Homilía del Evangelio del Domingo: Purificar nuestra fe, viviendo coherentemente con ella, para afrontar con valentía, paz y confianza las situaciones duras y difíciles de la vida / Por P. José María Prats

* «Antes de la crisis no hemos obrado en consecuencia con nuestra fe. Afirmábamos que Dios estaba con nosotros, en nuestra barca, pero no teníamos un sentido vivo de su presencia porque orábamos poco y actuábamos prescindiendo de Él, movidos por nuestros deseos y pasiones. Afirmábamos que Jesús es Señor de cielo y tierra, pero no nos atrevíamos a confiar plenamente en Él, y buscábamos nuestra seguridad en otros “señores” como las riquezas o el poder del mundo. Afirmábamos que Jesús nos ama hasta la muerte, pero vivíamos sin corresponder a este amor hasta las últimas consecuencias. Por eso, al sobrevenir la crisis nos hemos puesto a temblar, porque nuestra fe no era algo sólido y consistente, arraigado en las entrañas de nuestro ser»

Domingo XII del tiempo ordinario – B:

Job 38, 1.8-11  /  Salmo 106  /  2 Corintios 5, 14-17  /  Marcos 4, 35-40

P. José María Prats / Camino Católico.- El evangelio de este domingo nos invita a reflexionar sobre el modo en que vivimos las dificultades y momentos de crisis. La experiencia de los discípulos con Jesús ha sido, hasta el episodio de hoy, de seguridad y de fuerza: le han visto curar enfermos, expulsar demonios y proclamar la llegada del Reino de Dios. Ahora, sin embargo, mientras Jesús duerme a la popa de la barca, tienen que afrontar un huracán, la barca se llena de agua y amenaza hundirse. Y llenos de miedo, van a despertar a Jesús, el cual les llama “cobardes” y “hombres sin fe”.

También nosotros hemos vivido esta experiencia. A veces se levantan en nuestra vida huracanes que amenazan con hundir nuestra barca: nos hemos quedado sin trabajo, nos ha sobrevenido una enfermedad grave, nos ha abandonado el marido o la mujer, ha muerto inesperadamente una persona cercana y muy querida. Y entonces nos llenamos de miedo y, como los discípulos, vamos a reprocharle a Jesús: “¿Qué haces ahí dormido? ¿No te importa que perezcamos?

El evangelio de hoy nos dice que actuamos así porque somos cobardes y no tenemos fe. En efecto, ¿no está Jesús con nosotros, compartiendo nuestra barca? ¿No tiene Él acaso poder sobre todo lo que ha creado, tal como nos ha recordado la primera lectura? ¿Y no nos ha demostrado que nos ama hasta el extremo de dar la vida por nosotros? Entonces, ¿por qué tenemos miedo?

El problema es que todas estas cosas las creemos, pero no hemos acabado de asumirlas existencialmente. Son ideas que subscribimos con la razón, pero no con el corazón y el instinto. Y esto es así porque antes de la crisis no hemos obrado en consecuencia con nuestra fe. Afirmábamos que Dios estaba con nosotros, en nuestra barca, pero no teníamos un sentido vivo de su presencia porque orábamos poco y actuábamos prescindiendo de Él, movidos por nuestros deseos y pasiones. Afirmábamos que Jesús es Señor de cielo y tierra, pero no nos atrevíamos a confiar plenamente en Él, y buscábamos nuestra seguridad en otros “señores” como las riquezas o el poder del mundo. Afirmábamos que Jesús nos ama hasta la muerte, pero vivíamos sin corresponder a este amor hasta las últimas consecuencias. Por eso, al sobrevenir la crisis nos hemos puesto a temblar, porque nuestra fe no era algo sólido y consistente, arraigado en las entrañas de nuestro ser.

Las lecturas de hoy nos invitan, pues, a purificar nuestra fe, viviendo en plena coherencia con ella, para poder afrontar con valentía, paz y confianza cualquier situación de la vida, por dura y difícil que sea, a alcanzar lo que los padres del desierto llamaban “la apatheia”, que no tiene nada que ver con la apatía, sino con ese estado de serenidad inquebrantable propio del que ha puesto enteramente su vida en las manos del que todo lo puede y nos ha amado hasta el extremo.

P. José María Prats

Evangelio

Un día, al atardecer, Jesús dijo a los discípulos:

«Pasemos a la otra orilla».

Despiden a la gente y le llevan en la barca, como estaba; e iban otras barcas con Él. En esto, se levantó una fuerte borrasca y las olas irrumpían en la barca, de suerte que ya se anegaba la barca. Él estaba en popa, durmiendo sobre un cabezal. Le despiertan y le dicen:

«Maestro, ¿no te importa que perezcamos?».

Él, habiéndose despertado, increpó al viento y dijo al mar:

«¡Calla, enmudece!».

El viento se calmó y sobrevino una gran bonanza. Y les dijo:

«¿Por qué estáis con tanto miedo? ¿Cómo no tenéis fe?».

Ellos se llenaron de gran temor y se decían unos a otros:

«Pues ¿quién es éste que hasta el viento y el mar le obedecen?».

Marcos 4, 35-40 


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