Jacinta Mutuku hace profesión perpetua como monja clarisa: «He aprendido que Dios es amor y mi vocación es gracia de Cristo porque muchas veces he querido tirar la toalla»

* «He pasado por muchas cosas en mi vida, pero me he abandonado a Cristo y me he dado cuenta de que Dios no nos deja, que nos lleva como gallina a sus polluelos. Y tampoco podemos olvidar que quien nos llama es Cristo, el Crucificado, así que para seguirle tenemos que aceptar ser también nosotras ‘crucificadas’. No con clavos, pero sí en la vida misma, que me va a poner ante muchas pruebas, y que Él me enseña cómo llevar adelante»

Camino Católico.- Jacinta Mutuku, de Kenia y con 37 años, ha celebrado sus votos solemnes de profesión perpetua como religiosa clarisa en la parroquia de la Divina Pastora y Santa Teresa del barrio de Capuchino de Málaga el domingo 16 de octubre de 2022. «Mi vocación es gracia de Dios porque muchas veces he querido tirar la toalla» explica a Ana María Medina en Diócesis de Málaga.

Jacinta Mutuku en la misa en la que hizo su profesión perpetua

Jacinta culmina así un largo proceso que tuvo su germen en su país natal y que ha continuado en España desde hace 12 años y en Málaga, durante los últimos 5. Ya desde muy pequeña lo vio claro. Veía a los misioneros Padres Blancos y les decía a sus propios padres que quería ir a la iglesia para ver a Dios. «Lo veía en estos religiosos. Por eso, ya de adolescente, le dije a mi madre: “Quiero ser como ellos, quiero ser sacerdote”». Me explicaron que podría ser religiosa y empecé a ir a encuentros. Luego tuve mis crisis, mis huidas; una época, incluso, en que no quería saber nada de la vida religiosa y pensé hasta en ser soldado», explica esta joven, sin saber que la santa que es cotitular de su parroquia y cuya fiesta se celebró este sábado, también se sintió atraída por la vida militar.

Jacinta pensó en casarse, buscó trabajo, se formó como secretaria e informática y estuvo atendiendo para la Diócesis la labor de su parroquia, que comprendía varias aldeas. «Fue entonces cuando volví a tener contacto y a plantearme lo que Dios quería de mí. Hablé con religiosas, vi películas (como «Hermano Sol, Hermana Luna”, sobre la vida de san Francisco y santa Clara) y seguí investigando. Lo que tuve claro desde el inicio fue que me atraía la vida contemplativa, de oración, y las clarisas eran las que más me llamaban la atención». No le fue fácil. Tuvo que contar con el visto bueno de su obispo, buscar un lugar donde estuviera la congregación y recorrer un largo proceso: aspirantado, postulantado, noviciado, profesa simple y, ahora, la profesión solemne, o lo que es lo mismo: mucha formación, vida de comunidad y oración.

Jacinta Mutuku durante su profesión perpetua como monja clarisa

«Lo más grande que he aprendido es que Dios es amor», confiesa esta monja. «He pasado por muchas cosas en mi vida, pero me he abandonado a Él y me he dado cuenta de que Dios no nos deja, que nos lleva como gallina a sus polluelos. Y tampoco podemos olvidar que quien nos llama es Cristo, el Crucificado, así que para seguirle tenemos que aceptar ser también nosotras «crucificadas». No con clavos, pero sí en la vida misma, que me va a poner ante muchas pruebas, y que Él me enseña cómo llevar adelante».

La del Monasterio de Santa Clara, en Capuchinos, es una de las siete comunidades de clarisas repartidas por la Diócesis, entre Málaga, Ronda, Coín, Antequera y Vélez-Málaga. En ella viven ocho religiosas: tres españolas, tres de Kenia y dos de Madagascar. «Aunque cada una es de su madre y de su padre, y surgen problemas porque tenemos distintos modos de ver las cosas, somos hermanas fraternas y tenemos una vocación común», cuenta Jacinta. «Muchas veces no es fácil, pero el Señor nos ayuda a hacerlo», añade. «La Virgen de la Divina Pastora es, para ella, «como una madre que nos protege y nos cuida. Muchas veces le meto oraciones debajo del manto y sé que las atiende».

Jacinta Mutuku durante la celebración danzando con hermanas de su comunidad

Para el barrio entero de Capuchinos, estas monjas son un pulmón que oxigena los problemas cotidianos. «Las hermanas más mayores nos cuentan que el convento tiene una importancia muy peculiar para los vecinos. Si pasa algo, acuden aprisa a nosotras para que pidamos por ellos. Somos quienes llevamos sus peticiones a Dios», dice. Ante la imposibilidad de ser acompañada en este paso por su familia, que continúa en Kenia, los vecinos de esta zona de Málaga son para Sor Jacinta su familia malagueña y, junto a sus compañeras de comunidad, la arropan en este momento tan importante, que viven como una fiesta para toda la parroquia. «Mi familia está rezando por mí desde allí y la parroquia de la que vengo está también pendiente de mi vocación, alentándome por medio del párroco para que no abandone esta llamada».

Ante la dificultad para despertar vocaciones que encuentra hoy la vida religiosa, Jacinta apuesta por «que nos conozcan. Sería bueno un movimiento vocacional que acerque a los jóvenes al convento, que les haga ver cómo vivimos, ponernos cara, hablar…».

Jacinta Mutuku con las hermanas clarisas de su comunidad

Los días previos a la profesión solemne ha estado de retiro dentro del convento, más concentrada aún en su diálogo con Dios, para prepararse. «No es una broma, es ya una vida entregada totalmente a Dios. Ya nada me pertenece. Como cuando unos novios se casan, y se dice que cada uno deja a su padre y a su madre y son los dos una sola carne», se emociona cuando lo compara. En el marco de la Eucaristía, que presidió el vicario para la Vida Consagrada, José Manuel Fernández Camino OCD, Sor Jacinta fue preguntada nuevamente y dió su sí definitivo a la vida de monja clarisa, recibiendo la alianza como signo. Su petición ante esta etapa es simple: «Que recen por mí. No va a ser fácil pero el Señor de la Misericordia siempre me acompaña. Que yo sea perseverante y nunca tire la toalla».


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