de que nos convirtamos y regresemos de nuevo a Él. Como el padre del hijo pródigo que esperaba con ansiedad todos los días el retorno de su hijo menor, así está Dios esperando nuestro arrepentimiento para perdonarnos, abrazarnos y organizar una gran fiesta.

Pues si así es como Dios nos trata cuando por el pecado nos convertimos en sus enemigos, nosotros, que comulgamos con su Cuerpo y con su Sangre, hemos de amar también a nuestros enemigos.

Como dice el refrán, hay que odiar el pecado y amar al pecador. Debemos juzgar las acciones, pero nunca a las personas, pues juzgar a una persona significa desterrarla de nuestro corazón como a alguien que ya no merece nuestra consideración y nuestra ayuda. Y son precisamente aquellos a quienes tendemos a juzgar –los que nos han herido, insultado, calumniado o perjudicado– los que más necesitados están de nuestra oración y de nuestra consideración que les ayuden a recuperar la paz y la amistad con Dios que han perdido o han visto disminuidas al ofendernos.

¿Por qué los publicanos y las prostitutas se convertían al encontrarse con Jesús? La razón es muy sencilla. Estas personas estaban acostumbradas a ser rechazadas y tratadas por todos como pecadores públicos, como gente despreciable cuyo trato había que evitar a toda costa. Y en cambio Jesús se sienta con ellos a la mesa y les muestra un interés y un amor entrañables. Y es entonces cuando todos descubren en Él la paternidad, la misericordia y la santidad de Dios. Y esta santidad es tan bella y tan luminosa que se sienten irresistiblemente atraídos hacia ella y se convierten. Así es como María Magdalena, que había estado poseída por siete demonios, se convirtió en santa María Magdalena; y así es como Zaqueo, que había sido un codicioso y un explotador, entregó la mitad de sus bienes a los pobres.

No son los grandes discursos ni los razonamientos brillantes sino el amor incondicional lo que puede llevar a las personas a descubrir su profunda dignidad, más allá de los pecados que hayan cometido, y a desear vivir en coherencia con ella. Tenemos, pues, que llenarnos del amor de Dios hacia todos los hombres, buenos y malos, justos e injustos, porque sólo así dispondremos del arma que nos permite derribar los muros del rencor y del odio, suscitar la conversión y sembrar la alegría y la paz.

P. José María Prats

Evangelio

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos:

«Yo os digo a los que me escucháis: Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os odien, bendecid a los que os maldigan, rogad por los que os difamen. Al que te hiera en una mejilla, preséntale también la otra; y al que te quite el manto, no le niegues la túnica. A todo el que te pida, da, y al que tome lo tuyo, no se lo reclames. Y lo que queráis que os hagan los hombres, hacédselo vosotros igualmente. Si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? Pues también los pecadores aman a los que les aman. Si hacéis bien a los que os lo hacen a vosotros, ¿qué mérito tenéis? ¡También los pecadores hacen otro tanto! Si prestáis a aquellos de quienes esperáis recibir, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores prestan a los pecadores para recibir lo correspondiente.

Más bien, amad a vuestros enemigos; haced el bien, y prestad sin esperar nada a cambio; y vuestra recompensa será grande, y seréis hijos del Altísimo, porque Él es bueno con los ingratos y los perversos. Sed compasivos, como vuestro Padre es compasivo. No juzguéis y no seréis juzgados, no condenéis y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados. Dad y se os dará; una medida buena, apretada, remecida, rebosante pondrán en el halda de vuestros vestidos. Porque con la medida con que midáis se os medirá».

Lucas 6, 27-38


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