Homilía del Evangelio del Domingo: Dios esculpe en nosotros el rostro de Cristo golpeando con la cruz el egoísmo y la soberbia / Por P. José María Prats

* «La cruz no nos gusta, pero llama a la puerta para purificar nuestra casa, para derribar pedestales y vanidades, recordarnos nuestra dependencia radical de Dios y ponernos en comunión con el sufrimiento humano ante el cual a menudo permanecemos indiferentes. Dice Jacinto Verdaguer que “al aguijón del sufrimiento y al ladrido de la calumnia, los buenos responden amén y los santos amén, aleluya”, pues saben que Cristo ha hecho que la cruz ya no sea un instrumento de tortura sino un trampolín que nos dispara hacia la vida eterna. Porque lo importante, lo decisivo en el momento de la muerte, no será que nuestra vida haya sido más o menos placentera, sino que Dios haya esculpido en nosotros la maravilla del rostro de Cristo”

Domingo XXIV del tiempo ordinario – B:

Isaías 50, 5-9a / Salmo 114 / Santiago 2, 14-18 /  Marcos 8, 27-35

José María Prats / Camino Católico.- En el evangelio de hoy encontramos una de las sentencias más conocidas de Jesús: «El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga». Es una afirmación lapidaria que nos invita a reflexionar sobre la cruz como instrumento de salvación.

De hecho, el mensaje central del cristianismo es que la vida es un misterio de muerte y resurrección. Por el pecado nos separamos de Dios y nuestra naturaleza humana quedó deformada y corrompida, prisionera del egoísmo y del afán de autoafirmación. Pero el Hijo de Dios ha asumido esta naturaleza herida, la ha destruido en la Cruz y, resucitando, la ha reconstruido santa y gloriosa, tal como había anunciado: «Destruid este templo, y en tres días lo levantaré» (Jn 2,19).

La vida cristiana no es otra cosa que participar en esta muerte y resurrección del Señor para que muera el «hombre viejo» que habita en nosotros y renazca un «hombre nuevo» a imagen de Cristo, revestido de justicia y santidad. Esta transformación se realiza en lo más íntimo de la persona por el bautismo, tal como dice San Pablo: «Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que, así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva» (Rm 6,4). Pero esta transformación del núcleo esencial de la persona que acontece en el bautismo tiene que extenderse a todo su ser por la participación cotidiana en la muerte y resurrección del Señor que tiene lugar en la propia vida y en la eucaristía. Así describe un anciano del Apocalipsis a los que han alcanzado la eterna bienaventuranza: «Estos son los que vienen de la gran tribulación: han lavado y blanqueado sus vestiduras en la sangre del Cordero» (Ap 7,14).

La cruz no nos gusta. Como San Pedro, a quien Jesús llama «Satanás» por intentar desviarlo del camino de la cruz, huimos instintivamente de ella. La Cruz del Señor es, como dice San Pablo, «escándalo para los judíos y necedad para los gentiles», mas para los llamados, «fuerza de Dios y sabiduría de Dios» (1Co 1,23-24).

Como el artista esculpe una bella imagen dando golpes con un martillo y un cincel sobre un bloque informe de mármol, así Dios esculpe en nosotros el rostro de Cristo golpeando con la cruz el egoísmo y la soberbia de nuestro «hombre viejo». La cruz no nos gusta, pero llama a la puerta para purificar nuestra casa, para derribar pedestales y vanidades, recordarnos nuestra dependencia radical de Dios y ponernos en comunión con el sufrimiento humano ante el cual a menudo permanecemos indiferentes.

Dice Jacinto Verdaguer que “al aguijón del sufrimiento y al ladrido de la calumnia, los buenos responden amén y los santos amén, aleluya”, pues saben que Cristo ha hecho que la cruz ya no sea un instrumento de tortura sino un trampolín que nos dispara hacia la vida eterna. Porque lo importante, lo decisivo en el momento de la muerte, no será que nuestra vida haya sido más o menos placentera, sino que Dios haya esculpido en nosotros la maravilla del rostro de Cristo.

José María Prats

Evangelio

En aquel tiempo, salió Jesús con sus discípulos hacia los pueblos de Cesárea de Filipo, y por el camino hizo esta pregunta a sus discípulos:

«¿Quién dicen los hombres que soy yo?».

Ellos le dijeron:

«Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que uno de los profetas».

Y Él les preguntaba:

«Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?».

Pedro le contesta:

«Tú eres el Cristo».

Y les mandó enérgicamente que a nadie hablaran acerca de Él. Y comenzó a enseñarles que el Hijo del hombre debía sufrir mucho y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar a los tres días. Hablaba de esto abiertamente.

Tomándole aparte, Pedro, se puso a reprenderle. Pero Él, volviéndose y mirando a sus discípulos, reprendió a Pedro, diciéndole:

«¡Quítate de mi vista, Satanás! porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres».

Llamando a la gente a la vez que a sus discípulos, les dijo:

«Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará».

Marcos 8, 27-35