Julieta Aguilar, 20 años: «Al contemplar la Santa Cruz tuve un encuentro con Jesús en el cual entendí que seguía esperando nuestra mirada para poder descansar un poco»

* «Logré entender que realmente estaba herido y solitario en aquel madero, que seguía y seguirá esperando por ti y por mí. Nosotros somos ese aliento que Jesús necesita y podemos dárselo cuando aceptamos  donar nuestra vida, donarnos por completo; nuestro tiempo y esfuerzo, acudiendo a su encuentro: en la eucaristía, oración personal, hora santa o visitas de adoración en el Santísimo Sacramento del altar… La conversión inicia por entender que sin una vida espiritual es imposible alcanzar la santidad, y todos estamos llamados a ser Santos, como nuestro Padre celestial es Santo. Durante mi caminar en la fe pude conocer la vida de personas que poco a poco se convirtieron en mis amigos y me cautivaron con su testimonio, personas que tuvieron una verdadera conversión y reconocieron ser nada ante Dios, y en esa nada, tener un todo basado solo en Dios para llegar a ser Santos»

Camino Católico.- Yo creo porque he podido experimentar la infinita misericordia y bondad de Dios” asegura Julieta Aguilar de 20 años, quien nació en una familia católica. “Recibí formación espiritual desde una edad temprana, pero todo esto cambió cuando fui enfriándome; cuando Dios se volvió algo normal y sin mayor importancia para mí. Pero llegó el momento en el que yo misma y por mi propia convicción decidí darle el «sí» a Dios, respondiendo a su llamado. Fue hace 5 años cuando decidí entrar a una comunidad llena del amor y espíritu de Dios: “Nueva Jerusalén” mi segunda familia, la cual me enseña a caminar siempre de la mano de  Dios” explica esta joven que tiene dos hermanas.

Su conversión inicia por entender que sin una vida espiritual es imposible alcanzar la santidad, y que todos estamos llamados a ser Santos, como nuestro Padre celestial es Santo: “Durante mi caminar en la fe pude conocer la vida de personas que poco a poco se convirtieron en mis amigos y me cautivaron con su testimonio, personas que tuvieron una verdadera conversión y reconocieron ser nada ante Dios, y en esa nada, tener un todo basado solo en Dios para llegar a ser Santos”, relata Julieta.

En ese camino de conversión, Julieta dice que “tuve un encuentro al contemplar la Santa Cruz, un encuentro con Jesús, en el cual  logré entender que realmente estaba herido y solitario en aquel madero, que seguía y seguirá esperando por ti y por mí, esperando nuestra mirada para poder descansar un poco. Tomar porción de aire y poder seguir soportando el dolor de nuestros pecados, continuar abriendo las puertas del cielo. Nosotros somos ese aliento que Jesús necesita y podemos dárselo cuando aceptamos  donar nuestra vida, donarnos por completo; nuestro tiempo y esfuerzo, acudiendo a su encuentro: en la eucaristía, oración personal, hora santa o visitas de adoración en el Santísimo Sacramento del altar”. Julieta Aguilar cuenta su testimonio en primera persona en Jóvenes Católicos:

Mi nombre es Julieta Aguilar, tengo 20 años y estudio licenciatura en Derecho. Cuando recibí el llamado para esta colaboración sinceramente no entendía el por qué, me considero una persona demasiado ordinaria en pocas palabras. No encuentro muchas virtudes o cosas grandiosas que redactar. Sin embargo, algo que puedo decir, es que estoy enamorada de Dios, enamorada de Cristo; de seguirlo y servirlo. Estoy enamorada del amor, de amar y hacer amar el amor.

La conversión inicia por entender que sin una vida espiritual es imposible alcanzar la santidad, y todos estamos llamados a ser Santos, como nuestro Padre celestial es Santo. Durante mi caminar en la fe pude conocer la vida de personas que poco a poco se convirtieron en mis amigos y me cautivaron con su testimonio, personas que tuvieron una verdadera conversión y reconocieron ser nada ante Dios, y en esa nada, tener un todo basado solo en Dios para llegar a ser Santos.

Tuve la oportunidad de tener un encuentro con algunos de ellos, sus virtudes y enseñanzas son un caminito por el cual podemos guiarnos para poder entrar al Reino de los cielos. Hoy te comparto mi amor y devoción por ellos, un poquito de lo mucho que han hecho por mí. Me han enseñado diferentes virtudes, me han presentado libros y escritos con infinidad de lecciones por llevar a cabo día a día, me han regalado oraciones, me han enseñado a amar la caridad, el servicio y las cosas ordinarias, aún las más pequeñas. Pero en especial me han enseñado a amar la Cruz.

Tuve un encuentro al contemplar la Santa Cruz, un encuentro con Jesús, en el cual  logré entender que realmente estaba herido y solitario en aquel madero, que seguía y seguirá esperando por ti y por mí, esperando nuestra mirada para poder descansar un poco. Tomar porción de aire y poder seguir soportando el dolor de nuestros pecados, continuar abriendo las puertas del cielo.

Nosotros somos ese aliento que Jesús necesita y podemos dárselo cuando aceptamos  donar nuestra vida, donarnos por completo; nuestro tiempo y esfuerzo, acudiendo a su encuentro: en la eucaristía, oración personal, hora santa o visitas de adoración en el Santísimo Sacramento del altar. También a encontrarlo en todas partes: en nuestra familia, amigos, compañeros, con en el más necesitado o aquel que sabemos que no le caemos del todo bien. Ahí se encuentra Jesús y ahí quiere que lo ames; en el día a día y en todo lugar. Permanece con los pies clavados para esperarnos y los brazos abiertos para abrazarnos.

“El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, cargue con su cruz y me siga” Mt. 16,24. Con estas palabras Jesús nos invita a vencernos a nosotros mismos, aceptar los pequeños sufrimientos, aceptar aquellas tribulaciones y cruces que están en nuestro caminar, aceptarlos con amor y valentía. Dios no nos da batallas que no podamos vencer, no hay virtud, cualidad ni buen proceder en cada uno de nosotros que no proceda de la bondad y misericordia de Dios. Hoy te invito a desconfiar más de ti mismo para que pongas plenamente tu confianza en él. “La dicha perfecta consiste en amar y sobrellevar los dolores, vivir con paciencia la tribulación y con caridad las injurias, en abrazar la Cruz con alegría, como Cristo la abrazó hasta la muerte” (San Francisco de Asís).

Dios me dio el regalo de nacer en una familia católica, la cual amo con todo mi corazón y agradezco todos los días por tenerla, pues son mi mayor bendición aquí en la tierra; mis padres y mis dos hermanas. Las personas con las que comparto mi fe día a día y me ayudan a crecer en amor. Recibí formación espiritual desde una edad temprana, pero todo esto cambió cuando fui enfriándome; cuando Dios se volvió algo normal y sin mayor importancia para mí. Pero llegó el momento en el que yo misma y por mi propia convicción decidí darle el «sí» a Dios, respondiendo a su llamado. Fue hace 5 años cuando decidí entrar a una comunidad llena del amor y espíritu de Dios: “Nueva Jerusalén” mi segunda familia, la cual me enseña a caminar siempre de la mano de  Dios y seguir sus huellas. Después de algunos años tuve la oportunidad de consagrarme al Sagrado Corazón de Jesús y puedo decirte que es una de las mejores decisiones que he tomado en mi vida, Jesús tomó mi corazón, lo unió a él y me ha regalado ese anhelo de llevarlo a todas partes.

Estoy agradecida con Dios por su infinito amor, por todo lo que tengo, sueño y anhelo, por todas las cosas, aún las más pequeñas, porque ahí puedo encontrarlo. Porque tengo una familia, por el hecho de que puedo respirar, comer, reír y porque por sobre todas las cosas lo tengo a él. Eso me basta y sobra para creer, amar y servir a Dios. Yo creo porque he podido experimentar de su infinita misericordia y bondad. En este momento de mi vida puedo decir que soy completamente feliz, que vivo en paz y en gracia porque tengo a Dios y ese es  mi mayor orgullo, decir que soy Católica y que dedico mi juventud para él.

Algo de lo que estoy segura es que Dios ha hecho grandes cosas en ti, abre los ojos y comienza a valorarlas, vivir es una de ellas y tú tienes en este momento ese privilegio.  No tengas miedo, solo ten fe. Seamos jóvenes enamorados de Dios y que ese amor nos anime a llevarlo a todas partes.

“No puedo hacer grandes cosas. Lo que quiero es hacer aún las más pequeñas para la mayor gloria de Dios” (Santo Domingo Savio).

Julieta Aguilar

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