Juan Carlos Cepeda Díaz, músico, cayó en el esoterismo, consumió yagé y «demonios me estaban entrando, blasfemé de Dios”: Cristo lo rescató al confesarse»

* «Empecé a vivir una vida sacramental, confesión, misa todos los días, comencé a leer libros de teología, Santo Tomás, Garrigou-Lagrange. Y a los grandes conversos, Chesterton a la cabeza, me volví adicto a Chesterton»

Camino Católico.-  La tibieza en la formación religiosa y vida de fe que se vive al interior de familias, que se denominan católicas por convención social, puede ser terreno de cultivo para desastres espirituales y en todo ámbito de la vida. Así lo testimonia a Ana Beatriz Becerra en PortaLuz, a sus 40 años, el músico y compositor colombiano Juan Carlos Cepeda Díaz.

La contrapuesta experiencia de haber asistido a escuelas católicas teniendo por padre a una persona “anticlerical”, provocaron que desde su adolescencia Juan Carlos relativizara las verdades de la fe siendo presa del ocultismo y otras prácticas paganas. “Tenía una visión muy panteísta de Dios. Yo pensaba que se encontraba en cualquier parte y eso me llevó a caer en ciertas prácticas de esoterismo”.

Infestación en el hogar

Tanto fue el cántaro al agua que finalmente se rompió y en el hogar de la familia comenzaron a suceder diversas manifestaciones que no tenían explicación racional. Un día eran murciélagos en el dormitorio, tiempo después en otro apartamento que vivían una plaga de gusanos que con nada lograban eliminar. “Se limpiaba bien y a los dos segundos otra vez estaba lleno de gusanos, eso duró como ocho días” comenta Juan Carlos.  “Era tal hedor” -señala- que pensaban quizá alguien había muerto en el piso de arriba. Cuando comprobaron que no existía causa natural Juan Carlos pidió a un sacerdote venir a su casa para que les ayudara, pero -a falta de fe en ese hogar- sería un absoluto fracaso…

“El miraba hacia el techo, hizo el Padre Nuestro, nos bendijo y se fue. No encontramos solución ahí y era tal nuestro desespero que empezamos a buscar ayuda en otro lado. A mi mamá le recomendaron a una señora que era bruja y a través de esta señora se paró eso. No sé si (la intervención de la bruja) había traído otras cosas, pero ese no era el camino…”

Juan Carlos hoy considera un error haberse vinculado con aquella bruja pues “así es como opera el Demonio; o sea nos hizo poner en calma a través de una solución falsa”, lamenta, reconociendo que fue un dar la espalda nuevamente a Dios y esto traería -según relata- un auténtico descalabro en su vida.

No todos los caminos conducen a Dios

Al respecto recuerda que buscando “estabilidad en la cuestión profesional, económica, emocional”, decidió ir a estudiar un año en Brasil. A su regreso, los avances que proyectaba para su vida se diluyeron y comenzó a presentar síntomas de depresión. Pasaban los meses sin encontrar un norte para su vida y “me empecé a llenar la cabeza de porquería, de basura”. También por aquél tiempo potenció el vínculo con personas que consideraba amigos… “uno que era Hare Krishna y el otro un hippie ahí cualquiera, espirituales”, lamenta. Sí, pues ellos lo ‘iniciarían’ en el consumo de “yagé”.

En varias comunidades indígenas del Amazonas el “yagé” -también conocido como ayahuasca- es una bebida alucinógena tradicional y de uso ritual elaborada a partir de un macerado que combina ciertos vegetales. Su consumo genera estados alterados de la conciencia que la creencia de esas comunidades relaciona con su espiritualidad animista.

Así recuerda Juan Carlos uno de los primeros momentos en que -guiado por esos que creía amigos-, realizó un particular ritual iniciático con consumo de Yagé:

“Esto es una espiritualidad negativa… me senté en un pentagrama, que yo sabía era la puerta del demonio y aun así me senté; y rezaron un padre nuestro todo raro mientras yo tomé el yagé. La toma esa fue el 12 de marzo del 2012, en pleno sábado poco antes de iniciar el Domingo de Ramos. Me acuerdo de que cuando vomitaba empecé a ver figuras de demonios en todos lados y decía: Sí, estoy sacando los demonios; en realidad lo que estaba pasando era que me estaban entrando”, recuerda con pesar.

Su deterioro espiritual fue tal que en su tercera toma de yagé -reconoce- “fue la más pesada… yo blasfemé de Dios, no tenía control sobre mi”.

La liberación en el sacramento de la confesión

El estado espiritual y psicológico de Juan Carlos comenzó a empeorar con el paso de los días. Ya “no dormía”, dice, y no hubo médico ni fármacos que pudieran ayudarle. “Llegó un momento en que me arrastré por el piso, me quitaba la ropa y eso fue como el punto más fulminante de todo eso” rememora. En esa instancia fueron vitales sus padres para contener y apoyarlo.

La salud de su alma comenzó a restaurarse solo cuando regresó a Dios nos dice: “Empecé a vivir una vida sacramental, confesión, misa todos los días, comencé a leer libros de teología, Santo Tomás, Garrigou-Lagrange. Y a los grandes conversos, Chesterton a la cabeza, me volví adicto a Chesterton”.

Aquel proceso de conversión dio frutos, pues la vida de fe en Juan Carlos también impactó sobre sus estudios profesionales (Maestría en Música de la Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá) que lo capacitaban como productor y compositor musical.

Así el año 2016 junto a un grupo de amigos, que son también profesionales de la música, fundan Philokalia Cantorum”. Una agrupación coral para creación, interpretación y difusión de la música sacra.  “El coro -reitera Juan Carlos- ha sido llevado de la mano de Dios y la Virgen nos sostiene. Inclusive el miércoles que recién pasó estuvimos haciendo la consagración a la Virgen María. Todos ya éramos consagrados individualmente a la Virgen María, pero hicimos la preparación y la consagración en grupo, como coro”.

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